“Infiltrado” de Brad Furman o Pyracantha coccinea (Espino de fuego)

Cuando trabajas para cierta gente, ya sea en calidad de infiltrado porque te gusta el dinero y no quieres hacerte viejo trabajando, ni de ninguna otra manera, lo malo no es que te maten, sino que te corten los huevos y te los metan en la boca. También es complicado que te celebren un bonito funeral de cuerpo presente, porque los trozos separados de tu cuerpo por obra y gracia de hábiles torturadores que hacen fabuloso bricolaje anatómico, suelen acabar en buzones y apartados de correos varios y a veces es posible que se confunda la dirección de entrega. De eso saben mucho en cierta ciudad fronteriza mexicana de terrible fama en la que la gente ajusticiada por la razón que sea, nunca acude a su propio funeral de una sola pieza, como queda demostrado en algunas inquietantes imágenes de la película “Sicario” de Dennis Villeneuve” del año 2015. Siento curiosidad acerca de si esas escenas son atrezzo para la ocasión o si son escenarios reales. No tengo valor para preguntarlo porque me da miedo la respuesta. La mayor parte de las veces la ignorancia es una bendición.infiltrado-cartel

El caso es que el cine siempre ha tenido cierta fascinación por este tipo de personajes de espíritu suicida y evidente desapego a la vida, que introducen sus narices voluntariamente en avisperos humanos donde la vida no vale una mierda y dónde, según sople el viento, puedes quedarte con el culo al aire con lo que eso significa. También puede ser que exista gente que necesite de la adrenalina para vivir. Los más normales de estos, suelen lanzarse en paracaídas, hacer puenting o escalada sin apoyos, porque las posibilidades de morir son menores y te suelen recuperar maltrecho pero de una pieza, cuando las estadísticas se alían en contra tuya.

“Infiltrados” de Martin Scorsese (2006) y “Donnie Brasco” de Mike Newell en 1997, son dos muy buenos ejemplos de tipos que lo arriesgan todo, familia propia incluida, para meterse en una organización delictiva (por no ser más explícitos), y desde dentro, tratar de dinamitarla, aunque sobre todo la primera es mucho más compleja en cuanto al doble juego que plantea y en la posibilidad real de que el asunto sea bidireccional, lo cual lo complica todo mucho más, pero a la vez lo hace también bastante más interesante.

La segunda mencionada, como esta que nos atañe, ocurrió de verdad, y eso la  coloca en otro nivel, aunque acerca de la fidelidad a la hora de contarla, debemos de confiar en las fuentes autorizadas.

A Bryan Cranston, no es que le hayan encasillado, es que desde Breaking Bad, con el permiso de “Trumbo, la lista negra de Hollywood” de Ray Roach (2015), se le ha puesto una cara de adicto a la pasta y a las drogas, en su acepción comercial básicamente, de la que le va a costar mucho trabajo librarse. Si Errol Flynn o John Wayne se pasaron la vida haciendo casi siempre variantes de los mismos papeles, es probable que al inmortal Walter White, alias “Heisenberg”, le acabe pasando lo mismo, lo que ocurre es que, y que me perdonen los nostálgicos, el talento del Sr Cranston es sensiblemente superior al de los antes mencionados y espero que directores inteligentes y con vistas comerciales, le vayan obsequiando con papeles diferentes para que los espectadores podamos disfrutar de su amplia variedad de registros.

Pero lo hace de puta madre el tío y, cuando saca el bicho que lleva dentro, da más miedo incluso que aquellos que con la fuerza y la ley sumergida de su parte, campan a sus anchas sabiendo que su negocio no morirá nunca mientras haya por las calles gente adicta dispuesta a matarse a plazos y a pagar por ello.

Digo yo que la gente ya moría de forma poco  natural hace algunos cientos de años cuando no se complacía convenientemente a cierto tipo de personas o si ellos podían considerarte un obstáculo para acceder a sus pretensiones, pero la cosa se disparó de forma exponencial, hablamos de tiempos de paz por lo menos en términos globales,  en esa Chicago de los años 20 y 30 en la cual Al Capone impuso su ley y que sólo pudo ser sentenciado por evasión de impuestos, (que se anden con cuidado ciertos futbolistas modernos).

1981, fue el año con más número de crímenes en la ciudad de Nueva York, como atestiguaba la fabulosa película de J. C. Chandor llamada “El año más violento” de 2014, cuyo título hacía alusión a esa marca de dudoso mérito entre gente civilizada, aunque el argumento no iba precisamente por esos derroteros. El caso es que desde la irrupción, especialmente en los años ochenta, de la droga procedente de Colombia y gestionada en su inmensa parte por Pablo Escobar y sus acólitos, EE.UU, empezó a recibir ingentes cantidades de cocaína, que entraba al país por Florida principalmente y a partir de ahí, se desató la locura por hacerse con un parte de ese suculento pastel que tan buenos y rápidos réditos aportaba a todos aquellos que se subían a ese barco. La administración de cierto presidente de pasado actoral, jugó a dos bandas persiguiendo y permitiendo a la vez la entrada de productos ilegales porque en esa época se dilucidaban más abajo de México asuntos muy importantes para los intereses estratégicos de las grandes potencias y, perdida Cuba y en manos de los rusos, era muy importante tener aliados en otras zonas de interés geopolítico. De hecho, se tiene constancia de que la cúpula del mayor traficante del planeta podía haber caído o haber sido puesta en jaque, pero se conformaron con cazar a los de debajo de la cúspide porque ello garantizaba que la droga iba a seguir entrando y manteniendo el sistema financiero. Además, con penas no superiores a los quince años y con los beneficios penitenciarios que se les suponen a los que pueden pagarlos, ninguno iba a morir en la cárcel, salvo por intereses de terceros.

Esta película pasa de puntillas por la cuestión del jefe del cotarro, seguramente porque en “Escobar, paraíso perdido” de  Andrea Di Stefano en el año 2014 y en la serie de cierta plataforma que ha colocado un polémico cartel en la madrileña Puerta del Sol, ya se habla suficiente del personaje.

Poco importa la gente que muriera en las calles, porque supongo que mientras no sea tu hijo, tu sobrino o algún familiar querido y cercano el que se va al vertedero de una de las peores maneras posibles, la cosa no tenía tanta relevancia. Al fin y al cabo, si uno decide drogarse y matarse de esa manera, es su decisión y su problema. Un fabricante de cuchillos no debe de tener la culpa si al receptor de sus afilados productos, le da por clavárselos en diferentes y carnosas partes a sus semejantes. Supongo que sus procesos mentales, de haberlos, deben de ir por esos derroteros. El caso es que, y según siempre lo que se dice en la película, hubo que recurrir en ocasiones a los vehículos refrigerados de cierta famosa cadena de hamburguesas, para poder trasladar a los muertos por homicidios a las morgues de la ciudad para su procesamiento postrero, debido a la sobredosis de muertes accidentales. Vete tú a saber cuánta de esa comida diseñada para ingerirla a toda leche, compartió espacio vital con los cadáveres de cierta gente que se metió en los jardines equivocados.

Lo de poner la pasta en paraísos fiscales no se si lo inventaron los Suizos para ganarse unas pelillas con los cuartos de los nazis o si viene de atrás.  Supongo que la cosa tiene su origen como mínimo en el diezmo que se cobraba en épocas medievales que era la manera en que antes se recaudaban los impuestos y que solían gravar a los que menos tenían. (Hay que joderse qué poco hemos cambiado!). Y supongo también que la pasta se amontonaba debajo de los colchones o detrás de los gruesos muros que protegían las fortalezas de aquellos que siempre temían que les robaran en lo que habría sido un acto de esa justicia divina tan ajena a cierto tipo de humanos que son los que más la necesitan.  Ahora se cambia por las comisiones, las mordidas y otras palabras suficientemente gráficas para que nadie se haga una idea equivocada de acerca de lo que estamos hablando.  Y los bancos, son los grandes beneficiarios de ese dinero que entra a espuertas y que les permite manejar fondos varios y distribuirlos de la manera más rentable posible, para que a fuerza de cambiar aparentemente de manos, parezca dinero lícito que seguirá perteneciendo al mismo puñado de personas. Mientras sigan existiendo lugares para no poder seguir el rastro de ese dinero, todo seguirá obedeciendo a la misma máxima vital. Vamos a forrarnos mientras podamos que luego la jubilación que nos va a quedar va ser una mierda y con eso no va a darnos ni para pipas. Y a lo mejor, hasta nos la quitan. Y luego están los gobiernos que van dando migajas a los ciudadanos para que tengan la vaga ilusión de que el diezmo que pagan se emplea para asuntos de interés general. El que no se conforma es porque no quiere.

Hay que tener en cuenta que esta película se basa en un libro que escribió el propio infiltrado y que por lo tanto, aunque segmentada, se supone que es información de primera mano. Este inspector de aduanas, adicto a las emociones fuertes, es también productor ejecutivo de la cinta y sigue milagrosamente vivo, por lo que, o bien está tocado por los dioses, o tiene una suerte que te cagas o hay cierta gente a la que, por las razones que sea, no les interesa que le den pasaporte.

Se ganó la confianza de los más altos miembros del escalafón de la droga colombiana, alejándose al mismo tiempo de los patrones que se tienen estipulados para cierto tipo de personajes, lo cual, lejos de crear desconfianza y desconcierto en las grandes esferas, le sirvió para reforzar la fachada de tipo íntegro dentro de esos códigos odontológicos tan particulares que tienen los gánsteres para dilucidar sus asuntos.

Lo más curioso de todo es que parece que se llegaron a crear vínculos afectivos entre unos y otros y hay que dar la razón a esos psicólogos o estudiosos de la mente humana, tanto me da, que calificaron como síndrome de Estocolmo la relación que se crea entre secuestrador y secuestrado. No es el mismo caso, claro está, pero supongo que los cerebros no hacen esa clase de distinciones. Por lo visto se llama así porque el primer caso documentado ocurrió en esa ciudad que no sólo es famosa por los premios Nobel muchas veces entregados a voleo, sino también por cosas más difíciles de encasillar.

Esta película es como el espino de fuego. Esa planta que crece de manera desordenada y anárquica, muy alejada de la estricta organización de esta clase de entidades criminales que no dejan nada al azar, pero que recibe su nombre vulgar  de unas espinas que pueden hacerte una buena avería si no te andas con cuidado, como espinoso y peligroso es meterse en ciertos círculos por muy bien pertrechado y protegido que creas estar. Su apellido latino hace alusión al color de dichas espinas y al rojo escarlata de sus frutos que, debidamente maceradospyracantha-coccinea, pueden ser utilizados para hacer mermelada y en épocas y lugares de escasez han llegado a ser utilizados para hacer café, seguramente de mucha menor calidad del que se hace en esas fértiles tierras, no sólo famosas por la cocaína. Como rojo escarlata es la sangre que rezuma de algunos paquetes que aparecen en tu buzón si no haces lo que se espera de ti.

Sus espinas no son tal, son realmente  hojas transformadas llamadas braquiblastos, como tampoco era Robert Mazur quién decía ser, aunque se las dio a todos con queso.

De todas formas, conviene no acercarse mucho a esta llamativa planta de floración profusa y fruto excesivo, tanto en su color como en su cantidad que puede ser mayor que el número de sus hojas, porque las posibilidades de acabar llevándote un pinchazo considerable son enormes y nada desdeñables, como tampoco es recomendable, ya sea por decisión propia como por obligaciones derivadas de tu trabajo, inmiscuirse en determinados ambientes nocivos y perjudiciales en grado sumo para la salud de cualquiera.

Si en aquella época de los ochenta, sin móviles y con aparatos antediluvianos para efectuar grabaciones, podían sacarse pruebas concluyentes y actuar en consecuencia, ¿qué se podrá hacer ahora que con sólo apretar un botón estamos comunicados y sabemos en cuestión de segundos lo que se cuece al otro lado del mundo? Las nuevas tecnologías, son como la quimioterapia.  No distinguen lo malo de los bueno. Están ahí esperando a ser usadas.

Vuelve a llamar la atención que sigan utilizando a actores españoles para hacer papeles de traficantes o de  sus esposas. Por lo menos en esta no está ninguno de los Bardem, ni Tosar, ni la Penélope, seguramente porque estarían inmersos en otros proyectos. Han tenido que conformarse con ese actor salido de una serie de adolescentes de finales de los noventa por el que nadie hubiera dado un duro y que se maneja estupendamente y con credibilidad en todo lo que hace y con  Elena Anaya. De esta pedazo de actriz poco hay que decir. Es muy buena y lo sabemos todos. Los que están en el mundillo y a los que nos gustaría.

Cada año por lo visto se lavan en el mundo dos billones de dólares de dinero procedente de la droga. Es normal que nadie quiera matar a la gallina de los huevos de oro.

Y aunque haya que meterla entre rejas, doradas por supuesto, que no le corten el rollo, que estéril  no nos sirve para nada.

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