“Foxtrot” de Samuel Maoz o Athene noctua (Mochuelo europeo)

El mochuelo  es un tipo de buho pequeño muy extendido por todo el sur de Europa y el norte de África. Es muy adaptable tanto en lo referente a los hábitats como a su alimentación. A lo largo de su vida adulta es renuente a realizar grandes desplazamientos e incluso, una vez iniciada su dispersión por aquello de alejarse de los territorios ya colonizados por sus progenitores, rara vez se aleja más allá de treinta kilómetros del lugar donde nació. Tiene el plumaje pardo con manchas blancas y  una longitud de unos veinticinco centímetros desde el pico hasta el final de su cola y como casi todas las aves de este tipo, tiene el iris de los ojos de un color amarillo pálido. Tiene una silueta rechoncha cuando está posado y en vuelo muestra alas cortas redondeadas, luciendo un vuelo ondulado con continuos aleteos.athene noctua

En la antiguedad, era el animal sagrado de Atenea, lo que da origen a su nombre científico y por ello su silueta aparece en el reverso de muchas monedas acuñadas. En la cultura romana anunciaba la muerte y también se la conoce como el ave de Minerva. Es frecuente verle en hábitats salpicados de olivos, a lo que sin duda hace alusión el famoso refrán popular y es frecuente verle posado en postes a la luz de los atardeceres y amaneceres, haciéndose ver y por supuesto oír, con su reclamo característico que consiste en sonidos agudos  y fuertes.

Y también se dejan ver en su absurda y agónica monotonía los cuatro soldados que se turnan para custodiar día y noche un control, supongo que fronterizo de esos miles que deben de existir en ese tumultuoso y extraño y agitado país llamado Israel que, pese a su corta historia, tiene un amplio historial de conflictos, todos ellos armados y sangrantes que ocupan portadas a diario sin que parezca que eso se vaya a acabar algún día.

Y por eso es importante que haya cineastas que, con un valor desaconsejable para la salud, se expongan a ser como mínimo maltratados a nivel social por atreverse a mostrar las realidades del lugar que les vio nacer y que muy probablemente, les vea también morir incluso de manera prematura.

Bajo el sugerente y desconcertante título de Foxtrop, se esconde una película surrealista en su concepción, tremendamente realista en su forma que se vale de un guión muy bien armado y de una estructura a tres piezas que se cierra en bucle como el propio baile que la inspira.foxtrot-960640199-large

El foxtrop es un popular baile estadounidense que nació en 1912 con las primeras orquestas. Su nombre significa literalmente “baile del zorro” y alude a las primitivas danzas negras  que imitaban pasos de animales y en las que se inspiraron los primeros bailarines. Muy pronto se convirtió en el baile más popular de EE.UU y pese a la oposición de los sectores más conservadores, nada pudo evitar que se exportara al viejo continente, siendo los años treinta el período más popular de este baile que lleva ese nombre por su creador Harry Fox.

Y, aunque sea a ritmo de mambo, uno de los soldados, el involuntario protagonista principal de la cinta en su curso medio, que custodian ese singular paso fronterizo, atravesando cada día dos veces, una al entrar y otra al salir un charco de agua que les cubre hasta la parte alta de los tobillos,  se marca un baile espectacular, se supone que el que da título a la película y que a su vez es íntegro el trailer con que se anuncia, por lo menos en su presentación en España durante la última edición de la Seminci en la que compitió en la sección oficial. Esos pasos en esencia sencillos, que hacen que el bailarín acabe en el mismo punto donde empieza, es la metáfora que el director israelí quiere mostrar para justificar el inmovilismo de los protagonistas de esta película surrealista llamada vida en la cual, por mucho que creamos que nos estamos moviendo, permanecemos siempre en el mismo sitio. En este, su segundo largometraje, de factura tan antibelicista como el primero y que le ha valido convertirse en la oveja negra de una industria y de unos estamentos políticos y militares que esperan cada nuevo trabajo como quién aguarda la reaparición de un molesto herpes, vuelve a remover conciencias y a mostrar lo equivocado de un gobierno y de un país en guerra con todo el mundo desde su fundación el catorce de mayo de 1948 con la declaración de independencia siguiendo las instrucciones de Naciones Unidas y que le valió entrar en guerra casi a continuación en un conflicto árabe israelí que no duró mucho pero que re configuró las fronteras y marcó una manera de actuar militarmente que aún hoy, setenta años después sigue siendo un referente y aquel pueblo, perseguido y masacrado como pocos, tal vez como ninguno, se erigió en masacrador y perseguidor ante el visto bueno, o por lo menos la inacción de importantes estamentos y poderosos países que tienen una manera similar de imponer sus criterios.

Y claro, si vienes con la cámara en la mano y con un guión que pone de manifiesto que la forma de proceder de tu país a la hora de gestionar y promover conflictos armados no es moralmente aceptable, que tilda cuanto menos de torpes a los militares que integran su glorioso ejército, que demuestra que muchos de sus integrantes son chavales en edad pre universitaria que tienen más miedo que verguenza, que carecen de formación adecuada ni siquiera a nivel social, no ya digamos militar, pero que son capaces de disparar en ráfaga y acertar con las metralletas que cuelgan en bandolera de sus cuerpos y de llevarse por delante a cualquiera que se detenga en la barrera porque no les queda otra que llegar del punto A al punto B por la única carretera existente, pues no les debe de hacer ninguna puta gracia a todos aquellos orgullosos de un estado que defiende a sangre y fuego lo que consideran suyo, como mínimo con la misma saña que en tiempos pasados les aplicaron a ellos.

La película empieza apostando fuerte cuando una pareja de militares se presentan en una casa para anunciar el deceso en acto de servicio del hijo de una pareja de nivel social y económico aparentemente alto y ya demuestran que están pertrechados y preparados para dar esa clase de noticias porque llevan líquidos tranquilizantes introducidos en jeringas dispuestas a ser usadas en caso de colapso, histeria repentina o reacciones extremas y se preocupan mucho de dejar claro que una vez ocurrida la desgracia, el soldado caído tendrá gloria eterna y los preparativos para el asunto serán gestionados de manera militar, efectiva y lo menos dolorosa posible dentro del trámite inevitable de un duelo inasumible. Cada cual se tomará el asunto de una manera siendo incomprensibles para los demás las diferencias de emociones que cada uno expresa y sobrelleva como mejor puede. Mientras tanto, el hijo en cuestión, en la segunda parte del tríptico que acabará por configurar toda la cinta, pasa sus días monótonos e iguales unos a otros, custodiando una carretera por la que pasan más camellos que coches y dónde cada ser humano que se acerque a la barrera, será deslumbrado por un foco inmisericorde mientras se comprueban sus datos en un ordenador arcaico que dictaminará desde sus letras anacrónicas verde fosforito si el sujeto en cuestión podrá seguir su camino o será sometido a actuaciones militares varias de diversa índole. En sus ratos de descanso los cuatro chavales ataviados con sus gloriosos uniformes del ejército israelí, comerán sus latas de comida cocinadas al baño maría o a fuego vivo, dormirán en sus clónicas literas y conversarán en el baño dentro de un contenedor infecto que se va hundiendo poco a poco, otra metáfora sobre esta sociedad de mierda en la que vivimos, en la ciénaga sobre la cual está instalado, mientras desempeñan una labor tediosa, a todas luces innecesaria, porque los países opresores vigilan con denuedo sus fronteras porque como buenos invasores, saben que les pueden pagar en cualquier momento con la misma moneda.

La tercera parte es la consecuencia de los errores que se manifestaron en la primera, que se justificaron en la segunda y que tendrán reflejo en esta última antes del cierre en bucle que ya nos fue anunciado en la primera secuencia y que dará sentido a todo el conjunto, configurando una sorpresa final ya anunciada mediante hábiles e ingeniosos giros de guión.

El director, que tanto en su primer trabajo como en el que le ha seguido ya ha manifestado cierta obsesión por este tipo de temas y que en su juventud, defendiendo el mismo uniforme que los protagonistas de la película, se llevó por delante una vida humana por aquello de que,  según sus palabras en una entrevista reciente, el cuerpo reacciona antes de que a la mente le de tiempo a asumir el control, evidencia aquí también una necesidad de justificar, airear o simplemente mostrar de manera auto biográfica algo de lo que debe de llevar desde entonces habitando sus pesadillas y ha encontrado su manera particular de expiación a través de esa cosa mágica llamada cine.

Y es una pedazo de película desde todos los puntos de vista, tanto en su estructura como en su guión, con especial atención en la parcela técnica, como la manera orgánica y a veces desafectada en que sus protagonistas se deslizan por la pantalla moviéndose entre el duelo, la ira, la risa nerviosa o la absoluta indiferencia, infligiéndose heridas, conteniendo o mostrando su rabia, mientras tratan de buscar una explicación al sin sentido de la vida, al humor macabro y retorcido de esa cosa llamada destino, sintiéndose como lo que somos, hormiguitas desorientadas que esperan que algún niño la emprenda a patadas con la hilera y mande todo a tomar por culo sin que quede otra, en caso de sobrevivir, que volver a armar la fila y tratar de enmendar el rumbo de nuevo.

Cada protagonista interpreta los pasos de su baile de foxtrop particular, con mayor o menor gracia, con más o menos ganas, pero sabiendo todos ellos que por mucho que se muevan jamás podrán presumir de haberse movido ni un centímetro y la desesperación nos invade cuando constatamos ese hecho ineludible de que jamás, por mucho que hagamos, podremos esquivar las trampas y las bombas que nos acechan a  la vuelta de la esquina y que pueden, en un sólo segundo cambiar una vida, destruir otra o poner patas arriba todo el edificio que con tanto esmero hemos construido. Y todo ello transcurre ante el espectador de manera hipnótica, siendo difícil apartar la mirada de la pantalla, empatizando a ratos con unos, flipando en colores con otros, pero reconociendo en todos y cada uno de ellos el estupor o el desconcierto genuinos con los que cada cual trata de entender su lugar en esta partida que vamos a perder de todas todas por mucho que nos esforcemos en seguir sobre el tablero.

Y todos ellos, como nosotros, salvo raras excepciones, somos como los mochuelos, que rara vez no alejamos del lugar que nos vio nacer, salvo tal vez unos pocos kilómetros por tener la sensación de movimiento que se asocia con la libertad y que nos agita el pelo, nos estimula los músculos y nos acelera el corazón, pero somos como esas pelotas de ping pong unidas por una goma elástica a la pala que la golpea y cuanto más fuerza se emplee en alejarla, con idéntica fuerza nos llega de regreso para golpearnos una y otra vez con la misma sólida y sórdida realidad que nos acabará agotando dejándonos inmóviles en esa pista de baile que ahora nos parece inmensa y que cuando éramos más jóvenes nos parecía diminuta.

Que nadie se vea obligado a vivir un suceso trumático idéntico más de una vez, que no nos cuenten muchas veces el cuanto del lobo para que nos lo sigamos creyendo y que seamos capaces de despertar de nuestras pesadillas teniendo la certeza de que al cerrar los ojos de nuevo no nos estará esperando en el mismo punto.

Y, puestos a pedir, que la vida no nos haga heridas demasiado profundas para que tengan la opción de poder cicatrizar.

 

 

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