“El hombre que mató a Don Quijote” de Terry Gilliam o Miliaria Calandra (Triguero)

El triguero, el cual ha sido no hace mucho incluido en la familia de los escribanos, es un ave voluminosa para pertenecer a dicha familia, de tonos ocres y terrosos, pecho pálido y bandas pardas lo cual le hace en ocasiones ser confundido con las alondras con las cuáles comparte ciertos hábitos de alimentación como comer en el suelo y desplazarse como si se arrastrara buscando semillas, frutos, brotes e insectos que son la base de su alimentación. Habita zonas abiertas generalmente de cultivo y matorral bajo y luce un vuelo de ondulaciones largas con poderosos aleteos entre planeos con alas cerradas.

Su nido no es muy elaborado y corre siempre a cargo de la hembra con la cual no muestra muchas diferencias en cuanto a su aspecto. Tiene un pico grande y triangular negruzco por encima y amarillento por debajo que le sirve para poder abrir los frutos que contienen algunas semillas de las que se alimenta. No suele moverse en grupos muy grandes y gusta mucho de utilizar perchas elevadas desde las cuáles desgranar su peculiar canto metálico y machacón que consiste en una  frase corta y simple con muy poca variación repetida hasta la extenuación.triguero

Es un ave residente que puede verse todo el año en la Península Ibérica en la cual goza de  un estatus seguro con el mayor número de miembros con respecto a otros lugares porque esta ave es muy nuestra, como ese Quijote llamado Alonso Quijano y que lanzara a la fama, no sé si inmediata o postrera, a un tal Miguel de Cervantes Saavedra allá por los primeros años del siglo XVII convirtiéndole en el máximo exponente de las novelas de caballería y que reflejaba a las mil maravillas la idiosincrasia de este país tan lleno de Quijotes como de Sanchos dónde no hay Dulcineas suficientes para satisfacer el mal de sabor de boca que dejan semejante retahíla de entuertos mal resueltos y en el cual cualquier jamelgo lleno de moscas puede lucir  en sus lomos, aunque sea por un lapso de tiempo ridículo, el título de lustroso Rocinante.

Yo no tengo muy claro que nuestro Cervantes, que además tuvo el lujo de compartir honores y época y sobre todo fecha de fallecimiento con otro grande, éste inglés de apellido complicado y de nombre William, supiera que lo que estaba escribiendo se iba a convertir en un referente universal de obligada lectura en centros escolares y que iba a trascender hasta algunos siglos después de su muerte sin que se acierte a vislumbrar un momento en que su leyenda deje de crecer, tal vez porque entre sus páginas se siga escondiendo esa parafernalia, esa absurdidad de poso recio que tan bien nos describe y nos retrata y hasta es probable que en algún momento, junto con otras cosas dignas de ser guardadas, esté ahora mismo viajando por las ondas del espacio a lomos de cualquier agujero negro que merezca tal nombre para que otras civilizaciones, a buen seguro mucho más avanzadas, sepan que en un planeta que estará arrasado por nuestra estulticia imparable cuando se decidan a visitarnos, habitaban señores que confundían molinos con gigantes como algunos observadores poco avezados confunden los trigueros con las esbeltas alondras y hasta es posible, si las tasas turísticas siguen al alza, que pasen de largo y jamás sepan de dónde proceden  las aventuras cervantinas de un caballero zumbado, de un gordo escudero, de un caballo que seguramente no tenía pedigrí y de una bella dama que a lo mejor ni era tan bella ni mucho menos tan dama.

Y es que tendemos a exagerar, a tergiversar, a contar las cosas a nuestra manera y puede que en el fondo Don Miguel no fuera más que otro de tantos, mucho más dotado que otros desde luego a la hora de poner en palabras sus pensamientos, pero alguien cuyo único propósito no era perdurar sino exorcizar demonios y sacarlos fuera de las fronteras de la mente porque una vez libres de esos barrotes, pueden crecer y convertirse en otras cosas que han de ser otra clase de personas las que las juzguen y etiqueten y su obra cumbre, un juego inabarcable de historias trenzadas, de alegorías sujetas a la realidad con hilos invisibles y de realidades disfrazadas de fantasías, es demasiado grande no sólo para llevarla al cine en un ejercicio fílmico que ronda las dos horas, sino también para comprenderla desde un aspecto mucho más mundano, como es enfrentarse a su lectura desde la comocidad de un sillón. El-hombre-que-mato-a-Don-Quijote

Yo particularmente me declaro inútil a la hora de comprender una grandeza,que la tiene, porque el hecho de que yo no sea capaz de asirla, no significa evidentemente que no esté ahí. Me enfrenté a ese libro por la obligatoriedad de un sistema educativo y tal vez por ello nuestra relación nació muerta, pero lo he vuelto a intentar a lo largo de las décadas sin que yo sea capaz de entender porqué esas páginas provocan tal fascinación y admiración en quiénes las leen y tal vez sea porque no está hecha la miel para la boca del asno y por ello, si yo fuera uno de esos supuestos navegantes espaciales que se encontrara con la versión intergaláctica del Quijote, pasaría de largo buscando otros mundos más afines con mi manera de pensar.

Pero sí me da la mente para entender que entre las páginas de esta novela inmensa en todos los sentidos, se encierra una ácida y mordaz crítica contra la sociedad de entonces en particular y con cualquier sociedad  en general y que la historia o el cúmulo de historias sólo son en el fondo excusas para dotar de un hilo argumental a toda la estructura y que ese par de personajes míticos  no son más que dos partes de un mismo ser humano, la locura y la cordura, la valentía y la cobardía, la sensatez y la desmesura demediada en dos seres con dos cuerpos muy diferentes, pero con un único corazón.

Y sólo otro Quijote como Terry Gilliam podía ponerse a lomos de este caballo desbocado para tratar de poner en imágenes toda la sabiduría y la sapiencia que encierran las más de mil páginas de la novela de caballerías por antonomasia en un proyecto que ha durado más de un cuarto de siglo y que da para otra novela del mismo signo que tal vez otro escritor algún día acometa para cerrar el círculo.

Desde 1908 con la adaptación de Narciso Cuyás o en 1933 con la película “Don Quixote” de Georg Wilhem Pabst, hasta esta última del que fuera integrante de los Monthy Python, han sido muchos los que se han acercado a la esbelta figura de este inmortal caballero andante. Arthur Hiller en 1972 lo hizo con Peter O´Toole, James Coco y Sophia Loren en los papeles principales y la historia negra de los siguientes intentos se abrió con Orson Welles, otro grande del cine en múltiples aspectos, que  lo intentó en su día pero su proyecto que vió la luz en 1992 y que reflejaba el espíritu transgresor de la novela llevado a tiempos modernos, no pudo ver su obra acabada y fue Jesús Franco el otro cineasta, supongo que el que hacía las veces de Sancho Panza, el que finalizó el proyecto siguiendo las instrucciones que Orson dejara anotadas antes de una muerte que debió de ser anunciada.

Manuel Gutierrez Aragón en el mismo año hizo también lo propio en una serie  para Televisión Española que sólo alumbró seis episodios de la primera temporada porque la muerte de Fernando Rey, impidió que se llegara más lejos y el documental “Lost in La Mancha” de Keith Fulton en el año 2002 contaba en clave didáctica todas las vicisitudes de los primeros intentos de sacar adelante este proyecto sin saber desde luego que pasarían otros dieciséis años antes de completar el proceso que habría dado por lo menos para un par de secuelas. Pero La Gran Historia, la que podría competir sin sonrojo con las tribulaciones de Alonso Quijano, son los treinta años que le han llevado a Terry Gilliam  finalizar su proyecto que se iniciara en 1998 y que fuera múltiples veces suspendido por inundaciones salvajes, muerte de actores o miembros del equipo técnico y por variadas razones que hacían dudar que este cineasta que ya ronda los ochenta pudiera completar su obra al más puro estilo Welles dejando el curro final para aquel o aquellos que le sobrevivieran.

Pero este tipo loco, corajudo y excesivo, tanto como el que más, ha logrado su propósito y el resultado es una obra loca como todas las suyas, pero esta un poco más, en la que somete al espectador a un juego de cajas chinas, a una somatización galopante en un ejercicio extenuante y a ratos aún más disparatado de lo aconsejable de metacine llevado al extremo como no podía ser de otra manera. Aunque dicen las entrevistas que no ha habido cambios sustanciales en el guión desde su origen tres décadas atrás, yo no me lo creo, porque tantos años dan para mucho y las mentes inquietas, aunque se muevan en parámetros similares sin grandes oscilaciones, los cambios, los fracasos y la propia vida, escriben con saña su guión y modifican el nuestro y por ende todo lo que nos rodea, atañe y afecta.

Estoy bastante seguro de que el resultado es un refrito de ideas originales mezcladas con otras nuevas y aderezadas con recetas de terceros que han desembocado en esta película estrambótica, absurda, hilarante, desesperante, inconclusa pese a lo que ellos creen, genial a ratos, pero los menos, disparatada y quijotesca hasta decir basta sin que ninguno de los epítetos se destaque demasiado sobre el resto, pero que creo sin poder afirmarlo con exactitud porque a ratos el visionado se me hizo tan difícil como muchos pasajes de la novela que la inspira, que atrapa el espíritu de la obra cervantina en su base misma que no es otro que el deseo de trascender, de ser escuchado y amado, de aferrarse a un objetivo sólido como única manera de caminar por esta ardua senda llamada vida para conservar lo poco que se tenga de cordura o para justificar la locura que todos portamos en nuestro interior ya sea en estado latente o en furibunda metástasis.

Y esta película está tan llena de quijotes  a ambos lados del objetivo, extranjeros y autóctonos, que cuesta trabajo contabilizarlos todos y tiene tantos remiendos y tantos retales que se le ven las costuras como lo que es: un Frankenstein cinematográfico, un collage de ideas maceradas primero y cocidas después a fuego lento durante décadas para después darle un hervor salvaje a última hora por si acaso se les volvía a acabar el gas y el resultado es una obra menor en cuanto a su aportación al séptimo arte, pero inconmensurable como prueba de vida, como deseo de superación, como el corredor de ultramaratón que llega a la meta y las fuerzas no le dan para tensar la cinta que da sentido a la meta.

Da igual que se confundan las churras con las merinas que las alondras con los trigueros. Hay señas de identidad que no son intercambiables y a ello se agarra el señor Gilliam encaramado a su percha cantando con desaforo la única estrofa que se sabe y que morirá como lo hacen los grandes, con las botas puestas, sabiendo que siempre hizo lo que le dió la gana gustara a quién gustase y eso, en este mundo plano y ambiguo , es un gran logro, el mayor al que puede aspirar un ser humano y sólo por eso, aparte de un buen puñado de obras diferentes y magníficas, este integrante del mítico grupo cómico británico que fueron un referente allá por los lejanos y hippies años setenta y que en esta película regresa por sus fueros desligándose en parte de su esencia para volver a abrazar la que fuera paradigma de lo absurdo y el sin sentido demostrando que queramos o no los ciclos se acaban por cerrar, merecerá ser recordado como uno de los grandes, como ese Orson Welles que no vivió lo suficiente para ver su obra acabada.

En eso, por lo menos, Terry Gilliam le ha ganado.

Y cuando se es un Quijote, cualquier triunfo, por pequeño que sea, debe ser celebrado con salvas.

Y con honores.

 

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