“El viajante” de Asghar Farhadi o Himanthalia elongata (Espaguetti de mar)

El cine iraní es como un río en su curso medio. Ya ha dejado atrás las tribulaciones de su nacimiento tempestuoso y se dirige hacia su desembocadura de forma parsimoniosa y lenta, recorriendo con paciencia los rodeos que sus meandros dibujan en el terreno, dejando sedimentos a un lado y otro de cada una de sus orillas, sin más intenciones que dejarse llevar y fluir hasta su destino, que ya está escrito independientemente del deseo de las aguas que lo conforman.el viajante cartel

Este tipo de cine tuvo su momento de apogeo sobre todo a caballo entre los dos últimos siglos y siempre se ha caracterizado por una fuerte intención de crítica social que ha  valido a sus responsables una invitación a dejar el país o a ser confinados por tiempo indefinido en alguna de sus cárceles poco salubres que siempre guardan espacio para disidentes o presos políticos que no están de acuerdo con las normas que rigen este país en permanente conflicto religioso, político y social.

Asghar Farhadi ya acumula dos premios gordos de la Academia de Cine Americana por mejor película de habla no inglesa y eso no es cosa pequeña. En el año 2011, filmó una obra maestra llamada “Nader y Simín: una separación”, con la cual nos dejó perplejos y maravillados a partes iguales por el exhaustivo  retrato del proceso de divorcio de una pareja iraní en un país en el que todo es muy difícil, especialmente si eres mujer. La calidad humana de la película, la soberbia interpretación del elenco y la sobria puesta en escena que retrataba un cuadro costumbrista de dicha sociedad, así cómo el realismo plagado de tensa calma que impregnaba cada plano, eran una joya para degustar por los paladares cinéfilos más exquisitos que vieron en esa película una manera de hacer cine pragmática y sencilla, lejos de cualquier tipo de alardes y que penetraba en el corazón haciéndolo sangrar durante días.

Y repite premio en la misma categoría y manera de presentar su trabajo. Esta vez no es una pareja enfrentada al trámite siempre traumático de finiquitar su relación, sino que se trata de dos actores que mantienen una sólida relación sentimental, sin hijos ni ataduras importantes, que se ven abocados a una mudanza obligada porque debido a unas obras, el edificio en el que habitan, amenaza con venirse abajo, justo cuando están ultimando los  ensayos de la obra de teatro que están preparando, que no es otra que la obra inmortal de Arthur Miller, mil veces retratada en el teatro y en el cine.

Y no es una casualidad que sea precisamente esa obra la que, en una estructura circular, articula y englobe la verdadera trama y el conflicto real que se genera a partir de ese éxodo obligado.

Un compañero de trabajo de la obra de teatro, que tiene un inmueble en una parte de la ciudad, se lo ofrece a sus colegas con la mejor de las intenciones. Lo que ocurre, es que la anterior inquilina, que llevaba un tipo de vida cuanto menos peculiar y  a la que sólo conocemos por unas conversaciones de teléfono en la que ni siquiera oímos su voz, tiene un contencioso, vaya usted a saber porqué, con su antiguo casero que conserva en su piso algunas pertenencias de la última presencia en su casa de alquiler, que suponen una traba para que los nuevos alquilados, puedan tomar posesión de su recién adquirido territorio.

El tiene además de su trabajo como actor, un puesto como profesor de literatura en un instituto de la ciudad y por las escenas que el director nos muestra, nos damos cuenta de que tiene un nivel cultural por encima de la media, que intenta trasmitir a su alumnado en un trabajo que se antoja arduo y baldío porque las nuevas generaciones, ni aquí ni en Irán, vienen empujando fuerte ni lo pretenden.

Una noche cualquiera, cuando la mujer está esperando el regreso a casa de su marido, suena el telefonillo y ella deja la puerta abierta aguardando la deseada llegada. Por la caridad entra la peste y las puertas y las ventanas son portales al exterior que nos comunican con el resto del mundo, pero muchas veces son también el acceso de entrada a aquellas cosas de las que luego jamás podremos librarnos y bastaría con algo tan simple, como mantenerlas cerradas por si acaso.

Esa noche ocurre algo impactante para la vida de todos, pero lo que sea que acontece, no se nos muestra ni se nos cuenta de ninguna manera. A partir de ahí, todo son suposiciones, oscurantismo cinematográfico y elucubraciones que pueden tener una base real o pertenecer a lo que la mente de cada uno quiera organizar. El marido regresa del supermercado y, tras encontrar rastros de sangre y la casa vacía, acude a un hospital cercano para averiguar qué es lo que ha ocurrido en su ausencia. Su mujer está viva y regresa  a la vivienda, pero con una incapacidad manifiesta para quedarse sola y conciliar el sueño sin caer una y otra vez en las escenas que debió de vivir cuando un intruso invadió momentáneamente la tranquilidad de su vida poniéndolo todo patas arriba. La mujer no cuenta lo que le ha ocurrido y no sabemos realmente si es por vergüenza, por memoria selectiva o por genuina confusión. Del paso del intruso por la casa sólo quedan un móvil y unas llaves  de coche olvidadas y una cantidad de dinero con la que se pretende pagar no se sabe qué.

A partir de ahí, y al tiempo que crece la confusión y la apatía de la víctima, se inicia un viacrucis en el cual el marido de la mujer herida, trata de encontrar al agresor para entender lo que ha ocurrido y poder ofrecer a su mujer una tranquilidad que no es capaz de trasmitirla en su día a día. Hay una sucesión de escenas cotidianas que son la demostración de que algo se ha roto y que va a ser difícil recomponerlo, al tiempo que se abre una grieta porque la mujer sólo quiere calma para reponerse y el marido necesita respuestas para calmar a la fiera que pugna por salir y arrasarlo todo.

Y todo se resiente en mayor o menos medida, porque somos piezas de dominó que caemos sin poder evitarlo cuando la pieza de al lado se inclina hasta el punto de no retorno.

Las indagaciones del marido dan por fin resultado de la manera en que ocurre todo en la vida real, es decir, de puta casualidad porque el escritor que da vida a nuestros designios, posee una mente retorcida y caústica y se gusta cuando nos pone entre la espada en la pared sin más armas para defendernos que nuestras propias manos.

La mejor baza de esta gran película, es que nunca llegamos a saber lo que ha ocurrido en realidad, porque, como en la vida real, cada cual se guarda su pedazo de verdad a buen recaudo y demuestra eso ya sabido de que sólo sabemos de las personas lo que ellos deciden contarnos. Podemos sospechar que el vecino del quinto se folla a nuestra mujer, pero no lo sabremos hasta que nos lo digan, lo veamos con nuestros propios ojos o salga publicado en el puto facebook. Es probable que nunca consigamos el ascenso soñado, pero no perderemos la esperanza hasta que veamos a nuestro mayor enemigo engalanado con las medallas que nos correspondían a nosotros. Siempre creeremos que hemos entrado en la lista definitiva de los aspirantes a un trabajo en una oposición, hasta que veamos que nuestro nombre está por debajo de la línea de puntos. Y es así y lo demás son palos de ciego, golpes dados al azar a una piñata que ni encontramos ni deseamos realmente conocer su contenido, pero queremos destrozarla a palos aunque luego sea ella la que nos aniquile a nosotros.

Hay desasosiego en cada minuto de la película aunque sea tan sutil que apenas nos damos cuenta. Todos quieren encontrar al lobo, pero nos da miedo que el lobo viva demasiado cerca de nuestra casa. Y todos sabemos que el lobo la mayor parte de las veces, va disfrazado de cordero, porque así le resulta más fácil acceder al gallinero.

La mayor parte de las cosas que nos ocurren en la vida, suelen tener lugar por pequeños errores de cálculo, por estar en el lugar menos adecuado en el peor momento posible o  porque hemos comprado papeletas para un sorteo en el que luego se nos olvida mirar el número agraciado, pero el vecino nos lo recuerda con esa mala baba que sólo pueden atesorar los que comparten tabique con nosotros.

Y la película se encamina lenta pero inexorablemente hacia ese desenlace en el que todo el mundo sabe que nadie gana y no podemos hacer nada, como nada puede hacer el río para no acabar en el mar.

El mar en el cual pueden llegar a vivir este tipo de algas cuyo nombre vulgar recuerda a esa comida que la mujer decide hacer tras uno de los escasos momentos buenos que tiene después del ataque y que se va por el desagüe en el mismo momento en que la pareja descubre de dónde salió el dinero que los pagó.

himanthalia

La mayoría de las algas de agua dulce son tóxicas, como tóxica es mucha gente que vive a nuestro lado y en la que no reparamos hasta que cruzan el umbral que separa sus vidas de las nuestras y el agua del río debe de llegar al mar, dónde parece que las condiciones son más adecuadas para que este tipo de plantas, con múltiples utilidades gastronómicas y medicinales, pueden desarrollarse en un ambiente menos confinado pero también más expuesto a múltiples agresiones, como expuestos estamos nosotros a que desde fuera de nuestras murallas, algún desalmado pueda acceder a nuestra fortaleza en un momento de debilidad o de despiste.

Lo que más incomoda de las películas de este pedazo de cineasta es saber que todos podríamos interpretar a cada uno de los personajes que presenta, sólo con que la vida nos ponga en esa tesitura en la cual las decisiones no las tomamos nosotros sino una serie de circunstancias que asumen el control y nos convierten en marionetas sin poder de decisión ni escrutinio y de cuyas acciones derivadas, tal vez nos arrepintamos el resto de nuestras vidas.

Este es cine del bueno, del que hace años sólo podían ver unos pocos privilegiados que tenían la información necesaria para acercarse a él. Ahora es del dominio público y del que suelen huir la mayoría de personas que gustan de ir al cine en su tiempo de asueto. Y no les gusta porque la mierda nos mira a los ojos y nos desafía y nos pone en el brete de mirar para otro lado.

La vida consiste en ver y asimilar para tratar de aprender y que por lo menos, de fracasar, nadie pueda acusarnos de no haberlo intentado. La mayor parte de las veces nos estrellaremos contra un muro y en ocasiones recogerán nuestros cachitos con un cogedor.

No se sabe qué es mejor. Dicen que la ignorancia y probablemente tengan razón, pero yo, al igual que el protagonista masculino de la película, necesito saber.

Aunque  pueda acabar matándome.

El viajante imagen dest

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