“La guerra del planeta de los simios” de Matt Reeves o Tichodroma muraria (Treparriscos)

Este pájaro peculiar tanto por su plumaje como por su conducta y el ámbito en el cual la desarrolla, es el único miembro del género “tichodroma” y su nombre en chino significa “flor de roca”. Tiene un vuelo errático que le hace parecer una enorme mariposa y que tiene unas vagas semejanzas con el de la abubilla. Es una ave  no migratoria, bastante mansa, pero difícil de ver, pero seguramente su mansedumbre se deba a que ya que habita zonas montañosas por encima de los mil quinientos metros, no tiene demasiados curiosos que la perturben, aunque en ocasiones, cuando el invierno se pone bravo, puede descender de las alturas en busca de alimento y algo menos de inclemencia atmosférica.treparriscos

Puede habitar canteras y edificios siempre y cuando se encuentren a la altitud deseada y encajen con sus tendencias rupículas, ya que depende inexcusablemente  de sus escasos hábitats altimontanos. Se comunica mediante silbidos y puede trepar paredes verticales con una habilidad pasmosa, como esos primates que pueden huir de la quema o de una situación de peligro, usando sus ágiles extremidades adaptadas para cierto tipo de actividades, que nosotros fuimos perdiendo en un proceso progresivo, a medida que nos fuimos separando evolutivamente de ellos hasta derivar, o degenerar, que cada cual aplique el verbo que le plazca, en esa especie dominante y destructiva que gusta de masacrar y someter todo aquello que considere inferior en aras de eso tan sobre valorado y peligroso llamado progreso, que no es más que una manera sofisticada y agresiva de marcar terreno como haría toda especie territorial que guste de demostrarlo.cartel guerra simios

Porque no puedo concebir que a estas alturas todavía exista gente que no acepte que descendemos del mono. No hay más que observar a cualquiera de ellos en un zoológico, en su hábitat natural o encerrados en jaulas de laboratorio esperando su turno, para extraer conclusiones extrapolables y aplicables a conceptos humanos que deberían darnos soluciones  o por lo menos proporcionarnos un futuro confort a costa de algunos sacrificios de seres supuestamente inferiores, para darnos cuenta de que en esa mirada y esa manera de moverse, se esconde una figura antropomorfa que en algún momento sufrió una modificación genética que acabó por configurar al ser humano.

Y por ello se ha experimentado y se sigue experimentando con ellos y en los años sesenta se metió a uno de sus miembros en una cápsula espacial y hace ya casi cinco décadas, fueron la excusa para que naciera una saga cinematográfica rentable y longeva que ponía sobre el tapete una distopía alegórica que a día de hoy sigue estando de actualidad y generando debates.

La original del año 1968, dirigida por Franklin J. Schaffner y basada en la novela homónima de Pierre Boulle, protagonizada por Chartlon Heston que por aquella época era una de los machos alfa de turno, presentaba un mundo post apocalíptico que no era reconocible hasta la secuencia final que pasa por ser, desde mi punto de vista, uno de los mejores finales de la historia del cine. Cuando se toca la cima a las primeras de cambio, ya no llama tanto la atención lo demás, pero los guionistas supieron exprimir la trama que ha pasado por diferentes manos y tendencias hasta configurar, entre precuelas, secuelas y remakes, casi una docena de películas y una serie de televisión, que con altibajos ha llegado hasta nuestros días con la inmensa ventaja que los adelantos técnicos han proporcionado a la franquicia gracias a esos sensores captadores de los movimientos faciales que pusiera en boga, creo que por primera vez,  Peter Jakson para dar realismo a Gollum en la trilogía del señor de los anillos.

Y el señor que puso sus gestos y rictus múltiples al servicio de figuras no reales o por lo menos diferentes a nosotros, se llama Andy Serkis y se ha especializado en primates desde que se metiera en la piel tecnológica del remake de King Kong, a las órdenes del director que le dio fama, a pesar de que ya tenía a sus espaldas un bagaje nada desdeñable.

Y aquí encarna a César que es el simio jefe que adoptara ese actor tan guapo con cara de pillo llamado James Franco en la primera de la saga del nuevo siglo que se llamaba “El origen del planeta de los simios”(2011), invirtiendo el mito de Tarzán de los monos que acabara criándose entre primates en un proceso de impronta evolutiva que acaba creando una insalvable confusión en quién lo padece, sea mono, humano, reptil o caracol.

Y la cosa, como siempre, se sale de madre porque en esa dicotomía entre el bien y el mal está el origen de todo. En la guerra entre dos naciones, así como en las discusiones entre dos seres humanos, surge el conflicto porque todos quieren llevar razón y se incluyen en las huestes del bando de los buenos, porque los malos son siempre contra quienes se batalla porque todo es siempre una cuestión de perspectiva.

Los indios eran siempre los malos en las películas del oeste y así nos lo querían hacer ver, pero yo siempre sentí simpatía por esos pieles rojas emplumados sin pelos en el torso que disparaban flechas mientras los vaqueros les fusilaban porque siempre he ido con el que está en inferiores condiciones porque me joden sobre manera los agravios comparativos y los abogados de pleitos pobres condenados a perder y pagar las costas son los únicos de su especie por los que siento simpatía.

Y los indios sólo defendían su territorio por una sencilla razón. Ellos estaban ahí desde mucho antes y como lo vieron primero, pues eran los legítimos propietarios de unos ingentes terrenos en los que habitaban tal vez con sus peleas y sus cuitas, pero respetando eso llamado vecindad tan incómodo como inevitable porque cerca de los lugares de abastecimiento de agua y comida, tienden a arremolinarse los seres vivos en general porque eso tan aparentemente básico, asegura la supervivencia que es la aspiración y fin último de toda especie.

Pero luego están los que quieren más y para ello es preceptivo eliminar a la competencia. En cualquier documental de naturaleza, en los grandes planos generales de la sabana africana, de la tundra ártica o de los bosques amazónicos, todos pululan en torno a centros neurálgicos, más o menos insertados a capón en la cadena trófica que tiene una forma curiosa y natural de equilibrarse porque somos sólo los humanos los que la alteramos para después jactarnos de su restablecimiento. Por eso hay más gacelas que leones sin irse más allá y por eso los que están amenazados por causas naturales o son carne de cañón, suelen tener más descendencia y todo acaba encajando hasta que a los vaqueros les da por exterminar a los indios o los humanos a los simios porque las tornas se han invertido y eso hay que enmendarlo de la manera que sea.

Y generalmente los indios y los simios, por el caso que nos atañe, estaban tan pichis allí en su cañón del Colorado o en los densos bosques, criando a su descendencia y llevando un estilo de vida saludable, lejos de los McDonald´s y los pubs de moda, hasta que llegaron a tocarles los cojones y se pusieron manos a la obra para evitarlo.

Y ahora sacamos a los indios de la ecuación y nos centramos en los primates que gracias a su configuración genética y a la forma de sus extremidades, trepan por lugares inaccesibles como hacen los treparriscos tratando de encontrar un lugar tranquilo y apacible para disfrutar de eso tan aleatorio y condicionante llamado vida y la trama ha evolucionado favorablemente desde  que el minúsculo César se hiciera mayor y empezara a tener criterios propios que le desmarcaron de esa especie que le acogió, por lo menos uno de sus miembros, para acabar erigiéndose en líder de la manada y salir de su lugar de reclusión para iniciar un nuevo periplo en libertad sin sumisiones ni humillaciones.

Y ahí se forma el conflicto, porque del mismo modo que el maltratador no soporta la pérdida de lo que le hace ser  eso, el sometedor siente idéntica desazón interior y quiere perpetuar lo que le hace sentir suprior y si la parte sometida quiere dejar de serlo, pues o se pone tierra de por medio o se busca una buena pared dónde apoyarse, darse la vuelta y coger al toro por los cuernos que es lo que hicieron los espartanos, no sé si trescientos o alguno más, cuando a los persas les dio por tratar de arrebatarles su trocito de terreno.

Y esta parte moderna de la saga que nació sana y que prometía un desarrollo igual de saludable, alcanzó su punto álgido en la segunda entrega dónde se presentaron de verdad los conflictos, respetando los puntos de encuentro de la primera y planteando interesantes conceptos que siempre rondan en torno a la muerte y la traición que es una manera más espiritual de espicharla y la cosa acabó en un enfrentamiento épico y fraternal entre dos semejantes con formas opuestas de ver el mundo o por lo menos de entenderlo.

Y ahora nos acaba de llegar el tercer capítulo bajo el mando de Matt Reeves que ya lo hiciera en el 2014 y que demostrara entonces sentido del ritmo y del espectáculo, otorgando la mayoría del metraje y el protagonismo casi absoluto a los simios que para eso están en el título del trabajo.

Pero pronto nos damos cuenta de que la fórmula no se ha renovado y lo que estuvo bien en la segunda, se muestra tedioso en la continuación porque ya sabemos que los simios debaten y cuidan de los suyos y tratan de evitar el enfrentamiento a toda costa aunque siempre hay aficionados a la caza y la guerra de guerrillas en todo núcleo poblacional, pero los guionistas meten en el gazpacho un virus letal porque desde que los zombies se agarraron a esto del cine de la mano de George A. Romero, los virus son la mejor solución narrativa cuando los señores que escriben se quedan sin ideas. Se suelta un agente bacteriológico incontrolable que separa el mundo en portadores y víctimas y al final quedan cuatro gatos que tratan de librarse de la quema de la mejor manera que puedan y entretanto se pasan a cuchillo unos a otros porque un poquito de acero templado en un punto vital es infinitamente más rápido que agonizar entre charcos de vómito mientras la piel se te cae a jirones.

Y como némesis del simio listo y catalizador con más alma y sentimiento que la mayoría de los humanos, se coloca al zumbado de turno interpretado por Woody Harrelson, que desde que salió de un bar de Boston llamado Cheers y se le cayó al suelo esa lustrosa melena rubia de sus años ochenta, ha encarnado sistemáticamente, salvo honrosas excepciones, a tipos disfuncionales con ínfulas y testosterona para parar siete trenes porque ya se sabe que los calvos, ya sean genéticos o inducidos, gastan una mala hostia que te cagas porque la alopecia desgasta y encabrona.

Y los simios no quieren otra cosa que buscar una nueva tierra prometida guiados por su Moisés que no sabe cómo separar las aguas porque no tiene a Dios de su parte y los hombres están divididos entre ellos, más o menos como siempre y utilizan a los simios como mano de obra barata y escudos humanos por lo que pudiera pasar.

Al final batiburrillo existencial, fragor de batalla, gaitas destempladas, caminos trillados y un final a la altura para que nos hagamos la ilusión de que todo se acaba allí.

Los treparriscos, como los simios, seguirán buscando esas tierras altas dónde a la gente le da pereza subir y abajo, los humanos a lo suyo. Es decir, el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Los guionistas ya deben de estar encerrados en el interior de sus cerebros, estudiando la manera de volver a despertar a la criatura porque de alguna manera, el Ave Fénix, por muy chamuscada que aparente estar, siempre encuentra la manera de reinventarse.

Y aunque es evidente que descendemos del mono, ya hemos olvidado la manera de subirnos a los árboles desde que nos dio por bajar de uno de ellos.

Aunque de todas formas, cada vez quedan menos a los que subirse.

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