“El insulto” de Ziad Doueiri o Columbia livia domestica (Paloma mensajera)

La paloma mensajera es una variedad de la paloma bravía que está entrenada y adiestrada para regresar al palomar desde largas distancias portando un tubo anular con el mensaje que proceda llamado columbograma, generalmente ubicado en una de sus patas. La cría y adiestramiento de este tipo de ave, se denomina columbofilia. A día de hoy, se obtiene esta peculiar raza con el cruce de varios tipos de paloma y el resultado de dicho experimento, consiste en ejemplares con un morfotipo atlético y un alucinante sentido de la orientación. Tienen un vuelo muy vivo y rápido, plumaje abundante y brillante, cuellos poderosos, tan fuertes como elegantes y una gran resistencia a la fatiga, pudiendo recorrer en un día entre setecientos y mil kilómetros a velocidades superiores a los noventa kilómetros por hora.paloma-mensajera

Es un ave con una gran carga emocional y simbólica y en términos bíblicos se supone que fue la que anunció a Noé la retirada de las aguas portando una ramita de olivo en el pico que es a su vez el símbolo universal de la paz y ha sido muy utilizada para fines bélicos y estratégicos desde la antigüedad.

Los griegos las utilizaban para anunciar los ganadores de los Juegos Olímpicos y las legiones romanas llevaban junto con sus ejércitos columbarios portátiles con miles de ejemplares para diferentes usos generalmente asociados a la mensajería o al estudio de movimientos estratégicos. Los árabes tiraban de ellas para vigilar a sus enemigos en las cruzadas y llegó a haber incluso, ya en épocas mucho más modernas, servicios regulares de correos que llegaron a diseñar sellos específicos y exclusivos quedando su uso relegado a asuntos meramente deportivos con la aparición del telégrafo.

Aún así, a día de hoy, algunos ejércitos siguen teniendo un remanente de este tipo de palomas por si se diera un colapso en las comunicaciones, en lo que sería una vuelta a los orígenes que es lo que nos pasa sin ir más lejos cuando se quedan colgados los ordenadores y tenemos que volver al viejo hábito de apuntar las cosas a lápiz en la primera libreta que encontremos.

Y vaya usted  saber si el ejército libanés o alguno de los que merodean con aviesas intenciones  por ese agujero negro convulso llamado Oriente Próximo, también cuenta con un servicio alternativo de comunicación con su origen en tiempos remotos o si allí también son reliquias de épocas pasadas  en las cuáles si te quedabas sin cobertura andabas más bien jodido.el insulto cartel

El líbano es un país enmarcado en Oriente Próximo que limita al sur con Israel, con Siria al norte y al este y al oeste con el mar mediterráneo que a día de hoy parece la única salida con todo lo que ello conlleva y significa y estar encajado en ese lugar le ha condenado desde siempre a pasarlas putas metidos entre dos o más fuegos y quemándose por asuntos propios o ajenos. A pesar de ello, ocupa el puesto número siete de una cosa llamada Indicador de Desarrollo Humano (IDH), que es un indicador sintético elaborado por las naciones unidas y que se extrae de una media aritmética entre tres parámetros que son salud, educación y riqueza o lo que es lo mismo, esperanza de vida, adquisición de conocimientos y un nivel de vida digno y teniendo en cuenta que pertenecen a esa agrupación más de una veintena de países, pues deben de estar contentos y todo aunque esa clase de estudios basados muchas veces en las estadísticas, en información manipulada o en resultados con diferentes niveles de interpretación, creo que arrojan desde mi modesto punto de vista balances poco fiables o en cualquier caso alejados de la realidad verdadera.

Porque lo cierto es que el Líbano por hache o por be, o sea por hostias o por bombas, siempre ha estado inmerso en toda clase de conflictos y desde la última guerra que fue en el 2006 entre Israel y Hezbollah y que aunque  duró poco dejó un reguero de muertos importante, es un lugar donde respirar está comprometido y en el cual irse de compras al supermercado, puede  considerarse deporte de riesgo. Es por ello que entre atentados, incursiones belicosas de países vecinos y demás zarandajas, los libaneses son expertos caminadores acostumbrados a recorrer ingentes cantidades de kilómetros en pos de salvar sus amenazados culos tal vez para que el famoso indicador ese de los cojones no les coloque en posiciones inferiores.

La diáspora libanesa es la consecuencia directa de tanto conflicto y tanta leche y por ello también hay millones de libaneses expatriados repartidos por todo el mundo, especialmente en América Latina dónde Brasil es el principal punto de reunión. También hay bastantes en África (Costa de Marfil y Senegal), otros muchos en Australia y,  en la vieja Europa, Francia es el lugar preferido por ellos para tratar de iniciar nuevas vidas un poco menos agitadas.

Curiosamente quedan muy pocos libaneses de pura cepa viviendo en el lugar que les vio nacer y la mayoría de ellos, un noventa por ciento puntito arriba o abajo, lo hacen en las ciudades costeras, pero como todos esos lugares de paso por obligación vital, el Líbano también es lugar de acogida de minorías perseguidas como los armenios y los palestinos que han encontrado refugio temporal allí, aunque los segundos lo hagan en campos de refugiados.

En otras palabras, unos y otros buscan la paz dónde la haya mirando al cielo a ver si ven la paloma con la ramita de olivo en el pico y sino la encuentran, se asientan en el primer lugar dónde no les reciban a tiros o dónde no se escuche una bomba en las primeras setenta y dos horas o dónde las palomas mensajeras porten columbogramas con buenas noticias.

Y donde se agrupan diferentes colectivos que tienden a arremolinarse formando guetos para tratar de reproducir las condiciones sociales que dejaron atrás y donde también hay choques culturales entre religiones y además tienen el culo pelado de tenérselas tiesas con todo bicho viviente y la mosca detrás de la oreja y la escopeta siempre cargada y no necesariamente en sentido metafórico, cualquier chispa desata un incendio y un hecho superfluo o con una trascendencia mínima que en otros lugares del mundo no pasaría de una mera anécdota, puede convertirse en un asunto de estado.

Y esto es lo que ocurre en esta gran película que compitió en Valladolid y se llevó el premio del público y que también fue galardonada en otros festivales por diferentes vías y es que Ziad Douieri, director libanés afincado en Francia, es un cineasta  con los arrestos suficientes y ese punto de locura necesario para utilizar el cine como vía pacífica de crítica social y ello le ha traído muchos problemas. Su primera película “West Beitut” (1998) ya dejaba claras sus intenciones y bastantes años después “El atentado” (2013) siguió un camino parecido pero ya mucho más curtido y que además de estar prohibida en el Líbano le ha valido un pasaporte, con la retirada de los propios, para ser juzgado en septiembre de 2017 por un tribunal militar  israelí por violar la prohibición de rodar en dicho hervidero por aquello de que el país de procedencia del artista y el de los supuestos ofendidos (hay que ver qué rápido se ofenden los que más suelen ofender), llevan en guerra una temporada larga, delito por el cual al final no ha sido condenado.

Este señor se fue a EE.UU a los veinte años y colaboró como primer ayudante de cámara de Quentin Tarantino en “Reservoir dogs” (1992), “Pulp fiction” (1994), “Four rooms” (1995) y “Jackie Brown” (1997), lo que ya es un curso intensivo que a buen seguro le valió para comprender los rudimentos y los trucos de este oficio que en algunos lugares del mundo, como ir a hacer la compra, también puede ser considerado perjudicial para la salud. Y todas sus películas, también la segunda “Lila dice” (2012) han sido premiadas y valoradas en muchos puntos del planeta que celebran la consecución artística de este tipo de obras tan necesarias para que comprendamos o por lo menos atisbemos otras culturas y tan inútiles porque las conciencias que quieren despertar en los lugares dónde se originan tienen intención de seguir durmiendo indefinidamente.

El punto de partida de “El insulto” tiene a su vez su origen en un suceso biográfico que Zaid experimentó en la misma ciudad y en el mismo barrio que está reflejado en la película aunque creo que las consecuencias de dichas acciones no llegaron a los límites que describe su último trabajo. En él, un libanés cristiano moja accidentalmente al regar las plantas de su terraza a un refugiado palestino jefe de la obra que está llevando a cabo mejoras en el vecindario y ante la negativa de este a pedirle perdón y a causa de un insulto proferido por el señor mojado, se empieza a acumular la nieve que acabará en un alud que afectará a todos.

En una sociedad convulsa dónde tratan de vivir en el mismo espacio judíos, cristianos y musulmanes, dónde nadie está dispuesto a ceder y dónde cada suceso por nimio que sea se saca de contexto, dónde la risa va por barrios y sobre todo la gente se ríe poco y dónde los acentos, los símbolos y las costumbres te delatan y retrotraen a sucesos del pasado de esos que hacen que las heridas vuelvan a sangrar, todo pende de un hilo y en ese polvorín han de tratar de tolerarse gente que tiene tanta mierda encima que no hay manera de desprenderse del olor.

La película que acaba derivando en una trama judicial tal vez porque la familia del cineasta procede de ese mundo y sabe dónde se mete y cómo moverse, es una rareza de la cartelera, en la cual Zaid Doueiri describe con alma de biógrafo, no sólo la dificultad de convivir en armonía sino también las corruptelas, los intereses políticos y las francachelas en las que siempre hay damnificados. Porque en el Líbano los cristianos libaneses  odian con toda el alma a los refugiados palestinos, pero les dejan que trabajen en los oficios que nadie quiere desempeñar y si tú sales de una sinagoga, y yo de una iglesia y aquel se pone a rezar arrodillado en dirección a la meca, eres mi peor enemigo aunque en el fondo le estemos rezando al mismo dios que también debe de estar dividido entre tanta pasión desmedida y tanta energía desaprovechada y que tal vez por eso ha dejado de escuchar porque debe de ser estresante tanta petición y tanta devoción en espera de cualquier respuesta.

Esta película rodada con ritmo, con una intensidad creciente y un control notable en todas sus parcelas, que transita por diferentes géneros desde el drama clásico, hasta el western y el cine de juez y banquillo, pone de manifiesto varias cosas, pero la principal es que no es el amor el que mueve el mundo, sino el odio y que ese es el motor más poderoso que existe porque el amor en estado puro tiene un gran potencial pero la mayor parte de las veces deviene en odio o en indiferencia en el mejor de los casos, pero el odio no tiene marcha atrás y o se estanca, que no suele ocurrir, o crece sin coto y nunca, nunca, se trocará en su antónimo. Y es más fácil odiar que amar porque el amor requiere una constancia y un determinado estado de ánimo, mientras que el odio se alimenta incluso mientras se duerme cuando el subconsciente abre la veda. Sabemos porqué y a quién amamos, pero después de un tiempo, de odiar, se sigue haciendo por la fuerza de la costumbre y estoy seguro de que mucha gente si se le preguntara porqué odia determinadas cosas o personas tal vez tuviera dificultades para justificarlo.

Pero para lo que el ser humano no tiene ningún problema es para justificarse las cosas ante sí mismo porque nuestro cerebro acaba aportando las herramientas y las respuestas que necesitamos para convencernos de algo que convertimos en axioma a las primeras de cambio y si dos carros se encuentran en un desfiladero estrecho y direcciones opuestas y ninguno de los dos cede, acabarán los dos en el fondo del barranco.

Y por ello los caminos polvorientos de nuestro planeta se llenan de hileras interminables de expatriados que nadie quiere y que rebotan de un sitio a otro como pelotas desvencijadas golpeadas por un niño con botas de clavos y puntera de hierro y los olivos se han quedado en los huesos de tanta ramita arrancada para nada y las palomas mensajeras vuelan de un punto a otro sin encontrar receptor adecuado.

Y no se trata de ceder, ni dar el brazo a torcer ni poner la otra mejilla, se trata de compartir el espacio que nos han regalado y de apaciguar ánimos y no alimentar hogueras, de limitar la venta de gasolina a aquellos que la van a saber utilizar y de convertirnos en bomberos improvisados de fuegos espontáneos.

Y las palabras, como los insultos se los lleva el viento y no deberían tener más trascendencia que la de un momento estúpido y prescindible y no ofende quién quiere sino quién puede, pero si se cagan en tu puta madre el día siguiente después de haberla enterrado, es normal que se te escape como mínimo una hostia y todas las guerras han tenido detonantes que mirados con la perspectiva del tiempo no justificarían ni las más infantil de las acometidas.

Pero mientras vivamos en estado de sitio y emergencia permanente, mientras consideremos nuestro potencial enemigo a aquel que aguarda junto a nosotros a que se abra el semáforo, mientras los que trabajan a nuestro lado sean amenazas directas para conservar el nuestro, mientras cualquier persona mire a los ojos de nuestras parejas y ya estén pensando en arrebatárnoslas, jodidos vamos.

Dice el director que por lo menos en su país de origen si hubiera más mujeres en puestos políticos, gubernamentales o de relevancia a nivel social, las cosas se solucionarían de otra manera porque la testosterona invita a chocar las cornamentas y creo que eso es aplicable a cualquier ámbito y sociedad y también dice que vivimos en una sociedad occidental maravillosa en la cual existe libertad de expresión.

Creo que todo lo que una vez se conquistó con sangre y lágrimas se está perdiendo y que volvemos a los tiempos oscuros de la inquisición porque ellos tampoco toleraban a los demás y por eso o estabas bajo su yugo y pertenecías a sus hordas o estabas contra ellos y eras ajusticiado.

Pero Zaid Doueiri deja abierta la puerta a la esperanza y a la reconciliación y deja claro también que sólo somos títeres de nuestras convicciones y que nuestro control siempre está supeditado a voluntades mayores y que no debemos convertirnos en sus instrumentos. Dirimemos nuestras cuitas en privado, sin alzar la voz ni implicar a terceros. Estrechemos manos aunque parezcan peces muertos o celebremos las incompatibilidades con la más sonora de las indiferencias y si nos insultan que lo hagan y que respeten nuestras parcelas con la condición de que respetemos las que no nos pertenecen, pero tampoco nos dejemos humillar partiendo de la base de que el orgullo es también un pecado capital no reconocido como tal sino sólo como sinónimo por acercamiento a la soberbia.

Pero somos más de siete mil  millones de habitantes y según los antropólogos las guerras son un sistema eficaz del control de la población.

Tal vez el odio sea necesario.

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