“El hombre del corazón de hierro” de Cédric Jiménez o Raphus cucullatus (Dodo)

El Dodo era un ave endémica no voladora de las Islas Mauricio que se extinguió según algunas fuentes a finales del siglo XVII, apenas un siglo después de la colonización de las islas. Se cree que estaba lejanamente emparentado con las palomas y que perdió su capacidad voladora para adaptarse a las condiciones de la isla y sobre todo porque al no tener depredadores naturales, no creía tener la necesidad de poner pies en polvorosa. La llegada masiva de seres humanos a la isla y la  de los animales ligados a ellos, como perros, gatos y ratas, trajo como consecuencia un saqueo masivo de los nidos de esta peculiar especie que según los grabados y los escritos de la época, tenía una alzada aproximada de un metro y un peso que rondaba los diez kilos.Dodo

El hombre, fiel a su costumbre, también les daba caza porque no ofrecían resistencia a pesar de que no era muy apetecible por su sabor y la aniquilación de su hábitat, puso la puntilla a esta especie que es el arquetipo de animal extinto por la acción directa de los seres humanos.

Debido a que se extinguió en una época en la cual no había manera de inmortalizar de otro modo a la criatura, sólo nos han llegado dibujos y grabados que pueden o no hacerle justicia dependiendo de la habilidad y de la imaginación del artista, pero por lo visto tenía el plumaje grisáceo y un pico largo que debía de servirle para romper la cáscara de los cocos.

Los esqueletos encontrados sí nos han ofrecido información más veraz acerca de esta ave anacrónica y esperpéntica cuyo origen respecto a su nombre también trae aparejada cierta controversia. Hay quién dice que proviene de una palabra neerlandesa que significa holgazán y otros de una expresión portuguesa que equivale a tonto, aunque es más que probable que derive de su reclamo auditivo.  En cualquier caso, lo que parece probado es que este pájaro de aspecto extravagante, al perder evolutivamente su capacidad de volar, en el supuesto de que alguna vez la poseyera, experimentó una regresión en su musculatura que le incapacitaría para siempre para eso que suele definir a la inmensa mayoría de las aves y que es la capacidad de levantarse del suelo y surcar los cielos con más o menos gracia.

Y una contundente regresión en su musculatura y un deseo explícito de extinguirlos fue respectivamente lo que sufrieron los judíos de  Europa durante la Segunda Guerra Mundial y lo que quisieron los nazis respecto de una raza a la que consideraban indigna e inferior y que debía ser erradicada de la faz de la tierra para una mejora sustancial del género humano y sobre todo para evitar esas mezcolanzas de sangre que tantos problemas han acarreado desde mucho antes y también después, de que a cierto dramaturgo inglés le diera por plasmar los conflictos entre Montescos y Capuletos.EL-HOMBRE-DEL-CORAZON-DE-HIERRO-cartel

Y uno de los señores que más empeño puso en ello, tanto o más que el puto inventor del cotarro, fue la mano derecha de Hitler, que respondía al nombre de Reinhard Heidrych y que fue bautizado por el mismo führer como “el hombre del corazón de hierro”, y que también respondía a otros apodos simpáticos como “el verdugo”, “la bestia rubia” o “el carnicero de Praga”.

Este tipejo fue un oficial de alto rango del ejército nazi y fue el arquitecto del Holocausto. Es decir, el personaje deleznable y prescindible que diseñó la mejor manera o por lo menos la más eficaz de hacer desaparecer del mapa a una serie de millones de personas que respondían a unos rasgos físicos y a un origen determinado que tanto molestaba a los que ostentaban la raza aria como estandarte imprescindible y preponderante. Y los judíos, como los Dodos, que pensaban que no tenían depredadores naturales, vieron como tras la invasión de sus lugares de residencia, eran fusilados indiscriminadamente o alojados en trenes atestados para esperar su momento en esos sitios de recreo existencial llamados campos de exterminio cuya existencia niegan los negacionistas por aquello de hacer honor a su nombre.

El tal Heidrych, que tenía graves problemas de empatía, pero que pertenecía a una familia de clase alta con una alta estima por la música, lo cual debería de llevar aparejado algún tipo de sensibilidad, acabó siendo, tras varios vandazos involuntarios, el jefe de la inteligencia nazi que tenía como máxima prioridad, aparte de masacrar judíos, la búsqueda y neutralización de la resistencia que se organizaba en zulos, fondos de iglesias y páramos desangelados, para tratar de parar esa maquinaria alemana que estuvo mucho más cerca de lo que creemos de dominar Europa y quién sabe si algún continente más, de no haberse juntado una serie de circunstancias que dieron al traste con los ambiciosos planes de ese señor de bigotillo estrecho que levantaba el brazo con la fiereza de quién tiene un golondrino en el sobaco.

El caso es que nuestro Reinhard fue nombrado máxima autoridad al comienzo de la década de los  cuarenta, del protectorado de Bohemia y Moravia que es la actual República Checa y organizó batidas contundentes para ejecutar posibles disidentes, judíos confesos y todo aquello que se le ponía en el forro de los huevos, mientras pensaba la manera de abaratar costes a la hora de dar el pasaporte a toda esa prole de narigudos y circuncidados y a sus esposas y descendientes. Y lo hacía de puta madre el tío y lo hubiera seguido haciendo con gusto y eficacia sino hubiera sido por su prepotencia y chulería que ya tenía desde mucho antes de ponerse ese uniforme que convertía a quién lo llevaba en un irredento hijo de puta.

Y es que le gustaba recorrer a pecho descubierto y siempre por las mismas calles, el itinerario que le llevaba de un sitio a otro y que derivó en que la resistencia ideó un plan para darle pasaporte, pero a los buenos siempre se les encasquillan las armas que en manos de los malos funcionan como un reloj suizo y el atentado, lejos de ser limpio, fue una chapuza que acabó por tener el resultado deseado, cuando el nazi cabrón la espichó una semana después por una septicemia, no sin antes entregar a las personas pertinentes, un documento cuyo título era “La solución final” y que dejaba bien claro lo que había que hacer con los judíos a la hora de exterminarlos y que fue puesto en práctica con precisión y eficacia alemanas por los que aún continuarían dando por culo hasta que los aliados y algunos imponderables les apearon del burro, pero habiendose  asegurado ya un lugar de privilegio y protagonismo en los libros de historia.

Y como siempre después pagaron justos por pecadores y los responsables de la maquinaria nazi, heridos en su orgullo y en la línea de flotación de un barco que creían tan insumergible como el Titanic, tomaron cumplidas represalias contra todo lo que se movía y situaron erróneamente el epicentro de la rebelión en las poblaciones de Lídice y Lezáky. Inicialmente, estaba previsto el asesinato de diez mil habitantes checos, pero los responsables decidieron que no era adecuado ya que la población checa era utilizada para producir material de guerra y no era cuestión de diezmar a los trabajadores y lanzar piedras sobre su propio tejado y por ello centraron sus iras en esos dos lugares que en el día 10 de Junio de 1942 tuvo que ver cómo todos los habitantes mayores de dieciséis años eran ejecutados de forma sumaria para escarmiento y medida disuasoria de futuros atentados contra el régimen establecido.

Y todo esto lo cuenta con profusión de detalles esta película francesa dirigida por Cédric Jiménez y basada en la novela homónima de Laurent Binet que pone de manifiesto una vez más que los alemanes y los franceses siguen obsesionados con este tema inolvidable y esperemos que irrepetible porque los sucesos enmarcados en la segunda gran guerra condicionaron la historia de estos dos países condenados a compartir frontera hasta que a alguien le de por volver a mover la línea de puntitos.

Pero la película queda fracturada por ciertas decisiones y  cuesta trabajo ensamblarlas. La primera parte cuenta los inicios del bicho en el organigrama una vez que Hitler llega al poder tratando de aniquilar a la competencia y su relación con su esposa amantísima, que tras una cara de ángel, esconde un demonio de esos que uno se plantea no exorcizar por si acaso le da por cambiar de cuerpo y te elige a ti y la acción transcurre entre despachos de generales y casas propias y ajenas hasta que se logra situar al protagonista en esa parte ocupada de Europa desde la cual el Führer pretendía hacerse fuerte para asaltar lugares más estratégicamente decisivos.

Luego la cosa se traslada al lugar desde el cual Heidrych trataba de empezar a poner en práctica sus ideas con evidente éxito y aparece la resistencia y la manera de organizarse desde la sombra para intentar frenar o por lo menos obstaculizar el avance de un ejército que no se detenía ante nada y que convertía sus obsesiones en asuntos de estado. Y tal vez uno de los mayores aciertos de la cinta sea esa manera fragmentada de contar desde diferentes puntos de vista la manera en que unos chavales bienintencionados pero sin experiencia y con más miedo que vergüenza, trataron de poner freno al desaguisado descabezando parcialmente la cúpula, pero sin pararse a pensar demasiado en cual sería el siguiente paso. Creo que cualquier persona que se disponga a realizar una acto supuestamente heroico, piensa en su fuero interno que hay una vía de escape, porque exceptuando los suicidas que se inmolan porque convirtiéndose en el epicentro de la explosión se aseguran un mayor número de víctimas, habría menos voluntarios si supieran a ciencia cierta que iban a ser un número más en el recuento de cadáveres.

Después de atentar, toca esconderse porque es lo que dictan los cánones del buen terrorista aunque le abriguen las buenas intenciones de luchar por la causa, que chocan frontalmente con las de sus objetivos, pero alguien habrá que te delate porque desde que se inventaron los beneficios penitenciarios, las rebajas de condena, las condonaciones de deudas o la promesa de una recompensa, nadie está a salvo de que algún bocazas vaya con el cuento a la autoridad pertinente y se chive de tu ubicación.

Esta película de este cineasta francés de carrera irregular sin ningún título de esos que dejan poso, va caminando a paso cansino tratando de contar demasiadas cosas y de dejar claros el mayor número de acciones y conceptos, pero no alcanza una cumbre narrativa digna de ser ensalzada hasta que después del atentado se desencadenan los acontecimientos que derivaron en otro holocausto menor en cuanto a escala, pero también terrible y uno se queda con la sensación de que el corredor de turno reservó sus fuerzas para los tramos finales, pudiendo haber aspirado a hacer una marca mucho mejor, como ese velocista que sacrifica unas valiosas décimas para saludar al público y disfrutar el momento, perdiendo, tal vez para siempre, la posibilidad de haber acreditado un registro histórico.

La Segunda Guerra Mundial y el protagonismo de los nazis tras su impetuoso advenimiento, ha dado para muchos trabajos de todo tipo y ya resulta muy difícil sorprender al respetable con tanta bibliografía y documento histórico al alcance de quién lo quiera consultar y cada año llegan a la cartelera nuevos intentos que tratan de seguir configurando un puzzle que ya hace mucho tiempo que está completado.

Las piezas siguen siendo las mismas, pero la mayoría de las veces se colocan de la misma manera porque rara vez le da al montador por intentar caminos diferentes para llegar al mismo punto.

Cine correcto, pero sin demasiada alma porque la historia está por encima de quién la cuenta, pero hay quién sabe contar el mismo cuento mil veces escuchado y cada vez que lo hace nos parece que lo oímos por primera vez.

Esa es la diferencia entre los artesanos y los genios.

A nivel anecdótico, comentar que la viuda de esta alimaña con patas luchó por conseguir una pensión por las hazañas de su esposo y lo consiguió mediados los años cincuenta agarrándose a que su hombre fue un general alemán caído en acto de combate, demostrando que quién no llora no mama. Ignoro si se benefició de ella desde ese momento o si tenía la cosa carácter retroactivo, por lo que se deduce también que las hijoputeces pueden llegar a ser recompensadas incluso a nivel estatal.

Y el Dodo no vivió para contarlo, pero los judíos sí y su historia quedó grabada a fuego en los antebrazos de muchos de ellos y ahora algunos de los descendientes de los supervivientes de aquel aquelarre humano de proporciones épicas, han cambiado el rol y han pasado de ser perseguidos a ser perseguidores.

Porque siempre habrá  alguien o algo  susceptible de ser exterminado.

El hombre del corazón imagen dest

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