“El gran showman” de Michael Gracey o Cardenalis cardenalis (Cardenal rojo)

El Cardenal rojo es una vistosa ave americana que puede verse desde Canadá hasta Guatemala e incluso más al sur y que habita bosques jardines y pantanos sin que por su intenso colorido, su penacho de plumas en la cabeza y su máscara negra en la cara de los machos y gris en la de las hembras,  se le permita pasar desapercibido. Recibe su nombre tanto vulgar como científico en alusión a los ropajes distintivos de esos representantes del clero que son designados con idéntico sustantivo.cardenal rojo

Es un ave mayoritariamente granívora, pero que de forma ocasional, también puede comer insectos y fruta. Durante el cortejo nupcial, el macho alimenta a la hembra traspasando comida de su pico al de ella, pudiendo llegar a poner hasta cuatro puestas al año, lo que supone un número nada desdeñable de polluelos que volarán del nido lo antes posible, porque cuando hay que volverlo a llenar, es perentorio que la independencia se adquiera lo más rapidito posible. De hecho, el macho alimenta la nidada mientras la hembra incuba la siguiente. Es mascota de algunos equipos deportivos desde EE.UU hasta Venezuela y es el ave estatal de al menos siete estados del gigante americano, por lo que puede deducirse que es un pájaro emblemático y muy aceptado.

Aunque no es migratoria, ha sido introducida en otros ámbitos y en España está considerada especie ocasional invasora por esa manía tan nuestra de meter cosas dónde no se debe y que tantos desastres, que muchas veces pasan desapercibidos, causan al medio ambiente.

Posee también un comportamiento territorial muy marcado que delimita con su canto, porque es una especie eminentemente cantora, como lo son los protagonistas, estos de manera forzosa porque lo especifica en el contrato, de este nuevo musical que ahonda en ese espectáculo circense tan fascinante, ya en caída libre excepto por los creadores del Circo del Sol, que han sabido reinventarlo, cuando todo el peso de la modernidad y la evidencia más abrumadora cayó sobre todas y cada una de sus carpas.el gran cartel

Esta película dirigida por el australiano Michael Gracey, constituyendo su ópera prima en esas lides y que hasta entonces se venía desempeñando con éxito como artista de efectos visuales, aborda de manera biográfica la vida de P.T Barnum. Este señor, que nació allá por 1810 y que era hijo de familia humilde, llegó a ser empresario, político y artista circense y llegó también a ser muy conocido sobre todo en su faceta de estafador por los célebres engaños y montajes que se inventaba para sacar dineros de debajo de las piedras y que de casta le venía al galgo, ya que su abuelo también era un liante de tomo y lomo al que se le atribuyen estafas en el juego de la lotería de aquella época. El señor Phineas Taylor Barnum, que se consideraba autor, editor, filántropo y showman por vocación y que consideraba que el dinero no  le iba a convertir en mejor persona, pero que prefería tener llenos los bolsillos, ya empezó a demostrar sus habilidades en 1835 cuando compró a una esclava ciega y medio paralizada para exhibirla a cambio del precio de una entrada, haciéndola pasar por la mujer más vieja del mundo y que gracias al dinero que sacó con sus tejemanejes, adquirió en 1.841 un viejo edificio en Manhattan para seguir haciendo sus chanchullos bajo un techo más estable, llegando a vender hasta cuatrocientas mil entradas apenas cinco años después y ya con su espectáculo consolidado, se embarcó en una aventura carísima, yéndose de gira con una famosa cantante sueca llamada Jenny Lindt, a la que llegó a pagar mil dólares de 1950 por noche, prolongándose el idilio comercial durante ciento cincuenta de ellas.

J.T Barnum, como el Cardenal rojo, emitía cantos, pero de sirena, para tratar de captar a todos esos desfavorecidos, los que fueran llamados monstruos de feria puestos de moda con la palabra inglesa Freaks gracias a la tremenda película de Tod Browning en 1932, para que formaran parte de su show porque, como buen comerciante, estafador y empresario, sabía que a la gente hay que tentarla con cosas diferentes para que el dinero realice el trayecto entre el bolsillo de los curiosos movidos por el morbo, hacia el del que se atreve a romper con los convencionalismos y lo políticamente correcto. Y se hizo por lo visto con una buena troupe de seres humanos variopintos sacados de las alcantarillas, las buhardillas polvorientas y abandonadas y los rincones más infectos de cada lugar y debió de prometerles techo y comida, que teniendo en cuenta lo que tenían, debía de ser una oferta irrechazable.

Sea como fuere, el señor Barnum no entró en el negocio del circo hasta los sesenta años y se asoció con otro menda que debía de tener inquietudes o por lo menos aspiraciones similares y fundaron el “Barnum & Bailey Circus” que acabó fusionándose con el “Ringling Brothers Circus”, agrupándose ambos bajo una carpa con capacidad para cinco mil personas y que acabó de gira por toda Norteamérica e incluso Europa, desplazándose en ferrocarril de un lugar a otro, con la excepción del océano, claro está, llevando tras de sí un convoy con más de ochenta vagones cama que le valió el merecido sobrenombre a su negocio del “Mayor espectáculo del Mundo”.

Esto le duró hasta 1981, que fue cuando el tipo en cuestión se fue para el otro barrio, seguramente para montar otro tinglado, porque le iba la marcha una cosa mala y su socio se quedó con la parte de los dos hasta que le siguió al mismo vecindario en 1906, quedándose la cosa después de ambos decesos, a cargo de los hermanos Ringling que lo fueron pasando de una generación a otra hasta que dijeron basta el 27 de mayo de 2017, es decir, hace apenas medio año, cerrando para siempre una puerta que se abrió cuando a una mente inquieta y aprovechada, se le ocurrió sacar un concepto antiguo fuera de contexto y ofrecerlo a las masas a cambio de una retribución adecuada.

Y sobre la vida de este hombre, que desde luego pese a sus métodos merece haber pasado a la historia, va la película de este todavía joven artista australiano, cuyos próximos proyectos serán dirigir una adaptación de la serie manga “Naruto” y una biografía de Sir Elton John llamada “Rocketman”, como el título de una de sus más célebres canciones compuestas como siempre por su inseparable Bernie Taupin, y que aquí se marca un pedazo de musical que engancha desde el primer fotograma y que muestra un sentido del ritmo y de la pausa sobresalientes, ejecutando un trabajo de gran altura y a la de los más grandes del género, valiéndose, por encima de todo, de un montaje bestial y de unas coreografías que convierten grandes pedazos de esta obra audiovisual, en números de magia rodados con inusual maestría.

Y pese que, sobre todo en base a la historia real que acabo de contar, a que está narrada de manera partidista, maniquea y tangencial, tergiversando de manera descarada unos acontecimientos demostrables y a pesar también de que obvia los pasajes más oscuros y convierte los otros en pastiches dibujando una personalidad amable de alguien que fuera egoísta, interesado, manipulador, vendedor de humo y que convertía en dólares las peculiaridades y los defectos de los demás y que sobre todo sitúa la acción en un plano temporal en cuanto a la edad del personaje, muy anterior al momento en que de verdad se produjo, asistimos embelesados a un trabajo que prestigia y dignifica el cine en general y el género musical en particular, tan deudora de sus predecesoras como guía ha de ser esta para las que la sigan.

El cine permite esos atajos y esas alteraciones de la realidad en pos del espectáculo y porque a la gente, y más en Navidad, que es cuando se ha estrenado por estos lares, le gusta que le mientan y le digan cosas bonitas al oído para darle un sentido al espíritu navideño, mientras les introducen objetos punzantes por el culo, pero lo permitimos si nos lo hacen con cariño. Vivir al lado de este personaje seguramente irrepetible, uno de esos pioneros y visionarios que son capaces de ver con perspectiva hasta mucho más allá de lo que se perfila en el horizonte, debía de ser una carga terrible y al mismo tiempo fascinante. Alguien imprevisible capaz de vender a su propia madre a un precio superior al del mercado, para luego diseñar una serie de visitas pactadas para levantar el ánimo de la mercancía canjeada.

Y el circo, desde luego, no nació con  P.T Barnum, ya que era un invento que de manera espontánea y ambulante, nació hace varios miles de años como necesidad de ganarse la vida para aquellos que quisieran mirar y de paso aligerar algo de peso de sus bolsillos y cuyo término actual circo, acuñaron los romanos cuando metían en reductos cerrados a animales y personas con el fin último de que se crujieran entre sí, para que unos pocos de miles de energúmenos se lo pasaran cañón y eso que todavía, que yo sepa, no se habían inventado las palomitas y que no difiere mucho, más bien nada, de otros espectáculos contemporáneos que como los toros, el boxeo y sus variantes más modernas, el fútbol, tienen lugar en recintos de morfología similar al de los anfiteatros regidos por la figura del César.

El circo con animales, afortunadamente creo que pasó a la historia o por lo menos está regulado como debía de haber estado ese tráfico ilegal de personas que vivían para ser expuestas, entre otras cosas porque si lo seres humanos no cuidamos los unos de los otros, menos esfuerzos vamos a hacer con aquellos a los que consideramos inferiores y hace ya un tiempo que el concepto cambió, sobre todo de la mano de un trío de señores, oriundos de Canadá, como el Cardenal rojo en uno de sus hábitats más septentrionales, que parieron la idea de circo alternativo entroncado con sus verdaderos orígenes y que a pesar de que está datado oficialmente en 1984, una década antes ya echaba a andar en un albergue de la localidad de Baie-Sant- Paul.

El Circo del Sol goza a día de hoy de extraordinaria salud y cada nuevo montaje es esperado con muchas ganas porque han rediseñado los  criterios y acabado poco a poco con las tabúes que lastraban un tipo de vida itinerante y bohemia que siempre ha estado mal visto por los inmovilistas de este mundo, que son legión y tienen tremenda mala baba y que critican con desdén y fiereza y desde la ignorancia y el oscurantismo más supinos,  lo que no pueden entender, como ocurre en la película con la relación entre empresario circense y crítico de arte. Este nuevo circo que se ha pretendido imitar con escaso éxito por los que anhelan un reconocimiento semejante, es un nuevo concepto a su vez de Torre de Babel, cuna y casa de múltiples nacionalidades y lenguas unidas para un fin común y si alguna pega hay que ponerle es su precio justificado por lo que despliegan, pero poco o nada asequible para la mayoría de los bolsillos y que le ha hecho devenir un un espectáculo elitista, que choca frontalmente con los fundamentos en base a los cuales se creó.

Y Hugh Jackman, ni mucho menos el mejor de los actores, pero que lo compensa con una profesionalidad y un empuje envidiables, muy bien rodeado por su troupe y engalanado de rojo como el más vistoso de los cardenales que habitan los bosques americanos, canta, baila, salta, se desgañita y corre en pos de sus deseos junto a sus compañeros de reparto, para entregarnos una película simple en su argumento, pero sobresaliente en el resto de apartados sobre una historia que, si no se sabe lo que esconde detrás, es simplemente maravillosa y está contada con la precisión de los mejores artesanos para el disfrute de todos aquellos que tengan el buen criterio de ir a verla.

La ignorancia es una bendición que, por desgracia, cotiza al alza.

 

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