“La comuna” de Thomas Vinterberg o Parthenocissus quinquefolia (Parra virgen)

Si toda la gente que se dedica a dirigir películas tuviera aunque sólo fuera un veinte por ciento del talento que tiene este danés universal para hacerlas, el cine sería una ciencia exacta.la comuna cartel

Él es el cofundador del movimiento dogma junto a Lars Von Trier en el año 1995, movimiento que decayó diez años después debido a la imprecisión de ciertas reglas en dicho manifiesto, pero que no ha llegado a morir del todo, ya que muchos directores siguen utilizando, tal vez sin darse cuenta siquiera, algunas de las técnicas y conceptos que estos dos iluminados, bestias pardas del cine, pusieron en pie hace ya más de dos décadas, revolucionando el cine y arrastrando consigo a un buen número de profesionales y espectadores, que vieron en su manera de hacer cine, una nueva puerta abierta a otros mundos cinematográficos más auténticos en los cuáles todo adquiría una nueva proporción.

Este nuevo trabajo de Thomas Vinterberg, se aleja formalmente sobre todo de “Celebración” (1998) y de “La caza” (2012), e incluso se anima, por primera vez que yo recuerde, a introducir canciones de sesgo más o menos comercial para ilustrar y acompañar algunos pasajes de su última película. Es como si el niño tímido y serio, pero reconcentrado al que nadie quiere sacar a bailar en el baile de graduación, de repente se atreviera a seguir con los pies el ritmo de la música y levantara la vista en busca de alguna chica guapa con intención de sacarla a bailar.

Habla de los hippies, esa pseudo raza intelectual que surgió a caballo entre las décadas de los sesenta y los setenta y que fueron la consecuencia directa de las guerras coloniales, las represiones y una serie de cosas que siguen haciendo a la ciudadanía sus dirigentes, pero que entonces encontró su caldo de cultivo adecuado para que la semilla de la rebelión y la contracultura, siempre de forma pacífica,  germinara y creciera dando lugar a una serie de revoluciones que realmente no cambiaron demasiado el panorama mundial pero sí crearon una falsa ilusión entre aquellos y aquellas que pensaron que la unión hacía la fuerza y que se podía desde esa atalaya tratar de mover los pilares del capitalismo. Los hippies nacieron en los Estados Unidos como muestra de rechazo a la política intervencionista de su país y se propagaron como un virus a la vieja Europa y a otros lugares aledaños. En la España casposa de los setenta, con el régimen franquista agonizando, se recluyeron en el sur de España y tomaron por asalto algunas islas como Ibiza. Tanto en ese lugar como en algunos puntos del sur de nuestra geografía, siguen quedando algunos rescoldos de ese fuego que se fue apagando con el tiempo porque aquellos mismos que lo encendieron, se fueron olvidando de alimentarlo, una vez que  acabaron convirtiéndose precisamente con los años en aquello que criticaban con fiereza. Los signos de paz y amor se cambiaron por las playeras de marca, el piso en la playa y los dos coches en el garaje y lo que naciera como una muestra de rechazo al poder establecido, acabó de degenerar en la clase media de nuestro país, que después fue finiquitada por una serie de reformas aplicadas por gente con más poder del que debiera. Tal vez, muchos de ellos incluso descendientes directos de aquellos que creyeron en su día en el amor libre y en otras soflamas que se vienen abajo con estrépito cuando nos salpican demasiado cerca como para que no nos importe.

Y a Dinamarca también llegaron, pero como ya se ha demostrado muchas veces, siempre ha habido clases y los de esta película no se refugiaban en casas prefabricadas o construidas con cuatro palos y tres maderas, fregando con agua en un barreño que se reutilizaba para múltiples usos,  sino en casas victorianas de grandes proporciones y agua corriente, porque puestos a estar viviendo bajo el mismo techo, por lo menos que haya lugar suficiente para estar cómodos. Es decir, juntos, pero no revueltos.

Y así, coño, todo es mucho más fácil. Sólo recuerdan a los hippies de verdad en una escena en que se bañan en pelotas y en que se supone que toman todas las decisiones de manera consensuada, pero no se acuestan unos con otros, ni pululan desnudos por cualquier paraje. A lo más que se atreven es a cruzar la calle en diagonal y en grupo para irritar sólo un poco a los conductores que se cruzan en su camino y que no tienen la mala hostia suficiente para pasarles por encima y darse a la fuga.

Por lo demás, la mayoría son pijos que lo único que quieren es paz, amor, y el plus para el salón, pero también comer lo mejor posible, beber buenos vinos que el agua no puede ser muy buena cuando hay que bendecirla y si me puedo follar a dos mejor que a una, pues tanto mejor y eso que me llevo, que total son dos días. Pero eso sí, de manera muy civilizada, que para eso somos daneses.

El punto de partida es una casa enorme que es una herencia familiar que puede ser vendida, pero que a la vez supone una buena oportunidad para redecorar sus vidas, que aunque no son suecos, son vecinos y las envidias son muy malas. La pareja principal, con hija adolescente, tiene dos buenos trabajos y la parte femenina ostenta una posición de privilegio al tratarse de una personalidad pública con reconocimiento contrastado, lo cual no acaba de gustarle del todo a su pareja, que es un simple profesor de arquitectura con aspiraciones mayores.

Al final, deciden hacer una comuna, tirando de gente más o menos conocida y de algunos elementos externos a los que someten a un casting y a una votación con ellos presentes, para saber si pueden formar parte de la plantilla y el buen rollo es una constante, sin jerarquías aparentes, hasta que al supuesto dueño de la casa se le critican algunas actitudes y entonces se cabrea porque los presentes no aceptan barco como animal acuático y amenaza con llevarse el juego.

Es decir, todo es bueno, bonito y barato hasta que surgen las complicaciones y aquí es cuando Thomas Vinterberg, que es un maestro a la hora de gestionar los conflictos en la pantalla siguiendo las directrices de los guiones escritos por él mismo, se empieza a sentir a gusto y despliega todo su arsenal. Esta película es aún así infinitamente más amable que las otras suyas mencionadas anteriormente, cuyos únicos paralelismos son las escenas alrededor de una mesa y un villancico tradicional navideño que entroncan sutilmente con ellas, sin que puedan establecerse más comparaciones.

El marido de la mujer famosa que presenta telediarios, en plena crisis de identidad, se busca una mujer más joven, alumna del profesor, en lo que es un topicazo de los que suele huir este director pero que aquí sucumbe a la tentación y la otra parte contratante, lo asume con una deportividad y una entereza encomiables y difícil de creer por lo menos en nuestras latitudes en las cuales solventamos esto llorando por los rincones nuestra desolación en el mejor de los casos o a hostia limpia en uno de los peores, unos pocos pasos antes de tener que recurrir a los servicios de pompas fúnebres. Pero claro, la procesión va por dentro  y en algún momento se nos tienen que ver las costuras.

Como se le ven las costuras a esta planta trepadora que coloniza tejados y paredes con el mismo entusiasmo con que los hippies colonizaban casas y las habitaban con el objeto de hacer de la convivencia sana y de la autosuficiencia una forma de vida sostenible y pacífica en la que nadie era más que nadie.

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Pero cuando llegan los primeros fríos, esta planta empieza a colorearse de tonos dorados y rojos que no son más que el presagio del invierno y es entonces, cuando las hojas caen, cuando muestra todo su esqueleto y su vulnerabilidad. Y es ahí, cuando estamos en pelotas y desguarnecidos de todo asomo de refugio, cuando nos mostramos como somos, en espera de que el tiempo cálido regrese para poder de nuevo lucir galas más apropiadas.

La actriz, cantante y compositora danesa, Trine Dyrholm, se adueña sin paliativos de la película y su personaje y su manera de interpretarlo, fagocita toda la película y se come con patatas al resto del elenco que se convierten en simples comparsas como lo son en la misma película, asistiendo en primera fila y entre banquete y banquete, a la lucha que se está librando pacíficamente, muy a la manera hippy, entre esas cuatro paredes de techos altísimos.

Son muy interesantes los planos y escenas en que la mujer despechada, antes de serlo y sobre todo de saberlo, está presente en la casa sin estar físicamente en ella, a través de la pantalla de la televisión en la que cuenta a la ciudadanía danesa y de paso a todos nosotros, lo que se cocía en el mundo en aquellos convulsos años de guerra fría y múltiples cambios que aspiraban a reconfigurar el mapamundi.

Y también resulta curioso que en un sub mundo dirigido por adultos, sean precisamente los que no lo son todavía, los que tienen mayores dosis de autenticidad, madurez y cordura para ver y opinar con cierta perspectiva sobre asuntos que en principio deberían de escapar a su control, pero el director danés cierra el círculo magistralmente dándonos a entender lo que ya sabemos todos pero nos jode admitirlo, y es que esa perspectiva la perdemos con los años y estamos condenados a repetir los mismos errores porque somos engranajes de una maquinaria dirigida por entes perversos que se lo pasan teta viendo como nos estrellamos una y otra vez con el mismo puto muro, aún a sabiendas de que lleva allí erigido desde tiempos inmemoriales.

Las dos mujeres, la entrante y la saliente, asumen sus roles con sufrimiento parejo, a pesar de que una de ellas es la que se va y la otra la que se queda y por lo tanto la que de momento menos pierde, pero a pesar de su juventud, sabe que en algún momento de su vida es muy probable que se inviertan las tornas y que tenga que ser ella la que acabe largándose con el rabo entre las piernas.

En este microcosmos hay diez personajes repartidos equitativamente entre sexos, pero son las mujeres las que desde el silencio y la observación, aportan la cordura y la cohesión suficientes para que el tinglado se mantenga dentro de unos cánones aceptables y al final es un suceso traumático el que actúa como catalizador y pegamento para unir las piezas que se han descojonado cuando el jarrón se ha ido al suelo con estrépito, eso sí, civilizado.

En el fondo es como la casa de Gran Hermano, pero mucho más sofisticado. Y alguien tendrá que irse, pero se resistirá con todos sus fuerzas para no resultar nominado.

El movimiento del 15 M, que acabó derivando en una formación política de nuevo cuño que también han empezado a darse de hostias entre ellos en cuanto las cosas se han salido de las directrices inicialmente programadas, estaban destinados a ser el origen de una nueva y moderna generación hippy, adaptada a los tiempos actuales y, como aquellos, están condenados a degenerar y a convertirse en lo que odian y lo malo es que tal vez no sean conscientes de que acabarán sufriendo idéntica y tal vez más veloz transformación hasta el punto de hacerse irreconocibles hasta para ellos mismos.

Lo malo no es la metamorfosis, sino no ser conscientes de que la estamos sufriendo. Si has de convertirte en algo que no deseas, por lo menos es importante mantener la dignidad. Gregorio Samsa lo supo hacer de la mano de su insigne creador.

Aunque eso no signifique que no tengas derecho a venirte abajo cuando nadie te vea.

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