“El instante más oscuro” de Joe Wright u Otis tarda (Avutarda común)

La avutarda es una de las aves voladoras más pesadas del mundo con su alzada, en el caso de los machos, de alrededor de un metro y su peso cercano a los veinte kilos. Resulta sorprendente verla volar con su vuelo fuerte, bajo, directo con continuos y fuertes aleteos porque de otro modo resultaría imposible remontar sobre la superficie terrestre semejante corpachón. Es un ave sedentaria que habita zonas de Europa, sobre todo en la Península Ibérica, en la que es residente habitual, pudiendo realizar movimientos migratorios las que se encuentran en zonas de Asia del norte cuando es prioritario bajar más al sur para garantizar la supervivencia. Su estimación de vida ronda los veinte años en el mejor de los casos aunque durante los años ochenta era considerada especie cinegética en España, es decir, susceptible de ser cazada sin responsabilidades civiles y ello unido a la expansión urbanística propia de la época, los tendidos eléctricos y la caza ilegal, estuvo a punto de mandarla a los libros de historia junto al inefable Dodo antiguo morador de las Islas Mauricio. Aún así sigue en estado de conservación vulnerable, que es el paso previo a lo citado anteriormente. Es un tipo de ave generalmente silenciosa que tiende a correr en vez de a volar cuando la molestan o la asustan y aunque etimológicamente parte de su nombre latino hace alusión a su lentitud de movimientos, no creo que sea justo atribuirle esa cualidad negativa, cuando puede desarrollar velocidades corriendo de hasta cuarenta y ocho kilómetros por hora y casi el doble cuando le da por desplegar las alas. avutarda

Tiene cuerpo de barril y patas y cuello largos y está adaptada a la vida esteparia aunque en nuestro país está muy asociada a la agricultura y a los cultivos ceralistas de secano. Esta ave omnívora tiene uno de los cortejos nupciales más lucidos del mundo al que pertenece y forma a finales de marzo y principios de abril un espectáculo llamado “rueda”, en la que unos machos muy superiores en tamaño a las hembras (estas suelen ser un tercio menores que ellos), se engalanan para la ocasión y se exhiben y compiten para llamar su atención con embestidas y batallas a picotazos.

Y embestidas y picotazos a diestro y siniestro era lo que había en la cámara de los comunes a mediados de los años cuarenta en la Inglaterra de aquella época que veía como el avance nazi se acercaba imparable hasta sus fronteras sin que pareciera posible pararles los pies. El resto de Europa ya estaba bajo el yugo de la Alemania aria y sólo un par de zonas de Francia, el paso de Calais y Dunkerke, resistían cual aldeas galas poseedoras del secreto de la pócima mágica de algún druida, al empuje inmisericorde de esa potencia militar que bajo el mando de un zumbado con un carisma a la altura de su inmortal bigote, amenazaba con un nuevo imperio cataclísmico en su desmesura y sus intenciones.el-instante-mas-oscuro

Por aquellos años estaba al mando del asunto un tal Neville Chamberlain al que el puesto tal vez le sentara como un guante en tiempos de paz, pero al que le bailaba en el esqueleto en los de guerra y fue invitado a desalojar el parlamento por su manifiesta imposibilidad de gestionar un asunto que preocupaba en aquella vieja Europa asediada por un imperialismo brutal que se abría paso como un bisturí afilado en las costuras de un viejo continente que aún se lamía las heridas causadas por el anterior conflicto bélico. Tal vez de no haber existido una lengua de agua entre dicha Europa y las islas británicas, Hitler hubiera conseguido su objetivo, pero esas superficies ondulantes que pueden llegar a permitir el acceso a ellas desde cualquier ángulo, son también muchas veces una barrera insalvable para que los conquistadores puedan llegar a alcanzar todos los objetivos que se proponen.

El potencial militar de los alemanes estaba fuera de toda duda y lo desplegaban con toda la furia y la mala hostia que eran capaces de desempeñar y sólo fueron parados por parte continental hacia el  oeste por una serie de circunstancias que tenían que ver más con un estado de ánimo determinado y una jugada más propia de un jugador de póker y en la parte este algún tiempo después por unas inclemencias del tiempo que detuvieron un avance aparentemente imparable porque sólo a alguien muy sobrado y con una inquebrantable confianza en sí mismo, se le hubiera ocurrido tratar de conquistar un país helado cuando la capa estaba en su máximo grosor.

El caso es que por una serie de circunstancias, Winston Churchill, político de raza que llevaba en primera línea en muchas facetas desde hacía mucho tiempo y que no era del agrado de casi nadie porque su carácter le había hecho granjearse muchos enemigos, alcanzó el puesto de Primer Ministro del Reino Unido en el instante más oscuro no sólo del país que defendía con sangre sudor, esfuerzo y lágrimas, tal y como atestigua uno de sus más famosos discursos, sino en un momento crucial de la historia mundial en el que todo pendía de un hilo en manos de un costurero con parkinson y deficiencia visual. Llegó a ese puesto a petición condicionada del partido de la oposición y sin que tuviera apoyos ni siquiera en su propio partido y mucho menos por parte de la monarquía representada en ese momento por el rey tartaja Jorge VI que ya inspiró otra película llamada “El discurso del rey” en 2010, dirigida por Tom Hooper. Un error militar cometido por un mucho más joven Churchill  bastantes años atrás, que supuso una sonora derrota en Gallipolli, condicionó toda su vida política y eso junto a sus ideas revolucionarias y a su manera poco habitual de expresarlas, le convirtieron en persona no grata en los círculos en los que se toman las decisiones que acaban por cambiar los renglones de los libros de historia.

Por si eso fuera poco, en su primera intervención política como primer ministro, en vez de un discurso concialiador que calmara y templara ánimos y buscara posibles alianzas que facilitaran tratados o acuerdos, cargó con todo y manifestó su deseo de luchar a brazo partido contra el imperialismo nazi en un momento en que dadas las invasiones cercanas en el tiempo de los vecinos europeos, todos los caminos apuntaban a que era mejor templar gaitas, enfundar armas y envainar pollas antes de exponerse a rendiciones en peores términos de los inicialmente previstos.

Los de su partido, especialmente un tal Lord Halifax, muy unido al señor destituido, abogaban con descaro, apoyados por los militares que no habían sabido gestionar bien su ejército o que habían despreciado el potencial ario, por establecer contacto con los alemanes vía Mussolini y aceptar una rendición pactada pero tratando de mantener esos privilegios a los que los ingleses jamás serán capaces de renunciar, pero ni estaban en condiciones de exigir ni nada parecido y hubieran asegurado bajo juramento tener cuatro patas y mear con una de ellas levantada si la cosa hubiera ido a mayores y hubiesen tenido que aceptar las condiciones de Hitler en el supuesto de que esas negociaciones hubieran tenido lugar y también le faltó el valor para dar un paso al frente, pero como tampoco les gustaba a los que habían echado al anterior jefe de estado, pues todo apuntaba a que el señor Winston Churchill , como así fue, volvería a la vanguardia política con poderes, no ilimitados, pero sin con mando en plaza.

Esto acojonó a más de uno desde el rey hasta cualquiera que tuviera un mínimo de responsabilidad sino en la misma toma de decisiones, sí en calidad de voto potencial para corroborarlas porque todos sabían que el viejo Churchill, llamado el bulldog británico por los soviéticos comandados por Stalin, amigo confeso de Winston, del mismo modo que lo era el presidente americano Franklin Delano Roosevelt, era lo que necesitaban al ser un líder con pelotas muy gordas para hacer frente a lo que se les venía encima. Alguien capaz de aglutinar amistades con los líderes de dos potencias tan antagónicas no era alguien al que se pudiera obviar, toda vez que también era sabido que Hitler le temía en secreto y que era el líder británico el primero que alertó sobre los peligros de ese señor, artista frustrado, que estuvo a punto de salirse con la suya y al que sólo le faltó un pequeño empujón y le sobró algo de soberbia para lograrlo.

Y esta película narra los primeros días de la llegada al número diez de Downing street de Winston Churchill y lo que ocurró entre el 8 de mayo y el 4 de Junio de 1940 y cuya resolución final marcó el principio del fin de la hegemonía nazi. Estaba todo perdido ya que la práctica totalidad del ejército inglés estaba varado en una playa francesa y no podían recibir apoyo militar porque los pocos efectivos que les quedaban, debían salvaguardar las costas inglesas en el caso de que la temida aviación alemana hubiera dado un paso más allá, pero Hitler especuló, Churchill arengó a la población con una sarta de mentiras para lograrles subir el ánimo y la operación Dinamo, manejada al margen del asunto principal y que consistía en que todos los barcos civiles de tamaño superior a nueve metros de eslora acudieran en un acto heroico a recoger los restos del podería militar inglés a Dunkerke con el objetivo de salvar al menos a un diez por ciento de ellos, funcionó a la perfección contra todo pronóstico, salvando a un número de ellos que hubiera hecho perder millones de libras a las casas de apuestas si se hubiera dado el caso.

Y ese triunfo de la esperanza cuando todo estaba perdido, esa multitudinaria acción lograda por el hábil e ingenioso método de ocultar información para que no cundiera el desánimo, levantó hasta tal punto la moral de los británicos que se invirtió la tendencia que acabó derivando cinco años después en el final de la Segunda Guerra Mundial con el triunfo de los buenos porque estando el líder nazi al otro lado del tablero, era el adjetivo que quedaba vacante.

Gary Oldman, transmutado de manera hipnótica y harto convincente en el bulldog británico, ocupa cada plano de la película de Joe Wright, un clasico del cine inglés de cine de época como demuestran otros trabajos como “Orgullo y prejuicio” (2005), “Expiación” (2007) o “Anna Karenina” (2012). Por los ojos del soberbiamente caracterizado actor, ya de por sí camaleónico durante la totalidad de su carrera, podemos ver la angustia, las dudas, la determinación, el coraje, la rabia, la frustración y todo un abanico complejo de emociones humanas de quién se sabía en mitad de la galerna a los mandos de un barquito en el que el resto de la tripulación ya había saltado por la borda. Y son muy importantes también es esta película, como suele ocurrir en las obras de este director, los personajes femeninos. La abnegada e inteligente esposa de Churchill, Clementine Hozier, que le asesoraba y le ponía en su sitio cuando debía hacerlo y le alentaba del mismo modo pero que le dejaba espacio para pensar y actuar y su secretaria que le acompañaba literalmente hasta la puerta del baño para que transcribiera sus discursos, cobran aquí  el protagonismo que a buen seguro debieron de tener, pero a las cuales la machista historia del mundo, relegó a los cuartos de servicio de los que cuentan las cosas fijándose sólo en el delantero goleador y pasando por alto al resto del equipo.

El cine tiene la tendencia de coger los asuntos y exprimirlos en lapsos de tiempo breves concentrándolos muchas veces hasta el hartazgo. Dunkerke, olvidada durante años en las estanterias polvorientas de los guionistas, ha sido ferezmente revisada y han tratado el tema diferentes películas de muy diversas maneras, todas ellas facturadas en épocas muy recientes y esta vuelve a tocar el asunto de manera tangencial pero ineludible y Churchill siempre ha sido un personaje muy goloso como para no fijarse en él y explotarlo. Joe Wright tampoco ha podido escapar a la tentación y firma una buena película de época, con la maestría con la que los directores ingleses ejecutan este tipo de trabajos, eludiendo cualquier tipo de sorpresa y acotando los espacios de guerra a consejos, debates y reuniones privadas en las cocinas dónde el estofado estaba a punto de quedárseles pegado en el fondo de la inmensa cazuela. Y la película funciona incluso cuando en un acto de propaganda descarada, el líder británico sale a las calles y se mete en el metro para conocer de primera mano la opinión de los ciudadanos en algo que ni sé si está contrastado, alterado para la ocasión o falsamente dramatizado sin que siquiera llegue a importarme lo más mínimo.

Churchill era un gran orador capaz a convencer a su madre de que no era su hijo y demostrárselo, un pedazo de político, un estadista inspirador de la resistencia británica y oficial de su ejército, periodista y corresponsal de guerra, artista y escritor galardonado con el premio Nobel de literatura, historiador y ciudadano honorario de los EE.UU, que fue honrado en tiempos de guerra y relegado a la oposición en los de paz tras el fin de la guerra, aunque regresó a su antiguo puesto y estuvo en él desde 1951 hasta su muerte el 7 de Abril de 1955. Un señor en definitiva que cogió a la historia de los huevos y se los retorció cuando la historia le estaba él haciendo lo propio. Ganó el pulso, contribuyó a ganar la guerra porque entre otras cosas, consiguió del presidente americano que enviara toneladas de ayuda a Europa, muchas ellas interceptadas antes de que se pudiera descifrar el código Enigma, y seguramente también tuvo que ver en que los Estados Unidos de América se metieran en el fregado acabando de inclinar la balanza y firmando el fin de Hitler.

Churchill era como una  avutarda falsamente denominada lenta, pero capaz de correr que se las pela y remontar el vuelo como una avión militar preñado de tanques, una gran ave engalanada para la ocasión del cortejo, capaz de batirse el cobre como el que más por sus principios, una pieza jugosa de abatir porque a los que destacan se les suele coger inquina por ese pecado capital tan extendido llamado envidia.

La historia le puso en su lugar y Joe Wright le hace un sentido homenaje porque, como buen británico pudo haber nacido en un país devastado y en manos de gente muy chunga. Tal vez sea esta su manera de agradecérselo.

Winston Churcill, que era un rato listo, aparte de carismático, era partidario de crear una Unión Europea para que países que habían estado en guerra, no  volvieran a repetir la tendencia, pero quería a los británicos fuera de ella para tal vez tratar de fomentar aún más las alianzas con los americanos.

Por lo visto, también era un visionario.

 

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