“Kong y la Isla Calavera” de Jordan Vogt- Roberts o Gypaetus barbatus (Quebrantahuesos)

El quebrantahuesos es un ave singular con una manera de alimentarse que no tiene parangón en el mundo animal, ya que es prácticamente la única especie osteófaga que se alimenta casi en exclusiva de los huesos de animales muertos. Aunque está emparentado con los buitres, no se alimenta de carroña, sino que espera a que los demás lo hagan y dejen el esqueleto, momento en el cual  se apropia de los huesos y los que son demasiado grandes, los lanza desde gran altura para que se rompan y poder comerlos con más facilidad. En contra de lo que se creía, no se alimenta sólo del tuétano, sino que los ingiere enteros en trozos de hasta veinte centímetros con restos de carne y pellejos.quebrantahuesos

Su otra dieta la constituyen tortugas a las que deja también caer con el objetivo de romper el caparazón y alcanzar la carne. Dice la tradición que el el 456 antes de Cristo, el dramaturgo griego Esquilo murió por el impacto de una de estas tortugas lanzadas desde gran altura cuando intentaba escapar de las predicciones de un oráculo.

Este ave vive en parajes y lugares inaccesibles para garantizarse un mínimo de tranquilidad, pero es una especie en grave peligro de extinción por la interacción humana en forma de cebos envenenados, caza indiscriminada y tendidos eléctricos.

Y como el Quebrantahuesos, Kong, trata de mantener el anonimato como único elemento representativo de una especie condenada a vivir en los tratados y los catálogos, mientras espera el momento en que pase a ser historia.

Tal vez el cineasta que mejor ha entendido el sentido del espectáculo, por no decir sin duda alguna, es Steven Spielberg. Lo demostró en “Tiburón” en 1975, lo corroboró con “Indiana Jones y el arca perdida” en 1981 y las que le siguieron y, por si no hubiéramos tenido suficiente, repitió con “Jurassic Park” en 1993 y su secuela en 1997. Y para dejar claro que no todo tenían que ser aventuras, fantasías y canguelos, dejó otro buen puñado de muestras del género de ciencia ficción con “Encuentros en la tercera fase” (1977), “ET, el extraterrestre” (1982), “Inteligencia artificial” (2001) o “Minority report” un año después. Y como los genios no saben de géneros ni zarandajas de esas, en “War horse”(2011), dejó claro que a la hora de mostrar que el cine es un vehículo de entretenimiento puro y duro, como él no hay otro.

Cuando los hermanos Lumiere pusieron en marcha ese fabuloso invento que dinamitó el arte y la manera de verlo y sin el cual no puede entenderse la idiosincrasia y la cultura del pasado siglo, sentaron la base de una manera de entretenimiento que ha aglutinado a millones de personas  a lo largo de más de diez décadas para ver delante de una pantalla pedazos de vida que nos transportan a otras épocas, lugares y circunstancias.

Peter Jackson es otro de esos directores de leyenda que tras la trilogía del “Señor de los anillos”, la del “Hobbit” y alguna que otra perla entra medias, han sabido rendir culto a una manera  adrenalínica de hacer cine que ha mantenido pegados a las butacas a aquellos que se han puesto al otro lado del espejo de sus trabajos cinematográficos, otorgándoles un sentido y una razón de ser.

Y precisamente Peter Jackson, una vez acumuló fama, pasta y premios tras su trilogía iniciática, fue el último en acercarse en 2005 al mito de King Kong en un blockbuster confeccionado como remake, que revisitaba ese icono de la cultura popular que, desde lo más alto del más alto de los rascacielos de la época, reivindicaba otro mito, el de la bella y la bestia y el hecho de querer sobrevivir pese a ser tan diferente y si de paso podía ligar, pues mejor que mejor.

King Kong es un friky de libro, uno de esos freaks, (monstruos de barraca de feria  como quedó también patente en la magnífica “La parada de los monstruos” de Tod Browning en 1932) y, como tal, debe de estar supeditado a la manipulación y al escarnio público que supone ser una cosa que los cánones establecidos no están dispuestos a aceptar.kong cartel

Ser arrancado de tu hábitat natural e introducido en acuarios, terrarios, zoológicos, fincas particulares, etc, es algo que lleva haciéndose desde que el hombre se estableció como especie principal de este lugar llamado Tierra y que deja patente el afán coleccionista que tenemos los humanos que simbolizamos a nuestro pesar, por lo menos el mío, la cúspide de esa evolución que tan trabajosamente describió Charles Darwin.

Y en esa declaración e incuestionable cuestión de que procedemos del mono, hay que buscar esa obsesión que tenemos los humanos por ese ser, en principio inferior, del que descendemos merced a un malabarismo genético que, tras un choque de moléculas, derivó en nuestra especie. En plena guerra fría, les metimos en cápsulas espaciales y les mandamos al infinito sin billete de regreso. Se han utilizado como conejillos de indias para probar en ellos lo que no nos atrevemos a probar en nuestros propios organismos y han sido masacrados indiscriminadamente por cazadores furtivos hasta llevarles al borde mismo de la extinción, como ese Quebrantahuesos cuya bella estampa recortada contra los cielos dejaremos de ver más pronto que tarde.

Y el cine ha dado cumplida cuenta de ello con  la distópica y genial saga de “El planeta de los simios” que vio la luz por primera vez en 1968 de la mano  de Frankiln Schaffner, basada en la novela homónima de Pierre Boulle y que tras muchas secuelas ha ido desinflándose en esencia al mismo tiempo que ganaba en espectacularidad. Desde mi punto de vista, como la primera no habrá ninguna.

“Gorilas en la niebla” de Michael Apted en 1988, relataba la cruzada de Dian Fossey que entregó su vida en todos los sentidos por defender la de los gorilas de montaña oriundos del África Central.

Y King Kong ha tenido un largo recorrido en las pantallas, aunque sea sin contar todas las secuelas y sub productos que un material tan apetecible ha generado.

Desde la primera de 1933 dirigida por Merian C. Cooper y que nadie ha podido superar y en la que se utilizaron técnicas de stop motion y animatronic mucho antes de que estos términos tuvieran un sentido para los no iniciados, hasta la mencionada de Peter Jackson, con un remake entre medias firmado por John Guillermin en 1976 con Jessica lange como la rubia de turno, este mono mítico ha vivido en el celuloide con derecho propio por tamaño, méritos propios y réditos de taquilla.

Y aunque King Kong sea un gorila de pega inventado para la ocasión, no es un asunto menor, ya que trae aparejadas muchas más cosas de las que parecen en un principio. Vive en una isla permanentemente cubierta por nubes y tormentas en lo que simboliza el paraíso perdido que los hombres quieren encontrar para joderlo y que pierda tan sugerente nombre. Kong es el Dios de los habitantes de esa isla que serán aniquilados en cuanto la civilización encuentre la manera de llegar hasta allí  como hicimos los españoles en la conquistada América y como se ha hecho después con los aborígenes de la Amazonia, de África y de Australia y, cuando el terreno esté despejado,  un empresario emprendedor pondrá la pasta para hacer un resort y un parque temático como hiciera el personaje interpretado por  Richard Attenborough en la primera película basada en la novela de Michael Crichton.

Y ese Dios, tendrá un antagonista, en lo que representa la sempiterna lucha entre el bien y el mal, lo de arriba frente a lo de abajo. Y en todo este cóctel, lo de siempre. Los que quieren la gloria, los que aspiran a que los secretos sigan siéndolo, los que están ahí porque no tienen ni voz ni voto y toda la parafernalia que acompaña a este tipo de producciones.

Pero se trata contra todo pronóstico, por lo menos del mío, de una película impecable en muchos aspectos.

Hay una fabulosa puesta en escena iniciada con una secuencia que quita el hipo heredera descarada de la saga de Indiana Jones. Hay un elenco espectacular que no esta ahí de relleno sino que ponen todo lo que tienen. La rubia no es tan rubia, pero al mono le gusta igual a pesar de que no existe idilio propiamente dicho, ni cortejo ni nada que se le parezca. Hay un montaje que debería ser puesto una y otra vez en bucle en las escuelas en las que se enseñan esas cosas para que los futuros montadores vean cómo se superponen las escenas para crear ritmo y avance en la trama y hay un trabajo técnico fastuoso para recrear esas escenas imposibles de grabar en vivo a no ser que nos remontáramos unos sesenta y cinco millones de años atrás y contáramos con la óptica apropiada.

Se trata de un gran ejercicio de cine de acción para consumir en el acto sin más pretensiones que pasar el rato, pero que funciona a la perfección para lo que está concebido y que hace descarados guiños cinéfilos homenajeando a otras películas. Es una gran acierto que, tras el aperitivo facturado en las postrimerías de la segunda Guerra Mundial, se de un salto para situar la siguiente acción en 1973 cuando los americanos capitularon en ese estrepitoso fracaso que supuso la Guerra de Wietnam y que se plantee la oportunidad de enviar gente a esa isla recién descubierta antes de que lo hagan los rusos, como si la batalla no tuviera  lugar sólo en el espacio y en los tableros de ajedrez, sino en cualquier parte susceptible de ser conquistada.

Ese sol naciente con los helicópteros recortados contra él, no se puede entender sin retrotraerse a la gran “Apocalipsis now” de Francis Ford Coppola de 1979 en la que se inspiran también para la confección del cartel y esa banda sonara furiosa de los setenta es el complemento para que los que dudaran acerca de ello, se quiten la venda de los ojos. También resulta llamativa  esa manera en que unos soldados abandonan una selva para meterse en otra con las mismas posibilidades de éxito, es decir, ninguna.

La manera de ralentizar la imagen es también otra referencia al cine de los años setenta en que Sam Peckinpah revolucionó una manera de hacer cine que sigue vigente hoy en día pero que entonces supuso toda una revolución en todos los sentidos especialmente para ese género de miradas torvas y momentos contenidos para los que el western da tanto juego. Y esta película tiene mucho de western a la hora de afrontar ciertas escenas, porque está llena de duelos por eso tan valioso llamado vida a la que unos dan más importancia que otros.

No hay nada nuevo ni creo que se pretenda. Por primera vez en esta franquicia, la acción queda recluida en esa isla, aunque el tisser post créditos anuncia otra secuela en la que seguramente se busquen otros paraísos, que acaben sacándola de allí para situarla en otros parajes porque, una vez explotado el parque temático, se lleva a otro lugar para contentar otras vidas y, sobre todo, otros bolsillos.

Kong por fortaleza, dimensión natural e idiosincrasia, es el líder natural de esa isla que recuerda también a esas montañas de Wietnam en las que los americanos perdieron la guerra, el orgullo y muchos de ellos la vida y la cordura porque, como se llega a decir en una de las conversaciones, a la guerra se entra, pero nunca se acaba de salir de ella. Y en esa isla de mentira que es un gigantesco osario, como en los campos de batalla de cualquier guerra que tenga o  haya tenido lugar, existirá un lugar de acumulación de huesos que hará las delicias del Quebranthuesos, en el supuesto de que a día de hoy siga quedando alguno.

En caso contrario, al igual que King Kong, siempre podrá ser recreado por ordenador.

Kong imagen dest

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