“La enfermedad del Domingo” de Ramón Salazar o Picus viridis (Pito real)

El Pito real es el tipo de ave perteneciente a la familia de los pájaros carpinteros más extendida en la Penísula Ibérica y pese a lo colorido de su plumaje, no resulta fácil de ver debido a su carácter asustadizo y solitario  y a que pasa gran parte del tiempo en el suelo buscando alimento. Aunque tiene un pico fuerte, no lo es tanto como el del resto de su familia y por ello suele buscar árboles de maderas dañadas para que no le cueste tanto horadarla para buscar el alimento que necesita que suelen ser hormigas, otros insectos o pequeños invertebrados que suelen buscar acomodo en los árboles podridos. Ello no obstante, no le impide utilizarlo también para hacerse su nido aunque tenga que trabajar más que otros miembros mejor dotados de su familia. Tampoco utiliza el tamborileo típico de los pájaros carpinteros como forma de comunicación.

Tiene el plumaje verde, aunque a finales de verano está más desgastado y según la luz que incida sobre él, puede tirar más a pardo, el obispillo amarillo y la nuca y el píleo de color ojo rodeados de una zona negra que se extiende hasta la bigotera.pito real

Es sedentario y posee un reclamo poderoso que suele delatarle y que se asemeja a una carcajada áspera que va acelerando hasta bajarlo de tono. Su vuelo es muy ondulante y no es exigente a la hora de buscar lugares dónde vivir, pudiendo hacerlo en todo tipo de bosques pero con predilección por los caducifolios con apertura de claros y es muy común también verle en zonas ajardinadas artificialmente mucho más cerca de nosotros de lo que podamos pensar.

Tal vez su principal característica sea para compensar su pico más endeble, que tiene una lengua larga y pegajosa que puede deslizarse hasta diez centímetros dentro de las cavidades, lo cual le permite extraer alimento con mayor facilidad y sondear los posibles lugares dónde encontrarlo.

Los polluelos, que abandonan el nido a partir de los veinte y cinco días, reclaman  incesantemente la comida a ambos progenitores hasta que les llega el momento de volar por libre.

Y un reclamo incesante es el que propone una de las dos protagonistas principales de la película, concretamente la más joven, a la otra con la que comparte un vínculo familiar muy potente que fue roto de manera unilateral por la segunda y que la primera trata de reestablecer treinta y cinco años después de una manera como mínimo tan peculiar como la que utilizó más de tres décadas atrás la más mayor de las dos para hacer justamente lo contrario.

Y este conflicto queda reflejado desde el primer instante cuando en una fiesta organizada por acaudalados anfitriones, de esos que tienen en su agenda los números personales  de gente relevante, han de verse obligados a contratar como siempre en esa clase de eventos, un buen número de personal de servicio adicional al que suelen tener y entre ellos y en el adoctrinamiento previo en cuanto a la manera de actuar y ejecutar sus labores, hay una persona con la cual la anfitriona tiene un pasado común.enfer cartel

Esta persona, solitaria como un Pito real y que tampoco gusta mucho de dejarse ver, utiliza una manera sutil de establecer el contacto con ella con lo cual se empiezan a desplegar las condiciones que condicionarán el resto de la trama.

Una mujer poderosa en el presente pero de cuyo pasado poco o nada sabemos excepto que abandonó a su hija cuando esta tenía ocho años ve con desconcierto como la niña que abandonó finalmente la encuentra y la propone pasar con ella diez días ellas sólas en un lugar apartado del mundanal ruido y de influencias exteriores más allá de las imprescindibles para la intendencia y poco más.

La falta de condiciones anexas a tan extraña petición enciende las alarmas del marido de la señora que intenta protegerla de manera legal y de la hija adolescente, la segunda, tan genuina como la primera, pero reconocida como tal, y la culpable del abandono familiar injustificado, decide hacer frente a esa barrera temporal que propone la víctima para, una vez cumplida la penitencia, regresar a su vida de rica, dejando atrás para siempre las consecuencias de sus actos como ya hiciera de manera voluntaria y sin asomo al parecer de arrepentimiento, mucho tiempo atrás.

Ramón Salazar, director de cine de la escuela malagueña, tiene varias películas a sus espaldas entre las que destacan, no por buenas sino por mediáticas, algunas adaptaciones de cine para adolescentes basadas en libros de Federico Moccia que es el responsable de esa estúpida moda de colocar candados por parejas en alambradas y lugares dónde puedan sustentarse y arrojar las llaves al agua o dónde no puedan recuperarse para simbolizar el amor eterno.

Aquí regresa a un relato formal, poderosamente visual con un grado de intimismo superlativo para tratar de reflejar las personalidades aparentemente opuestas de dos mujeres, madre e hija, cuyos candados, unidos desde el mismo momento de la concepción, fueron reventados de mala manera por una de ellas cuando decidió abandonar a su marido y a su hija de ocho años una tarde de domingo, tomando un camino por el cual también debía  de regresar sin que llegara a hacerlo nunca.

Y aunque hay personajes satélite que funcionan muy bien encajados en la trama de manera orgánica como el segundo marido de la ricachona, el hombre que le cuida la perra a la hija abandonada cuando decide ir a buscar a la madre a la fuga o el primer marido exiliado su vez en París, supongo que cuando su hija ya pudo valerse, es un decir, por sí misma, son los dos personajes interpretados por Bárbara Lennie y Susi Sánchez los que copan y hacen crecer la película porque la cámara se queda pegada a ellas no vaya a ser que a la más mayor le de por volverse a ir y a la más joven meterse en lo más hondo del bosque a lamerse de nuevo unas heridas tan sangrantes como el primer día.

Y es un duelo en toda regla, una partida de póker con las cartas boca arriba, una ruleta rusa cargada sin huecos en el cargador con balas que no las matarán, pero que se quedarán alojadas en lo más hondo del corazón sin posibilidad de ser extirpadas.

Qué es lo que puede pasar por la mente de una madre para abandonar a su descendencia es algo que sólo pueden saberlo las que lo hayan hecho y me da igual que sea justo después de nacer dejándo al fruto de su vientre dentro de un contenedor que dejándola en manos de unos padres adoptivos por las razones que sean, porque en el primer caso  el pasado, el presente y el futuro se reducirán salvo milagro a un único día y en el segundo, independientemente de las variantes, se plantearán una serie de incógnitas que tal vez en su día tengan que ser despejadas.

Una mujer, algo que jamás podremos experimentar los hombres, en su calidad de ente con capacidad de concebir, puede llegar a disponer de hasta nueve meses de vínculo personal e instrasferible con la vida que está creciendo en su interior y sus vísceras tendrán que moverse y adaptarse a un bulto creciente unido a ella de la manera más íntima posible y por ello, por mucho que les joda a muchos padres de signo masculino, los hijos son siempre más de la madre que de ellos porque, vamos a dejarlo claro aún a riesgo de ser groseros, nosotros sólo ponemos la polla o como mínimo el semen con lo cual algunas mujeres pueden evitarse el engorroso trámite de intimar con algunos gañanes a los que tal vez en un futuro haya que solicitar de la autoridades competentes, o incompetentes, según el caso, órdenes de alejamiento.

Pero una cosa es abandonar a un hijo sea cual sea el género en los primeros instantes de su vida una vez roto el vínculo físico que potenciará el emocional y que debería durar toda la vida y otra cosa muy diferente es hacerlo ocho años después, cuando ya hay recuerdos poderosos, episodios compartidos y una evolución que, como tal, siempre debe de ir hacia delante.

No me causa estupor el hecho de que haya gente capaz de hacerlo porque la facilidad del ser humano para superar cotas en principio máximas de estulticia y desapego ya ha superado mi capacidad de asombro, pero lo que más me inquieta, lo que hace que desee haber nacido canguro, puerco espín o escolopendra, es la falta de empatía o la facilidad con la que muchas personas cierran epidosios de sus vidas de manera traumática para los demás sin sentir ni por un instante la tentación de mirar atrás o de plantearse siquiera la idoneidad, la justificación  o las consecuencias de sus actos, no encontrando ningún tipo de problemas a la hora de conciliar el sueño y a los cuales el pasado y sus fantasmas no los persiguen porque los tienen bajo siete candados y tienen las llaves en su poder para asegurarse de que no van a fallar las cerraduras. Y esto es estrapolable también a los que atropellan gente en la carretera y se dan a la fuga o los que causan accidentes y hacen lo propio o los que son capaces de convencerse a sí mismos de que tal o cual cosa o no ha ocurrido o no ha sido culpa de ellos.

Qué puede sentir una niña dependiente de su madre en todos los planos que se ve de repente sóla con la otra parte de la familia devastada con un nivel de incomprensión similar pero más fácilmente evaluable y que espera cada día el regreso de la madre huida en el mismo lugar desde dónde la vió partir, es algo que escapa a mi comprensión, pero ese pasado en la película no está presente de manera visual sino emocional y la madre rediviva acude a la cita obligada por una decisión contractual que no puede reflejarse en ningún contrato por muchas claúsulas que contenga y la hija no tiene en principio más planes que hallar una respuesta, una justificación a los actos pasados de su madre, algo no que la caliente el corazón porque ya no hay manera de que vuelva a albergar vida, pero sí que posponga el momento inleudible en que el frio lo resquebrajará y lo romperá en mil pedazos también en el ámbito físico.

Esa madre que no puede dar a su hija lo que quiere porque su corazón está tan muerto como el de ella y esa hija que pide con la mirada sin necesidad de abrir la boca, constituyen un duelo interpretativo sublime rodado con maestría de antropólogo y naturalista que convierte el paisaje, el de ambas y el del paraje dónde está ubicada la casa dónde han de enfrentarse a la verdad definitiva, en personajes adicionales que como ellas, también respiran aunque sólo sea por la fuerza de la costumbre.

Para hacerla más digerible, Ramón Salazar nos da de vez en cuando un respiro y saca a pasear la cámara por el pueblo y sus habitantes, pero no hay respiro que valga y la enfermedad del domingo es la enfermedad de todos los días y está ahí, enquistada en nuestro organismo, tal vez en estado de vida latente, pero cuando la bestia despierte, nos devorará como Cronos hizo con sus hijos porque de ese modo, se aseguró de que no vivirán lo suficiente para pedirle explicaciones y eso es lo que hace el tiempo con nosotros, nos junta, nos separa, nos aniquila y nos reduce a cenizas porque realmente no somos sus hijos, somos sus esclavos que al encerrarlo en una esfera de cristal conectada a un mecanismo, nos hacemos a la absurda idea de que lo podemos controlar.

No hay explicación para ciertas cosas y nada ni nadie nos las podrá proporcionar porque no hay respuestas a ciertas preguntas y cada uno deberá de cargar con sus traumas y sobrellevarlos como mejor pueda, porque no hay ventanas suficientes en el mundo desde las cuales acertar a ver regresar lo que una vez se nos fue para no volver porque de hacerlo, lo que regrese, ya no se parecerá en nada a lo que una vez conocimos y entonces la espera será tan inútil como irreparable el daño que nos causaron.

Y sólo nos queda el recurso del Pito Real, que es tratar de obtener lo que pueda de la manera que sea y lanzar al aire su reclamo en forma de carcajada porque, aunque sea una risa triste, siempre será mejor reir que llorar.

Aunque nos salgan arrugas.

 

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