“Florence Foster Jenkins” de Stephen Frears o Cotinus Coggygria (árbol de las pelucas)

Stephen Frears se ha especializado en biopics. Desde “The Queen” en el 2006, ha plasmado en la  gran pantalla la vida de otras celebridades más o menos célebres y las de otras menos conocidas como Philomena Lee que encarnó Judi Dench en la película de 2013. El caso es que se le da bien. Este cineasta de Leicester, pertenece a la vieja escuela de hacedores de cine de la Gran Bretaña y  conoce su oficio mejor que nadie. Sus trabajos son sobrios, magníficamente ambientados e interpretados por actores de talla mundial, generalmente paisanos suyos, aunque en esta que nos ocupa le dé el papel protagonista a una Meryl Streep que no tiene rival cuando de interpretar, absolutamente lo que sea, se trata.florence_foster_jenkins-cartel

Aquí se agarra a la historia de una señorona de alta alcurnia de la sociedad americana de finales del XIX y principios del siglo XX, que tenía unas ínfulas importantes y, como mucha gente que conozco y que veo en los telediarios y oigo en la radio, se creía mucho más de lo que era. Dotada de una personalidad arrolladora y con un buen colchón económico al que agarrarse una vez que enganchó la herencia del padre que nunca creyó en ella y con razón, se metió a saco en la vida musical de Filadelfia y más tarde de la de Nueva York, fundando el “Verdi Club”, donde podía dar rienda suelta a sus aires de grandeza y excentricidades.

Xavier Giannoli ya se ocupó de su biografía en el 2015 con una versión libérrima de este personaje en “Madame Marguerite”, en la cual, bajo el nombre de Marguerite Dumont, referente y alter ego de la peor soprano de la historia y no soy yo el que lo afirmo,  fabricó una película muy francesa ambientada en los años 20, pero con unos aires muy  diferentes a la nueva versión del veterano director británico. Con caracteres a veces satíricos y conjugando la comedia y el drama con momentos esperpénticos. Mirando su biografía, no sé con cual de las dos versiones quedarme. Supongo que lo ideal sería un híbrido entre las dos.

En contra de lo que se quiere mostrar en ambas películas, por lo visto esta mujer no era ni mucho menos una fémina frágil y tal vez haya que buscar en el tamaño de sus atributos la razón por la cual no alcanzaba a perfeccionar las notas que su laringe mal entrenada lanzaba al mundo. Ambas versiones coinciden en que era una mujer muy protegida por su entorno para que la verdad no saliera a la luz. Todo el mundo a su alrededor estaba compinchado para hacerse con todos los periódicos disponibles para evitar las críticas terribles y sobornaban por diferentes medios a todo el posible público asistente para que aplaudiera en vez de partirse el pecho cuando escuchaban los berridos inmisericordes que esta dama de altura profería cuando se disponía a destrozar las piezas clásicas que abnegados y talentosos compositores de fama mundial, muertos o no, habían escrito para voces más privilegiadas.

Esta mujer estaba encantada de haberse conocido y pensaba que su voz estaba a la altura de las grandes voces de la historia. Ni se le pasaba por la cabeza que las reacciones que provocaba eran de hilaridad provocada por su falta de pericia y talento vocales. Las infames críticas de los periódicos no hacían sino aumentar su aura y el número de sus seguidores. Incluso grabó sus propios discos para regalarlos a amistades y conocidos. De lo cual puede deducirse que no era demasiado sensible a las críticas exteriores porque consideraba que eran producto de la envidia cochina y no de una genuina sorpresa o directamente  muestra de la pura maldad que el ser humano es capaz de mostrar cuando de machacar al prójimo se trata.

En la versión francesa, Marguerite Dumont o sea, Foster Jenkins,  muere cuando alguien le pone uno de sus propios discos y escucha por primera vez su voz de gato escaldado por aceite hirviendo. En la británica son mucho más sutiles. Normal, son ingleses y si no es de noche y no  se han puesto hasta el culo de cerveza, son gente muy educada y correcta. Pero el caso es que, siempre haciendo caso a su biografía, murió cuando le llegó la hora, a una edad muy avanzada para la época, pensando que lo había hecho todo bien y que pasaría a la historia como una cantante de mérito que estaría para siempre en las hemerotecas como un ejemplo a seguir.

Ella decía que nunca nadie podría decir que no había cantado, tal vez en una alusión velada a su manera de hacerlo, confesándoselo a sí misma en un momento de debilidad,  como tampoco nadie podrá decir nunca que el árbol de las pelucas no ha florecido. Se trata de una planta que suele dejarse olvidada en los rincones más apartados de los viveros debido a su escasa gracia ornamental, comparada al menos con otras especies más vistosas y que desprovista de hojas no llama en absoluto la atención. Ni en su período de máximo esplendor atrae las miradas de los posibles compradores, luciendo un follaje y una floración poco copiosa, coronados en ramilletes que le otorgan su nombre común,  como las pelucas y vestidos que esta mujer excéntrica y apasionada lucía para engalanarse a su manera durante sus exhibiciones de canto.00-cotinus-coggygria-flor-medium

Hugh Grant encarna en esta película al segundo marido de la Jenkins con la que mantiene una relación de amor platónico aparente y absoluta conveniencia ante la imposibilidad de mantener relaciones sexuales por que la diva contrajo el sífilis contagiada por su primer marido antes de que rebasara la mayoría de edad y conviviendo con la enfermedad y sobreviviéndola muy por encima de la esperanza de vida que se otorgaba a todo aquel ser humano que la pillase. El actor británico se luce haciendo de carabina de su famosa mujer, manteniendo una doble vida oculta a sus ojos para no hacerla sufrir y protegiéndola de la jauría humana que aguardaba fuera para despellejarla. Sin embargo, parece ser que doña Florence vendía las entradas de sus propios conciertos y gestionaba sus asuntos con mucha más prestancia, habilidad y don de gentes de lo que sugiere la película. Tal vez Saint Clair Bayfield sólo era un vividor que encontró un buen cocotero que le diera sombra y le sacara de su propia y demostrada mediocridad actoral. ¿Verdad a medias?, ¿licencia dramática?. Qué más da. Que cada cual saque sus propias conclusiones.

Acerca de lo cual no hay al parecer ninguna duda es de que Cosme McMoon, tenía un papel mucho más relevante en la realidad que el que le otorga el señor Frears. Este pianista mexicano, aquí encarnado por Simon Helberg, más conocido por Wolowitz gracias a su papel cómico en “The Big Bang Theory”, componía canciones y las tocaba para esta mujer de carácter indomable y hacían una buena pareja artística. El actor, pianista en la vida real y que encaja perfectamente en su papel, luce una galería a duras penas soportable de muecas y gestos, que por lo visto reflejan la forma de ser del original, ya que hay constancia de que en los conciertos, hacía gracias gestuales para provocar aún más la hilaridad del público, lo cual no afectaba en absoluto a la deficiente cantante. ¿Otra licencia dramática?  En la película, Stephen Frears nos muestra en una escena encantadora cómo la diva saca su codicilo de un maletín de cuero y modifica una claúsula para incluir al pianista en su testamento. Sin embargo, la historia dice que el menda en cuestión intentó robar su herencia alegando ser su amante aunque todo el mundo sabía que era homosexual. Tiendo a desconfiar del ser humano. Me creo esta versión.

Incoherencias, falsedades, licencias cinematográficas aparte, se trata de una muy buena película con ritmo y clase, salpicada de escenas memorables, con unos actores que cumplen a la perfección y con una trama que, aunque posiblemente alterada, cuenta una historia sobre aquellas personas que triunfan no sólo porque tienen mejores asientos en el teatro de la vida, sino porque dotados de un carisma y una determinación salvajes, hacen lo que se proponen independientemente del qué dirán.

Y lo firma Stephen Frears que es un auténtica autoridad para hacerlo.

Más que de sobra.

 

 

 

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