“Handia” de Jon Garaño y Aitor Arregi o Tetrao urogallus (Urogallo común)

El urogallo común es un ave rara que está considerada una reliquia de la era glaciar pues tras este periodo la población se fue desplazando a las regiones frías de Europa y a la alta montaña. Puede medir hasta cien centímetros y tener una envergadura alar de más de ciento veinte. Es un ave discreta y tímida que habita en bosques de pinos y claros con sotobosque espeso y puede salir casi de debajo de los pies, pero es más habitual verla desde un claro. Suele dormir en las ramas horizontales de los árboles. Tiene un vuelo de largos trayectos, bajo y rápido, de aleteos pesados y también gusta de dar saltos cortos con gran alboroto.urogallo

Hay una gran diferencia entre machos y hembras, de tamaño y sobre todo de plumaje, presentando un dimorfismo sexual extremadamente marcado. Sus tonos van del gris muy oscuro en los machos al pardo oscuro en las hembras, pudiendo presentar tonos verdes metálicos. Son características unas plumas debajo del pico en forma de barba, su cola en abanico y unos tubérculos de color rojo debajo de los ojos. Tiene una dieta estacional que consiste en que va comiendo una cosa u otra en base a lo que le permitan las condiciones y el entorno y debe su nombre al canto que despliega en la época de celo que dicen que se asemeja al que emitían los Uros, que eran una raza bovina ya extinta.

El Urogallo, está considerada la más grande de las aves pertenecientes a su familia, a pesar de que los taxónomos tuvieron en su día serias dudas sobre en qué lugar incluirle.

Y el más grande sin duda no sólo de su familia, sino de toda la población dónde vivía y de toda Europa, era el considerado el gigante de Altzo, que respondía al nombre completo de Miguel Joaquín Eleizegui Arteaga, que llegó a vivir hasta los cuarenta y tres años pese a estar aquejado de una extraña enfermedad llamada Acromegalia porque siendo de estatura normal hasta los veinte años, empezó a crecer sin freno hasta el mismo día de su muerte, llegando a alcanzar los doscientos veintisiete centímetros de estatura. Esta enfermedad que puede afectar a un número de entre cuarenta y setenta individuos por cada millón de habitantes y que si se desarrolla desde la infancia se denomina gigantismo, está motivada por una secreción excesiva de la hormona del crecimiento que es potestad exclusiva de la glándula pituitaria y que está también asociada con frecuencia a un tipo de tumor benigno que se desarrolla en la hipófisis.

Los que están aquejados por esta enfermedad, que puede tardar hasta diez años en ser diagnosticada, estarán sometidos ya de por vida a dolores articulares intensos, dolores crónicos de cabeza y a una serie de tremendos efectos secundarios de una dolencia que en el siglo XIX y por supuesto antes, convertía a los que la sufrían, en monstruos de feria.Naima-Barroso-en-HANDIA-

Y este es el tema que han elegido Jon Garaño y Aitor Arregi para levantar su nuevo proyecto tras presentar “Loreak” en el año 2014. Jon Garaño ya tenía una larga trayectoria en el mundo audiovisual, pero con “Loreak” que traducido al español significa flores y que estaba codirigida por José María Goenaga y filmada también en Euskera, ampliaban sus horizontes y tras ser presentados con éxito en la edición sesenta y dos del festival de Donosti, empezaron a recibir premios a tutiplén más que merecidos por una obra tan sugerente como sencilla e intimista que utilizaba un accidente de coche para articular en torno a unos ramos de flores, una bella historia de amor frustrado, de asuntos velados y de decisiones pospuestas.

Y han utilizado ese empuje, tal vez inesperado, para volver a la carga con “Handia”, otra única palabra para designar un maravilloso y al mismo tiempo tétrico universo que nos retrotrae a la época de las Guerras Carlistas y de esa España oscura y desopilante que pasaba los inviernos a pelo y en la que la ubicación dónde le daba al azar por que nacieras, condicionaría tu vida de una manera aplastante. Jon Garaño forma dupla esta vez con otro director, pero conservando los productores y utilizando a su vez ese dato para tratar de conquistar al público reticente, desde el éxito logrado con el anterior proyecto y eso entre otras cosas porque la gente sigue teniendo problemas de aceptación con eso tan maravilloso llamado versión original que nos presenta los trabajos con la voz y el aliento originales, lejos de sucedáneos y formatos impostados. Y esa reticencia queda aumentada cuando las propuestas vienen de lugares ubicados en nuestro país, tan rico en idiomas y dialectos como el que más, pero que suponen muchas veces una barrera psicológica y sociólogica, que no tiene vías de resolverse ni a corto ni a ningún plazo.

La historia está ubicada en su génesis en la localidad guipuzcoana de Altzo en la primera mitad del siglo XIX que entonces pertenecía a Tolosa y que hace apenas cuatro años contaba poco más que con cuatrocientos habitantes y que tiene una extensión de menos de diez kilómetros cuadrados. Allí nació en el año 1.818, el protagonista de esta película que fue el cuarto de nueve hermanos que viniera al mundo en uno de esos caseríos que salpicaban las montañas del país Vasco y que aún hoy en día siguen allí de pie, orgullosos de su presencia y de su pasado. La historia se presenta en un punto en el cual ya algunos de los hermanos salieron de allá tratando de buscarse la vida y se centra principalmente en dos de ellos y en el padre, que ha de tomar a las primeras de cambio una decisión para elegir quién de los dos se marcha a la guerra y cual se queda con él vigilando y ayudándole en el fuerte. El que se marcha, tarda en regresar y lo hace lisiado cuando ya todos le dan por muerto y se encuentra a su vuelta con que su hermano es un gigante de rostro deformado y extremidades desproporcionadas. A partir de ahí y según la historia oficial en la medida en que ha llegado hasta nuestros días, bien y fielmente retratada en la película, a imitación de  un empresario extranjero llamado Phil Taylor Barnum, que tenía un negocio de exhibición de rarezas, un vecino les propone presentarle en sociedad con el fin de ganarse unos dineros para poder mantener el caserío y los ridículos privilegios que aún conservaban y salen a esos mundos de Dios, con lo puesto y con más miedo que vergüenza.

El acuerdo que firmaron en su día y que aún se conserva, estipulaba que entre los derechos del gigante, estaba el aprovisionamiento de tabaco durante todo el día y el permiso expreso para dejarle ir a misa cuando tocara. Fuera como fuese, el caso es que estos dos hermanos pintorescos, que fueron tratados en muchos lugares con  el menosprecio, el morbo y el asombro a partes iguales que eran moneda de cambio habitual en aquella época, no muy diferente en el fondo de cualquier otra,  recorrieron no sólo las poblaciones adyacentes, sino también gran parte de la geografía patria y que además salieron al extranjero donde conocieron casos similares al suyo y fueron recibidos por regentes como la reina Isabel II de España, María II de Portugal, el rey Luis Felipe I de Francia o  la reina Victoria del Reino Unido.

Este ser inmenso, de corazón tan grande como el que a buen seguro debía de latir dentro de esa coraza bestial de carne y huesos en permanente expansión y que se consideraba a sí mismo un aborto de la naturaleza, igual que pensaban cada uno de los que posaban su vista sobre él y que únicamente era respetado en su justa medida y no desde el principio hasta que se concretó la aceptación de unos hechos que no podían ser modificados por su propio hermano, víctima a su vez de otro infortunio que en cierto modo les convertía en hermanos no sólo de sangre sino también de sufrimiento, tenía unos pies que medían   treinta y seis centímetros, lucía una distancia de treinta y uno desde su dedo meñique al pulgar, desplegaba una envergadura de más de doscientos cuarenta centímetros y llegó a pesar más de doscientos diez kilos. Resulta inimaginable lo que debió de ser la vida de este señor inmenso que tenía que mantener constantemente los ojos pegados al suelo, mientras su cuerpo se iba elevando sin pausa como un promontorio andante sobre las cosas minúsculas de la vida y esa atmósfera opresiva, ese dolor no sólo de huesos, esa condena a muerte, lenta y solitaria, queda reflejada de manera realista en esta gran obra del cine vasco que debería ser vista por todos aquellos que atesoren aunque sólo sea una pizca de sensibilidad porque se trata de un ejercicio de magia audiovisual, de una sucesión de planos estudiados con esmero y amor para configurar una obra mayor llamada a prevalecer, no sé si en el imaginario colectivo, pero sí por lo menos en el mío.

Una obra que está abordada desde la naturalidad, afrontando con valentía las nieblas del ser humano en una época, realmente como todas, en la que el oscurantismo y la ignorancia se erigían en vencedoras de todas las batallas y este Altzotarra, discreto y tímido como el urogallo, tan extinto desde el mismo momento en que la enfermedad se abrió paso en su organismo, como los uros que le otorgan involuntariamente su nombre, supo hacer de la necesidad virtud y acabó imponiendo sus propios criterios una vez, no que comenzara a aceptarse a sí mismo, sino cuando supo que transitaba por una carretera sin posibilidad de regreso en la cual él por lo menos, se reservaba el derecho de cobrar sus propios peajes, tal como hiciera la vida con él convirtiéndole en una aberración a los ojos de todos aquellos imbéciles que no ven más allá de sus putas narices.

Licencias dramáticas aparte, que supongo que las habrá porque así ha de ser y así se lo hemos contado, estamos hablando de un pedazo enorme, en la más amplia acepción de la palabra, de la vida de alguien que vivió como supo y como pudo con lo que tenía y de lo que ello desencadenó en las vidas de los que le conocían y compartieron techo y vivencias y está contado con la magia de los cuentos infantiles que luego no te dejan dormir, con la poesía de los desterrados, con el aura de los elegidos para destinos que las mentes humanas no pueden comprender y con la bruma y la neblina que se agarra a los contornos y los distorsiona.

Nominada a los próximos premios Goya en trece nominaciones e independientemente de los que ya haya cosechado, coseche o cosechará, el premio ya está otorgado y es hacer cine con el alma y desde el corazón y convertirnos a todos en partícipes boquiabiertos de una manera de plasmar otras vidas  alejada de los parámetros comerciales y buscando no un entretenimiento en sí que nos aleje un par de horas de nuestras realidades, sino sumergirnos en un sueño hipnótico del que  nos despertaremos más perceptivos, más sabios y, porqué no decirlo, más humanos y, probablemente, mucho más vivos.

Una vez muerto y enterrado, Miguel Joaquín Eleizegui Arteaga ni siquiera alcanzó la paz que sus huesos pedían a gritos. Leyendas y especulaciones aparte, dicen que fueron vendidos a un coleccionista o que incluso fueron expoliados por los ingleses, que de eso saben mucho, para ser expuestos en un museo en Inglaterra.

A mí me gusta pensar que fue él quién eligió su manera de marcharse y de permanecer dónde él quisiera aunque sólo fuera en espíritu, ya que no pudo hacer nada por elegir su vida.

Es un consuelo como otro cualquiera.

Y la mayor parte de las veces nos tenemos que conformar con eso.

 

 

 

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