“El sentido de un final” de Ritesh Batra o Muscicapa striata (Papamoscas gris)

Esta ave de migración transahariana de tamaño medio para pertenecer al orden de los paseriformes, necesita migrar porque su dieta a base de insectos así lo aconseja para la supervivencia de la especie. Tiene las alas largas y estrechas y la cola lisa. Tiene el dorso pardo y gris liso, pico bastante grueso y la coronilla manchada. Es un pájaro bastante atractivo, aunque su plumaje carece de colores o dibujos intensos. Es un ave especializada en vuelos de cotas medias y no suele hacer grandes desplazamientos más allá de ir desde una percha a otro o de regreso a la misma toda vez que localiza una diminuta presa que se zampa al vuelo, en lo que constituye una técnica de caza muy particular en este tipo de aves.PAPAMOSCAS GRIS

Es por ello que suele elegir como hábitat zonas de bosques poco densos dónde el follaje no le impida localizar el papeo y para ello no duda en instalarse aparte de en campos abiertos, en huertos y cerca de zonas urbanas como parques o pistas de tenis, desde las cuales otear el horizonte para segurarse el sustento. Su territorio suele ser muy limitado, lo cual reduce las posibilidades de éxito.

Está en decadencia sin que se acierte a discernir las causas exactas de su declive, aunque muchos expertos las sitúan en la desertización progresiva del Sahel, que es el sitio natural al que se marcha cuando llegan los frios y del cual regresa a primeros de mayo, pero la sequia pertinaz en esa zona del Sáhara, condena a mortalidades excesivas a esta peculiar ave. La caza ilegal de pajareros y el uso de pesticidas son otras causas mucho más evidentes y valorables de manera específica, pero juntas ambas, pintan un panorama poco halagüeño.

Como poco halagüeño es el panorama de las personas cuando se encaminan a esa parte de la vida en la que se inicia la cuesta abajo sin que haya una manera de detener ese proceso natural llamado vejez, cuyo final siempre es el mismo y al que se llega por diferentes vías en las que las únicas variables son la dignidad con la que se transite por ellas y los intervalos o respiros que la salud otorgue. Y como en el caso del papamoscas gris, también tienen un territorio limitado y es difícil acertar a discernir no las causas exactas de eso llamado decadencia, porque son algo obvio ni existe una barrera que lo determine, sino que se inicia en diferentes grados y etapas en las personas que lo sufren. Hay estudiosos que aseguran que es a los veinticinco años cuando se alcanza el cénit físico y que a partir de ese momento, la carretera se inclina hacia el valle de nuestras vidas, pero muchas veces es la cabeza lo que determina en qué momento se activan los resortes irreversibles  que han de acabar con nuestros huesos en el vertedero.el sentido de cartel

Esta película, dirigida por el director de origen indio Ritesh Batra, formado como cineasta en los EE.UU y que ahora opera bajo bandera británica, por lo menos en esta cinta, fue el responsable de “Lunchbox” en el año 2013, sin que en su catálogo de trabajos figure mucho más material. Aquí asume la complicada tarea de adaptar al cine una novela con poso y peso específicos lo cual siempre supone un reto mayúsculo porque no es lo mismo contar una historia en papel que trasladarla en imágenes sin que se quede nada por el camino. En este caso, la novela homónima de Julian Barnes, publicada en España por Anagrama, no llega a las doscientas páginas de letra legible, por lo que el director indio en su adaptación, ha tenido que lidiar con mucho menos material literario que otros valientes o inconscientes que se han enfrentado a tareas mastodónticas de síntesis y que han acabado entre las zarzas.

La vejez no es el tema central de la película ni mucho menos, pero la edad de los protagonistas y el tono melancólico de la voz en off parecen indicarlo. Pronto quedan claros los roles, al igual que en el libro y queda también claro que la pareja divorciada con un proyecto en común que trae de camino a una nueva hornada, demuestra que hay ocasiones, mucho menos frecuentes de lo que debería ser, en que las parejas cuando se rompen y una vez pasados los sofocos de las primeras batallas por el honor y el territorio, entierran el hacha de guerra una vez finiquitados los rescoldos de fuegos pasados y  se convierten en buenos amigos como lo son aquellos que conocen todo del otro y que no necesitan hablar de ciertas cosas para tenerlas presentes. En esos casos se crean códigos de comportamiento que se respetan la mayoría de las veces y cuando no, quedan silenciados por pescozones psicológicos que no suelen llevar aparejado más que pequeños arañazos superficiales en pieles curtidas.

Todo se inicia con la aparición de una carta que anuncia la muerte de alguien que fuera importante en la vida del protagonista masculino y que abre una sima que se creía cerrada y olvidada en esos rincones de la memoria que son la analogía perfecta de la caja de Pandora que no debe de abrirse bajo ninguna circunstancia por mucho que nos creamos preparados para afrontar las consecuencias, pero esa carta lleva también un regalo envenenado que es algo que la persona difunta decide legar en su testamento vital, aún cuando la albacea del mismo es la hija huérfana que no está dispuesta a que se cumpla esa última voluntad.

Ese hombre solitario, amargado y cascarrabias, que regenta una diminuta tienda de reliquias fotográficas que son un velado homenaje a un pasado que quiso olvidar con éxito hasta que lo vivido llamó de nuevo a su puerta derribándola de mala manera, lidia como puede con su cuerpo ya maltrecho, la presencia de su ex mujer que le recuerda otro de sus fracasos y la de su hija con la que no se molestó en su día en crear más vínculos que los imprescindibles y que ha decidido ser madre soltera, seguramente porque lo que vió durante años en su casa, no le inspiraba demasiada confianza.

La historia, como toda rememoración, debe ser contada a plazos y por partes y para ello el cine sólo permite el recurso de los flashbacks, aderezados con una voz omnisciente explicativa que rellene los huecos que el director de turno no quiera dejar a la imaginación de los espectadores y eso conlleva un montón de problemas técnicos como que los personajes jovenes tengan como mínimo algunas semejanzas con los actuales talluditos y que la traslación de una época a otra anterior se haga con coherencia no sólo narrativa y para ello, utiliza una banda sonora sugerente que no sólo ayuda a realizar ese viaje al pasado, sino que lo sitúa en una época muy concreta y con unas letras, afortunadamente traducidas, que son un fiel reflejo de lo que sienten y padecen los personajes según sus vidas se van posicionando de una manera u otra.

Los chavales de esa universidad de postín, que van a enfrentarse a la vida desde la comodidad supuesta de sus familias adineradas, que tienen escalones más cortos y menos numerosos que los que han de bandearse por otros caminos con más obstáculos, recuerdan inevitablemente por sus conversaciones y por algunos de sus códigos, a los chicos que Peter Weir inmortalizara en 1989 en “El club de los poetas muertos”, pero ahí se acaban las similitudes. La pelea del protagonista por bucear en su pasado y recuperar ese objeto que le pertenece ante la ley, por lo menos de los hombres, y las confesiones postreras que le va haciendo a su ex mujer en diferentes escenarios, más que nada porque necesita verbalizarlo ante algo sólido más allá de las tergiversaciones de su memoria para que vuelva a adquirir un poso de realidad tangible, pondrán su mundo patas arriba y despertará una mente dormida que volverá a recorrer los mismos caminos que hiciera por lo menos cuatro o cinco décadas antes cuando las cosas iban más despacio pero se llevaban a cabo con la misma torpeza y falta de perspectivas.

Se inicia a partir de entonces un periplo de búsqueda, sensorial y física, que finalizará cuando esas dos personas, que mantuvieron una relación tan ciclotímica como tortuosa en la que había muchas más aristas de las aconsejables y en la que intervenían un número inasumible de variables para que el problema tuviera una única  solución, vuelvan a encontrarse cara a cara sin intermediarios y puedan decirse todo aquello que se quedó en el tintero. Pero cuando la tinta está seca y los corazones no les andan a la zaga, ya no puede reeescribirse nada y sólo se puede mirar a los ojos de la gente y admitir todo aquello que no hemos sido capaces de hacer ni ante nosotros mismos.

Esta es una historia de amor a muchas bandas en la cual las posibilidades de carambolas no previstas son excesivamente altas y la posibilidad de no acertar a caballo ganador desaconsejan cualquier intención de participar en el juego, pero cuando se es joven, es algo más sencillo invertir lo poco que se tiene, porque se tiene la falsa idea de que si se pierde lo que se cree poseer, aún queda espacio para remontar el vuelo.

Lo que ocurre es que el lastre de los años es insobornable y, del mismo modo que por cada diez metros que se baje del nivel del mar la presión aumenta una atmósfera, por cada decisión errónea, por cada intersección mal tomada, cada día de nuestra vida amanecerá más encapotado que el anterior porque somos lo que hemos dejado de hacer, lo que no completamos, los trenes que perdimos y salvo que se tenga una extraordinaria capacidad de auto engaño en la vida real o una sobrenatural capacidad para centrarnos sólo en lo que queda por delante, tomando lo que hay detrás como etapas necesarias pero olvidadas y encapsuladas en estancias herméticas donde no acumularán el polvo de la melancolía, en el terreno del subconsciente, seremos perseguidos hasta la extenuación por los fantasmas de nuestras decisiones y cuanto más bajemos hacia el fondo más aire consumirán nuestros pulmones y menores serán nuestras probabilidades de regresar a la superficie en las mismas condiciones en las que iniciamos el descenso y cuanto más nos adentremos en la epidermis más papeletas tendremos de contraer una infección.

Estamos hablando de cine clásico, con planteamientos al uso,  sin experimentos narrativos, siguiendo la guía literaria que planteara el autor de la idea original, sin arriesgar lo más mínimo, pero agarrándose con sapiencia a la esencia de la novela y no desviándose de ella porque todo lo que se narra en las páginas escritas está fielmente trasladado a la pantalla hasta el punto de que los lectores de la novela, entre los cuales me cuento, tenemos una sensación permanente de deja vu que nos hace pensar que esos caminos ya han sido antes transitados por nosotros y aunque a nivel técnico hay algunas decisiones por lo menos discutibles, son especialmente notables la repetición de algunos planos, justificados y escenificados en el subconsciente del protagonista mientras sueña, en los cuáles el viejo comparte escenario con los jóvenes como si tratara de revivir esos momentos con la sabiduría alcanzada con los años y el resultado es una película más que aceptable que, aunque nunca formará parte de los anaqueles de las obras de arte, si podrá presumir de ser un producto audiovisual que envejecerá con la misma dignidad, parcheada de las incongruencias propias de todo ser humano, con la que envejecen sus protagonistas, una vez asumen las consecuencias de sus actos pasados y aprenden a convivir con ellos, ante la imposibilidad de cambiar lo ocurrido, pero con la capacidad potencial de mejorar el presente en el intervalo que quede hasta que otros tengan que congujar el verbo vivir en pretérito imperfecto una vez su ciclo vital se haya extinguido.

No es una mala meta.

Ni mucho menos fácil.

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