“El hombre de las mil caras” de Alberto Rodriguez o Urtica dioica (Ortiga)

Alberto Rodriguez es un cineasta descomunal. Ya lo demostró en “Grupo 7” (2012) sacando a la luz en forma de peli de polis, los expedientes policiales de la limpia de delincuentes y vagabundos previa a la Exposición Universal  de Sevilla del 92 y en  su “True detective” a la española que es la fabulosa y multi premiada “La isla mínima” (2014). Y ahora vuelve a poner toda la carne en el asador con la tremebunda descripción narrativa de los hechos ocurridos en torno a las figuras de Luis Roldan y Francisco Paesa en su última gran película.el_hombre_de_las_mil_caras-cartel

“El hombre de las mil caras” podrían haberla escrito John Le Carré o Frederik Forsyth y nos parecería las trama más cojonuda del mundo, pero todo eso ocurrió en nuestra España de tenderete y mercadillo, a la vista de cualquiera que estuviera por allí y con el consentimiento de todos aquellos a los que otorgamos nuestros votos cada cierto y prescindible tiempo.

Da igual quién ostente el poder. Son el mismo perro con distintos collares y que me perdonen tan nobles y maravillosas criaturas por aventurarme a hacer semejante comparación. Son todos los mismos hijos de puta (que me disculpen también mis admiradas meretrices que ejercen de cubo de la basura de las frustraciones humanas generalmente masculinas), independientemente del color de sus corbatas, que usurpan los beneficios públicos generados por los impuestos y otras prebendas que tan costosamente entregan los ciudadanos en forma de retenciones en sus nóminas, declaraciones de la renta y otros inventos de los que mandan para saquear los bolsillos del sufrido contribuyente. Estamos todos de acuerdo en que son necesarios para sacar adelante un país y garantizar ciertos privilegios que deberían sernos retribuidos en forma de mejor educación y sanidad y todas esas cosas que se consiguieron a base de lucha y coraje y que ahora forman parte del baúl de los recuerdos.

Son esos tipejos vestidos de traje que lucen sus sonrisas lobunas, caníbales de pasta ajena que hacen propia, utilizando trampas legales que están a su disposición para que las interpreten jueces pagados por ellos y afiliados a los partidos que gobiernan en una farsa gigantesca en la que las personas de a pie somos simples espectadores como en la escalofriante escena de “Hannibal” de Ridley Scott (2008) en la cual Ray Liotta se come su propio cerebro mientras su verdugo se lo va cortando en finas lonchas.

Esta clase de gente actuó impunemente como lo siguen haciendo los de ahora y se justifican con la frase “Yo sólo hice lo que hacía todo el mundo”. ¿Por qué vas a conformarte con chopped cuando puedes comerte un solomillo?, ¿por qué vas a pagar la cuenta del restaurante si puedes comprar el establecimiento?, ¿por qué vas a ir de vacaciones a una isla,  en el mes de agosto si te la puedes comprar e irte allí cuando te salga de los cojones?

Alberto Rodriguez nos muestra todo esto de manera impecable, estructurando su trabajo en cuatro partes  (El algarrobo, Soy experto en centrales nucleares, el chófer de Drácula y Operación Luna), para ilustrar con todo lujo de detalles y datos todo lo que se cocía en España en aquella época que no es muy diferente de lo que se cuece ahora sólo que ya no se habla en pesetas sino en euros, que cunden más y ocupan menos gracias a esa ocurrencia estrambótica de los billetes de quinientos que a la hora de pagar a algunos trabajadores desfavorecidos (¿hay alguno de los otros?), tienen que darles las vueltas a sus patronos.

Es un maravilloso ejercicio de tensión narrativa, fabulosamente contada con un sentido cabal del ritmo, la pausa y los diálogos, estos últimos  breves y acerados de aquellos que no pierden el tiempo en hablar cuando cuesta mucho menos esfuerzo dar un navajazo y limpiar el arma homicida en la ropa del cadáver  antes de que se enfríe.

Y da mucho miedo ver como desde la más altas esferas se rifan la pieza repartiendo pasta y sobornos de dinero que no es suyo pero como si lo fuera, y ofreciéndose al mejor postor a cambio de la condonación de delitos, privilegios penales y otras lindezas que sabrán nombrar mejor que yo aquellos que hayan estudiado derecho para acabar defendiendo a  capa y espada a semejantes esperpentos a cambio, por supuesto, de parte de la tajada.

Uno casi se alegra de no haber hecho una carrera y no poder aspirar más que a trabajos de simple mortal para no vernos nunca en una posición de poder y descubrir que, puestos en la misma circunstancia, tal vez obraríamos de manera similar.

Eduard Fernández, camaleónico e impresionante actor que se llevó la concha de plata a mejor actor en la última edición del festival de Donosti, encarna a Francisco Paesa, un espía que no surgió del frío, pero que utilizó su carrera de diplomático para burlar controles, medrar y obtener beneficios a tutiplén, manejando los hilos de todo en lo que se metía, con la precisión de un cirujano, la paciencia de una boa constrictor y la frialdad del iceberg que hundió al Titanic. Nada escapaba a su control y dio su golpe maestro cuando ayudó a huir y a esconderse al ilustre Luis Roldán a cambio de una pasta gansa y al que desplumó con la habilidad de un trilero en un juego de prestidigitación que hubiera firmado el mismísimo David Copperfield.

Todos cayeron, Roldán y su mujer antes que él, los que actuaron en la trama en menor o mayor grado y el ministro Beloch, que vio frustradas sus aspiraciones de llegar a la Moncloa cuando se descubrió el pastel. Todos menos Paesa, que se piró con la pasta del ex jefe de la Guardia Civil y que fingió su propia muerte en Tailandia, esquelas incluidas, y que resucitó como nuestro amado Jesucristo cuando muchos de los delitos habían prescrito, inventándose una serie de bulos que nadie se creyó, aunque hubiera pasado con creces la prueba del polígrafo.

Se trata de uno de los mayores ladrones de guante blanco que han habitado este país, que sin levantar la mano, ni la voz, ni usar ninguna de esas armas que vendía indiscriminadamente al que pudiera pagarlas, se la jugó a todo hijo de vecino y se fue de rositas, viviendo actualmente en París, la segunda de sus vidas oficiales. ortiga

Gente tóxica que dejaba señalados a sus víctimas, muchas veces peores incluso que ellos o en cualquier caso de la misma calaña, como las ortigas que nos dicen sutilmente cuando nos acercamos a ellas, que tal vez no deberíamos haberlo hecho.

Acojona todavía más la soberbia, la prepotencia, la chulería y la manera de justificarse a sí mismos que lucen todos estos bandoleros que dejarían en bragas al mismísimo Curro Jiménez. Y sobre todo, ese sistema penal que penaliza al que roba pañales del supermercado o una bicicleta cuando necesitaba venderla para seguir drogándose y que deben cumplir sus penas  cuando han rehecho sus vidas, y que impone castigos ridículos con beneficios penitenciarios a esta gente que recuperará su pasta (perdón, la nuestra) y su nivel de vida cuando salga de la trena, si es que llegan a pisarla, y a la que el pueblo llano a veces pide el indulto como ocurrió con una cantaora y con  el torero ese que atropella gente cuando se va de parranda.

No tenemos solución ni la buscamos.

No hay escuela donde se aprenda eso.

Ni pan para tanto chorizo.

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