“Jacques” de Jérôme Salle o Diomedea exulans (Albatros viajero o errante)

El albatros viajero, llamado también errante, hace honor a su nombre, ya que puede recorrer ingentes cantidades de kilómetros con la facilidad con la que el viento se desplaza de una punta a otra del planeta, al beneficiarse de un estructura anatómica fabulosa, de una técnica de vuelo única y  la naturalidad con la que aprovecha las corrientes de aire, que le permiten volar con rapidez, elegancia y con muy poco desgaste, a pesar de que es el animal volador más grande que existe con una alzada de más de un metro, un peso cercano a los diez kilos y una envergadura alar que puede sobrepasar con mucha holgura los trescientos centímetros.albatros

Con estas credenciales, no hay ave que le haga sombra y surca los mares a vista de dron, alimentándose de peces, cefalópodos y de los desperdicios que van soltando los barcos que se aventuran al azul profundo.

Fue la primera ave de su especie en ser descrita y la más extendida. Tiene el plumaje de las alas blanco, como la mayor parte de su cuerpo y plumas negras primarias que pueden ir mutando de color en sus diferentes edades, pudiendo llegar a vivir una década. Tiene un pico gigantesco de unos veinte centímetros de color rosa pálido y las patas palmeadas. Es monógamo de por vida y sólo pone un único huevo que empollan durante ochenta días, lo cual es una burrada de tiempo si nos atenemos a los procesos normales de las aves en general, por lo que en caso de eclosión frustrada o muerte de uno de los progenitores, la especie, dados sus hábitos de fidelidad a toda costa, y nunca mejor dicho, podría verse en entredicho si se repitiera con la suficiente frecuencia.

Y si esta ave gigantesca es capaz de recorrer distancias enormes como quién lava, el comandante Jacques  Cousteau y su inseparable gorro de lana rojo, no le fue a la zaga y recorrió a bordo del famoso barco Calypso, rescatado de un desguace, todos los mares habidos y por haber, estudiando la fauna marina y dejando un legado cinematográfico de más de 115 documentales y alguna película de más largo aliento.

la odisea cartel

Fue un oficial naval francés que inventó en 1943, en connivencia con  Émile Gagnan, el regulador de buceo autónomo cuyo sistema aún se utiliza hoy en día y que permitía bucear libremente sin cables conectados al exterior y suministro de aire independiente. También inventó la escafandra autónoma y adaptó cámaras para su uso sub acuático, porque además de ser un explorador e investigador de la vida bajo el agua, fue también un consumado fotógrafo y un hábil cineasta que quiso compartir con todo el mundo sus experiencias acerca de un ámbito que hasta entonces estaba inexplorado y constituía un misterio para aquellos seres que necesitamos de tierra firme para vivir.

Se convirtió en un pionero y en el más célebre de los divulgadores que empezó a acuñar, tal vez siquiera sin saberlo realmente, el término ecologista, ya que gran parte de su labor, además de la divulgativa, clasificando especies marinas y filmando su comportamiento y descubriendo un número nada desdeñable de otras nuevas, consistió en evitar que el mar se siguiera degradando, enfrentándose a gobiernos y a actitudes ya enquistadas y promovidas por las más altas esferas, pero seguramente, como reza parte de la publicidad de esta película que rinde honores a su vida y a la de su familia, no hubiera llegado a ser lo que fue, es decir, embajador de las Naciones Unidas, del Banco Mundial y el primer defensor a ultranza de  la Antártida, de no ser por su hijo Philippe que se desmarcó de la parte económica, ejecutiva y meramente divulgativa, para inclinarse hacia una labor más preservacionista que abogaba por mayores esfuerzos por impedir que el mar acabara convirtiéndose en el vertedero infame que es hoy en día.

Jacques y su hijó Philippe tuvieron un contencioso que les duró casi toda la vida porque se debían de parecer tanto en el fondo y en la forma, que siempre acababan entrando en colisión y vivir durante meses confinados en un barco no demasiado grande, con una labor ardua, pesada y compleja, jugándose los bigotes cada vez que se calzaban el traje de buzo, tenía que ser una presión añadida a tener en cuenta.

La película de Jérôme Salle, cuya película más conocida es la irregular “El turista” (2010), hace un ajuste de cuentas con la figura de este señor irrepetible que desde su megalomanía y sus excesos que trajeron por la calle de la amargura a más de una persona de su círculo cercano, ahorrémonos los detalles, fue capaz de construir un imperio y de poner sobre la mesa asuntos que deberían ser de estado porque hasta el más tonto, excepto algunos casos conocidos que no voy a nombrar por si acaso, sabe que la vida del planeta tierra y por lo tanto la nuestra, depende de esos mares que cubren la tercera parte del mismo y de esos bosques que captan el vapor de agua sobrante y convierten eso en agua apta para el consumo humano necesaria para la vida. La nuestra y la de las otras especies.

Pero nos lo hemos pasado todo por el forro, como suele ser nuestra costumbre  y los árboles se talan a destajo para usos muchas veces futiles o por lo menos no imprescindibles, mientras que esa huella tan palpable en la orografía exterior, pasa mucho más desapercibida bajo esa superficie inmensa que este señor, familia y acólitos nos mostró con todo lujo de detalles, marcando a toda una generación, la mía, que vimos ampliadas nuestras expectativas y conocimientos, siendo conscientes de que un mundo inmenso, complejo, cruel y maravilloso se extendía algo más allá de nuestra toalla de playa.

Este señor, que ahora se estará revolviendo en su tumba si puede ver lo que están haciendo con su amado mar (pruebas nucleares a destajo, islas flotantes de mierda de kilómetros de anchura y caza indiscriminada con fines supuestamente científicos, aunque todos sabemos de qué va el palo), se las tuvo tiesas con mucha gente para poder conseguir financiación y patrocinadores para poder continuar con su labor sin contribuir más aún a la ruina de una familia que vivió entre oleajes de diferentes intensidades, hasta el punto de que yo creo que se mareaban en tierra firme. Y debía de tener el tío una personalidad no sólo compleja, sino terriblemente absorbente, porque era capaz de llevar a quién quisiera a dónde quisiese aunque existiera una enorme posibilidad de no poder comprar el billete de regreso.

Y para poder ser así, hay que tener las cosas muy claras, poseer un egoísmo superlativo y una determinación terrible, pero era un planeta con demasiada atracción magnética como para sustraerse a sus evidentes encantos.

La vida le castigó con mucha dureza cuando, una vez restablecida la relación con su hijo Philippe y después de haber alcanzado  acuerdos unánimes para estar codo con codo en la lucha ecológica que aspiraba a preservar ese bien inigualable que son nuestros océanos, un accidente de avioneta segó su vida en 1979.

Seis años antes, Philippe y su hermano Jean Michael, habían fundado una asociación para la protección de la vida oceánica y hoy en día los numerosos miembros de una ONG llamada Greenpeace son sus herederos naturales velando, siempre de manera pacífica pero notoria, por aquello a lo que la familia Cousteau dedicó su vida y hasta alguna de sus muertes.

Jacques, aquí encarnado por  Lambert Wilson en un alarde de mimetismo cinematográfico e interpretativo, también tuvo peleas con su otro hijo por el uso del apellido común, porque entre otras cosas, este señor tenía la mala costumbre de apuntarse siempre todos los puntos sin hacer concesiones a la galería y sumiendo siempre al resto de su equipo, fueran o no de su misma sangre, en un permanente papel secundario que debía de acabar cansando, frustrando y encabronando lo suyo.

El comandante Cousteau nos dejó hace ya dos décadas víctima de un ataque al corazón y su único hijo vivo, en un intento de honrar su memoria y de hacer las paces consigo mismo, con su familia y con lo que fuera que le pasase por la cabeza, fundó una asociación para proteger los mares mediante el uso básico de la educación, que es la única manera de conseguir cosas con efectos duraderos.

Sólo mediante la concienciación y desde un trabajo de base, se podrá llegar a entender este extraordinario mundo en el que vivimos con el único e inexcusable motivo de cuidarlo y que nos dure por muchísimo tiempo más que el de unas pocas vidas humanas.

Bajo el título  de “la odisea”, mucho más sugerente y de tintes descarádamente Homéricos que la simple mención del nombre de pila de su principal protagonista, nos llega casi un año después de su estreno en Donosti esta buena película que, como no podía ser de otra manera, se circunscribe en torno al patriarca de una familia que marcó una época y a la que embarcó en una odisea interminable que ni siquiera ha llegado a su fin porque todos los caminos que este señor irrepetible recorrió por primera vez, ahora siguen siendo recorridos por otros barcos de investigación y con fines pacíficos que no se dedican únicamente a la sobre explotación de recursos, turismo exacerbado, y fines bélicos.

No sé si será una película necesaria ni si la familia estará de acuerdo con todo lo que se cuenta. Tendrá sus gozos y sus sombras, como todo en esta vida sin que el orden en el que van las palabras sea determinante, pero yo personalmente sí he agradecido esta vuelta a mi infancia y al rescate de una personalidad que no debía de quedar en el olvido, como ocurrió con esa otra figura patria que nos enseñó, independientemente de sus métodos no del todo lícitos pero difíciles de ejecutar por otras vías, sobre todo por la época, que existía toda una fauna fascinante y única no demasiado lejos de nuestros hogares y que también, hay que joderse con las casualidades, encontró una muerte prematura mientras volaba haciendo lo que más le gustaba: divulgar su pasión.

Película bien armada, con sentido del ritmo, de carácter a ratos documental sin caer en el exceso en la que todos cumplen con creces y en la que definitivamente, Audrey Tautou ya ha dejado de ser Amelié para mayor gloria del cine francés y de sí misma.

Y Jacques Cousteau, como un albatros, libre, ligero y extraordinariamente armado para lograr sus objetivos, surcó mientras le duró la cuerda, esos mares de los que se alimentaba de manera espiritual, al tiempo que trataba de poner en práctica su carácter pragmático.

El mar siempre ha alimentado al ser humano y los habitantes de otras épocas supieron sacarle partido viviendo en una armonía que nosotros hemos perdido sin que la echemos de menos porque no recordamos siquiera haberla tenido como la disfrutaron nuestros ancestros. Pero ese mar es ahora un gigantesco vertedero, un cementerio con plazas de sobra para todos, un lugar en el cual las especies desaparecen por la destrucción de su hábitat y en el cual los cetaceos se desorientan y acaban varados en las playas y, como la mayoría de todo esto no ocurre a la vista, no le damos importancia.

Creo que la labor del señor Cousteau no sirvió después de todo para mucho. Sólo logro, que no es moco de pavo, retardar la acción del hombre, establecer algunas barreras que el tiempo, el progreso y los cenutrios que nos dirigen han derribado con la ira de un dios vengativo. Pero el cambio climático derretirá los polos y la Antártida se acabará convirtiendo en un parque recreativo donde hacernos selfies y ese mar del que salimos una vez, se nos tragará y regresaremos a él cerrando un ciclo, como ocurre siempre que a los círculos les da por morderse la cola otorgando un sentido a su existir.

Y si la vida fuera también una película y nosotros los actores involuntarios de una odisea ajena e inimaginable, tal vez sonara una voz en off potente, ronca e hipnótica como la del comandante Cousteau, diciéndonos que ya nos lo había advertido.

Es lo que tiene predicar en los desiertos.

Aunque estén bajo el agua.

la odisea inagem dest

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *