“El bar” de Alex de la Iglesia o Steatornis caripensis (Ave de las cavernas o Pájaro aceitoso)

Este tipo de ave única en su especie, fue descubierta o por lo menos descrita, por Alexander Von Humboldt en uno de sus viajes en 1799 y la cueva en la que lo hicieron, no ha podido ser recorrida ni inventariada en su totalidad debido a los ríos subterráneos que la pueblan, de manera que no se sabe muy bien cuántas salidas puede tener al exterior.guácharo

El caso es que este tipo de ave frugívora de hábitos totalmente nocturnos, está provista de un pico ganchudo para conseguir la comida y de un potente olfato para detectarla y, cuando vuela en el interior de las cuevas, se  sirve un sistema muy evolucionado de ecolocación que le permite orientarse en la oscuridad y no darse de hostias contra las paredes por el sencillo método, por lo menos para ellos, de emitir un sonido y esperar a que este rebote, al más puro estilo de los murciélagos, que en su absoluta ceguera deben de hacerlo porque no les queda otra. Batman no cuenta. Ese juega en otra liga.

Los polluelos de esta especie, a las diez semanas, tienen un cincuenta de peso más que sus padres y necesitan comer cada noche un cuarto del suyo para mantenerse, lo que les vale su poco agraciado sobrenombre por el exceso de grasa que acumulan, en lo que debe de ser un sistema de defensa para sobrevivir en ese periodo en el que son tan frágiles y el frío y la humedad de ciertos hábitats podría diezmar o por lo menos condicionar la supervivencia de la especie.

Y de sobrevivir a costa de lo que sea, va la última película de Alex de la Iglesia. Si este señor  no hubiera sido cineasta, seguramente hubiese sido o psicópata o antropólogo que es una forma mucho más civilizada de estudiar al ser humano sin convertirse a sí mismo en objeto de estudio y persecución por parte de los estamentos policiales que tienen la obligación, tanto contractual como moral, de perseguir cierto tipo de actitudes.

Desde la salida de madre de su impagable ópera prima “Acción mutante” en 1993, ya de la mano de su inseparable guionista Jorge Guerricaechevarría,  se le vieron las costuras de director fuera de norma que le gustaba contar lo que le saliera de los mismísimos sin tener que rendir cuentas a nadie y  demostró una capacidad brutal para la puesta en escena y para contar historias desde un punto de vista diferente que al menos en España nadie se había atrevido a hacer y siguen sin hacerlo.

El, como el Steatornis, es único en su especie y el  abanderado de un tipo de cine excesivo y  anárquico que lleva una marca indeleble que no puede negar, aunque a veces le de por aspirar sin conseguirlo, a ser un director de cine de corte clásico como en “Los crímenes de Oxford” en 2008. Pero siempre se le acaba viendo el plumero porque el que nace barrigón (y no le estoy llamando gordo), tontería que le fajen.

No se encasilla en géneros ni puta falta que le hace. Le da igual satirizar el satanismo como  en “El día de la bestia” de 1995, que meterse de lleno en una relación enfermiza y salvaje con el vudú de fondo como en “Perdita Durango”· de 1997, que retratar la relación destructiva y dependiente de dos payasos de la agonizante España franquista, como en  la infravalorada “Muertos de risa” (1999), que no hacia ni puta gracia a pesar de que la platea se descojonaba con cada escena y que dejaba a las claras que lo que le importa a este señor es retratar el alma humana y lo que somos capaces de hacer en cuanto se nos quita una capa de maquillaje ya sea por efecto del calor, por rascarnos más de la cuenta o porque ese día nos hemos levantado con el pie izquierdo.

Con “la comunidad” del año 2000, una comedia de terror vecinal según rezaba la promoción de la película en un gran acierto de marketing, nos mostraba cómo somos cuando hay pasta de por medio y no es necesario hacer una obra audiovisual. No hay más que ver lo que pasa cuando cualquier familia tras la muerte de uno de sus miembros ilustres, se disputa los despojos, sobre todo si son de oro, y tuvimos un ejemplo público, cuando la familia de cierto futbolista de renombre de los años sesenta de una ciudad capitalina,  pasó a mejor vida mientras los que le sobrevivían se disputaban sus réditos en todos los ámbitos sin tapujos ni vergüenza, antes de que al cadáver le diera tiempo a enfriarse.

Este gran cineasta que hubiera sido catalogado de visionario en otras latitudes, tuvo una serie de películas fallidas no por dejar de ser bueno, sino porque entre otras cosas, ser prolífico implica la inclusión de altibajos en una trayectoria. Como dijo un famoso cantante español de los setenta, el que es genial todos los días, corre el riesgo de convertirse en gilipollas.

Alex de la Iglesia se ha atrevido con todos lo géneros y siempre ha sabido sacar provecho de cada jardín en el que se ha metido porque, entre otras cosas, siempre ha gozado de un apoyo merecido por parte de productoras propias y ajenas y porque siempre cuenta con un apoyo actoral de primer nivel independientemente del lugar en el que decida rodar.  Hay hostias por trabajar con este director, como las hay por hacerlo con Almodóvar o con Woody Allen por citar sólo dos ejemplos de directores legendarios, inquietos y paridores incansables de criaturas, que siempre tienen historias que contar y que saben cómo hacerlo.

Y en “El bar”, nuestro Alex vuelve a las andadas con fuerza y la misma mala leche que siempre le ha caracterizado. En “Las brujas de Zugarramurdi” en 2013, filmaba una de las mejores primeras partes del cine español, al igual que hiciera con “Balada triste de trompeta” tres años antes, pero lo ganado a pulso al principio, lo echaba por tierra debido a ese exceso incontenible que le caracteriza y que convierte algunos de sus trabajos en ejercicios de megalomanía que no son comprendidos en su justa medida por aquellos que van a ver sus películas, ni siquiera por sus incondicionales, entre los cuales me cuento.ELBAR_CARTEL_ONLINE_AF

Le pasa lo mismo a otra cineasta inmortal que responde al apellido de Tarantino y que fue uno de los responsables, como director del jurado en esa edición del festival de Venecia, de que la última obra mencionada, se alzara con uno de los máximos galardones de esa edición del evento italiano.

Nadie puede discutir a estas alturas el talento bestial que este cineasta vasco atesora desde la atalaya de una cabeza privilegiada que le ha convertido en un referente patrio y mundial a la hora de levantar trabajos audiovisuales con más frecuencia que la mayoría de sus colegas de profesión.

La historia es antigua. Se coloca a una serie de personajes antagónicos y pintorescos en un sitio cerrado y se lanza una granada de mano guionizada para que, lo que sea que ocurra, imposibilite el hecho de que los protagonistas salgan de ese escenario para irse con la música a otra parte. A partir de ahí, hay licencia para todo. Si tras un terremoto o un tifón, ante la imposibilidad de recibir ayuda exterior, los supermercados y lugares de abastecimiento son saqueados bajo el lema de tonto el último y si te he visto no me acuerdo, qué no ocurrirá si las trincheras son más profundas y más opaca la oscuridad.

Y luego el fuego amigo se convertirá en lo opuesto y las alianzas y las rupturas estarán a la orden del día porque en las crisis los sentimientos oscilan como la bolsa en un lunes negro.

Alex de la Iglesia, que nunca se ha caracterizado por el academicismo porque ni lo busca ni puta falta que le hace, coloca sobre el tapete muchos conceptos y se dedica a jugar con ellos utilizando, eso sí, retazos de otras películas y situaciones ya vistas en otros trabajos. Frank Darabont en “La niebla” (2007), basada en un relato de Stephen King, ya planteaba una situación con ciertas semejanzas, pero con tintes más kafkianos,  en lo que era una pedazo de película que no fue valorada en su justa medida. Otra obra, también basada en una novela de este escritor, mucho peor adaptada, contaba lo que pasaría y cuáles serían las consecuencias, si un virus de incierta procedencia se colara por accidente en mitad de un núcleo populoso, pero “El cazador de sueños” de Lawrence Kasdan en el 2003,  era una obra superficial y vulgar a pesar de sus pretensiones,  que  se quedaba sin fuerza a las primeras de cambio.

En esta nueva película de Alex de la Iglesia y tras una presentación impecable de los personajes, los mete en uno de esos bares que tanto abundan en nuestra geografía y que se asemejan a un zoológico en cuanto a que sus moradores representan la biodiversidad humana. Y no faltan ni el borracho, ni el solitario, ni la chica guapa, ni la dueña cutre, ni el zumbado, ni el empleado sumiso, ni la ludópata, ni el descreído, ni el frustrado ni la puta que lo parió. Estereotipos, sí, pero buenos ejemplos de lo que somos sin apenas advertirlo y cuyo estigma arrastramos orgullosos no se sabe de qué, como el morador de un resort de las bahamas, luce su ridícula pulsera que le habilita para ponerse hasta el culo  dónde sea y cuando sea, siempre y cuando no se aleje de los márgenes dictados por la organización.

Y también plantea la psicosis del terrorismo que amenaza cualquier parte del mundo, y el machismo, y la incomprensión, y la falta de solidaridad y el oscurantismo y todos esos conceptos tan humanos y tan nuestros que salen siempre en cualquier conversación a poco que el alcohol o nuestra mala baba de serie se deje ver porque en todo colectivo, reunión o grupo social, trataremos de imponer nuestro punto de vista y convertirlo en trending topic.

Los títulos de crédito del inicio son también una declaración de intenciones y Alex de la Iglesia renuncia a uno de sus trucos habituales que es presentar una secuencia inicial que enganche al más puro estilo de las consecuencias visuales de la criatura parida por la imaginación de Ian Fleming, porque sabe que tiene entre manos una historia potente y que no le hace falta aperitivo para que a la gente se le abra el apetito.

Y tampoco se entretiene en posponer el momento en que se plantea el conflicto. El suelta los perros y a correr. La risa va por barrios y las sospechas y las alianzas también y, como dice una de las frases promocionales de este trabajo, el miedo nos muestra cómo somos y, en algunos casos, tampoco hacen falta dosis desmesuradas de ese componente adrenalínico para que se nos caiga la careta. Algunos están más predispuestos a ello por cuestiones genéticas, de sexo, o simplemente ambientales o por aquello de que cada hijo de vecino reaccionará de manera diferente a los distintos estímulos porque cada cual somos de nuestro padre y de nuestra madre y no hay nada que hacer al respecto.

La primera parte de la cuestión se prolonga durante un tiempo acorde con la trama, pero como esa misma trama imposibilita el hecho de que los protagonistas salgan afuera, no les queda otra que ir hacia abajo y el grupo se disgrega y es en esa nueva realización de facciones independientes por obligación porque alguien con un objeto de poder así lo ha querido, cuando se abre otro frente con diferentes opciones. Hay un gran uso de ese elemento de poder que va pasando de mano en mano y que cada cual usa como dios le da a entender y, una vez que las cartas se ponen sobre la mesa, ya no se pueden echar faroles y cada cual ha de jugar con lo que tiene. Ese descenso aceitoso a los infiernos, que les pondrá en contacto con aguas fecales, ratas y cucarachas, estas dos últimas especies mucho más dignas de habitar este lugar llamado tierra, les colocará en una nueva tesitura y el juego empieza de nuevo pero con otras reglas.

Alex de la Iglesia coloca a su elenco en una situación muy alejada de su zona de confort y huye de los habituales excesos narrativos de sus últimos trabajos, para centrarse más en el aspecto psicológico de los personajes, planteando un juego de sillas en el cual, cada vez que se apague la música, alguien se va a quedar sin asiento. Sus personajes no disponen de un evolucionado sistema de ecolocación como el ave de las cavernas y no sabrán orientarse en ese laberinto de pasillos infectos y tendrán que regirse por otros parámetros tan inestables como ellos mismos.

Esta vez el exceso no está contenido en la acción misma, sino en otro de los habituales del director vasco.  Jaime Ordóñez con sus citas bíblicas y su afición a pagar el peaje de Caronte, es sin embargo, uno de los más lúcidos que entran en ese bar que representa el microcosmos al que cada día accedemos de manera voluntaria en el metro, en el mercado, en nuestra oficina o incluso en nuestra casas y que simboliza que, en cuanto dos seres humanos entran en conflicto, todo puede ocurrir y acabar llenando periódicos, telediarios o espacios de tertulias. Todo depende del grado de paciencia que tengamos ese día o, lo que es lo mismo, de lo cerca que tengamos el dedo del detonador.

Buen final para volver a mostrarnos lo que somos. Una piara de cerdos insensibles que nada haremos mientras tengamos algo que llevarnos a la boca, pero que la liaremos parda en cuanto alguien pretenda coger la última croqueta del plato.

No creo que este cineasta, de estar sentado entre la gente mientras se proyecta una de sus películas, disfrutara de la carcajada del público en ciertos momentos.

Eso le daría la razón y creo que por eso sigue haciendo películas, para que se la quitemos.

Hay pues, Alex de la Iglesia para rato.

Disfrutemos mientras podamos.

Y, la verdad, un servidor casi llega a envidiar a ese pájaro que sólo sale de su caverna de noche para llenarse el buche y regresar deprisita.

Total, para lo que hay que ver.

el bar imagen dest

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *