“El editor de libros” de Michael Grandage o Callistemon citrinus (Limpiatubos)

Los escritores son gente atormentada en permanente lucha con sus conflictos, frente a los cuales,  siempre acabarán perdiendo, aunque en ocasiones, puedan vivir un remedo de felicidad literaria que se prolongará por un tiempo indefinido que, una vez finalice, siempre habrá resultado demasiado corto.

Los editores son esa gente que leen los manuscritos que ellos no han sido capaces de escribir, pero que conocen todos los mecanismos de ese sub mundo en el cual, si te sumerges, tienes todas las papeletas para no volver a emerger jamás.el-editor-cartel

Ya no quedan escritores ni editores como los de antes y los libros,  acabarán resurgiendo de sus cenizas y  seguirán sobreviviendo y aunque estén al límite de poder resistir otro Fahrehheit 451, saldrán victoriosos a pesar incluso del invento menos romántico del mundo, que consiste en introducir miles de textos en la pantalla plana de un dispositivo electrónico.

Si no lo consiguieron los nazis, no creo que lo logre microsoft.

Por otra parte, hay muchos tipos de escritores. Los hay que escriben sin un plan previo, dependiendo por entero de esas putas inmisericordes que no siempre se entregan al mejor postor y que no funcionan con cita previa. Las musas que tan pronto te ayudan como te despedazan y que encuentran en ambas actividades un gran placer. Los hay que estudian cada paso que dan, que estructuran cada frase y que tardan vidas en hacer un texto, que nunca acaban de pulir. Están los escritores de fondo que publican periódicamente libros sin que parezca que la edad ni la falta de ideas les afecte y los que realizan carreras de velocidad y que necesitan grandes periodos de recuperación entre trabajo y trabajo. Pero todos ellos, requieren de un editor que les avale y de una editorial que les lance sus trabajos.

La auto edición se inventó para que todos aquellos que no contamos con suficiente talento y que carecemos de un padrino, podamos hacernos la vaga ilusión de que una imprenta bajo pedido, pagado por nosotros,  maquete nuestros libros para poder vendérselos a amigos, vecinos e incautos a un precio que nos permita, en el mejor de los casos, recuperar la inversión sin que nuestra dignidad acabe dañada para los restos.

Y dentro de los editores, mundo que desconozco por completo porque nunca he tenido el coraje de enfrentarme a él, por ese miedo tan  irracional a esa cosa tan común llamada rechazo, que debe  moverse por motivos más comerciales que románticos. Supongo que habrá varios tipos también, pero para hablar desde la más profunda de las ignorancias, prefiero candar el pico.

Supongo también, porque  no puedo resistir la tentación de dar mi opinión, que aunque estén capacitados para escribir y publicar, son muy conscientes de que no quieren entregar su trabajo para que otros colegas hacen lo que se supone que deben de hacer los editores para que las novelas estén presentables para ser consumidas de forma masiva y, como muy bien dice  Max Perkins por boca de Colin Firth, siempre quedará la duda de si mejoran el trabajo o simplemente lo transforman.

Pero los sucesos de esta película ocurren en la Nueva York de 1929, inmersa en la primera gran crisis monetaria global de la humanidad que, aunque aún estamos lejos de su primer aniversario centenario, ya dejó claro que lo que pasara en ciertos lugares clave de la geografía mundial, acabaría afectando de alguna manera al resto del mundo. Hay quién lo llama efecto mariposa, otros efecto dominó, pero lo que realmente ocurre es que si alguien con gran capacidad salivar acaba escupiendo al cielo, por obra y gracia de la gravedad, el escupitajo acabará cayendo sobre nuestras cabezas.

Ahora todo ocurre más deprisa y eso, según se mire, puede ser mejor o peor o simplemente ser. Es mejor no planteárselo. Ahora le da por escribir a cualquier hijo de vecino y la literatura se confunde con esos mensajes de caracteres limitados e inmediatez garantizada que no requiere de entrenamiento ni pensamiento previo. Si queríamos tener micro relatos, eso ya está más que inventado y sino que se lo digan a Monterroso y a su dinosaurio que no sé si todavía seguirá allí cuando se vuelva a despertar quienquiera que fuese. Pero hace casi noventa años, la literatura era otra cosa muy diferente. Desde Edgar Allan Poe, supuestamente el inventor de la novela moderna, pasando por todos los rusos, hasta los grandes escritores norteamericanos, sin olvidar por supuesto a los franceses y nuestras generaciones del 98 y el 27, el instinto de escribir como modo de supervivencia tanto física como psíquica, no solía estar ligado a un tren de vida acorde con el talento. El mundo siempre ha estado poblado de una mayoría de zotes cuya máxima aspiración en la vida se basa en verbos de la primera y la segunda conjugación.

Para ellos, escribir o dedicarse a una actividad creativa, es tan necesario como que te den una patada en los huevos con una bota de puntera metálica, aunque, por desgracia, las actividades creativas siempre tienen que estar destinadas a un público y ahí es  dónde radica el problema. Sin público no hay éxito y sin éxito no hay pasta para cubrir aunque sólo sean las necesidades básicas. La literatura está llena de grandes genios que se murieron de hambre en vida y cuyos descendientes han vivido de las rentas, una vez que sus obras se revalorizaron por esa cosa tan definitiva y democrática llamada muerte.

El tal Max Perkins debía de ser un editor cojonudo. De otra manera, no habría descubierto a Wolfe, Fitzgerald o Hemingway, o por lo menos no se habría hecho acreedor a tener la opción de publicar sus trabajos. En aquellos tiempos, en los cuales no había vídeo juegos, móviles y ordenadores personales, el cine y la literatura suponían unas vías de escape más que aceptables y la edición de libros podía llegar a ser un oficio y un trabajo rentables.

De todas formas, esta película tiene su génesis en el primer manuscrito que le llega a Perkins a su editora y que había sido rechazado por todos cuántos lo habían leído o tratado de leer previamente. Perkins queda subyugado por la prosa incontenible de Wolf y a partir de ahí, nace una relación de tintes paterno filiales que se basa sobre todo en la mutilación del segundo manuscrito del escritor que necesitaba de ingentes trabajos de recorte para ser aceptados por el público y que les lleva en un tobogán emocional que puso a prueba su amistad y la paciencia de quiénes les rodeaban.

La película se beneficia de unos actores de primerísimo nivel y de un guión redondo que capta la esencia de la época y de los personajes y al cual sólo hay que ponerle un par de peros, que no afectan al conjunto hasta el punto de desestabilizarlo. En cuanto a la dirección, es evidente que Michael Grandage, sin casi experiencia en el cine, pero con una dilatada carrera en el teatro, ha sabido llevarse a su terreno esta ficción dramatizada de unos hechos reales basados en la novela de A. Scott Berg. Hay mucho de teatro en esta película en cuanto al tratamiento de los personajes y de la puesta en escena y, curiosamente,  las  dos  mujeres de los personajes principales, flirtean con mayor o menor dedicación y profesionalidad con el teatro y son igualmente ninguneadas por sus respectivos que están tan inmersos en sus tareas trascendentales, que no se dan cuenta de que sus vidas  van a la deriva. Consecuencias de tener personalidad obsesiva y una adicción manifiesta al trabajo.

Todos los personajes funcionan y las tramas secundarias de los otros escritores editados por Max Perkins encajan y suman  y todo lo que rodea la vida de los protagonistas, tiene interés, atrapa y fluye, gracias sobre todo a la cohesión narrativa que le otorga el guión y a la naturalidad con que los actores y las actrices se meten en la piel de los personajes que interpretan.

Sin embargo, el director huye de posibles riesgos y filma un final convencional que tampoco desentona con el conjunto, porque, como todo buen director de teatro, le otorga mayor importancia a la interpretación y al texto que a otros elementos que configuran los paisajes cinematográficos.

Jud Law, actor que no ha dejado de crecer y que convierte las desventajas de la edad en virtudes, compone el personaje del genio al que hace mención el título original de la cinta en base a la personalidad de un escritor excesivo que tal vez intuía que su vida no iba a ser todo lo larga que hubiera deseado y que consideraba que no tenía tiempo de perder. Egoísta, ególatra, ¿qué genio no lo es?, campaba a sus anchas por la vida y se agarró a lo único que podía mantenerlo a flote, hasta que él mismo se cansó de depender de un soporte y decidió dejarse llevar por el río al que hace mención en su libro publicado en 1935.calistemun

Wolf era vital y excesivo, como la floración del Calistemun. De personalidad arrolladora, debía de ser difícil no caer en las redes de alguien que era capaz de envolver con su prosa a todo aquel que se detuviera a escucharla como un embriagador, y nunca mejor dicho, canto de sirenas. Pero era mucho más frágil de lo que pretendía ser, como esta planta sensible a las heladas, que en los inviernos duros puede llegar a morir sin posibilidad alguna de recuperación, como esos tumores que secaron para siempre el intelecto del genio.

Wolf murió de manera prematura como le ocurrió antes que él a otras personalidades  que estaban llamadas a grandes metas y como pasó posteriormente con otros muchos, como si los genios debieran de pagar un peaje adicional por una condición que les viene impuesta desde la cuna sin que puedan hacer gran cosa por evitarlo. Dejó huella en quiénes le conocieron, pero como todo escritor de culto, nunca llegó a saber diferenciar los personajes de sus ficciones de los de la vida real.

Tal vez porque no sea posible.

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