“La decisión del rey” de Erik Poppe o Buteo buteo (Busardo ratonero o Busardo)

Esta águila de tamaño medio y complexión robusta, fue conocida durante muchos años por el nombre de Ratonero, hasta que a alguien con poderes le dio por cambiárselo por el de Busardo. Tiene las alas cortas y bastante anchas y una cola no demasiado larga que puede usar a voluntad como un timón cuando la abre en abanico, lo cual le permite cernirse en el aire y permanecer un tiempo en vuelo sostenido mientras espera el momento de abalanzarse sobre su presa.ratonero

Puede lucir, independientemente de las edades de los diferentes individuos, muchas variedades de coloración en su plumaje y la principal clave de su supervivencia es su absoluta falta de especialización en cualquiera de las diferentes facetas de su biología, ya que se trata  de un ave acomodaticia que puede reproducirse satisfactoriamente en infinidad de hábitats y climas y puede predar sobre un espectro muy amplio de fauna local, viva o muerta, y que además presenta una alta tolerancia al ser humano y a las modificaciones que impone.

Habita especialmente en espacios abiertos con campos de cultivo previamente deforestados por el hombre,  pero necesita de arboledas colindantes que es dónde prefiere tener el nido. Se trata de una rapaz muy territorial, que aunque forma bandadas durante sus migraciones entre el mes de Agosto y el de Noviembre, prefiere después en sus asentamientos, formar parte de grupos dispersos o aislados.

Es un ave ruidosa que usa frecuentes llamadas y reclamos para anunciar su presencia y espantar a los que no deban de merodear por sus territorios y a pesar de que ha sido víctima multitud de veces de la caza furtiva y del expolio de nidos para cetrería, es una especie muy abundante en Europa.

la decisión del rey cartel

Y abundantes también en Europa son las monarquías, que no son más que reliquias obsoletas del pasado, instituciones rancias mantenidas por el pueblo desde los tiempos medievales y que, por alguna extraña razón, siguen en activo y cuentan entre sus fieles a entusiastas huestes que les protegen, les mantienen, les alaban y les ríen sus gracias, ya sea cazar elefantes, obsequiar a las reinas con regias cornamentas o diseminar bastardos engendrados con plebeyas porque el derecho de pernada, aunque debidamente matizado, sigue estando a la orden del día.

Y en algunos lugares como Inglaterra, son sagrados e intocables y viven largas vidas cuya máxima tensión es hacer la maleta cuando se marchan de la residencia de verano a la de entretiempo antes de darse una vuelta por la de invierno. Y tampoco tanta tensión porque las maletas, como todo lo demás, se lo hacen los sirvientes que han sido tocados por la gracia divina al otorgarles el privilegio de cuidar de unos dinosaurios a los que no hay meteorito que les ponga en órbita.

Cierto es también que durante las estancias en el trono de este tipo de familias reales, debido a que en el transcurso de una vida pueden ocurrir muchas cosas, muchas veces se ven envueltos en conflictos en los cuales deben de mediar como ciudadanos de alto standing, pero sin respuesta directa que para eso ya están los estamentos alrededor de ellos que les mastican el pan para que ellos sólo tengan que realizar el acto mecánico de tragar.

Y, como quedara demostrado en “El discurso del rey” de Tom Hooper (2010), a veces desempeñan labores que en forma de discursos como el que diera con gran esfuerzo Jorge VI, cohesionan y revitalizan a la población para aspirar a cotas mayores y que pueden llegar a atener un efecto balsámico y catalizador.

Aquí el nuestro dio la cara durante el intento de golpe de estado de 1983 y cada veinticinco de diciembre, ahora relevado por el sucesor tras la abdicación voluntaria del titular, nos amenizan los preparativos de la cena navideña con su particular estado de la nación escrito a vaya usted a saber a cuántas manos, por esos guionistas inefables que tan pronto paren series paródicas de nuestras inmundicias como discursos políticamente correctísimos sin nada de chicha en su interior que después serán desmenuzados por los analistas y tertulianos de turno porque alrededor de la mesa real, desde los tiempos de Maricastaña, siempre ha habido una corte cuyos roles se han repartido en base a simpatías, filias y méritos varios.

En nuestro país, el rey quedó en estado de vida latente hasta que le tocó salir a la palestra tras la muerte de otro dictador al que en su día las cosas se le dieron mejor que a otros que lo intentaron antes y al que lo intentó después y desde entonces, vivimos en una democracia en la cual el monarca es una figura simbólica que está ahí porque tiene que estar por los siglos de los siglos, amén.

Y simbólicos son también todos los demás que acuden a las citas convenidas y a las ineludibles cada año para darse ese baño de masas a los que están obligados por decreto tácito y real.

Y ser rey en época de guerra, tenía que ser una cosa muy jodida porque, como en el ajedrez, el juego finaliza cuando el rey está acorralado y, al ser el máximo exponente del tablero, asegurarse tan codiciada pieza, siempre es sinónimo de victoria sin paliativos.

Y durante la Segunda Guerra Mundial, aunque los países nórdicos intentaron ser neutrales como lo fueron en la primera Gran Guerra, la condición geográfica de sus territorios, los convertía en puntos estratégicos que otorgaban ventaja a aquel bando que tuviera control sobre ellos y ahí la aspirada neutralidad se va al carajo cuando te colocan un carro con explosivos debajo de la mesa y el 9 de Abril de 1940, después de que los ingleses minaran las aguas territoriales noruegas para darles a entender que la cosa iba en serio y después de que el ejército noruego bombardeara unos barcos de guerra alemanes que intentaban entrar en puerto con premeditación, nocturnidad y alevosía, el ejército nazi se hizo con el control del país y establecieron por la fuerza una administración militar que coexistía con un gobierno civil a la carta que simpatizaba con los alemanes y que duró hasta la capitulación de las tropas germanas el 8 de Mayo de 1945.

El rey por aquel entonces era un tal Haakon VII que era danés pero que accedió al trono de Noruega en 1905 tras uno de esos acuerdos maritales que sirven para que los reyes extiendan su coto de caza y que sirven también para unir países y obtener aliados seminales porque lo que ha unido Dios y la naturaleza, que no lo separe el hombre y se dio la circunstancia de que fue el primer rey electo en más de quinientos años de vocación democrática, lo cual pese a su condición de regente foráneo, le otorgaba un plus de fuerza moral que él supo utilizar con sapiencia y gusto regio. Bajo los primeros años del mandato de este personaje real, Noruega pasó también a la historia por alguno de sus ciudadanos ilustres como el explorador Roald Amundsen que dirigió la expedición a la Antártida que por primera vez alcanzó el polo sur y cuya meseta polar fue años después renombrada con el nombre del regente.

Resumiendo que me disperso. Tras la toma por la fuerza de la capital Noruega porque no sabían hacerlo de otra manera, hubo que sacar por patas de allí al rey Haakon y su familia y ponerles a salvo en algún lugar de la inhóspita geografía noruega, toda vez que ya se había corrido la voz de que el hermano del regente Noruego que hacía sus labores en la vecina Dinamarca, ya había sido pasado por la piedra y aceptado las condiciones del invasor. Pero Haakon VII no estaba por la labor y mientras saltaba de una población a otra buscando refugio y tras mandar su nuera y sus nietos a Suecia, puso en pie un gobierno provisional ajeno a las ideas de los nazis y fiel al espíritu noruego, que por algo son descendientes de los vikingos, coño, para tratar de posponer la rendición el mayor tiempo posible, a pesar de que las bajas en el bando nórdico eran cada vez mayores bajo el yugo del rodillo alemán.

Y cuenta la historia y por supuesto la película, como el embajador alemán en Noruega, un tal Curt Braüer, que tenía un hilo directo muy fino con Adolf Hitler, más por casualidad que por deseo expreso del líder nazi, intentó hacer entrar en razón al rey de Noruega para evitar un baño de sangre y de paso para sumar en su cuenta unos valiosos puntos para cuando le tocara regresar a Berlín en plan héroe.

Los embajadores, además de tener bula para ciertos asuntos que ahora no viene a cuento mencionar, son puentes esenciales entre los distintos países y tienen la misión en épocas de crisis de ejercer de intermediarios entre el país de origen y el de acogida, como también quedara demostrado en la película “Diplomacia” de Volker Schlöndorff (2014), que cuenta como tras el desembarco de Normandía, un hábil cónsul sueco logró convencer al general nazi Von Choltitz, durante el transcurso de una única noche y en un encuentro no pactado, para entregar París sin que fuera bombardeada, en un asunto que hasta que se llevó al teatro y después al cine, no era demasiado conocido excepto por los historiadores y estudiosos del tema.

El tal Curt logró mover los hilos necesarios para sacar al rey de su escondite y tratar de negociar una rendición pactada, pero el rey Haakon, para darle un sentido al título de la película, se lo pasó el forro educadamente y se mantuvo en sus trece, acabando con las aspiraciones del diplomático alemán, pero el rey no podía tomar la decisión por sí sólo al carecer de los poderes propios de una democracia sana y lo dejó en manos del gobierno provisional, advirtiéndoles que si cedían al chantaje y se rendían, él y toda su familia abdicarían sin remisión ni vuelta atrás.

El caso es que los noruegos se apretaron los machos y mantuvieron el órdago, a pesar de que el día después de la negativa, los bombarderos alemanes trataron de dar pasaporte al regente sin éxito en la misión y los noruegos siguieron en lucha hasta el final de la guerra, mientras el rey y toda la familia real se marchaban a Inglaterra para con el culo bien a salvo, mientras sus súbditos se dejaban la vida por ellos, organizar la resistencia desde el país aliado y regresar después en olor de multitudes con el honor y el crédito intactos y a día de hoy es su nieto Harald V quién por línea directa ocupa el trono de ese país tan civilizado, tan ejemplar y tan septentrional.

Y todo esto lo cuenta Erik Poope para sacar a la luz una parte poco conocida de la Segunda Guerra Mundial y para de paso hacer cuentas con sus compatriotas para que los profanos y los incultos, que somos muchos, sepamos que los noruegos, fieles a su patrimonio y a su historia, tomaron partido y le plantaron cara al invasor con todo lo que tenían, destacando por encima de algunos de sus vecinos que se bajaron los pantalones cuando se lo pidieron, pero que, eso sí, salvaguardaron a su población de una muerte indiscriminada al grito de en la guerra todo vale, abriendo una vez más el debate acerca de sí es mejor un valiente muerto o un cobarde vivo.

Y el director noruego filma esta buena película literalmente a golpe de cámara, creando en el espectador una sensación de prisa y de provisionalidad que fue lo que debieron de sentir toda esa gente envuelta en el conflicto que debían de ir poniendo tablas según se iba hundiendo el puente. Para ello, aparte de los recursos narrativos habituales, se sirve de un montaje paralelo para ilustrar la espera y la huida de unos y el avance inmisericorde de los otros en el juego del ratón y el gato, mientras los más listos se van arrimando al sol que más calienta y los demás hacen lo que pueden cuando les dejan.

Cine frío porque lo es todo el que nos llega de esas latitudes, pero cine que funciona, con sus ritos y sus pausas y que nos ilustra sobre un pasaje oscuro y poco conocido de un conflicto que tuvo el foco en otros lugares de más renombre y en el que en el rostro de su actor protagonista se puede apreciar la duda de un hombre que en su calidad de máxima figura representativa de su país, barajó todas las posibilidades de las posibles decisiones, aún a sabiendas de que hiciera lo que hiciese la iba a cagar.

El rey Haakon, muerto en 1957 de causas naturales, es decir de viejo, era como un busardo. Un ejemplar de rapaz no demasiado grande, pero con una gran capacidad adaptativa que supo ir haciendo frente a todo lo que se le venía encima sin perder ni la fe ni la dignidad y que se reunía en pequeños grupos para desde su núcleo, elaborar estrategias de supervivencia extrapolables a otros ámbitos.

Que lo hiciera mejor o peor es algo que ahora no tiene sentido pensar porque habría que vivir las consecuencias de un acto y su contrario de manera simultánea y eso está excluido por las leyes físicas tal y como las entendemos o por lo menos tal y como sabemos manejarlas.

Y a la historia le cuesta mucho trabajo ponerse a juzgar, porque siempre hay asuntos pendientes que tapan los anteriores y la cantidad de árboles no nos dejan ver el bosque.

Y a veces, simplemente, es mejor mirar para otro lado.

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