“En cuerpo y alma” de Ildikó Enyedi o Sellasphorus calliope (Colibrí Calíope)

Los colibrís son tal vez las aves más ligeras y pequeñas del mundo, con alzadas rara vez superiores a los diez centímetros y pesos en torno a los cinco gramos. Tienen la habilidad, que a su vez supone su principal característica, de quedarse suspendidos en el aire moviendo las alas a una velocidad frenética, mientras su lengua extensible extrae el néctar de las flores que son su principal fuente de alimento junto con la savia que también captan de los agujeros practicados en los troncos por insectos u otras aves.

Tienen el pico y las alas relativamente cortas con respecto al resto de su cuerpo, en lo que supone una adaptación evolutiva para estar bien diseñado a la hora de vivir una vida tan estresante como la que le tenían deparada a esta especie, condenada de por vida a dejársela en piruetas acrobáticas mientras se las apaña para poder llegar a flores inaccesibles y una vez allí activar todo el mecanismo que le permite obtener el preciado néctar y polinizar plantas que de otra manera no podrían propagarse.colibrí

Depende de la especie, habitan diferentes paisajes, pero esta, que esta extendida desde Canadá hasta América Central  y del Sur, utiliza bosques frondosos, algunos de ellos a altitudes importantes, pero siempre supeditada a las flores que constituyen su gasolina particular por lo que se convierte cada año en el ave migratoria de menor tamaño que surca ingentes cantidades de kilómetros para hallar lo que necesita, en un ejercicio extenuante que cada migración diezma su población considerablemente.

Hacen un nido en forma de taza que pueden visitar año tras año y tienen su ciclo reproductor muy ligado al de las floraciones de las plantas y los pequeños están en condiciones de empezar el trasiego apenas tres semanas después de salir del cascarón.

Los machos de esta especie, tienen el vértice y la garganta de color rojo y el resto de diferentes tonos verdosos, siendo algo más discreta la hembra, pero ambos defienden con fiereza y vehemencia expeditiva las flores susceptibles de ser polinizadas, porque les va mucho en el envite, siendo además extremadamente susceptibles a mínimos cambios en su entorno.

Y con vehemencia, eso sí, pacífica, también defiende su escaso territorio y es extremadamente sensible a los cambios de su entorno, la protagonista femenina de esta gran película húngara firmada por la veterana directora Ildikó Enyedi, más centrada en series de televisión y en su trabajo de guionista y que no se enfrentaba a un largometraje desde 1999 en el que entregó “Simón y el mago”. Y con esta nueva obra ha alcanzado el reconocimiento, por lo menos fuera de su país, obteniendo el máximo galardón a mejor película en la última edición de La Berlinale y ya opta a varios premios como mejor película Europea, entrando por méritos propios en la Sección Perlas del Festival de Donostia este mismo año.

en cuerpo y alma

La acción se desarrolla en el interior y los alrededores de un matadero húngaro en el cual varias decenas de personas pasan sus días, alimentando, conduciendo, dando pasaporte y despedazando, esos nobles anímales que después nos papeamos más o menos hechos según el gusto de cada uno. Las primeras escenas de la película y hasta bien avanzado el metraje, son una descripción, casi documental de lo que se cuece en esos lugares y está contado de manera tan detallada, fijando la cámara en planos fijos y planos detalle, recreándose en la cotidianidad de la muerte y buscando la mirada de los que solemos mirar para otro lazo cuando empieza la matanza del cerdo, pero después nos comemos sus despojos y nos chupamos los dedos.

Estas imágenes están alternadas por otras muchas más bellas y bucólicas en las que una pareja de ciervos, deambula por un bosque nevado y aparentemente abandonado en el cual no se vislumbra más vida que la de esas dos mamíferas presencias y demuestran una vez más la excelencia en la fotografía y en el uso de la luz a la que el cine del Este nos tiene acostumbrados.

La directora también nos presenta con eficacia y solvencia a los protagonistas que habitan un lugar en el cual la presencia de la muerte es recurrente y en la cual la gente reacciona con la naturalidad debida a un paisaje rutinario y de sobra conocido. Cada cual hace su trabajo, con sus filias y sus fobias hasta que llega la hora de la comida en dónde las jerarquías y las distancias y aproximaciones se dirimen en torno a una bandeja dividida en compartimentos.

Todo parece anclado en una coreografía mil veces repetida, hasta que llega a la planta una nueva supervisora de calidad, de moral profesional estricta hasta la naúsea y cuadriculada en sus maneras y formas que impone unas normas de supervisión a las que no están acostumbrados por esos lares y que se dedica a su profesión en cuerpo y alma como reza el título traducido del húngaro de esta película que vaya usted a saber si tiene algo que ver con el título original. Por su manera de comportarse en el trabajo y, sobre todo, por las escenas en la que podemos verla en su casa desprovista de toda mirada ajena, nos damos cuenta de que es una persona torturada con graves problemas psíquicos y emocionales que podemos imaginar, pero que en ningún momento nos serán desvelados.

El jefe de la fábrica, un disminuido físico con un brazo inutilizado, pero compensado con una mano izquierda y una psicología admirables para dirigir y gestionar a la gente que está bajo su cargo, se interesa por esta nueva adquisición, intuyendo algunos problemas que una actitud tan rígida podría causar en el engranaje social y administrativo del matadero, pero en mitad de este trabajo de fondo, ocurre un suceso en la fábrica que requiere de la intervención de la policía y de una psicóloga laboral que debe de evaluar a los que allí operan, con objeto de hallar el culpable del desaguisado y en el marco de esa operación de  investigación ligth y sosegada, orquestada por una profesional externa, el jefe de la fábrica y la supervisora, descubren accidentalmente que comparten sueños cada noche y que ellos son los ciervos que pululan sin prisa pero sin pausa por un paraje invernal, disfrutando del paisaje y viviendo en armonía, pero sin el más mínimo asomo de tensión sexual animal entre ellos.

A partir de aquí, empieza una nueva película tanto para los protagonistas como para el espectador, que hasta ese momento asiste entre intrigado y desconcertado a una serie de escenas sangrientas, a conversaciones de despacho y comedor y a las peripecias de dos ciervos evocadores que parecen sacados de un documental de naturaleza.

Y crece y de qué manera porque los dos protagonistas, el disminuido físico y la disminuida emocional empiezan a crear un vínculo toda vez que cada noche se encuentran en sus sueños, completando el uno la parte de la otra y hallando en ese momento único y onírico, la paz que es evidente que les falta en su día a día y que perdieron desde hace más tiempo del que probablemente puedan o quieran recordar.

Y se comportan como esas parejas que están a  punto de formarse pero que deben de andar con pies de plomo porque cualquier paso en falso, cualquier resbalón, puede dar al traste con todo e inician torpes acercamientos de genuina curiosidad por saber si los sueños se siguen correspondiendo, si ese vínculo involuntario sigue vigente, mientras aumenta la curiosidad por saber si esa señal inequívoca de conexión mental, podría tener su reflejo en la vida real.

Mientras tanto, asistimos también a las visitas que la mujer hace a un señor que intuimos que fue su psicólogo infantil que la ayudara en los trances inimaginables por los que se viera obligada a pasar en el pasado y al que ella recurre sistemáticamente porque es la única persona con la que puede sincerarse, mientras el profesional trata de derivarla sin éxito a otros compañeros más acostumbrados a sumergirse en la psique de los adultos.

Y el jefe de la empresa, vive entre desconcertado, asustado y esperanzado, mientras al mismo tiempo trata de poner en orden sus ideas, asistir al veredicto de la psicóloga externa que audita a los trabajadores de la empresa y a las confesiones de su supuesto mejor amigo en la fábrica que le enfrentan de manera tangencial con uno de los nuevos trabajadores que él mismo contratara.

Y no hay nada peor en esta vida que la incertidumbre, que no saber si esa mujer o ese hombre tienen interés real en ti y por lo tanto no saber qué pasos dar sin parecer un idiota o un prepotente, el no saber si ese dolor de cabeza es por un exceso de trabajo o por un tumor que está empezando a crecer como un alien en tu cabeza o el no saber si me van a echar de la empresa o me queda por lo menos un día más que acabaré desaprovechando como todos los anteriores.

Con ello inician un romance nada habitual en el cual se aguarda despiertos al momento en que con la caída de los párpados y la llegada del sueño, se empieza a vivir la verdadera vida, la que merece la pena y la que todos esperamos llegar a vivir y no ser sólo una historia de terceros contada con más o menos gracia y escuchada con más o menos envidia.

Pero todos somos torpes a la hora de dar los pasos cruciales para dejar de ser líneas paralelas e iniciar ese primer contacto que puede devenir en amor duradero o en colisión inevitable o en ambas cosas una vez superados los plazos y las etapas pertinentes y estos dos personajes, tristes humanos de día y bellos ciervos al anochecer, llenan sus vidas de silencios incómodos de paréntesis que ni se abren ni se cierran, de diálogos dichos a una pared inerte y se ahogan en sus propias indecisiones mientras cada uno de ellos toma las decisiones a las que sus vidas rotas y erráticas les han acostumbrado.

Se trata de una película de gran belleza física y espiritual. Una oda al amor imperfecto y desacompasado, la historia de dos personajes en permanente conflicto interior que luchan con denuedo, en cuerpo y alma, por revertir la situación, que son dos tortugas boca arriba incapaces de darse la vuelta y que no saben cómo ayudarse la una a la otra a pesar de que es lo único que desean. Un bello y tortuoso itinerario entre lo lírico y el barro, entre la sangre y la saliva de los besos que no se dieron, entre la nieve y el sudor y está realizada con pericia de arquitecto y trazo de dibujante renacentista, con la frialdad del escalpelo y la tibieza de una caricia, con ternura y desasosiego y es una película absolutamente recomendable para todos aquellos que quieren y necesitan amar y no tienen ni puta idea de por dónde se empieza a construir el edificio y que dejan pasar sus días entre lo que pudo haber sido y no fue y lo soñaron porque no tuvieron el coraje suficiente para vivirlo.

Hay escenas de una belleza a ratos difícil de soportar, tanto como las primeras imágenes del matadero en la que la sangre derramada simboliza el río por el que todos tendremos que navegar y que a mí por lo menos, me hicieron pensar en la posibilidad de pasar a engrosar las filas del vegetarianismo. Y todas ellas  están rodadas con la calma de la experiencia y la certeza que otorga la sabiduría.

Y, como en sus sueños, estos dos personajes son al mismo tiempo colibrí y flor, que gastan todas sus energías sin esfuerzo aparente, pero aleteando hasta el límite de la resistencia física por llegar a libar de esa flor que es al mismo tiempo causa y consecuencia y que te puede dar la vida para quitártela un instante después.

En el amor y en la vida todos somos mutilados.

Otra cosa es como seamos de capaces de poder lamernos las heridas.

en cuerpo y alma

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