“El guardián invisible” de Fernando González Molina o Juglans regia (Nogal)

Existe un tipo de literatura que odio con toda el alma, tal vez porque ya hace mucho que dejé de ser adolescente y por lo tanto potencialmente gilipollas, aunque eso no sea garantía de dejar de serlo cuando uno alcanza eso tan sobre valorado llamado madurez. Lo que ocurre es que, cuando somos gilipollas, que en algunos casos es un estado permanente y no transitorio, generalmente no nos damos cuenta y nos hace falta perspectiva para verlo o alguien que nos quiera de verdad y nos lo diga sin ambages con el único objeto de que depongamos nuestra actitud universalizada y extendida por todo el puto planeta.el_guardian_invisible-cartel-7330

Federico Moccia es autor de algunos de esos libros que los adolescentes adoran con estulta pasión y que menciono porque el director de esta película ha adaptado en dos ocasiones. El primero de ellos llamado “A tres metros sobre el suelo” en el 2010 y dos años después “Tengo ganas de ti”. Después, este director adaptó otro libro, esta vez de una autora española llamada Luz Gabás, en una producción de más calado que, pese a su notable esfuerzo, se quedó a medio camino entre la lucidez de la novela y la dificultad de llevarla a la práctica cuando de generaciones familiares se está hablando. Si no, que se lo digan a Bille August en 1993 y a  Betty Kaplan un año después, cuando trataron de adaptar respectivamente “La casa de los espíritus” y “De amor y de sombra”, ambas de Isabel Allende. Pero claro, estamos hablando de novelas de altura muy lejos por lo menos de las pretensiones literarias de ese autor italiano que puso de moda esa cosa tan cursi y ridícula de poner candados y echar la llave al río dónde luego no hay buzo que la encuentre cuando todo se va a tomar por culo, que es lo que suele ocurrir cuando pasa cierto tiempo y ese precioso lunar resulta ser una verruga asquerosa.

No he leído la novela de Dolores Redondo. Sólo sé, que al igual que lo que ocurrió con la trilogía de Carlos Ruiz Zafón, es o ha sido un fenómeno literario en nuestro país y eso, en un lugar dónde la gente prefiere cortarse las uñas de los pies a leer libros, es algo muy meritorio que merece copar portadas de periódicos y revistas. Sólo por eso, mi enhorabuena más sincera y mi envidia más cochina.

Se trata por lo visto de una trilogía, lo que augura por lo menos otras dos películas para completar o cerrar el círculo, a la altura de ese otro autor sueco llamado Stieg Larsson que murió prematuramente porque subió demasiado deprisa unas escaleras un día que el ascensor no funcionaba y seguramente tras consumir ingentes cantidades de nicotina y cafeína, mientras acababa su obra maestra y esperaba que alguien se comprometiera a editarla y que luego trajo aparejado un proceso cainita a la hora de dilucidar quién se quedaba con los derechos de su obra póstuma. Le deseo mejor suerte y más larga vida a esta donostiarra que fue premiada el pasado año 2016 con el Premio Planeta.

De hecho, algunas escenas de la parte final de esta película, recuerdan sospechosamente, pero en un ámbito más rural y decididamente menos sueco, con ese toque tan español que es marca de la casa, a la resolución de la primera parte de la trilogía del autor nórdico que se llamaba “Los hombres que no amaban a las mujeres” y que entronca directamente con la trama de este trabajo audiovisual y con la realidad más triste y más prescindible que son esa horda de machitos ibéricos que cada día están más dispuestos a copar noticias y portadas de periódicos pasando a cuchillo a las que fueron sus parejas por eso de que no aceptan algo tan sencillo de que les dejen porque son mierda pinchada en un palo, caca de vaca o material de deshecho que tenía que haber sido procesado en su útero materno como excedente corporal cuyo destino eran las cloacas que conectan con la fuga de heces de nuestros inodoros. Apenas hace un par de días se celebró el día de la igualdad de la mujer con tremendo éxito de convocatoria y actividades. El éxito será real, completo y satisfactorio, cuando no haga falta fijar un día en el puto almanaque para celebrar algo que tendría que llevar siglos resuelto.

En esta película, Fernando González Molina, se mete en un thriller clásico que sigue los patrones de la novela negra inmersa en los asesinos a sueldo y nos presenta un trabajo oscuro e inquietante, partiendo de unos sucesos trágicos que nos retrotraen a esa España siniestra de la que no hemos logrado huir por mucho que nos hayamos empeñado y que es extrapolable a cualquier sociedad supuestamente civilizada. Volviendo a la famosa saga milenium, si eso ocurre en esa sociedad tan avanzada, que no podrá ocurrir en cualquier otra.

La fotografía y muchos de los planos aéreos en una localidad del norte de España, permanentemente sumida bajo un manto de lluvia, son sin duda deudores de esa pedazo de película llamada “La isla mínima” que  Alberto Rodríguez filmó en el año 2014, ambientándola en su antítesis geográfica y que me perdonen los que tengan que hacerlo, es mucho mejor que esta que nos atañe.

A pesar de ello, se trata de un trabajo más que aceptable, que sigue fielmente los patrones del género y que ignoro en qué medida y en qué partes es fiel al libreto original de Dolores Redondo. Se trata de resumir en poco más de dos horas de metraje y con un elevado número de protagonistas, una obra literaria que contiene más de cuatrocientas páginas y en la síntesis puede perderse mucha información que luego puede resultar confusa.

Todo gira en torno a una comisaria de policía que se piró de su pueblo natal por razones que después resultan obvias a vivir otra vida diferente, ya que la original  no tenía futuro y cuyo regreso al lugar que la vio nacer, ya convertida en toda una profesional reputada y reconocida, para investigar unos terribles crímenes, pone patas arriba el pueblo y sobre todo a aquellos que dejó abandonados a su suerte y que no perderán un momento para reprochárselo porque el ser humano tiende a recriminar con saña a aquellos que han tenido más arrestos para hacer lo que pocos se atreven a llevar a cabo.

Hay una investigación en marcha en base a unos asesinatos rituales que tienen en jaque a la población local, a la policía foral y a los padres de hijas en edades conflictivas que pueden convertirse en víctimas. La fotografía es oscura como los hechos que se narran y todo acontece bajo un sempiterno manto de lluvia que borra las huellas y anega los corazones. Todo el mundo es sospechoso y es más importante eludir la culpabilidad que demostrar la inocencia.

En otras películas de este género, las subtramas suelen alimentar al río principal y lo completan, pero aquí actúan como lastre insuperable, que confunde al espectador con el único objeto de distraer la atención para que no descubramos el pastel antes de tiempo.

Hay un evidente trauma familiar que se remonta a la más tierna infancia de la protagonista de la cinta, cuyo peso recae exclusivamente en Marta Etura y que nos es relatado a través de intensos y excesivamente largos flashbacks que tratan de ilustrarnos y de justificar esa actitud vital de frialdad y desapego existencial que tiene esa comisaria que tiene que lidiar con la misoginia del cuerpo al que pertenece, con sus inseguridades y con los fantasmas de su pasado. Como se menciona en la frase inicial de la película, el pasado siempre vuelve a nosotros y si no lo hace durante la vigilia, lo hará a través de ese ente traicionero y subversivo llamado subconsciente que toma el control cuando bajamos las defensas, que es por lo menos y en el mejor de los casos, un tercio de nuestras vidas.

Lo que pretende ser una baza extra para que la película alcance altura e interés, acaba jugando en contra de la misma. Hay dos vertientes. La oficial, que busca a un ser humano de carne y hueso que gusta de cepillarse semejantes porque no le agrada lo que hacen y la esotérica, que pretende otorgar protagonismo a otro tipo de seres que forman parte de la mitología y de las leyendas que configuran cualquier lugar en el que hayan habitado hombres y mujeres y que haya estado o esté rodeado por esos parajes que invitan más que otros a que la imaginación se dispare y campe a sus anchas.

Aquí hacen referencia al Basajaun, que es una especie de Yeti o de hombre de las nieves, pero en versión vasca, que hasta tiene una pareja llamada Basendere, pero que aquí ni se la nombra porque está claro que eso de la desigualdad viene de muy atrás. Por lo visto se trata de un personaje que guardaba los bosques y a las gentes que los frecuentaban y que evitaba accidentes y protegía a los rebaños, aunque como cada historia, tiene su otra cara de la moneda y con esa dicotomía juega la película y probablemente la novela y cuya incógnita mantiene abierta hasta el final.

Es una historia dura de familias asediadas por conflictos no resueltos que van más allá de toda comprensión para aquellos que no hayan vivido lo mismo, confinadas en esos parajes entre montañas, bosques y valles, de los que se puede escapar de cuerpo pero nunca de espíritu por muy lejos que te vayas y que, cuando regreses, te parecerá que realmente nunca te has llegado a marchar del todo, como si el tiempo y todo lo demás, se hubieran detenido aguardando tu llegada.

Como en los bosques europeos en los cuales el nogal es la presencia más difundida y recurrente y cuyo simbolismo representa la entretejedura entre la vida y la muerte, dos conceptos indivisibles que forman parte del principio y el fin de cualquier ser vivo y sin una de las cuales no podría entenderse la otra. Nogal

En oriente se le considera el árbol de los difuntos, pero en el Norte de Europa suele plantarse para celebrar la llegada de un nuevo miembro de la especie humana. En países meridionales, suelen colocarse ramas en las ventanas para protegerse de brujas y hechizos. Su fruto, la nuez, también sufre esta dualidad irreconciliable que tan pronto la convierte en símbolo de bondades como en sinónimo de todo lo contrario y en esta película, eligen la opción B para crear mal rollo y configurar un ambiente acorde con lo que pretenden narrar.

Es una trama policial repleta de escenas que supuestamente deben aclarar el cielo de nubes y que constata que cada cual tiene su cajón de mierda y la llave para tener la potestad de abrirlo o dejarlo como está a ver si las heces se secan y al abrirlo no manchan demasiado.

El director juega a abrir demasiados frentes y a jugar con realidad y fantasía, sin llegar a lograr un equilibrio razonable y perdiéndose demasiadas veces  en dar demasiadas explicaciones, dejando otras lagunas que tal vez hubieran requerido de una mayor atención. De esta dualidad difícil de compaginar, no se beneficia este trabajo, pese a que todos ponen un empeño encomiable en que así sea.

El personaje de ese amigo negro que la aconseja a través de llamadas de teléfono al otro lado del mundo y cuyo colorido contrasta brutalmente con las sombras de todo tipo que asolan y configuran ese valle, no sólo no aporta información sino que confunde y distrae y abre puertas que luego se quedan de par en par y contaminan la historia alejándola desde mi punto de vista, de sus intenciones iniciales.

A pesar de estos inconvenientes narrativos, se trata de una obra de género deudora de otras tantas, pero que puede jugar en su propia liga, circunscrita en nuestra propia idiosincrasia tan original como cual cualquier otra, gracias entre otras cosas a la contundencia de las actuaciones femeninas sobre todo de la dupla que forman Marta Etura y esa actriz contundente como pocas llamada Elvira Mínguez.

Lo dicho, película digna que supera con creces y siempre desde mi punto de vista, cualquiera de las otras realizadas por este autor a pesar de sus evidentes influencias y no sólo en lo que se refiere a la novela en la que está basada.

Creo sin embargo, que toda evolución es digna de ser reconocida.

Espero, desde mi ignorancia y mi atrevimiento, que siga progresando adecuadamente.

el guardian invisible imagen dest

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *