“En realidad nunca estuviste aquí” de Lynne Ramsey o Balaeniceps rex (Picozapato)

El Picozapato es un ave del género pelicaniforme que constituye por sí misma una única familia. Su nombre común hace referencia a su enorme pico, muy ancho, que a su vez determina el gran tamaño de su cráneo. Tiene una alzada de más de un metro, siendo, por sus características morfológicas y su extravagante aspecto, una especie sumamente característica. A pesar de su gran tamaño y considerable peso, es un ave que demuestra una gran habilidad para el vuelo y el planeo y es un ave nidífuga, es decir, que enseguida se independiza de su parentela para buscarse la vida por su cuentapicozapato-misterioso-1

Es un ave de color predominantemente gris que nidifica en el suelo en nidos realizados con restos vegetales, poniendo  un máximo de dos huevos, tres en ocasiones excepcionales. Los polluelos lucen un plumaje de tonos marrones hasta que alcanzan la edad adulta. Su alimentación suele estar determinada por peces y anfibios de los que se aprovisiona en su hábitat más común, que suelen ser zonas de agua estancada en el África tropical y oriental.

Se sabe muy poco de las costumbres de esta ave por sus costumbres huidizas y solitarias y porque es una especie en peligro grave de extinción, cuya manera más fácil de verla es en  algunos zoológicos en los que se cría y vive en cautividad.

Y huidizo y esquivo a más no poder y cautivo dentro de su propio cuerpo, es el personaje interpretado magistralmente por Joaquin Phoenix en la última película de la directora escocesa Lynne Ramsey, después de su última muestra llamada “Tenemos que hablar de Kevin” (2011). Recibió sendos galardones este año en Cannes  (mejor actor y mejor guión),  y gracias a ello entró también en la sección  Perlas del festival donostiarra lo cual a su vez le ha abierto las puertas a su distribución, me temo que fugaz, en algunas pantallas de cines españoles que se arriesgan a proyectar este tipo de obras que forman parte habitual de los menús de festivales de cine, pero que rara vez encuentran sitio en espacios más convencionales de público más tradicional, al que suelen atragantárseles este tipo de propuestas.

Lynne Ramsey no es una directora convencional y ya dio muestra de ello desde sus inicios. Le gustan las historias extremas, las puestas en escena con elementos catárticos y las atmósferas turbias e irrespirables. Se encuentra a gusto en el fragor de la batalla, como le ocurre a otros directores como Nicolas Winding Ren, autor de “Drive” (2011) y “Sólo Dios perdona”, un año después, con el que tiene algunas similitudes, ignoro si involuntarias o buscadas, o si fue antes el huevo o la gallina, pero su gusto por las escenas oscuras y la violencia súbita e incontrolable, son marca de la casa en las propuestas de ambos directores europeos.en-realidad-nunca-estuviste-aqui_104766

Según la sinopsis, se trata de un vengador justiciero como el que interpretara en 1974 Charles Bronson en “El justiciero de la ciudad”, pero eso no resulta evidente en ningún momento porque a esta directora le interesa por lo visto mucho más el fondo que la forma y para ello, plantea un ejercicio cinematográfico complejo y poliédrico en el cual las casillas en blanco superan en número e intenciones a las rellenas y somete al espectador a un exhaustivo trabajo de reconstrucción, para tratar, no de empetizar porque es imposible, pero sí de entender a un protagonista atormentado que digiere como puede y como sabe, sus traumas escenificados en un cuerpo y una mente cosidos a puñaladas traperas.

Todo es confuso desde el principio porque así ha de ser para no convertirse en otra película de tantas sobre pederastas, policías y políticos corruptos, niñas secuestradas y usadas como carne de prostíbulo y otros argumentos mil veces repetidos que no forman parte sólo de la ficción, sino también de la misma carta diaria de los telediarios. Y de tipos solitarios marcados por un pasado inenarrable que purgan sus penas estableciendo una suerte de justicia que ni es poética ni es justicia, pero que casa con su idiosincrasia particular de personas que han vivido en las cloacas y a las que le da un miedo terrible salir de ellas porque es en la oscuridad donde se manejan mejor.

Que le den este papel protagonista a Joaquin Phoenix no es un acierto, es simplemente la solución más viable. Pocos actores se meten con tanta naturalidad en la piel de este tipo de personajes y yo creo que este hombre la mayor parte de las veces no actúa, sino que simplemente se limita a mostrar ese mundo oscuro que todos portamos pero que unos disimulan mejor que otros y que él deja salir con una pasmosa facilidad, cuyas consecuencias directas son que, a mí por lo menos, no me gustaría encontrármelo en un callejón en uno de sus días oscuros, ni mucho menos llevarle la contraria, esté actuando o no.

Esa forma de caminar encorvado, esa manera de mirar, esa actitud de llevar sobre unos hombros todo el peso de la humanidad, es lo que transmite este justiciero a sueldo, este sicario pernoctador que camina por la ciudad perdonando vidas y arrebatándolas con un martillo y una insondable mala baba más que justificada, si nos atenemos a esos flashbacks súbitos que arrojan destellos de un pasado tan esclarecedor como confuso que tratan de contarnos una vida que no debería ser vivida por nadie.

A mí por lo menos, como espectador, no me interesa el rescate de la hija de un político con aspiraciones a cotas mayores que encarga a un matón a sueldo su recuperación a espaldas de la policía, ni los motivos que pueda tener la gente para hacer encargos incómodos a tipos sin escrúpulos ni conciencia, a mí me interesan los motivos por los cuales este señor acepta esas propuestas, cuando se sabe desde casi el principio, que el dinero no es su motivación principal y que es capaz de sentir algo parecido al amor por una madre con la que vive y a la que cuida sin que pueda deducirse de ello una relación enfermiza como las que ocurren y justifican películas que abordan temas semejantes. Siento curiosidad por las partes oscuras que siguen siéndolo porque la directora quiere que lo sean. De lo que vemos de manera fraccionada y fugaz, podemos deducir que este señor se ha pasado la vida entre la tortura, el sometimiento, la obediencia a un estamento jerarquizado y una dependencia a sustancias nocivas que seguramente empezaron a consumirse para tratar de evadirse de una realidad insoportable y que flirtea permanentemente con la idea de quitarse de en medio, de la manera que sea, cuanto más dolorosa mejor, como manera definitiva de dejar de sufrir porque, al contrario que los psicópatas de libro, este señor sufre y padece lo que no está en los escritos y no encuentra descanso ni despierto ni dormido. Pero del mismo modo que tiene arrestos y cojones de sobra para quitar otras vidas, no es capaz de librarse de la suya, entre otras cosas porque se siente obligado de manera contractual a seguir manteniendo un vínculo que no es capaz de romper.

Y su mundo se mantiene en un equilibrio impostado, de la casa al trabajo, ambos igual de peculiares, como los moradores de la primera de las opciones, hasta que ocurre un suceso epifánico que descabala su mundo cogido con alfileres, cuyos efectos colaterales arrasan con su remedo de vida digna de ser vivida entre los interludios de sus claro oscuros, tan grises como los tonos del plumaje del Picozapato y tan contundentes como lo que caracteriza a esta ave o la herramienta que utiliza el protagonista de la cinta para despachar a aquellos que se cruzan en el camino y los objetivos que se plantea.

Es una película deslabazada y áspera, articulada en base a una banda sonora estridente que acaba de configurar una atmósfera opresiva que se declara desde el primer fotograma y en la cual la figura de Joaquin Phoenix se alza como un ave Fénix, sin querer hacer ningún juego estúpido con la similitud con el apellido, que ni quiere ni puede resurgir de sus cenizas porque hace mucho tiempo que se consumió sin esperanza alguna de volver por sus fueros y que se entrega a un permanente ejercicio de redención para purgar una serie de pecados que no se sabe si son propios o ajenos, ni puta falta que le hace saberlo, y que vive y actúa de manera mecánica con una desafección que cambia de tono cuando se enfrenta a otras personas a las que reconoce como iguales porque ha sido capaz de ver en sus ojos idéntico sufrimiento que el que muestran los suyos.

Lynne Ramsey presenta un producto diferente, atemporal y críptico, que bebe de algunas fuentes, como beben todos, pero cuya factura da muestras de una personalidad que no quiere ser encasillada, aunque para ello tenga que enfrentarse a una constante controversia y a los ejercicios habituales de comparativas cuando surge la duda y la necesidad genuinas de etiquetar lo que se está viendo. Y para ello, se sirve de algunas escenas memorables como la que ocurre en la cocina de la casa de su madre entre un matón agonizante y el que le sobrevive o las oníricas en el agua o en un restaurante de carretera cuando pensamos que todo el pescado ya está vendido.

Todo queda al mismo tiempo explicado y oculto, de tal manera que cada cual llegará a sus propias conclusiones sin que tengan porqué  coexistir dos versiones idénticas sobre el mismo suceso. Ni importa ni es necesario. No se trata desde mi punto de vista de contar una historia con su principio, nudo y desenlace porque la propia historia ocurrió mucho tiempo antes, fuera de nuestra vista curiosa y lo que estamos viendo es una consecuencia directa de esos acontecimientos pasados y la demostración clara y concisa de que cada día víctimas inocentes son condenadas a caminar por un purgatorio vital hasta que llegue el momento de descender definitivamente a los infiernos, sin que exista posibilidad alguna de alcanzar su antónimo porque el paraíso no existe cuando se han perdido la esperanza y la fe.

Todos tenemos taras y debemos vivir con ellas, pero las cicatrices de algunas personas son definitivamente más grandes y algunas heridas no llegan a cerrarse nunca porque el cuerpo humano no es capaz de generar el suficiente material sano para cercar y aislar la podredumbre del alma y esas heridas mal cerradas, se arrastran de por vida, acarreando una infección que no hay manera de combatir.

Este señor, solitario y extraño como el Picozapato, anclado en tierra de nadie, que siente cierta envidia por sus propias víctimas porque ellas han alcanzado el descanso eterno al que él aspira, camina por la vida esperando que alguien le de el pasaporte, pero con la obligación implícita de defenderse porque es algo a lo que le enseñaron de pequeño, incapaz de hacer nada por favorecer su ansiada extinción, mientras acumula sobre sus espaldas el peso de lo que pudo haber hecho y de las decisiones erradas.

La tristeza, la melancolía, la ira y el odio son sentimientos que experimentaremos junto con otros muchos, a lo largo de nuestra vida y su uso y gestión, sólo compete a aquellos que los experimentarán y a  los que sufrirán las consecuencias, pero las dosis que deberemos de soportar, como individuos activos o pasivos, como emisores o receptores, dependerán en última instancia y proporcionalmente, de los estímulos que los causen y en ese reparto, a todas luces desigual, poco o nada podemos hacer, porque nos toque mayor o menor tajada.

Y sólo nos queda aspirar a tener suerte en el sorteo.

 

 

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