“Fences” de Denzel Washington o Tilia platyphyllos (Tilo)

Hay textos que sólo pueden alcanzar su verdadera dimensión en ese espacio tan concreto y atemporal como es una sala de teatro en la cual una serie de intérpretes hacen cada día una obra diferente por mucho que la repitan una y otra vez durante décadas. Una buena prueba de ello es esa adaptación que Roman Polansky hizo del texto homónimo de Yasmina Reza. “Un Dios salvaje” (2011), es bastante fiel al texto y sobre todo al espíritu de la original y su reparto está a la altura, pero en cuanto el director abre la espita del espacio confinado, el agua deja de hervir y la obra se resiente.fences-poster

Francois Ozón adaptó también en el año 2012, bajo el título de “En la casa”, un texto de otro gran dramaturgo español, en lo que era una versión libérrima, y por qué no decirlo, una pedazo de película, de la obra teatral llamada “El chico de la última fila” de Juan Mayorga.

Pero hay textos que transitan por otros caminos, que pese a su idiosincrasia propia, ya sea del propio escritor o de la sociedad que pretende reflejar, son tan universales que cobran vida como criaturas indómitas, independientemente de que fueran concebidas en inicio para ser representados entre esas tres paredes, cuya cuarta asiste embelesada al espectáculo que se desarrolla ante sus ojos.

John Wells ya hizo algo parecido con “Agosto” (2013), que era una soberbia adaptación al cine del libro ganador del premio Pulitzer firmado por Tracy Letts, pero lo que hace Denzel Washington en esta lo supera incluso, no por tratarse de un texto mejor, sino por la manera de crearla, de adueñarse totalmente de la obra merced a una puesta en escena, una adaptación de diálogos  y a unas actuaciones fabulosas, que configuran un peliculón que debería guardarse en las videotecas y que muchos directores con más carrera deberían ver para comprobar cómo se levanta una producción cinematográfica desde una base muy sólida y haciéndola con inmensas dosis de amor a lo que estás haciendo que es la puta clave de todo, ya se haga  cine o empanadillas.

Denzel Washington es para mí, creo que ya lo he mencionado, el mejor actor de raza negra desde Sidney Poitier y eso es mucho decir, porque hay muchos y muy buenos. Y este señor nacido en Mount Vernon, ha hecho crecer muchas de las películas en las que ha trabajado, levantándose muy por encima de textos, tramas, acciones y artificios varios.  Pero lo que hace aquí, es también, desde mi punto de vista, su mejor y más difícil trabajo por la exigencia brutal del guión y  por compaginarlo con la labor de dirección, que no sólo es sentarse en una silla con tu nombre y decir acción y corten, sino supervisar, organizar y coordinar todo lo que conlleva una obra audiovisual desde el mismo momento de su concepción, hasta que el producto ya está listo para ser visto y juzgado en una pantalla.

Pero un texto acojonante y un actor y director a su altura, no podrían hacer nada sin el resto del elenco, a no ser que se tratara de un monólogo y esto no lo es. Y si el director de esta cinta es el mejor de los actores negros aún vivos, Viola Davis, a la que descubrí en “La duda” de Patrick Shanley en el 2008, es lo mismo pero en género femenino y sus actuaciones de máxima magnitud atrapan, conmueven, hipnotizan y te sacuden con la fuerza de un puto tornado, perfectamente secundados por el resto de un reparto escogido con mimo y excelente criterio.

Cada escena de esta película es una reivindicación,  una lucha permanente de réplicas y contra réplicas, de frases dichas con el alma, con el corazón, con los puños y desde la bilis que todos escupimos como veneno cuando el vaso se desborda y es tan auténtico y genuino lo que estamos viendo, que sentimos esa bilis resbalar por nuestras mejillas y confundirse con las lágrimas.

Si “Moonligth” de Barry Jenkins de este mismo año y aspirante junto con esta a algunos de los premios gordos del cine de este año, pretendía hacer cine reivindicativo y denuncia desde una falsa calma y desde el silencio y la sugerencia, esta opta por el camino opuesto para llegar a lo mismo. No hay silencios largos, como rara vez los hay en la vida, salvo cuando dormimos, y los ríos siempre están a punto de desbordarse y nos van a volver a pillar en calzones a pesar de que la riada ya nos ha cogido otras veces, pero cada palabra dicha y cada mirada, se clavan como dardos en aquellos sitios a dónde se ha apuntado, sino con saña, sin con intención de crear por lo menos una reacción.

La vida nos va a vapulear, eso podemos tenerlo por seguro, pero hay que gente que se encuentra en zonas sísmicas con más propensión a que la tierra tiemble y el hecho de estar acostumbrados no nos otorga más entrenamiento que el que puedan tener los demás.

La razón por la que discuten los seres humanos es básicamente por una cuestión de perspectiva y puntos de vista. No vemos lo mismo cuando nos tapamos el ojo derecho, que cuando hacemos lo mismo con el izquierdo y vivir, mejor dicho, amar, en toda la amplitud de esta palabra, que no puede definirse ni con  el diccionario más grande del mundo, es renunciar parcialmente  a los deseos propios  para intentar cumplir los de la otra parte, sea hijo, padre, nieto, gato o escarabajo de la patata. Pero eso sí, el amor debe de ser una carretera de dos direcciones y la capacidad de sacrificio debe ser equiparable o cuanto menos, no suponer un agravio comparativo. Es de  lógica y de sentido común, pensar que, si todos somos seres humanos y no estamos trastornados por males congénitos o adquiridos, queremos las mismas cosas. Es decir, amar y ser amados, comer y beber todos los días, dormir nuestras horas, satisfacer nuestros instintos y necesidades básicos, tener tiempo para nuestras cosas, reír y sufrir lo menos posible. Pero la baraja se rompe si en una pareja una de las partes sólo da importancia a la suya y da por hecho que la otra va a estar allí siempre como un paisaje que la mayor parte de las veces ni vemos porque tenemos las persianas bajadas. Y por este motivo, los abogados que desfacen los entuertos que motivan las uniones matrimoniales, siempre tienen tanto curro, junto con los mediadores porque,  una vez que la casa se viene abajo, cada cual tratará de rescatar lo suyo de entre los escombros.

Como bien dijo Ira Sachs en el título de su película “El amor es extraño” en el 2014 y, desde un punto de vista triste pero menos descarnado, lo que llamamos  amor es tan raro, que dos personas que creen sentirlo, lo experimentan de maneras totalmente diferentes y muy pocos privilegiados podrán alcanzarlo al mismo tiempo y con la misma intensidad como esta pareja de homosexuales reflejados en esa sociedad contemporánea que los acepta y los rechaza al mismo tiempo. Y esas cuatro letras confunden tanto cuando crees haber interpretado su acepción correcta, que hasta un asesino confeso de su pareja, llega a decir que lo hizo porque la quería y de ahí no lo saca ni dios, ni la justicia, ni mucho menos su conciencia, porque entre otras cosas, de eso gastan poco.

En la película alguien levanta una valla y otro dice que hay quién construye vallas para que no entren desde fuera y que otros las erigen para que lo que está dentro no se escape al exterior. Vallas es el título traducido del original y no puede haber palabra más apropiada para este trabajo. Las vallas o las barreras como alegoría, son las que marcan y delimitan nuestras vidas. Seamos quiénes seamos o creamos ser, todos obramos de maneras similares en ciertos ámbitos y por eso el lenguaje permite utilizar el posesivo con tanta asiduidad como manifiesta impunidad. Mi perro, mi gato, mi diario, mi madre, mi profesor, mi dolor de estómago… todo debe ser contabilizado en nuestro haber sin reparar en que al lado hay otra columna que debe compensarlo, pero pocos somos contables de nuestras propias vidas salvo para contar en nuestros revólveres las muescas de nuestros logros, dándole menos importancia e incluso sintiéndonos muy molestos, cuando los demás hacen lo propio, porque eso nos sitúa en una posición de desventaja.

No es lo mismo ser cornudo que ponedor de cuernos, aunque los segundos dicen abiertamente y sin asomo de vergüenza que ellos lo están pasando también mal. Pero sólo los cornudos sabemos que la otra parte que se ha ido tiene otra rama de la que colgarse y a nosotros sólo nos queda una de la que ahorcarnos.

Y para eso nos valdría cualquier árbol, aunque si vivimos el tiempo suficiente, se podrá adquirir una visión menos distorsionada o por lo menos no tan dañina, que nos permita perdonar e incluso condonar sin paliativos, las ofensas recibidas y poder valorar lo bueno y amable que casi siempre lo hay, detrás de aquellas personas que tratan de querernos de la única manera que saben, porque no les han enseñado a hacerlo de otra manera, y lo que se aprende en ciertas épocas de la vida, se queda impregnado para los restos. Se llama impronta y funciona siempre por lo menos en los mamíferos, condición a la que no podemos sustraernos.

Los padres quieren que sus hijos lo hagan mejor de lo que ellos lo hicieron. Los hijos, generalmente queremos alejarnos lo más posible de nuestros padres porque muchas veces nos confundimos con ellos cuando nos miramos demasiado tiempo en el espejo y no acaba de agradarnos lo que vemos. Tendemos a movernos, pero la mayor parte de las ocasiones nos quedamos siempre en la misma baldosa sin salir de allí, unos por falta de ambición, otros por mala suerte y otros porque tras dar una vuelta, regresan al punto de partida. Es muy duro admitir que tras décadas nadando, no te has ahogado, pero la costa sigue a la misma distancia y cada vez quedan menos fuerzas.

Los árboles nacen y mueren en el mismo sitio y colonizan de la única manera que pueden, disputando trozos de cielo y suelo con idéntica ansiedad, hasta que alguien corta las ramas y las raíces y se van pudriendo hasta que una ráfaga de viento un poco más fuerte que las otras, los tira abajo.TILO 1

El tilo es un árbol que gusta de suelos húmedos, ya sea a causa del nivel freatico, de las lluvias o de las lágrimas que se derramen bajo su sombra. Y su sombra es protectora, como las padres pretenden cobijarnos bajo ella para tratar de protegernos de nosotros mismos.

Según la mitología griega, existía una gran benefactora de la humanidad llamada Fílira que era hija de Océano. Esta yació con Cronos y la diosa Rea les sorprendió juntos. Como consecuencia, Fílira, que significa Tilo en griego, fue convertida en ese árbol.

El Tilo estaba considerado por las antiguas tribus indoeuropeas, como un árbol de poder restaurativo, cuyas hojas y flores podían utilizarse de muy diferentes maneras y de hecho se sigue haciendo en la actualidad.

Aunque se suponía que era el hombre, el que trabajaba y el que llevaba el dinero a casa en aquella América de los años cincuenta y hasta mucho después, como en prácticamente todas las sociedades occidentales con el machismo  insertado bajo de la dermis de la sociedad,  es la mujer y la madre, como en todas las familias, el tilo bajo cuyas ramas se cobijan todos  los que  están a su alrededor y en el cual todos buscan refugio sin molestarse, la mayoría de las veces, en que el terreno en el que se encuentra, tenga la suficiente humedad para que pueda desarrollarse en condiciones óptimas.

Denzel Washington, respaldado por un soberbio guión adaptado, valiéndose de su inmenso talento y rodeándose de un puñado de actores y actrices en estado de gracia, compone una verdadera obra de arte que hay que ver aunque te deje hecho mierda para todo el día y parte del siguiente.

Antes de esto, este actor  ya se había  colocado tras las cámaras en el 2002 con “Antwone Fisher” y en el 2007 con “The great debaters” y  en el 2015 se atrevió con la tele dirigiendo un capítulo de la décimo segunda temporada de “Anatomía de Grey”. Pero aunque vuelva a probar suerte, le va a costar sangre, sudor y lágrimas volver a alcanzar la excelencia de esta pieza descarnada que es un lujo para los sentidos y para nuestra alma maltrecha.

Pocas veces se repara en lo que está siempre allí, pero lo echaremos terriblemente de menos cuando deje de estarlo.

Y entonces, ya será demasiado tarde.

 

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