“Jackie” de Pablo Larrain o Rosa x damascena (Rosa de Damasco)

Esta es la primera película que Pablo Larrain ha rodado en inglés y fuera de Chile y cualquiera podría decir, y tampoco le faltarían razones, que ha sucumbido al poderoso caballero Don Dinero y se ha dejado seducir por los cantos de sirena de la mayor y más potente de las industrias cinematográficas que pueblan este mundo. jackie cartel

Sí y no.

Sí porque es evidente que un señor con mucho talento, más tarde o más temprano, será tentado  por los magnates de la meca del cine y que hay que aprovechar el tirón que la vida son dos días. Si lo hacen los futbolistas que ganan mucha más pasta, ¿por qué no van a hacerlo los cineastas? A los futbolistas se les suele  perdonar si fallan un penalti. A los que hacen cine, un mal proyecto, es decir, un proyecto no rentable, no tiene ni siquiera que ser malo, le puede condenar al más absoluto de los ostracismos.

Y no, porque Pablo Larrain es mucho Pablo y a estas alturas de su carrera, con varios títulos poderosos a sus espaldas, le pueden dar dinero, pero él se va a a reservar el derecho de hacer la película que a él le salga de los huevos (con perdón), porque sabe, porque puede y porque los que le confían el dinero, saben que sabe y puede.

Y esto es “Jackie”, un biopic de supuesta factura americana, pero de alma chilena, como su director. Y al fin y al cabo los chilenos y los americanos llegaron a hacer buenas migas cuando los segundos pusieron al frente del país de los primeros, a un personaje icónico del siglo XX que dividió el país, por decirlo finamente, y de cuyas secuelas, Chile sigue aún renqueante. De aquella circunstancia, miles de chilenos sufrieron un destierro a otras tierras menos manchadas de rojo escarlata, como hicimos los españoles algunas décadas antes por idéntico motivo.

No obstante, Pablo Larrain ya ajustó cuentas históricas con ese tema en “NO” en el año 2012, en la que demostró que el exceso de confianza puede ser nocivo para quién lo ostenta.

Darren Aranosfsky, otro director extraño del panorama mundial desde que presentara sus credenciales con “Pi” en 1998, es uno de los que pone la pasta para levantar esta producción y con semejante pareja, nadie puede dudar de que lo que se va a ver no es un producto de manufactura común.

La película aborda los días inmediatamente posteriores al asesinato de John F. Kennedy, el 22 de Noviembre de 1963 y cómo los gestionó la más joven de todas las Primeras Damas que había pisado La Casa Blanca hasta la fecha. Condición que perdió, junto con la mayoría de sus privilegios, en el mismo momento en que una bala con nombre y apellidos, surcó el cielo Texano para empotrarse con mortífera precisión en el cerebro del trigésimo quinto presidente de los EE.UU, el primero que había llegado a lo más alto en el escalafón, habiendo nacido en el siglo pasado.

Todo el mundo vio, yo mucho después, que lo primero que hizo la tal Jackie fue intentar ponerse a salvo, una vez que comprobó que se había abierto la veda. Pero es lógico. A todos nos hubiera pasado lo mismo. Sólo Gutierrez Mellado, Adolfo Suárez y Santiago Carrillo no se tiraban al suelo o buscaban protegerse cuando las balas volaban a su alrededor, pero claro, aquellas balas iban dirigidas al techo del hemiciclo y no a la cabeza de una de las personas con más poder e influencia en aquel momento y en aquel lugar.

El caso es que si alguien cree haber hecho algo en un momento dado, por mucho que las imágenes le quiten la razón, tal vez pueda convencerse de ello y de ese modo el cineasta que se haga cargo del proyecto, tendrá licencia para dramatizaciones  y  alteraciones de la realidad que convencerán a unos y molestarán a otros. Lo que parece claro, es que esa mujer, que hasta entonces no había podido hacer otra cosa que gastar los dineros del contribuyente en hacer que la mansión presidencial perdiera parte de su vetusto y arcaico encanto y en llevar su cornamenta de la manera más digna posible, tuvo que hacerse cargo de una situación en la cual para encontrar un precedente, había que remontarse al asesinato de Abraham Lincoln, aunque James A. Gardfield y William McKinley corrieron después la misma suerte, pero sus idiosincrasias y legados no fueron tan potentes como para ser masivamente recordados.

Lo más impresionante del magnicidio, fue que ocurrió  a la vista de todo aquel que tuviera televisión, en vivo y en directo, en lo que fue tal vez el primer reality show de la historia de ese medio que después ha formado parte indivisible de nuestras vidas.

Y ahí fue donde Jacqueline Kennedy dio muestras de una personalidad potente, toda vez que todo el tinglado y su vida se fueron a la mierda de un instante al siguiente.

Tuvo que asistir a una improvisada toma de posesión del nuevo presidente, mientras el cuerpo de su marido aún estaba caliente y se vio apartada de todo y de todos por los servicios secretos, su cuñado, la madre del finado y todo bicho viviente con poder para medrar e influir, hasta que se le inflaron las pelotas y por el poder que le había sido otorgado aunque fuera de rebote, como consorte del actor principal, cogió las riendas del asunto e impuso su voluntad toda vez que la mayoría de los presentes no quería que se le notara que trataban de manipularla más de la cuenta mientras intentaba asumir el duelo.

Como se vertieron ríos de tinta con especulaciones y gilipolleces varias, que es lo que suele hacer la prensa para vender periódicos y la gente porque no tiene otra cosa que hacer que meterse en asuntos ajenos, ella ofreció a la revista Life una entrevista en exclusiva una semana después de la muerte de su marido para contar su verdad, que no tenía que ser la universal, pero que era la suya y que así la quiso contar al mundo, en lo que fue un adelanto de su vida futura, ya que las dos últimas décadas de su vida, fue editora de libros.

Los Kennedy nunca fueron una familia con estrella, en cuanto a que la mayoría de ellos encontró la muerte de manera poco natural y cuesta trabajo pensar que eso sea casualidad por la sencilla razón de que no lo es. En los poco más de dos años que esta familia estuvo habitando La Casa Blanca, se llevaron a cabo actividades poco comunes en esos niveles de vida y JFK, como presidente, tuvo que hacer frente a situaciones peliagudas y tomó decisiones controvertidas que le hicieron ganarse enemigos. No creo que haya nadie que a estas alturas no piense que hubo un complot desde las más altas esferas, para quitarse de en medio a una mosca cojonera para poner a alguien más manejable y más acorde con el establishment de la época.

Lyndon B. Johnson fue el encargado de sustituir a Kennedy mediante sufragio indirecto y se hizo cargo del país en una de la épocas más convulsas y más decisivas de la historia del mundo y de ese país. Lo que hubiera pasado de no haber sido asesinado el presidente, nunca lo sabremos y permanecerá para siempre en el terreno de la especulación más absoluta.

Robert, el hermano que sobrevivió, fue asesinado cinco años después que su hermano, poco antes de que Jackie se casara con Onassis. Y su nuevo marido también acabó hasta el gorro de la protagonista de esta película porque le encantaba disparar con pólvora ajena y eso no hay fortuna que lo soporte durante mucho tiempo.

Manirrota o no, esta mujer cogió el toro por los cuernos y dejó de ser marioneta y comparsa por unos días, para erigirse en modelo de entereza y dignidad.

Y, al igual que hiciera Darren Aranofsky en “Cisne negro” en 2010, Pablo Larrain elige a Natalie Portman para encarnar a esa primera dama a la que trataron de sacar de la vida pública lo más rápido que pudieron para librarse de una presencia incómoda. Estos dos directores han coincidido en otorgar el papel protagonista a esta actriz en los que son hasta la fecha sus dos papeles más complejos y llenos de matices, solventados ambos con matrícula de honor.

El  director chileno, fiel a su estilo, le coloca la cámara pegada a las pestañas y la acompaña hasta el baño en cada escena para que vivamos de primera mano el desconcierto, la ansiedad y en definitiva, el tobogán emocional, al que los hechos llevaron a esta notable mujer que, de no haber mediado la muerte de su esposo en tan trágicas circunstancias, no hubiera ocupado ni tres tristes líneas en los libros de historia.

Esta fémina es como la Rosa de Damasco que está considerada como símbolo de belleza y amor, como la belleza de esa pareja que llenó de vida el lugar más emblemático de América durante el breve tiempo que les permitieron estar.rosa de damasco

Su color rosa, recuerda al vestido que llevaba la Primera Dama, cuando alguien, desde luego no Lee Harvey Oswald, disparó contra su marido una mañana de finales de noviembre de 1963. Florece en grupos de flores, como los Kennedy se agrupaban en torno a un clan que acabó siendo mítico por razones ajenas a su voluntad y es elegida por su pedigrí para hibridar otras especies, como indiscutible era el pedigrí de esta ilustre familia que pobló portadas, tertulias y libros de texto, hasta que el mundo, poco a poco, se fue olvidando de ellos.

Larrain, mezcla imágenes de archivo con escenas nuevas y las intercala, dotándolas de homogeneidad, tomando deliberadamente la decisión técnica de ensuciar la imagen para amoldar una a las otras y elige también un formato de 4 x 3, que es el que corresponde a la época y lugar.

También para ello, escoge un montaje mosaico en el cual el pasado y el presente se conjugan para articular una historia que todos creíamos saber, pero no desde el epicentro mismo de la acción.

En 1991, Oliver Stone ya abordó el tema en su película “JFK:  caso abierto”, pero lo hizo fiel a su costumbre desde un punto de vista político, muy alejado del tono y la forma más intimista y descarnada que imprime Pablo Larrain a sus creaciones.

En cualquier caso, hasta ahora nadie se había aventurado a tratar de meterse en la mente de esta mujer que, como otras esposas florero, viven a la sombra de sus maridos dando fe que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer.

El hijo pequeño de Jackie, John F. Kennedy Jr, murió en un accidente de avioneta en 1996, que junto con la muerte prematura de dos de sus hijos, amén de lo ya mencionado,  atestiguan que apellidarse así, es un pasaporte acelerado para la eternidad.

Los que respondemos a un apellido menos ilustre, aún conservamos la esperanza de disfrutar de una vida, sino plena, sí por lo menos más larga.

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