“El hilo invisible” de Paul Thomas Anderson o Otus Scops (Autillo)

El autillo es la más pequeña de las aves nocturnas que pululan por Europa. Su alzada de unos veinte centímetros, su envergadura alar de cincuenta y su peso siempre inferior a cien gramos, salvo rarísimos casos, la convierten, junto con su plumaje críptico que le sirve de perfecto camuflaje y a sus hábitos discretos, en un ave muy difícil de ver libre en la naturaleza a pesar de que vive casi siempre muy cerca de núcleos urbanos. Su canto se asemeja al sonar de un submarino. Está muy amenazada por el uso de plaguicidas y por la destrucción de sus hábitats preferidos. Gusta de elegir sotos fluviales asociados a campos de cultivo abiertos, pero ya está completamente ligada e integrada en parques y jardines, eligiendo en muchos casos como soporte de sus nidos, el refugio de los chopos que en la época del año en la que se mueve por Europa buscando pareja con la que tener su prole, tienen en su follaje un refugio denso y seguro. Se empareja de por vida si no le ocurre nada a la otra parte contratante y suele aprovechar también como casa las oquedades practicadas por diferentes tipos de pájaros carpinteros, utilizando con frecuencia las posibles cajas nidos que asociaciones organizadas ponen a su disposición para aspirar a estudiar tal vez la más interesante y desconocida de todas las rapaces nocturnas que se mueven por nuestros paisajes patrios.autillo

Su plumaje es entre gris y pardo, tiene el pico negro, el iris de los ojos de color amarillo y dos penachos de plumas que parecen orejas sin serlo y que destacan cuando se encuentra erguida y posada en alguna rama con la cual se mimetiza en completa armonía con su entorno. Se alimenta de insectos y pequeños pajarillos, reptiles y roedores y debe de hacer acopio intensivo de energías cuando el mes de julio deja paso al de agosto y tienen que empezar a plantearse el ineludible asunto de la migración. Resulta increíble que esta ave pueda realizar desplazamientos cada año de entre cinco y ocho mil kilómetros para viajar hasta diferentes puntos de África desde múltiples lugares de Europa para buscar el clima adecuado para su supervivencia. Estudios claramente contrastados en los que son censados por anillas numeradas que a modo de documento de identidad clasifica cada individuo sin ningún asomo de duda, demuestran que son capaces cada año de regresar no sólo al mismo lugar, sino al mismo árbol y a la misma caja nido con una regularidad pasmosa y haciendo gala de un inigualable sentido de la orientación, como si todos y cada uno de los ejemplares de esta especie, estuvieran dotados de un sentido de la orientación paranormal, el mejor GPS diseñado jamás por la Madre Naturaleza, o como si un hilo invisible les guiara en una u otra dirección a la hora de desplazarse de un lugar al otro opuesto.

Y ese es el título de la nueva obra maestra de un director que con ocho títulos a su espalda y aún a un par de años de cumplir las bodas de oro consigo mismo, ya pertenece al Olimpo de los dioses de la cinematografía. Ninguno de sus trabajos deja indiferente a nadie y ni gusta de repetir temáticas ni registros. Esta es su segunda colaboración tras “Pozos de ambición” (2007) con uno de sus actores fetiches más representativos. Daniel Day-lewis ha amenazado tras la realización de esta película con no volver a actuar más en su vida, lo cual sería un desperdicio difícil de digerir para los que amamos el cine y admiramos a una tipología de profesional que se vacía con cada nuevo trabajo y que requiere de una ardua labor de recomposición antes de volver a acometer un nuevo proyecto.el hilo cartel

Este nuevo trabajo del cineasta americano es una joya, un ejercicio fílmico de precisión milimétrica como cada una de las creaciones de  esas personas que hacen de su vida una continua búsqueda de lo original, de lo diferente y que ahora han quedado reducidos a los escaparates de los grandes eventos en los cuáles todos se pelean, supongo que sólo en sentido metafórico, por vestir tal o cual prenda de alguien que esté de moda, nunca mejor aplicada esta palabra sin llegar a saber si fue antes el huevo o la gallina. Desde hace también muchas décadas, cada año en las pasarelas de los centros neurálgicos de la moda mundial, ya sean Nueva York, Milán, París o Madrid, miles de modelos se visten con creaciones de un sólo uso que muy poca gente podrá pagar y que mucho menos tendrán el valor de lucir fuera de los márgenes establecidos, es decir, fuera de esas alfombras rojas que siempre acaban en un photocall  que es la desembocadura natural de estos ríos artificiales dónde se apelotonan los fotógrafos pertrechados por inabarcables objetivos que han de ser sujetados a dos manos porque el glamour venderá mucho, pero debe de tener un peso específico considerable.

Pero esta película está ambientada en una época anterior en la cual los modistos, que cada cual ponga si le place la otra letra que deja en igualdad de condiciones a todos los habitantes humanos de este planeta que yo sólo la utilizo en masculino porque hombre es el protagonista de este film, pertenecían, como los pintores de retratos, a ese tipo de élite social a la que recurría la gente de posibles para que sus competidores, es decir, sus vecinos con los que competían por destacar en fiestas, eventos y lugares de guardar, sobre todo las apariencias, pudieran lucir palmito y prevalecer aunque fuera de manera efímera, en la retina de todos aquellos que pusieran su mirada sobre esos maniquíes de carne y hueso más carentes de vida que muchos otros fabricados con diferentes tipos de plástico.

Tal vez por una percepción equivocada, yo asocio este tipo de trabajos con la frivolidad más absoluta propia de una época, la actual, en la que los escaparates tienen más importancia que lo que se esconde tras ellos, pero de lo que estoy bastante seguro, egos aparte, es que tanto los responsables de la moda actual como los pertenecientes  a épocas anteriores, tienen un punto en común y es que todos y cada uno de ellos o ellas, tanto me da, buscan una salida creativa a sus obsesiones. Del mismo modo que los que estudian óptica saben qué modelo de gafas es apropiada para un determinado tipo de cara o los diseñadores de espacios saben rellenar con volúmenes  cualquier entorno, los señores y señoras de la costura saben con sólo echarnos un vistazo, cuáles son los pliegues, los zurzidos y dónde han de ir ubicadas las cremalleras para que lo que sea que se inventen, se nos quede pegado al cuerpo como una segunda piel aunque haga falta un ejército de acólitos para la complicada tarea de ponérsela o prescindir de ella.

Pero esta no es una historia de costura. Es la historia de una obsesión porque los artistas, entre las muchas definiciones a las que pueden aspirar o con las que pueden ser etiquetados, son gente obsesionada hasta el hartazgo y la enfermedad con aquello que puebla su mente, ya se dediquen a levantar puentes, escribir novelas o ensayos o a dibujar en carteles o lienzos cualquiera de sus encargos o los monstruos que habitan su cabeza y que han de escapar de su prisión para aliviar la carga de la locura.

Viendo y disfrutando esta compleja, sutil elegante y densa película, a mí me ha dado por establecer paralelismos entra la ejecución de una prenda de vestir y la puesta en práctica de cualquier autopsia destinada a esclarecer las causas de una muerte no natural. Sobre el vestido destinado a ceñirse sobre el cuerpo de cualquier aspirante digno de vestir tal o cual prenda, y en un ambiente tan aséptico y funcional como un quirófano, deben de abalanzarse un número indeterminado de personas que aguja en mano o beneficiados por los inventos más modernos que ejecutan los mismos trabajos a mayor velocidad porque en eso se basa el progreso en su más básica aceptación de la palabra, tratan de llevar a la tercera dimensión unos patrones que una mente superior previamente ha creado para que cada cosa quede en el lugar apropiado y los cuellos parezcan más estilizados, los pechos más erguidos y turgentes y las caderas más disimuladas o las entrepiernas más abultadas. porque dónde la naturaleza no ha obrado con la destreza que se le presupone, deberán ser los humanos capacitados para ello, los que rectifiquen los errores y potencien las virtudes. Si en una morgue se diseccionan los cuerpos, en una sala de costura se hace lo propio con las telas para unir retales en aras de un conjunto que no verá la luz hasta que cada cosa esté en su sitio.

No deja de ser una habilidad o mejor dicho un talento excepcional y tal vez por eso se le llama alta costura, aplicando como contrapunto una calificación evidentemente menor a los que están por debajo de ese listón que separa lo divino de lo mundano.

Y con la excusa de la moda de rancio abolengo de épocas anteriores en las cuáles la gente se movía en base a los mismos convencionalismos estúpidos que aplicamos con aires de falsa modernidad a día de hoy, Paul Thomas Anderson articula una historia de amor y de dependencias, maritales, familiares y sociales en torno a un señor, interpretado con su genialidad habitual por un actor superlativo que se supera a sí mismo con cada nuevo trabajo, en la cual no da puntada sin hilo y dónde cada una de ellas nos conduce a vericuetos laberínticos cada vez más intricados en los cuáles es complicado encontrar una salida porque todos los protagonistas tal vez no sepan, pero intuyen, que es muy probable que no la haya y se someten con la voluntad de un hámster  a mover con frenesí una rueda que permanecerá siempre en el mismo punto.

Qué es lo que pudo ocurrirles a esa pareja de hermanos tan dispares pero tan abigarrados en sus propias costumbres que les convierte en las dos caras irreconciliables pero indivisibles de la misma moneda, o qué conduce a muchas parejas deliberadamente antagónicas a mantener sus vínculos pese a que ambos saben que cada decisión que tomen o cada camino que elijan les llevará indefectiblemente a la misma vía muerta, pertenecen a esa serie de misterios insondables que no podrán dilucidar ni mil emisiones de esos programas televisivos que pretender arrojar luz sobre la oscuridad más absoluta, ofreciéndose como descifradores de enigmas a los cuáles la simple mente humana no puede hacer frente.

Y de alguna manera que yo por lo menos tampoco acierto a entender, como muchas otras cosas y cada vez más, algunas personas estamos unidas por un hilo invisible que como en el caso del autillo, nos obliga recorrer siempre las mismas trilladas sendas con la vana ilusión de que son paisajes nuevos sin darnos cuenta de que pedaleamos en la misma bicicleta estática que, cual rueda de roedor amaestrado, nos trasmite la vana ilusión de que nos estamos moviendo sin que nos hallamos desplazado ni un mísero centímetro.

Es imposible contar más cosas que las que cuenta esta gran película sin que entre una hora y la siguiente apenas haya transcurrido el tiempo que tarda una aguja en hendir una prenda para repetir un movimiento idéntico a una distancia apenas perceptible del anterior y es que la costura es también en cierto modo como la vida, que desde la primera puntada a la última apenas nos damos cuenta del tiempo transcurrido y tras el primer llanto viene a continuación el momento en el cual alguien esparce nuestras cenizas, finalizando un ciclo vital, es decir, una prenda de vestir, que nadie podrá volver a utilizar porque es personal e intransferible.

Y entre tanto ejercicio vacuo e inútil, entre tanto desplazarnos desde nunca hasta ningún sitio, entre tanto mirar sin ver y vivir conteniendo la respiración, completamos nuestro itinerario con la absurda pretensión de trascender intentando obviar que la vida es un suspiro que otros  dan por nosotros y que la mota de polvo que nos corresponde será barrida de un plumazo por la bayeta inmisericorde del olvido.

Y tiene mucho mérito encadenar una puntada tras otra.

La mayoría de nosotros ni siquiera somos capaces de enhebrar la aguja.

 

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