“El autor” de Manuel Martín Cuenca o Clamatur glandarius (Críalo europeo)

El Críalo es un ave que pertenece a la familia de los cucos, pero que guarda muchas más semejanzas con el arrendajo y con el cual, de hecho, comparte apellido, que tiene su origen en uno de sus hábitos alimenticios, que es trasegar bellotas como sino hubiera un mañana, aunque su dieta se compone de más cosas como insectos y pequeños reptiles. Es también un parasitador de nidos ajenos, como lo es el cuco, pero a diferencia de este, ni los progenitores ni su descendencia se dedican a arrojar al vacío a los moradores legítimos de los hogares que ocupan, pero en definitiva tanto da, porque muchos polluelos de los nidos parasitados se mueren de hambre por la presencia constante de los padres de pega y el fin último acaba de ser idéntico aunque por otras vías, entre otras cosas porque el pollo impostado es mucho más grande y acapara la comida que los abnegados adultos acarrean.

crialo Pero para compensar, en aquellos nidos en el cual los padres optan por atender a ambas descendencias, la propia y la adquirida, los polluelos de críalo secretan un olor que repele a los predadores y está comprobado que las alimañas prefieren para el papeo ocasional, otro tipo de nidos menos odoríficos.

Es mayor en tamaño que el cuco y tiene las partes superiores de tonos pardos con un intenso moteado blanco y un píleo de color gris rematado por un llamativo penacho eréctil. La inferior es principalmente de color blanco, pero el pecho y la garganta lucen un tono más amarillento.En vuelo presenta alas anchas y redondeadas y cola estrecha y larga. Habita zonas arboladas abiertas y emite un ruido característico de llamada cuya onomatopeya le otorga su nombre común, mientras que su nombre latino deriva del latín y significa gritador, haciendo gala de ello con su reclamo insistente.

E insistente hasta decir basta es el personaje que interpreta Javier Gutierrez en la última película de Manuel Martín Cuenca, autor también, y nunca mejor utilizada esta palabra,  de la más que notable “La flaqueza del Bolchevique” (2003), ópera prima de ficción basada en el libro homónimo de  Lorenzo Silva y diez años después, con más trabajos entre medias, por supuesto, de la inquietante “Caníbal”, protagonizada por Antonio de la Torre que en “El autor” trabaja también pero en un papel menor en apariencia pero de gran peso en la trama de la película.

Y el nombre de la misma no es desde luego casual. Podría haberse llamado el escritor y en definitiva estaríamos hablando de lo mismo, pero en realidad no lo es ni mucho menos. Un escritor es alguien que escribe, publique su trabajo o no y un autor es alguien que escribe pero que aspira a trascender, a dejar más huella, un poso indeleble que sea recordado por generaciones como otros muchos antecesores que seguramente se murieron de asco mientras tecleaban o escribían a mano en cuartuchos diminutos o tugurios inmundos, pero cuyas cotizaciones de dispararon una vez la palmaron y alguien a título póstumo descubrió ese talento tan desaprovechado.el-autor-poster

La autoría es un concepto de tintes épicos y bastante subjetivos que trae implícita cierta prepotencia y deseo de permanencia, por eso se distingue entre libro de venta masiva y libros para minorías y películas para mayorías y cine de autor relegado por concepto a circuitos independientes o festivales de cine, pero en ambos casos, la autoría es la de la persona que lo escribe, sea para muchos o para pocos. Tal vez o muy probablemente unos tengan mucho más talento que otros porque no es lo mismo Borges o Cortázar que Alberto Vázquez Figueroa o Stephen King, pero todos tienen en común que se ganan la vida juntando palabras y completando frases para contar una historia de la manera en que cada cual se las apañe para hacerlo.

De hecho, esta película está basada en un libro que Javier Cercas publicó en 1987, otro escritor o autor, según se mire, de una historia universal que habla no sólo de la necesidad de crear que tienen algunas personas, independientemente de lo que atesoren sus cerebros, sino de la necesidad, mucho mayor, de ser reconocidos por la habilidad que en principio mejor nos representa y de toda una serie de defectos humanos que nos retratan y nos dejan con el culo y algo más al aire como el protagonista de la cinta que se pone a escribir en pelotas para tratar de emular a uno de sus ídolos que se hizo muy famoso por vivir en la Cuba revolucionaria de los años cincuenta y por visitar nuestros Sanfermines patrios al tiempo que escribía libros sobre viejos y mares puesto hasta el culo de mojitos y daikiris.

La autoría, signifique lo que signifique este palabro, está de capa caída desde  que la piratería saltó de los mares del sur hasta todos y cada uno de nuestros hogares porque todos, sin excepción, hemos pirateado, es decir, obtenido por la puta cara sin soltar nada a cambio, algún tipo de cosa que nos hacía falta por las razones que fueran y que por falta de recursos, morro supino, urgencia circunstancial o todo ello mezclado o porque sencillamente nos gusta apropiarnos de lo que no es nuestro,  cualquier material que nos apeteciera y que ha acabado en nuestro portátil, en nuestra tele, en nuestro reproductor o en nuestro teléfono móvil porque la cultura del aprovechamiento de los esfuerzos ajenos, está a la orden del día a pesar de los intentos de ciertos organismos por defender los derechos de los creadores que, en algunas ocasiones olvidan el origen de su causa y se convierten en recaudadores excesivos en cuanto a celo y pretensiones y que acaban por impulsar hacia actividades supuestamente delictivas a aquellos que dudaban sobre hacerlo o pasar por caja como debe ser, agrandando un conflicto que un mundo ideal, sin tanta gente dispuesta a sacar tajada de un mismo producto, no tendría lugar.

Pero esta película no habla sobre esto, sino de los egos y las aspiraciones vitales de una serie de personajes tan cercanos y auténticos como nuestros vecinos, que podrían compartir con nosotros, edificios y mercados y que tratan de salir a flote con lo que tienen, pero desde un punto de vista oscuro y turbio, como suele ser también habitual en las obras de este director.

Desde el aspirante a escritor, encallado en sus propias limitaciones, hasta el profesor que le atosiga y machaca desde hace años, soltándole perlas como piedras pero sin atreverse a declararle su absoluta nulidad por miedo a perderle como alumno y por añadidura su cuota mensual que le sostiene parcialmente junto con las de otros compañeros en la misma línea de mediocridad, pasando por el militar retirado, fascista y cabrón aficionado al ajedrez como otra forma de estrategia y la portera cotilla ansiosa de nuevas motivaciones y la pareja de inmigrantes en horas bajas, todos ellos destilan, pese a su costumbrismo y actitudes arquetípicas, una dejadez y ansiedad vitales que nos acaba siempre por impregnar y que convierte los espacios colonizados en colmenas pegajosas e inhabitables en los cuales sólo queda la opción de comer o ser comido, entendiendo por esta actividad la de prevalecer sobre el vecino sin importarnos la suerte que pueda correr porque cuanta más gente anda por arriba de mí, menos posibilidades tengo de subir en el escalafón.

El personaje del escritor que aspira a ser lo que no puede, vive en permanente estado de ansiedad por extraer de su cerebro aquello que no tiene y que no tendrá mientras siga agarrándose a las mismas pautas que le da un profesor tan frustrado como él mismo, pero que es un vividor que ha acabado por convertir en forma de vida los evidentes fracasos de los que son como él pero no han tenido los cojones suficientes para reciclarse o convertir la necesidad en virtud y, para colmo, la mujer del aspirante a novelista, prueba las mieles del éxito literario a la primera con la publicación de una novela que se coloca de la noche a la mañana  en la lista de las más vendidas. La comprobación del éxito ajeno que certifica su propio fracaso, viene acompañada de una prueba evidente de infidelidad porque la gente tiende a escapar o por lo menos debe de hacerlo, de esa gente parásita que vampiriza vidas y emociones y que extiende sus frustraciones haciendo partícipes  a los demás y atribuyéndoles un porcentaje elevado de la culpa.

Manuel Martín Cuenca, elabora con destreza y mala leche, un cuadro vecinal que descubriremos a través de los ojos y las aviesas intenciones del autor sin autorías dignas de ser mencionadas, que no puede sustraerse de las influencias del gran Alfred Hitchcock y su ventana indiscreta, como la que, desde su baño, le permite captar al protagonista principal retazos de otras vidas infinitamente más complejas y diversas que la suya y que le sirven de caldo de cultivo para tratar de retratar una realidad que él es incapaz de crear porque su limitación como escritor es directamente proporcional a su incapacidad como ser humano.

Se crean situaciones interesantes como la del tutor y el tutelado porque el primero ve una oportunidad de oro para aprovecharse del segundo o entre la portera que lo sabe todo y el escritor que necesita camelársela para obtener información privilegiada y  que por fin ve una luz para obtener lo que desea, aunque para ello, como cualquier escritor que se precie y que utiliza sus recursos para su propio beneficio, deba de ejercer como dios menor e improvisado para tratar de alterar unos acontecimientos que deriven en tramas más interesantes y más llenas de conflictos para que el producto final sea más atractivo porque los finales felices, las vidas ejemplares y demás zarandajas, no le interesan a nadie.

Y, como el Críalo, el aspirante a autor parasita tantos nidos como puede, pero sin tener los arrestos necesarios para largar por las buenas a la competencia, exhalando el olor del fracaso que aspira a que sea suficiente para ganar algo de tiempo mientras maquina la manera de mantenerse a flote.

Los lectores de todo el mundo queremos ver que los demás también sufren, que les ponen los cuernos y que les echan del trabajo sin indemnización ni futuro y que la vida es una mierda y no como la pinta Rosamunde Pilcher, cuyos protagonistas sólo han de preocuparse por las plantas de sus invernaderos, los tejados de sus enormes mansiones o porque sus criados se vayan a mitad de una cena a la que han invitado a los vecinos más cercanos para que se hagan una idea de su poderío.

Es una película de oscuros y más oscuros, de sombras chinescas es la pared de un patio interior y de manchas secas de esperma en los tabiques de la vida, de envidias y frustraciones, de éxitos pasajeros y fracasos permanentes, un cuadro de la época más oscura de Francisco de Goya en la que unos llaman a las puertas con denuedo sin obtener respuesta y otros se fían de aquellos que parecen buena gente, mientras los móviles caen por los alféizares de las ventanas y los aprovechados se triscan chuletones sangrantes y chupan con ansia las cabezas de las gambas, mientras que otros se hartan a nadar aunque saben que morirán en la orilla mientras un grupo de desconocidos observan cómo agonizan mientras se zampan un bol de palomitas.

Y a pesar de lo tramposo de su avance en los cines que incluye escenas que no se pueden ver después en el resultado final y que debería ser sancionable a nivel institucional como publicidad o propaganda engañosa, se trata de una muy buena película que muestra la bajeza del ser humano sin ambages y cómo todos tratamos de justificarnos, ante los demás pero sobre todo ante nosotros mismos por nuestras actitudes denigrantes porque todos pensamos, tontería negarlo, que el fin justifica los medios.

Gran giro de guión al final de la película, aunque previsible en base a las pistas que como miguitas de pan se van dejando, que otorga algo de justicia al conjunto y buena escena de cierre que ilustra, aunque ya no era necesario, que las vidas vacías de algunas personas, requieren de cierta chicha que les rellene el bocadillo para sentir que se están comiendo algo con algo de sabor, aunque sólo sea la enorme mierda humeante de un mastín de los pirineos.

Dicen que un escritor es aquel que ve algo donde los demás no ven nada.

Y a veces es verdad que no hay nada pero nos obcecamos en que sí.

Cuestión de perspectiva o de su ausencia.

 

 

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