“La forma del agua” de Guillermo del Toro o Cinclus cinclus (Mirlo acuático)

El mirlo acuático es un ave que gusta de habitar en los cursos rápidos de montaña, aunque algún ejemplar errático puede ser localizado en lagunas de aspecto más tranquilo. Es un bio indicador de la pureza de las aguas en las que se mueve porque sólo buscará sustento y cobijo en aquellos lugares todavía no contaminados por la mano del hombre y la cada vez mayor ausencia de este tipo de parajes, le convierte en una especie en peligro de extinción que ya ha desaparecido de algunas cuencas mediterráneas. Tiene una silueta rechoncha, un plumaje pardo oscuro y una mancha blanca y grande característica en el pecho. Soporta la presencia humana si es moderada y alguna de sus actividades si no son invasivas. Es capaz de portar en sangre más oxígeno que otros miembros de su familia y eso le permite pasar más tiempo debajo del agua buscando alimento. Puede sumergirse completamente en tres segundos y permanecer debajo del agua hasta treinta, aunque lo más normal es que se mueva en intervalos de diez o doce. Por su capacidad adaptativa, puede caminar por el fondo buscando insectos y contrarresta las posibles corrientes con aleteos.mirlo-acuatico-europeo

Los cursos de agua en los que se mueve, rara vez tienen más de tres metros de anchura y suelen de ser de poca profundidad, ya que su técnica para alimentarse consiste en voltear guijarros para buscar debajo los insectos o los invertebrados de los que se alimenta exclusivamente.  Nunca anida a gran altura, buscando grietas, árboles o puentes y es habitual que cada pareja tenga hasta dos puestas cada primavera, aunque la segunda es menos numerosa que la primera. Es por lo tanto una especie asociada al agua de manera inexcusable y asociado al líquido elemento de idéntica manera es el personaje fantástico de la última película de unos de los creadores visuales más potentes, sino el que más, que pululan y transitan por la meca del cine.

Guillermo del Toro, personalidad indiscutible del celuloide y que pertenece a la escuela de cineastas mexicanos que comparten pasión, generación y créditos como Alfonso Quarón ó Alejandro González Iñárritu, es un habitual de Hollywood desde hace ya algunas décadas, aunque cada vez espacia más su trabajo como director, dedicándose a otros roles no menos importantes para que otros aspirantes al trono, presenten sus candidaturas con el espaldarazo de un peso pesado.

Su último exceso visual, “La cumbre escarlata”, data del año 2015, pero todas sus películas tienen un componente indivisible de su personalidad y una estética que no puede ni debe confundirse con la de ningún otro cineasta. Su gusto por el dibujo barroco, por el trazo sutil que utiliza para la confección y puesta en escena de las criaturas que habitan su mente y su manera de planificar sus obras, le convierten en un director fuera de horma que si no hubiera encontrado su manera de desfogarse y realizarse en el cine tal vez hubiera sido alguno de esos personajes que acostumbran a volar por el nido del cuco.la_forma_del_agua cartel

 

Para mí, su obra cumbre fue “El laberinto del fauno” (2006), en la cual una jovencísima Ivana Baquero trataba de exorcizar sus fantasmas y huir de una insoportable realidad, buscando acomodo dentro de su propia mente como a buen seguro hizo el bueno de Guillermo en ese despertar de la pubertad a la adolescencia dónde a los raritos les masacran sin piedad todos aquellos que suplen la falta de ingenio, aptitudes e inquietudes con una mala hostia primegenia y brutal como la que hace gala, salvando las distancias, el personaje interpretado por Sergi López en la película antes mencionada o Michael Shannon en esta que aspira a una tonelada de los premios Oscar que se repartirán en breve porque ya hace tiempo que están otorgados de antemano, más o menos como siempre, salvo errores de lectura, traspapelado de sobres o sorpresita de última hora.

Y, a pesar de que las historias que cuenta son cuentos al uso, con buenos buenísimos, encantos encantadores, héroes involuntarios y abnegados que suelen acabar en el lodo y villanos de libro, le salva que tiene una fabulosa manera de contarlo que atrapa sin concesiones y es que si el señor del Toro hubiera sido Sherezade, hubiera vivido para contarlo siempre como mínimo una noche más.

Si algo tienen en común “El laberinto del fauno” y esta que nos atañe es que ambas han sido, una en su día y la otra once años después, candidatas a llevarse premios a tutiplén y en ambos casos por méritos propios, pero la segunda está rodada en territorio americano con pasta y actores locales y eso la convierte en aspirante legítima a reinar en el país de Nunca Jamás, como pasa con el baloncesto europeo y la NBA, que siendo el mismo deporte, constituye por sí mismo una liga muy diferente al resto.

En la anterior, Guillermo del Toro justificaba la fantasía por el mundo paralelo que la niña ha de inventarse para hacer frente a su condición de vástago no deseado por un padre tiránico y una madre pusilánime y en esta se deja de monsergas y no busca el refugio de la ilusión justificada y sitúa la acción en los sótanos de un edificio gubernamental construido para la ocasión en plena guerra fría que fue aquella época en la que las dos únicas potencias del mundo, EE.UU y la URRS, por miedo a desaparecer lanzándose petardos, se la jugaban en otros ámbitos en los cuáles, en caso de no llevar la delantera, no convertiría el planeta en un queso gruyere a la intemperie un día de calor sahariano. Pero como este señor es así de original, se deja de juegos de ajedrez y viajes planetarios a la vecina luna u orbitacionales alrededor de la circunferencia terrestre y centra toda la disputa en la captura y análisis de una criatura anfibia encontrada en las selvas amazónicas y venerada como un dios.

Como no puede ser menos porque México está más cerca de EE.UU que de la fría y enorme Rusia, son los americanos los que toman la delantera y capturan al bicho en cuestión y lo tienen sujeto con grilletes en los bajos de un sótano. Pero hasta en los más sórdidos y apartados lugares es necesario que haya alguien que se ocupe de recoger las inmundicias y ahí es dónde entra en juego la protagonista femenina encarnada por esa actriz llamada Sally Hawkins,  que por la peculiaridad de su rostro y su manera de moverse, está condenada a hacer papeles de marginada y corre el riesgo de que la encasillen. Aquí es una mujer de la limpieza de un laboratorio de alta seguridad que tiene acceso a ciertas partes privadas y que tiene como amiga a una veterana negra que habla por las dos porque ella ha de comunicarse por lenguaje de signos debido a un trauma infligido en su niñez. Allí está recluido la causa de las disputas y, entre los militares que quieren eliminar al bicho tras extraerle el jugo, el espía ruso infiltrado como científico en el laboratorio que ha de rendir cuentas a unos tipejos de calaña discutible con los que sólo tiene en común la nacionalidad, el jefe técnico del cotarro que se quiere atribuir todos los méritos y las chicas de la limpieza, se gesta toda la historia que empieza con una descripción magistral de la protagonista y sus rutinas incluyendo un ritual diario orgásmico en la bañera típico de aquellas personas que lo tienen más complicado para acceder a una reciprocidad placentera. Su mejor amigo es un viejo tierno y solitario con el que comparte rellano y con el que tiene una vida de pareja pero sin sexo y que ven juntos películas de época antiguas que muy probablemente son también las que despertaron la pasión por el cine de este mexicano universal de físico tan exuberante como sus creaciones.

El agua no tiene forma en sí, sino que adopta la del recipiente que la contiene y por su cualidad líquida ocupa, rellena e invade todo sobre lo que se desliza y bajo la superficie del mar, que sin ir más lejos ocupa las tres cuartas partes de nuestro planeta y en cuyas profundidades deben de habitar criaturas que escapan a nuestra imaginación e incluso a la de algunos más dotados de ella como Guillermo del Toro, hay muchas cosas que desconocemos. La vida se originó en el agua y después se propagó a otros ámbitos y son los seres anfibios, desde mi punto de vista, los animales más adaptados que existen porque pueden repartir su tiempo con los intervalos adecuados que su diseño exija, entre un medio u otro.

Es una película clásica que se ven con agrado y sin sorpresa, dotada de una intensidad dramática moderada, pero rodada con la habilidad de un señor que, anfibio o no, sabe moverse por cualquier medio audiovisual con la autonomía suficiente como para no quedarse estancado y que aparte de su maestría habitual para crear atmósferas, sabe rodearse de profesionales de calibre para redondear sus obras. La galería de personajes secundarios alimenta una trama bastante simple del clásico enamoramiento de dos criaturas separadas por la naturaleza y unidas por la química que otorga la marginalidad a todos los que la poseen en menor o mayor grado y que serán perseguidos por la mayoría, porque las churras y las merinas no deben mezclarse. No es más que un cuento dotado de cierta magia redundante varias veces vista desde las producciones de Disney hasta los musicales de Broadway.

Casualmente y varios meses después de su estreno en EE.UU, de repente y a apenas unos días de la gran fiesta de la meca del cine lo que ya de por sí huele a chamusquina que es una cosa mala, alguien destaca en titulares una noticia sobre un plagio de esta película a una obra teatral escrita en 1969 por un tal Paul Zindel, ganador de un Pulitzer y ya criando malvas y que ahora son sus hijos herederos los que destapan el pastel. Esto ha sido denunciado exigiendo que la obra no figure como original sino como adaptación lo cual reconfiguraría el mapa de los beneficios a repartir con los consiguientes problemas administrativos, pero cuyo objetivo principal parece ser un boicoteo para que las nominaciones no se conviertan en algo tangible y por lo tanto físicamente cuantificable. Que esto le vaya a ocurrir precisamente a un mexicano que habita en el país regido por el señor del tupé imposible que pretende sacar de su amada tierra a todos aquellos que no sean americanos puros y levantar un muro enorme entre ambas fronteras, no parece una casualidad.

Hay tantas similitudes entre tantas historias y tantas maneras de contar lo mismo, que no creo que sea posible dilucidar nada más allá de las especulaciones, salvo casos flagrantes de otros farsantes que han calcado palabra por palabra el trabajo de otros. Ignoro, aunque presupongo,  de dónde sale la orden de lanzar ciertas cargas de profundidad, pero sea quién sea quién tenga razón y el encargado o encargada de darla o quitarla, no ha elegido el momento al azar sino obedeciendo a estrategias de corte militar con el fin de medrar y seguramente inclinar balanzas de uno u otro lado.

El cine debe de ser algo mucho más grande y apartado de las decisiones y las maniobras políticas. Sólo debería ser  un ejercicio de entretenimiento de calado variable para satisfacer diferentes expectativas vitales y en ello este mexicano de pro, que  a buen seguro pasó miles de horas muertas metido en tiempos pretéritos en la oscuridad de cualquier cine, es un maestro consumado.

La forma del agua, sea cual sea, no permanecerá demasiado tiempo en el imaginario colectivo y será erosionada por recuerdos pasados y trabajos venideros y desde luego, con complot o sin él, no merece tanto reconocimiento como al que aspira habiendo trabajos de calidad inmensa a su lado o en el olvido, pero mientras se visiona, tiene la pátina del cine de siempre, del que nos acompañó desde la transición de niños a adolescentes y de púberes a adultos y que se seguirá haciendo según nos vayamos arrugando y cediendo el testigo a otros. Es un cine condenado en cierto modo a desaparecer, como lo haremos todos, pero que aún puede presumir de ser un vehículo lúdico adecuado para esa tarea tan complicada que puede ser a veces evadirse de la cotidianidad que nos ahoga.

Cumple el objetivo y lo cumple bien. Eso es dignificar esta cosa llamada cine que se puso en marcha tal vez de manera involuntaria, en cuanto a la permanencia, no a las intenciones, por unos señores que jugaban a captar instantes en movimiento y que metieron por primera vez un tren en una sala de cine.

La protagonista, como el mirlo acuático, se mueve entre dos mundos, obligada a salir a respirar a la superficie y a contener la respiración bajo ella, porque bajo el agua ella también tiene su alimento y está siempre amenazada porque a la implícita fragilidad de la vida, se le une la añadida de aquellos que pelean en la vida a pecho descubierto y sin escudo, los que van en primera línea de batalla y protegen los flancos de los que por jerarquía son considerados más importantes.

Y a veces el sacrificio de uno de ellos, condiciona la partida.

 

 

 

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