“El sacrificio de un ciervo sagrado” de Yorgos Lathimos o Gallus gallus domesticos (Gallo común domesticado)

El gallo común domesticado es el ave más abundante del planeta. Se calcula que existen alrededor de 16.000 millones de ejemplares. Procede del sudeste asiático y desciende de la variedad silvestre. Lleva domesticado desde hace más de 7.000 años y se cree que fue introducido en Europa a través de la ruta de la seda. También se piensa que fue el primer animal exportado a América durante el segundo viaje de Cristobal Colón y que formaba parte de la partida de animales de a bordo porque eran fáciles de alimentar y proporcionaban alimento natural. Se usa principalmente por la carne y por los huevos que proporcionan los ejemplares femeninos, mostrando ambos un claro dimorfismo sexual. 

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Si la variedad silvestre vuela bastante bien para buscar promontorios más elevados y librarse de los predadores, la variedad domesticada ha perdido esa facultad atrofiada por otros tipos de hábitos y por la actividad del hombre.

Los ejemplares machos muestran dos tipos de protuberancias carunculares: una cresta en el píleo, cuyo tamaño tal vez determine la dominancia de su portador y dos lóbulos colgantes a ambos lados del pico. Tienen el cuerpo cubierto de plumas desde el cuello hasta el final de la espalda y algunas variedades muestran espolones en sus patas que en ocasiones son derivados para otras actividades humanas como las peleas de gallos, muy populares en algunos puntos del planeta y cuyo origen también se remonta a la antigua China, aunque algunos estudiosos plantean que pudo haberse dado antes en otros lugares como la India unos pocos de cientos de años antes, allá por el 3.000 antes de Cristo, año arriba, año abajo.

Son aves muy gregarias que establecen un nivel jerárquico que empieza a desarrollarse en la primera semana de vida y que estará completado allá por la séptima  y que divide a los machos en dominantes o dominados, sin que las gallinas incidan en este comportamiento ya que ellas se mueven por una jerarquía propia ajena a la de los machos.

Pueden cantar a cualquier hora del día, pero están programados para hacerlo genéticamente en el intervalo que existe entre el atardecer y el amanecer y aparecen grabados en monedas acuñadas en la Antigua Grecia, estando también por aquel entonces y en los siglos venideros muy extendido su uso para llevar a cabo rituales religiosos, de sacrificio y ofrenda.

Y de sacrificio habla esta película, que es algo que, de todas formas, queda incluido en el título refiriéndose en este caso a algo más literal que metafórico.

Yorgos Lathimos, director, productor, guionista y actor griego es otro de esos realizadores aún jóvenes que apostaron desde el principio por un tipo de cine difícil de encasillar y aún más de etiquetar y que convierte cada uno de sus nuevos trabajos en un ejercicio de funambulismo fílmico en el cual todo puede ocurrir y en el que todo adquiere un sentido extraño, irreal y onírico.

Si en “Canino” (2009), metía a una familia en una casa sin influencias exteriores excepto la de una persona concertada para ello, estableciendo un microcosmos falsamente contenido, en “Langosta” (2015) recluía en un balneario de lujo a todas luces distópico,  a los solteros arrestados bajo la obligación de encontrar una pareja en el plazo máximo de cuarenta y cinco días, contando además con el privilegio añadido de poder elegir en qué animal reencarnarse una vez finalizado su ciclo vital y ahora, en este nuevo trabajo galardonado en Cannes con el premio al mejor guión, traslada la acción del hospital en el que trabaja el protagonista a la casa en la que habita con su familia, espacios ambos amplios, asépticos y funcionales, en los cuáles todo obedece a unos ritos inamovibles y establecidos sin que quepa en el guión la más mínima alteración por milimétrica que esta sea.

La pareja protagonista, que ya se viera las caras y muy de cerca en el último trabajo de Sofía Coppola (“La seducción, 2017), está acompañada por una pareja de idílicos retoños, tan educados, tan estirados y tan sobrados como sus progenitores que caminan por la vida aparentemente de puntillas sin atreverse a tirarse un pedo por miedo a los palominos y sin pronunciar una palabra más alta que otra, con una atonalidad más propia de autómatas que de humanos.el_sacrificio_de_un_ciervo_sagrado_67645 cartel

Pero no sólo ocurre en esa casa señorial de cartón piedra emocional, sino también dentro del quirófano y en los pasillos de ese hospital por el cual deambulan el cirujano jefe y el anestesista, después de meterse a manos llenas en las interioridades de sus pacientes intentando reparar corazones que laten y palpitan de verdad y que después mantienen frías e inexpresivas conversaciones sobre la conveniencia de que los relojes lleven cadenas de metal o tiras de cuero.

El único elemento discordante entre toda esa perfección laboral y familiar es ese chaval adolescente de mirada extraña y miope con el que el eminente cardiólogo se cita con cada vez más frecuencia y que es el único al que permite que le visite en su centro de trabajo sin cita previa y ahí, ya desde casi el mismo inicio, intentamos deducir si el susodicho es un hijo no reconocido pero mantenido o un sobrino de padres ausentes o un ahijado pegadizo o un amante prohibido que además, no para de hablar con el mismo tono neutro que los demás y que, aunque salta a la vista que es una pieza que no encaja en el engranaje, parece aspirar a formar parte alguna vez de él porque a pesar de que come con la boca abierta y no para de hablar mientras lo hace y cuando no también, se muestra extremadamente cortés y educado, siempre pidiendo permiso para todo y respetando todas las convenciones sociales que irradia esa familia y ese entorno tan peripuesto en el cual el chaval destaca como un furúnculo en el cutis inmaculado de un modelo de cara.

Ante la insistencia del chaval, el médico lo lleva  a su casa y ahí hace gala de un saber estar a la altura de cualquier protocolo, encandilando a la esposa del médico, oftalmóloga a su vez, y a la pareja de hijos, especialmente a la niña cuya primera menstruación, casi simultánea a la llegada del chaval y cacareada cual gallo, doméstico o no, por los miembros de la familia incluso de la misma sufridora, abre nuevos caminos a posibles complicaciones.

Todo parece sacado de un relato de Raymond Carver en los cuáles no parece ocurrir nada bajo la quieta y bruñida superficie del mar, pero bajo cuyas aguas nadan criaturas abisales, tiburones de tamaños imposibles y pirañas adaptadas al medio con dentaduras de dibujos animados y, aunque no se las ve, se las puede sentir como sombras deslizantes moviéndose al acecho del cualquier incauto que se deje engañar por las apariencias e introduzca una mano rompiendo la cohesión de las aguas y el equilibrio universal.

Pero esa mano ya se metió en su día y se sacó intacta y existen asuntos pendientes que deben de ser resueltos y el espectador lo sabe desde el principio, pero no logra acertar a entenderlo porque en esta obra audiovisual profunda y desasosegante que ha de verse con anestesia epidural para estar despiertos sin poder movernos, no pone las cartas boca arriba hasta ya bastante avanzada la acción, mostrando un nuevo panorama tan desconcertante como la falta de panoramas anterior y que entronca con conceptos metafísicos, filosóficos y divinos, como por otra parte suele ser costumbre en los trabajos de este griego de mente tan brillante como retorcida y de pluma ácida y caústica bañada por la más fría de las luces.

Y habla de equilibrios naturales, esos conceptos tan orientales, heredados y adoptados por el resto de las civilizaciones de manera más supersticiosa que orgánica, según los cuáles y dicho de modo grosero y facilón, las balanzas deben de estar siempre con la aguja en su punto medio, tal vez oscilando dubitativa, pero tendiendo al centro aún cuando los pesos se hayan intercambiado o alterado por el motivo que fuera.

Bajo ese manto estrellado de tranquilidad impostada, descubrimos que ese adolescente cautivador y atento, es el hijo de un padre muerto a manos del eminente médico que en su día le pegaba duro al alpiste y operaba bajo los efectos del alcohol amparado en su incuestionable supremacía y en su desmesurada soberbia y que después de la visita del chavalín, el hijo pequeño de la pareja enferma de repente con unas crisis intermitentes que se van agravando y que ante la ausencia de síntomas médicos reales, acaba siendo atribuida a un trastorno psicosomático para llamar la atención que cabrea al padre y deja echa mierda a la madre ante la imposibilidad de ofrecer una solución real a un problema real que descabala un mundo hasta entonces perfecto y armónico.

Es entonces cuando la banca salta por los aires porque ese adolescente que vive en una casa normal, que tiene una madre no tan normal, pero así son las cosas, demuestra que para anormal él sin ir más lejos, aunque eso ya se intuía desde el principio y que se erige en ángel vengador para establecer el equilibrio roto cuando el médico borracho, cuando bebía sería por algo, metió las manos temblonas en el interior de un cuerpo delicado con funestas consecuencias y es ahí cuando se plantea el dilema que planea desde la primera lectura del título.

El ciervo sagrado, es decir, el padre de la familia, causante directo de la desgracia de la otra, encarnada por el chico que fue adoptado moral y económicamente por el homicida involuntario en un intento de calmar su conciencia, le advierte que cada uno de los miembros de su familia irán muriendo de manera lenta y traumática hasta llegar a él mismo, de no mediar un sacrificio que vuelva a colocar la aguja clavada en el centro del puto cosmos.

Y debe ser el causante del embrollo el que tome la decisión, siendo esta ineludiblemente personal e intransferible.

Y una vez quitadas las caretas, empieza una pelea de gallos desigual en la que cada cual trata de imponer sus espolones, uno amparado en su fuerza física, su coherencia de hombre adulto y en que piensa que la verdad está de su lado, incapaz de hacer frente a un problema que escapa a su mente analítica y científica y el otro desde la pausa y el abandono y su aparente habilidad de causar daños irreparables solo con desearlo y sin mover un dedo, luciendo una actitud de encajador de golpes que no tiene nada que perder, mientras los hijos la van espichando y la hija adolescente, tan jodida como su hermano menor, no puede impedir, pese a todo, seguir encandilada por su aspirante a amante que es a su vez su amante verdugo.

Esta película tan brillante como oscura, se sirve de una banda sonora repleta de ruidos como de piezas gigantes encajando en artilugios demenciales y de unos espacios grandes que irradian frialdad antártica, desde la que se le supone a los lugares donde abren en canal a la gente con la intención de volverles a despertar, hasta la que existe en esa casa en la cual podrían no encontrarse durante días si le lo propusieran y en cuyos techos ventiladores acordes con el tamaño de las estancias, están casi siempre en funcionamiento hasta que la cosa llega al punto de no retorno, no porque no tengan pasta para instalar un sistema de aire acondicionado, sino porque la gente obsesionada con la limpieza y la pulcritud, al precio que sea, sabe que esos aparatos son entradas sin peaje para toda clase de agentes patógenos.

Y el padre, el cirujano jefe, el gallo más dominante, el de la cresta más gorda, el que no es capaz de follarse a su mujer sino se hace la anestesiada, el campeón de todas las batallas menos de una de la que creía haberse olvidado, debe de hacer frente a su conciencia o mejor dicho a la ausencia de ella y a la idea de sacrificar a alguien para salvar su culo porque el concepto de inmolación no entra en su ideario y que no aceptara un error como propio porque cuando se es perfecto, un autómata de la vida, de cualquier tipo, los fallos siempre vienen determinados y motivados por acciones ajenas.

Y en eso los humanos nos parecemos mucho a los gallos y no sólo por ser abundantes y estar en principio exentos de una exterminación que ha de venir del cielo quedando Dios excluido de esa responsabilidad, sino también en que no asumimos nuestros errores y culpamos al empedrado, que no puede defenderse ni llevarnos la contraria, siempre embarcados en peleas de gallos interminables que tal vez hagan las delicias de otros entes que apuesten entre ellos por nuestras opciones de triunfo, mientras en un plano terrenal, nosotros nos despedazamos y buscamos algo que sacrificar, una ofrenda que será divina o pagana dependiendo de las inclinaciones de cada cual y cuyo fin final es escapar de la quema porque sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena y cuando eso ocurre nos pilla sin paraguas, muy lejos de casa y sin sitios dónde guarecernos.

Y la mayor parte de las veces Dios no nos pilla confesados.

 

 

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