“It” de Andrés Muschietti o Tyto alba (Lechuza común)

La lechuza común, también llamada lechuza blanca o de los campanarios,  es una de las aves más distribuidas por el mundo con representación casi en cualquier parte del planeta. Es un ave pequeña que rara vez supera los cuatrocientos gramos de peso y cuya principal característica es su disco facial de color blanco rematado con dos ojos negros como la pez y un pico prominente de color claro. Tiene unas alas cortas y redondeadas, que no le permiten realizar vuelos largos ni poderosos, pero es extremadamente silenciosa a la hora de volar, como todas las aves rapaces nocturnas cuya disposición de las plumas y su estructura, las convierte en hábiles predadores en el silencio y la oscuridad de la noche.71_tyto_alba04

Precisamente, esta rapaz nocturna paciente, sedentaria y observadora, utiliza su disco facial como eficiente antena parabólica que recibe los sonidos de sus presas, con lo cual puede calcular la distancia a la que están y la velocidad a la que se mueven, siendo la lechuza una de las aves de hábitos nocturnos o crepusculares, con mayor índice de éxito en sus capturas  porque dónde pone el ojo pone las garras y el pico y no hay ratón, musaraña o topillo que se le resista.

Es capaz de proyectar un grito lastimero y estridente que pone los pelos de punta si no se sabe de qué garganta procede, aunque también emite otra variedad de sonidos que la convierten en un ave difícil de identificar por la voz, aunque su silueta blanca y fantasmagórica es inconfundible en vuelo y su siseo de alarma también es sencillo de asociar con esta rapaz que vive mucho más cerca de nosotros de lo que la gente se piensa y está dispuesta a admitir.

Pero goza de una tremenda mala fama porque se la asocia con malos presagios y otra serie de cosas que los humanos no controlamos y por eso le echamos la culpa al empedrado y cargamos las tintas de especie supersticiosa sobre otras que sólo buscan su sustento y un lugar tranquilo donde pasar el día antes de salir de marcha.

Y tremenda mala fama tienen también los payasos a la hora de trasmitir mal rollo y de eso gran parte de culpa la tiene Stephen King que es sin ninguna duda el autor literario que puede presumir de un mayor número de adaptaciones de sus libros a la gran pantalla.it cartel

“It” es una de sus obras emblemáticas que ha acojonado a varias generaciones porque si algo sabe plasmar estupendamente este señor de gafas de culo de vaso y cerebro retorcido, son esos miedos, reales o imaginarios, que atenazan a los que nos movemos por las tres dimensiones conocidas, mientras esperamos a pasar a otra diferente y que una gran variedad de directores ha decidido adaptar para aprovechar el tirón de un escritor de éxito y convertirlo en réditos y dineros fácilmente recuperables por los mecenas que adelantan la pasta con la intención de acumular bastante más a vuelta de correo.

Y yo no sé porqué los payasos tienen tan mala fama, cuando siempre se han desvivido, los de verdad, los que se maquillan para protegerse tras la máscara y hacer reír a los demás, aunque nadie les haga reír a ellos, por arrancarnos una sonrisa aunque luego sean los seres más tristes del mundo. Y tampoco comprendo esa puta manía de utilizar el sustantivo como insulto en una práctica tan extendida e irracional en la que caemos la mayor parte de las veces sin darnos cuenta, demonizando una profesión compleja y extraña en la que la parodia o la ridiculización de lo cotidiano, constituyen la base de su alimento y, por qué no decirlo, también de su aliento.

“IT” ya ha sido revisada varias veces en forma de serie y de largometraje y el libro se ha reeditado en tantas ocasiones, que nos sabemos el argumento de memoria y por lo tanto, la sorpresa ya está descartada de antemano y los sobresaltos obedecen más a estornudos de nuestro vecino de butaca o al timbre del teléfono de un espectador mal educado y yo, personalmente, siempre he preferido la adaptación de esos relatos de Stephen King que obedecían más a procesos iniciáticos o a esa cosa tan dura a veces que se llama vivir y no porque salgan payasos de las alcantarillas, arranquen camiones sin conductor o una panda de inadaptados se esconda entre los campos de maíz, para tratar de paliar en lo posible ese proceso turbulento llamado adolescencia que a veces se prolonga hasta edades imposibles de casar con tamaño sustantivo.

Y a veces, por no decir siempre, son los terrores cotidianos los que más nos condicionan. El miedo a tener un hijo y después a perderlo. El miedo a que nos hagan un expediente de regulación de empleo y se baraje nuestro nombre. El miedo a perder a nuestras parejas y que encuentren a otra que imposibilite un regreso. El miedo a suspender un examen. El miedo a no estar a la altura en cualquiera de los ámbitos vitales. El miedo a hacernos mayores y no ser capaces de adaptarnos a otras perspectivas y otros paisajes. El miedo a sufrir un accidente, a perder nuestro vuelo, a no regresar, a volar por los aires, a encontrar sangre en la taza del wáter y la nevera vacía. Vivimos total y permanentemente acojonados y de ello también se encargan los telediarios que están vendidos a capitales gubernamentales o privados y que nos informan a destajo de la mierda de mundo en la que vivimos y nos anuncian la inminente paralización de las pensiones, la llegada de una plaga bíblica o de un temporal que nos va obligar a pasar otro fin de semana metidos en casa.

Y eso sí que da miedo, coño! Estar encerrados entre cuatro paredes con una gente a la que se ve todos los días pero con la que no solemos comunicarnos y  cuando lo hacemos descubrimos que compartimos espacio pero que nuestras mentes habitan otros mundos paralelos que, como debe de ser cuando se utiliza esta palabra, jamás verán cruzadas sus trayectorias.

Y no hace falta un payaso maquillado ni con voz chillona para que se nos ponga el pelo blanco y nos pongamos a gritar, esté tuneado hasta el hartazgo o recreado por ordenador.

Andrés Muschietti, director argentino que generalmente colabora con su hermana, dio el golpe de gracia con un cortometraje de tres minutos que llamó la atención de Guillermo del Toro, que fue el que puso los dineros para que convirtieran ese trabajo primerizo, en un largometraje que se llamaba “Mamá”  que vio la luz en el año 2013, beneficiándose de la labor inestimable de Jessica Chastain y de poco más, porque se trataba de una película de terror como muchas otras con un espíritu maligno burdamente plagiado de los cuadros de Modigliani con unas copas de más y un principio de delirium tremens, que también rescata en fotogramas sueltos en esta su nueva creación para dejar claro que, aunque recién llegado a esto del cine, tiene sus señas de identidad propias y está dispuesto a utilizarlas.

Pero, con ese primer golpe de gracia, este señor, bien pertrechado por su hermana supongo que en apartados varios, ya se introdujo en los engranajes de la industria y le han vuelto a encargar otro trabajo de terror, pero este mucho más complejo, porque no es moco de pavo llevar a la pantalla una de las obras cumbres de un escritor muy famoso y mucho menos cuando alguien ya lo ha hecho antes que tu y además tienes el aliento de su creador detrás de tu nuca.

El resultado es una obra correcta que no aporta nada nuevo con respecto a las anteriores, pero que sí capta el espíritu original de la obra del maestro del terror porque el personaje principal nunca ha sido el payaso en ninguna de sus formas, sino ese grupo de críos inadaptados que tienen que enfrentarse al mismo tiempo a la pubertad, a los matones del cole, a sus propios miedos y a la cercanía de esa zona oscura llamada madurez que puede estallar en cualquier momento como una Enana Marrón y dejarlo todo patas arriba. Y bebe descaradamente de otras fuentes del mismo autor porque esos chavales y los matones que les persiguen se parecen demasiado, incluso en el perfil de los personajes y sus accesorios a esos otros de la película llamada “Cuenta conmigo”, que Rob Reiner dirigió en 1987 y que aderezada con la inmortal canción del mismo nombre traducido al inglés, popularizó Ben E. King. Y entre todos  esos chavales, los adultos, el payaso y la madre que lo parió,  destaca como una flor entre el basurero, esa jovencísima actriz llamada Sofía Lillis, cuyo rostro intenso y pecoso puede, a poco que las cosas no se le tuerzan, acabar convirtiéndose en una presencia recurrente del cine americano cuando su físico se estabilice y tenga edad para tomar sus propias decisiones y que simboliza en esta película ese paso tan importante para todos los proyectos de ser humano de género masculino, cuando nos damos cuenta de que esas canicas que portamos bajo el ombligo, condicionarán nuestra vida y cogerán los mandos de la nave más veces de las aconsejables para la integridad de la misma y de todos sus pasajeros.

Pero Andrés Muschietti, que en su nuevo país de adopción es más conocido como Andy, no me lo he inventado, lo pone en la wikipedia, no es Rob Reiner y está demasiado ocupado en asustarnos porque en su carnet de identidad indica que éste es el género en el que pretenden encasillarlo o en el que él, y su hermana, claro, han decidido quedarse para mayor gloria de su apellido, que tal vez también algún día decidan americanizar para que todo cuadre como debe ser.

Los grupos de chavales excluidos por decisiones ajenas de sus entornos naturales, son una constante en las obras de Stephen King, una característica obsesiva propia de los escritores que en el caso de este señor, le ha proporcionado la posibilidad de vivir de ello más que holgadamente, con un reconocimiento muy por encima de la media, lo cual hace pensar, por lo menos a mí, que el señor King también fue masacrado y perseguido por los machitos del cole de su época y que tuvo que buscarse su propio grupo de raritos para sentirse cómodo, tal vez incluso líder y escribir muchos años después sobre aquello que le marcó porque en el fondo, y esto lo saben hasta las chinches, todos los escritores hablan de sí mismos en menor o mayor medida.

El director argentino, no puede renunciar a entroncar este trabajo con el anterior y para ello utiliza ese personaje que se escapa del cuadro para ponerle los pelos como escarpias a uno de los chavales protagonistas, porque nuestros miedos son evidentes y no disponemos la mayoría de nosotros de un mecanismo de defensa que evite que nuestros enemigos, ya sean reales o imaginarios, sepan de qué cuerda tirar para tenernos bajo su influyente yugo y, el que lo tiene, acabará sucumbiendo a esa otra cosa insobornable llamada subsconciente, que se hará con el control absoluto de nuestro cerebro  apenas entornemos los ojos.

Y eso es lo que hay y nada más. Un grupo de chavales que aprenden más bien pronto que tarde, que el mundo es un lugar hostil en el cual hay que estar preparados porque la mierda nos puede llegar desde cualquier parte y los chubasqueros que solemos usar pueden llegar a protegernos débilmente de la lluvia escatológica, pero otro asunto no menor es el tiempo en que nuestras narices dejen de oler ese efluvio penetrante que nos recuerda que por muy guapos que seamos, todos cagamos y no nos queda otra que limpiarnos el culo y una vez pasada cierta edad en la que se nos perdona nuestra incapacidad para hacerlo, deberemos ser nosotros quienes afrontemos, tal vez varias veces al día, el engorroso asunto de ocuparnos de nosotros mismos.

Y está ambientada en una época, por qué no decirlo, mucho más feliz que esta, en las cuáles las tropelías se quedaban en la retina o en el imaginario popular y no corrían como la pólvora en aras de unas supuestas ventajas tecnológicas que nos convierten en cronistas de la realidad más fatua y prescindible para que la puedan disfrutar también aquellos que por hache o por be, no pudieron estar presentes.

Vivir consiste en acostumbrarse a perder cosas y a adaptarse a las nuevas y se llama evolución y en eso somos todos personajes principales de nuestra propia película y los secundarios son los que nos romperan el corazón, nos pondrán a los pies de los caballos o nos descerrajarán un tiro en cualquier esquina.

Esos son los payasos a los que debemos evitar y enfrentarnos a nuestros miedos antes de que nos paralicen como le ocurre a los roedores un instante antes de que la lechuza se abalance en silencio sobre sus diminutos cuerpos. Y no hay que echarle la culpa a la lechuza porque ella también tiene que comer y solemos darnos cuenta cuando somos depredados, pero no tanto o solemos justificarlo, cuando nos llega a nosotros el momento inexcusable del papeo.

Entre comer y ser comido debe de haber un montón de cosas en las que invertir nuestro tiempo.

Pero el caso es que no lo hacemos.

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