“El viaje” de Nick Hamm o Merops apiaster (Abejaruco)

El abejaruco es una de las aves más vistosas de Europa cuya gama de colores parece sacada de la paleta de un pintor expresionista. No hay apenas diferencias entre ambos sexos y su nombre viene derivado de su aficción a comer abejas a cuyas picaduras parece ser inmune, aunque para ingerirlas, previamente les quita el aguijón.

abejaruco Suele vérseles en perchas tales como cables de luz o teléfono muchas veces cerca de las carreteras, pero para agruparse prefiere la mayoría de las veces taludes y paredes arenosas dónde excavar las galerías que les servirán de nido, cerca de zonas abiertas o con arbolado disperso. El reclamo es característico e inconfundible y lo emite de forma incesante, pudiendo ser escuchado a considerables distancias, especialmente cuando a finales de agosto empiezan a agruparse para emprender su migración, volando muchas veces incluso de noche. A menudo entran en conflicto con los apicultores cuando los abejarucos acuden a las colmenas a buscar ese bocado tan apetitoso que les otorga su nombre vulgar.

Y grandes migraciones han protagonizado con frecuencia los irlandeses, que han mirado con gran asiduidad a otras costas para escapar a las penurias y calamidades a las que siempre se han visto abocados por geografía e historia, desde las hambrunas, a las enfermedades que han diazmado por obligación y depresión a un pueblo valiente, aguerrido y sufridor, y bastante borracho (todo hay que decirlo, aunque motivos siempre han tenido más que de sobra), hasta los conflictos más modernos que desde principios del siglo veinte convirtieron todo en un ten con ten entre abejarucos y apicultores en busca de un mismo botín, a pesar de que el conflicto en cuestión tiene su origen real cuando el Reino de Inglaterra intentó convertir a los irlandeses al protestantismo, cuando la mayoría de ellos eran católicos fieles adoradores de San Patricio, santo, seña y razón de ser de muchos irlandeses y eso dividió la isla en dos facciones irreconcialiables separadas, como en muchas otras latitudes del planeta, ayer, hoy y siempre por la misma mierda de siempre que es yo soy una cosa y rezo a un dios determinado y si tú no haces lo mismo, eres mi puto enemigo y atente a las consecuencias. Y si se juntan un pueblo colonizador que trata de someter a otro que tiene unos huevos como melones, pues va a haber hostias como panes y van a llover las piedras desde todos los lados.

Este conflicto, que siempre se cobró vidas en ambos bandos, alcanzó tal vez sus picos de violencia más extremos, en la década de los setenta, los ochenta y hasta bien entrados los noventa, igual que ocurrió en España con otra banda terrorista que, a pesar de sus evidentes diferencias, siempre se sirvieron de referencia mutua y han acabado por transitar caminos semejantes aunque cada uno a su manera, estando en Irlanda el asunto ya encauzado, sin que en España hallamos sido capaces de llegar a idénticos puntos, sin que yo me atreva a aventurar ninguna razón por miedo a cagarla que es lo más probable que podría ocurrir, si es que no la he cagado ya.

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Dejando de lado a España y centrándonos en Irlanda, que es el lugar dónde está ambientada la película, por lo menos emocionalmente, porque retrata tangencialmente un viaje acaecido desde un punto de Escocia hasta un aeropuerto que llevaría a los dos protagonistas de vuelta a su convulsa y maltratada tierra, los problemas que dividieron a unos y a otros fueron sobre todo las gestiones erradas que se llevaron a cabo en ambos bandos y que acabaron degenerando en un conflicto armado cruento y largo de cuyas profundas heridas, nunca se acabarán de reponer. “Cinco minutos para la gloria” de Oliver Hirschbiegel (2009), ya situaba, en un concepto imaginario, al verdugo ejecutor y al familiar de una de sus víctimas en un entorno neutral, en un intento de limar asperezas o de por lo menos de intento de comprensión, no ya por acercar posturas que eso es imposible, sino para que uno tratara de empatizar con la consecuencia de su fanatismo y el otro de tratar de entender unos procesos mentales de alguien sometido a un régimen de vida social basado en la retención de unos ideales por el uso mayoritario de la fuerza.

El proceso de paz en el Ulster se inició a finales de los noventa, pero durante años siguieron produciéndose escarceos y acciones terroristas que siguieron aumentando el número de víctimas, hasta que se organizó en el año 2006, un encuentro a varias bandas, auspiciado por el gobierno británico, tutelado por Tony Blair primer ministro de la época, en la manera en que le dejaran actuar sus asesores y las más altas instancias y también en un terreno neutral.

Las grandes cabezas visibles de aquel encuentro, de los cuáles dependía una solución pacífica o una vuelta a las hostilidades, eran Ian Paisley y Martin McGuinness. El primero era conocido como el “Doctor No” o  “Míster Nunca”, entre otros apelativos, por su negativa a negociar bajo ninguna circunstancia con el enemigo. Este tipo era un pastor protestante fundador de la Iglesia Libre Presbiteriana, fiel siervo de la Corona Real Británica, Líder del Partido Unionista Democrático, detractor de la Iglesia católica y antipapista declarado, que por lo visto tuvo una intervención decisiva en el tristemente famoso Domingo Sangriento, dónde se traspasaron una serie de fronteras que abrieron diques y encendieron mechas, porque a su ego desmedido y a su soberbia ilimitada, se le sumaban unas inclinaciones paramilitares que no abogaban precisamente por soluciones dialécticas o pactadas para conseguir sus objetivos.

En la otra parte del ring, estaba su némesis, jefe negociador del Sinn Fèin, uno de los líderes del Ejército Republicano Irlandés, católico e izquierdista que deseaba una Irlanda unida, pero alejada políticamente y liberada del yugo de la Corona Británica. Y ante tal choque de trenes, la catástrofe estaba asegurada. No se trataba de arreglar lo ya roto, sino evitar que acabara de romperse más y para ello se juntaron en el mismo espacio temporal a estos dos machos alfa de cornamentas imponentes para que a berrea limpia, buscaran una solución conjunta que satisfaciera a ambas partes, estando mucho más cerca de la utopía que de cualquier otro asunto.

La película ya advierte desde el principio que, pese a que está basada en un suceso documentado y contrastado y que todo tuvo un final feliz porque todo el mundo sabe que se llegó a un acuerdo que satisfizo a ambas partes, lo que ocurrió dentro del coche que llevó a los dos líderes del punto A al punto B, es una incógnita absoluta, porque lo que único que pudieron ver los allí asistentes es que entraron en ese coche como acérrimos enemigos y acabaron convirtiéndose, una vez cumplidos los acuerdos alcanzados, en amigos inseparables que siguieron luchando por la única cosa que les unía, que era Irlanda, pero con esfuerzos consensuados y conjuntos.

Parte por lo tanto, de una premisa imaginaria y ya, desde esa misma génesis, todo lo que se cuente es válido a nivel argumental y narrativo y, tras ponernos en antecedentes, es decir, en ese lugar de Escocia dónde se congregaron muchas facciones y con un nivel de tensión política insoportable que quedó pospuesto tras una falta de acuerdos previa, porque por lo visto Ian Paesley tenía un compromiso ineludible al que debía acudir, seguramente entre otras cosas porque no le apetecía una mierda estar allí para resolver un conflicto que no tenía interés real en solucionar. Pero, en aquellos tiempos, y seguramente también ahora, era perentorio e inexcusable, que los líderes de ejércitos opuestos, viajaran juntos, porque de ese modo se aseguraban evitar posibles atentados que descabezaran a alguna de las dos partes con sus evidentes consecuencias y ello derivó en que debieran compartir vehículo para transitar por las carreteras escocesas, tratando de tender puentes sobre la esquilmada Irlanda.

Al incidir que es una reconstrucción imaginaria sobre lo que ocurrió dentro de ese habitáculo durante la hora que se tardaba en llegar de un sitio al otro, no debió de haber más testigos que el chófer que debía llevarlos sanos y salvos, pero aunque se trata de una road movie política, que casi transcurre en tiempo real, el director debe de tomar una serie de decisiones para alimentar tramas secundarias y hacer más atractiva la película y para ello dar juego a otra serie de personajes. Se inventa entonces una monitorización de dicho viaje con una cámara de vídeo instalada en el vehículo que sigue los pasos y las palabras y gestos de los dos protagonistas antagónicos, mientras que el chófer está manipulado y aleccionado por la mano derecha del Primer Ministro británico, al que caricaturizan descarnadamente y son seguidos a su vez por tierra y aire por súbditos británicos que velan a distancia prudente por la seguridad de los dos venados (en ambos sentidos).

Y la película, que resulta muy interesante como experimento antropológico de meter en un reducido espacio a dos personajes cuyos egos imposibilitarían compartir incluso una mansión de cuarenta habitaciones y quince baños y que además tiene un componente de realidad ineludible, adquiere tintes interesantes y muy buenos momentos álgidos cuando la cámara se fija exclusivamente en ellos, enfriándose el pastel más de la cuenta cuando sale a indagar lo que ocurre desde el improvisado centro de mandos dónde sólo pueden ver lo que ocurre sin ninguna posibilidad de intervenir.

Para ello, el director irlandés oriundo de Belfast, que por origen y edad vivió el conflicto armado de primera mano y quién sabe si con bajas entre sus allegados o familiares, se inventa salidas que justifiquen que los dos protagonistas tengan momentos de verdadera intimidad que es dónde se cuecen de verdad los asuntos suculentos y es en ese duelo interpretativo, mano a mano los dos pedazo de actores que se meten en la piel de estos dos personajes históricos, cuando la película alcanza verdaderas cotas de buen cine, muy por encima del resto, aunque el conjunto quede afectado por otras escenas definitivamente prescindibles que no tienen más intención que rellenar metraje e introducir más tensión ante la posibilidad de que uno de ellos pierda su avión y seguramente cualquier posibilidad de concreción de acuerdos.

Hay asuntos que, como en las películas de Frank Capra, ocurren de puertas para adentro y sólo conocen sus intimidades y resquicios aquellos que los han vivido de primera persona. Todo son en cualquier caso elucubraciones, en este caso bien resueltas, para crear una película excesivamente amable en su tono y en su forma para la gravedad de los asuntos que trata de abordar.

Las consecuencias de lo que allí ocurrió fueron que en las siguientes elecciones en Irlanda, en el año 2007 y tras cumplimentar los acuerdos que se alcanzaron contra todo pronóstico, Ian Peasley fue Primer Ministro de Irlanda, apaciguando sus ansias de poder y alimentando su ego y Martin McGuinnes, su mano derecha, que supo manejar con habilidad y psicología todo el asunto, sabiendo ceder además una cuota de protagonismo, convirtiéndose en Viceprimer ministro y juntos gobernaron en armonía la amada tierra que volvieron a unir tras devastarla previamente casi hasta el punto de no retorno, aceptando de manera tácita que lo que les habaía llevado hasta ese punto era la similitud no de sus puntos de vista, pero sí la manera de afrontarlos, demostrando una vez más y vaan…    que los extremos se tocan.

Es evidente que si alcanzaron esos acuerdos fue en parte porque la edad ya había hecho mella en ellos y no se tienen las mismas ganas de batallar a los cuarenta que tres o cuatro décadas después. Una vez ya muertos ambos, el ex líder del IRA a principios de este mismo año, son sus sucesores los que deben de velar porque el barco no vuelva a hundirse.

Como paradoja final, comentar que Martin McGuinness, el que abogara décadas atrás porque Irlanda se desligara del Reino Unido de manera definitiva, fue uno de los más firmes defensores de que el Brexit no tuviera lugar ni se acabara por concretar.

Para que luego digan que la gente no cambia.

Y tuvo la ocurrencia de morirse antes de verlo con sus propios ojos.

Una retirada a tiempo es una victoria.

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