“La cordillera” de Santiago Mitre o Vultur gryphus (Cóndor de los Andes)

El cóndor de los Andes es el ave no marina de mayor envergadura del planeta y habita exclusivamente en Sudamérica, en la cordillera de los Andes y en las costas adyacentes tanto hacia el Océano Pacífico como hacia el Atlántico. Su nombre procede del quechua “Kuntur” y es símbolo nacional de Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú y además juega un importante rol en el folclore y la mitología andina.

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Es un ave negra de gran tamaño cuyos representantes masculinos, al contrario de lo que suele suceder entre las aves rapaces, son mucho más grandes que los femeninos. Tiene plumas negras alrededor del cuello y en algunas partes de las alas. Al igual que en algunas especies de buitres, a pesar de ser un ave carroñera, no se la considera directamente emparentada con ellos, tiene la cabeza desprovista de plumas y de un tono rojizo que puede cambiar dependiendo del estado de ánimo de la criatura, lo que ya supone por sí mismo algo singular a tener en cuenta.

Tiene un pico cortante terminado en gancho lo cual le confiere una ventaja biológica a la hora de disponer de una buena herramienta dados sus hábitos necrófagos y es una de las aves que vuelan a mayor altura, hasta seis mil quinientos metros, con muy poco desgaste ya que puede planear sin mover las alas durante cientos de kilómetros, aprovechando las corrientes térmicas.

Cuando se posa para comer, puede ingerir hasta cinco kilos de alimento y no probar bocado durante cinco semanas, lo cual unido al aislamiento de su plumaje que le permite vivir en ambientes gélidos, le convierten en un superviviente nato, digno de su leyenda y de su fama.

Al tener atrofiada la laringe, es un ave practicamente muda y de eso no está aquejado ninguno de esos políticos infames que supuestamente nos representan y que campan a sus anchas por el mundo, luciendo su jeta, su falta de vergüenza y humanidad y su ausencia total de prejuicios a la hora de saberse legitimados para defender nuestros supuestos privilegios, cuando todo el mundo sabe que únicamene defienden los suyos y los de sus allegados, sean estos familia, amigos o simples mascotas.

Y de eso va esta fabulosa y compleja película de un director cuyo trabajo anterior fue un remake de una obra cinematográfica de 1960 de Daniel Tinayre  a la que en el 2015, copió el nombre y el argumento, pero que ofreció otra mirada a un personaje real que dejó una cómoda realidad para meterse en el fango de otra mucho más incómoda porque sí que es verdad que hay gente que tiene un ideario más hondo y menos acomodaticio y que se lía la manta a la cabeza para cuadrar su vida con sus inquietudes.

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Santiago Mitre, también es un reputado guionista como acredita su trabajo en las potentes películas de Pablo Trapero “Leonera” (2008), “Carancho” (2010) o “Elefante blanco” (2012) y en todas ellas, tanto como guionista o como director, sabe dejar su impronta de señor que llama a las cosas por su nombre  aunque le partan la cara porque las cosas hay que saberlas nombrar y afrontar llegado el caso, aunque las consecuencias puedan suponer un disturbio vital de imprevisibles consecuencias.

Si las películas de Pablo Trapero, con el que comparte por lo visto tanto nacionalidad como inquietudes, supusieron en su día, alteraciones de las leyes de su país debido al revuelo que su viosionado y lo que cuentan provocó en los espectadores y en la oponión pública, porque gustan ambos de coger el toro por los cuernos aunque les empitone de manera inmisericorde, Santiago Mitre opta por un estilo aparentemente más formal, tal vez más monocorde, decididamente menos impacante y pantanoso en apariencia, pero que bebe de las mismas fuentes emponzoñadas de realidad en las que nos obligan a abrevar algunos de sus paisanos y no suele recrearse  en imágenes concluyentes ni epifánicas, sino que navega con el timón bien sujeto  aunque el barco se dirija hacia las rocas porque es en esas situaciones límite dónde el cerebro abandona los caminos trillados para tomar el control absoluto del asunto, a pesar de que  el cascarón de nuez acabe hecho añicos contra el acantilado.

Y ambos dos, han tirado en algún momento, a la hora de configurar su filmografía, de ese pedazo de actor irrepetible y todo terreno, que se calce el personaje que se calce, le queda como un puto guante, porque cuando se es fabuloso, todo te queda de fábula, aunque te pongas el chándal raído de los domingos para ver la tele después de comer.

La Cordillera, utiliza la excusa de una de esas cumbres que los organismos gubernamentales gustan de organizar cada vez en un lugar del mundo diferente, para que los represenantes políticos de los diferentes países más influyentes del planeta, puedan jugar durante unos días, rodeados de lujos y de despampanantes medidas de seguridad, a tratar de arreglar lo que ellos mismos y sus acólitos han jodido previamente, para llegar indefectiblemente a la misma conclusión de que o bien nada tiene remedio, o de que las cosas no están tan mal o que después de todo podemos posponer las conclusiones hasta el próximo encuentro y así tenemos otra excusa para hacer como que trabajamos y nos preocupamos de los poblemas de la gente real, cuando realmente todo consiste en hacer aliados, humillar a nuestros enemigos y buscar fórmulas de eludir lo imprescindible y medrar con fulano y mengano para hacer que mis cuentas corrientes sigan creciendo a la par que todo lo demás se va a la mierda con estrépito.

Para un espectador no avezado o por lo menos no avisado, yo no sé si soy lo primero y acerca de lo segundo esta vez no lo estaba, se trata de una película nada convencional que sitúa desde el minuto uno la acción en un punto muy cercano a la famosa cumbre que tendrá lugar en un paisaje inhóspito de la cordillera andina, con escasos testigos de lo que allí acabará teniendo lugar, lejos de esas hordas de manifestantes que lucen sus eslóganes y panfletos con estulticia estudiantil independientemente de su fecha de nacimiento para que las cámaras de los reporteros reflejen su inconformismo y todo a vista de cóndor andino que como un dron camuflado, dará buena cuenta después de los restos tras el pantagruélico festín que siempre dejará tras de sí algún cadáver al que procesar debidamente.

Y el protagonista es el presidente argentino que está condenado por decreto y por historia a seguir los pasos del otro gran país del cono sur porque hay alianzas que deben de mantenerse para que a los títeres no se les rompan las cuerdas y el teatrillo pueda seguir funcionando.

Yo no entiendo de política ni quiero entender, pero cada uno de los líderes allí representados, bajo nombres diferentes evidentemente, se parecen demasiado en el corte y la confección a alguno de los líderes de dichos países que han ostentado su cargo en la última década y eso, por supuesto, no es una casualidad y ni puta falta que le hace.

Santiago Mitre sabe dirigir la orquesta con habilidad suprema para ir desgranando escenas que van escenificando, nunca mejor dicho, todo lo que allí se cuece y en las cuales todo cuenta y todo suma. Desde esa periodista incisiva, inteligente y maniatada a ratos, encarnada por Elena Anaya, hasta esa líder del país organizador que tiene lazos evidentes, como mínimo de amistad con el representante vecino, pasando por la secretaria que sabe más de lo que se debe de saber, pero que mantiene esa acitud ambigua de yo lo he visto pero se me ha olvidado grabarlo o estaba mirando para otro lado o después de todo, a mí no me importa, se supone que sólo soy la secretaria y en cualquier caso estamos en el mismo barco y a mí tampoco me interesa que se hunda.

Y entre toda  esa vorágine de tramas secundarias engarzadas, entremezcladas y fundidas, laten con vida propia otros personajes, sobre todo la impagable Dolores Fonzi que hace de hija del jefe de la República Argentina y que como abnegada hija del rey supremo, que en su día formó parte junto con su marido del eje dominante y que ahora ejerce de simple hija, sabe que ese adjetivo de seis letras, es cualquier cosa menos lo que le define en el diccionario.

Todo es deliberadamente traslúcido y confuso, porque al director no le interesa poner el foco en lo evidente. Las posibles alianzas entre los americanos y los mexicanos, el papel que juegan los países más pequeños, las cartas que acabarán poniendo sobre la mesa los yanquis de la mano de su representante aquí encarnado por Christian Slater o los aires de grandeza del líder brasiñeño que se sabe titular indiscutible en el partido de su vida, son simples excusas  (y esta vez el adjetivo es sólo eso), para servirnos un plato mucho más especiado, infinitamente más difícil de digerir y que al pasar por nuestro aparato digestivo, irá dejando reflujos, malestar general y una cantidad de bilis inasumible.

El apellido del ilustre presidente argentino “Blanco”, no es más que un hábil juego de palabras para ilustrar la supuesta candidez, la prístina manera de ser de un líder sin mácula que en uno de los lugares más apartados del mundo, rodeados de un manto de nieve tan blanca como ese apellido, luce su idiosincrasia sin tapujos ni disimulos como aquel que no tiene nada que esconder.

Y la cordillera que es ese paisaje inhóspito, a la vez representativo y excluyente que como todo el cine de esas latitudes, acaba convirtiéndose en un personaje más, en este caso en un narrador omnisciente que no necesita de una voz en off para ser escuchado. Esa misma cordillera que separa Argentina de Chile, que une a través de su configuración varios países sin que las fronteras puedan acabar de concretarse y que constituye al mismo tiempo un amigo y el más feroz de los opositores. Esa cordillera que separa a unos hombres de otros y que a escala humana simboliza esos abismos insalvables, en este caso montañas, que nos convierten en ejemplares aislados luchando a brazo partido contra los elementos, que la mayor parte de las veces están representados por miembros de nuestra propia familia.

Todo nos es desvelado al mismo tiempo que nos retiran el saludo. Todo es evidente y al mismo tiempo inconcluso. Todo está sujeto, como en la misma vida, a la interpretación de cada uno. Todo es verdad y a la vez una flagrante mentira. Todo es un montaje de una obra de teatro que no hemos pagado por ver, pero en la que somos involuntarios protagonistas. Todo acaba en blanco y termina en el mismo color a pesar de que el fondo es negro intenso. La conjura imposible entre la unión de todos los colores y la ausencia de todos y cada uno de ellos y todo el asunto está vertebrado alrededor de un personaje que está presente incluso cuando no lo está porque a los dioses no se  les escapa nada porque tienen el don imposible de la ubicuidad y la facultad de alterar los hechos a su voluntad: los presentes, los futuros y, por supuesto, los pasados y los que orbitan a su alrededor, son basura espacial, piezas  que podrán ser uilizadas para hacer un apaño y tiradas por el wáter cuando ya no tengan utilidad.

Y mientras tanto, los cóndores se ocuparán de dejar los huesos mondos y lirondos para que los arqueólogos del futuro los daten convenientemente porque a ellos todos los cadáveres les saben igual, independientemente de lo podridos que estuvieran en vida y que toneladas de nieve cubran los restos hasta que el calentamiento global los ponga de nuevo a vista de satélite, porque mande quién mande, todo va a seguir igual porque a los que manejan el cotarro no les gustan los cambios, por lo menos los que no pueden controlar.

Que Dios, o a quién le corresponda, nos libre de caer en las fauces de semejantes alimañas.

Y, en ese caso, que nos pille confesados.

O por lo menos con las cuentas al día.

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