Donosti 2017

El tiempo va tan deprisa que si nos durase la cuerda lo suficiente, nos convertiríamos en replicantes a quien otro de nuestra especie nos tendría que dar boleto. Este encabezamiento nunca habría tenido lugar si me hubiera puesto a escribir esto nada más regresar de la 65 edición del Zinemaldia, pero como siempre estoy al plato y a las tajadas, nunca afronto mis propósitos en fecha y dio tiempo a que Dennis Villeneuve, por cierto, uno de los habituales de Donosti durante el último lustro, estrenara la nueva secuela del clásico de Ridley Scott de 1982.

No hay que tenérmelo en cuenta. Es una consecuencia de mi particular idiosincrasia.

Donosti siempre está allí esperando a que regresemos y esa es la sensación que siempre tengo y como siempre regreso en las mismas fechas y durante el mismo evento, siempre me la encuentro engalanada para la ocasión. Llena de vallas publicitarias con mensajes enormes de lo que nos espera, con las tiendas y los sitios de restauración empapelados con los carteles y con ese aire de expectación que siempre rodea a los grandes acontecimientos.

Por segundo año consecutivo, llegamos al festival casi cuando se está acabando, ya bien empezado el sexto día con lo cual gran parte del pescado ya está vendido y todo adquiere el aspecto de un fin de fiesta en el cual, los que aún aguantan, se preparan para el empujón final.

Desde mi reclusión en mi ciudad natal, esperando el momento de coger los bártulos y marchar para arriba, me niego a ver en la televisión y en la prensa nada que me recuerde lo que me estoy perdiendo y, ya de camino, ni siquiera me sorprende que esos campos tan verdes desde mucho antes de llegar a Burgos, sean ahora romos, recordándonos para aquellos que somos conscientes de ello, que el paisaje apocalíptico de la nueva Blade runner no está tan lejos como muchos se piensan.

Pero como siempre también, cuando las señales que nos encaminan al país vecino empiezan a aparecer, también lo hacen esas montañas en las cuales los caseríos diseminados en accesos aparentemente imposibles, nos recuerdan que España será diferente, pero que el País Vasco, lo es mucho más.

Una vez en Donosti, instalados esta vez bastante más cerca del centro neurálgico que el año pasado, nos dirigimos, mi amada madre y yo, a nuestra primera cita con el cine del festival con mayúsculas del paisaje patrio, que nada tiene que envidiar, seguramente serían los demás los que deberían hacerlo, a los otros cuatro que comparten la máxima categoría en cuanto a este tipo de espectáculos se refiere.

Nuestra primera parada fue en el Kursaal para  ver “Soldiers. Story from Ferentari”  (“Soldados. Historias de Ferentari”) de Ivana Mladenovic, que formaba parte de la Sección oficial. La responsable, es una directora serbia formada en la escuela de cine de Bucarest y con bagaje a sus espaldas en forma de cortometrajes y algún documental, que se embarca por primera vez en un trabajo de largo aliento de ficción, aunque basado parcialmente en sucesos biográficos vividos por uno de los actores de la cinta, que también afrontó labores de guionista.

Ivana, regresa una vez más a Ferentari que es un barrio marginal de la capital rumana para contar una historia de amor homosexual en la periferia, tanto moral como física, de una ciudad anclada en una serie de convencionalismos y clichés de la que supongo no pueden o no quieren sustraerse, como ocurre en otras muchas partes del mundo en las cuales la supervivencia es la primera obsesión de los que allí habitan y por lo tanto, una cuestión ineludible. Allí, un señor que dice ser antropólogo y que está por esos barrios tratando de escribir su tesis sobre los manele, un tipo de música pop endémica de ciertos barrios de Rumanía, que ensalza las virtudes y la manera de vivir de una clase social determinada, entra en contacto con una serie de personajes, especialmente uno, que acaba de salir de la cárcel y del que acabará no pudiendo separarse ni con agua calienteSoldierStoryfromFerentari

Toda la película gira en torno a esta pareja que dirime sus diferencias enfrascándose en un amor torpe y descafeinado en el cual el surrealismo forma parte de la trama, mientras el supuesto intelectual de la pareja, trata de demostrarse a sí mismo que continúa con su labor de investigación, sin que logre engañar a nadie y mucho menos a sí mismo, al tiempo que queda más que claro que existe una mutua dependencia con diferentes grados participativos y en la cual, como en toda relación, se establecen jerarquías que acabarán por determinar la acciones.

El argumento no es más que una excusa para mostrar una ciudad y un paisanaje que aunque en sus partes más privilegiadas ha llegado a alcanzar un status de ciudad europea, sigue siendo un enorme gueto salpicado de poblaciones que ni ven las noticias ni les interesa la apertura de su país hacia otras cotas mayores en cuyos autobuses hacia el futuro, ellos no van a poder subirse y tendrán que conformarse con escuchar o cantar manele o buscar algo que llevarse a la boca, ya sea comida o sexo.

Historia de amor gay arrabalero que a ratos adquiere cotas interesantes, pero que la mayor parte del tiempo se diluye de un tránsito a otro alargando las escenas hasta el mismo límite del aburrimiento sin que se logre discernir hacia dónde va la historia, ya que los protagonistas estaban en la mierda antes de conocerse y seguirán en ella entre otras cosas porque ya se han acostumbrado al olor.

En cualquier caso, película aceptable, ignoro yo porque no me corresponde ni estoy capacitado para hacerlo,  si con la calidad suficiente para entrar en la Sección oficial de un festival de ese calibre, pero ha logrado acceder a ella imagino que entre una legión de aspirantes y aunque sólo sea por eso, merece un reconocimiento y un visionado que trate de empatizarnos con realidades diferentes, máxime cuando son realizadores cada vez más jóvenes, es decir, el futuro del cine, los que se atreven con este tipo de historias no aptas para cualquier tipo de público.

Para nuestra segunda cita, esta vez en en teatro Victoria Eugenia, tal vez nuestro lugar favorito para ver una película, nos aguardaba la resolución a un enigma que se me planteó una semana antes de nuestra aparición. Se me presentó cuando se abrió la veda para adquirir las entradas, la terrible duda  de escoger  entre “El secreto de Marrowbone” del guionista habitual da Bayona, inscrita en la Sección oficial y por lo tanto con la posibilidad de verla en horario nocturno con la compañía de los responsables de la cinta y “Mother”  de Darren Aronofsky, inscrita en la Sección Perlas.

Me decanté por la segunda porque el señor Aronofsky, pese a la errática “Noé”, se ha ganado a pulso el que seamos muchos los que nos quedamos pegados a la butaca con su manera de hacer cine que convierte sus trabajos en un género en sí mismo y, todo hay que decirlo, “Mother” encaja perfectamente en esa descripción y acerca de eso no hay ninguna duda. Esta película, como todas las de esta sección, optan al premio del público, que deposita, una vez acabada la cosa, su veredicto en una urna dispuesta para ello. Como nosotros somos de los últimos en abandonar el barco sesión tras sesión, pues nos encontramos con una urna llena de papeletas en las cuales muchas veces los números miran hacia arriba mostrando la disposición de los asistentes y pude comprobar, como no podía ser de otra manera por el entusiasmo de una parte del público y por la frialdad de la restante, que una vez más, nuestro querido Darren, no había dejado a nadie indiferente y las notas iban desde el uno al diez sin que la escala de medios apareciera por ningún lado y la media final mostrada en la pantalla al día siguiente, mostraba un cinco con muy pocas décimas, lo cual corroboraba mi primera impresión.

“Mother” es un exceso fílmico y visual, que ya desde sus primeros compases augura marcha y que plantea un conflicto que irá creciendo en intensidad exponencialmente, mientras sus principales protagonistas, la siempre eficaz Jeniffer Lawrence y nuestro Javier Bardem, ven como se va convirtiendo su casa en la fonda del sopapo, según van acercándose a ella una serie de personas que, bajo diferentes prismas y con diversos grados de consanguinidad, asaltan de mala manera y con sus propias costumbres y hábitos, la tranquilidad de una pareja que vive en el culo del mundo mientras la parte masculina, escritor de éxito, trata de vencer su bloqueo creativo y la femenina de quedarse embarazada, lo cual retrotrae a los tiempos de María Castaña en la cual el hombre es la parte creativa y la mujer cuida la casa encerrada a cal y canto en espera de que llegue la progenie y le complique todavía más la vida.

Nada casa en este despropósito porque esa es la intención de un señor tan afamado y tan reconocido, al que le importa tres cojones lo que se diga de su obra porque después de todo ya tiene en su haber un buen puñado de obras maestras, de culto, de autor o como cada cual quiera encasillarlas, para presumir de filmografía y sabe de antemano que haga lo que haga, siempre habrá un porcentaje de los que vean sus obras, como mínimo un cincuenta por ciento, que seguirán pensando que es un puto geniomother-poster

Y yo creo que lo es, pero o bien se le va la pinza o, como buen creativo, lo que quiere son explorar nuevos caminos una vez que los anteriores ya están trillados y no se distinguen unas huellas de otras. Y si en “Noé” (2014) adaptaba un relato bíblico de inspiración alienígena en sus primeros compases para luego meterse en un lugar cerrado y ofrecernos una vez más un empacho virtuoso de ejercicio clasutrofóbico que llegaba a alcanzar cotas sublimes, aquí mete en el coche todo el arsenal de que dispone, lo prende fuego y lo lanza desfiladero abajo hacia la plataforma petrolífera más cercana para acabar de liarla parda, al tiempo que se ha encargado previamente de emborrachar y dejar fuera de combate a todos los responsables de la extinción de incendios para asegurarse de que el cataclismo está asegurado. Vuelve una vez más sobre temas religiosos como hiciera en su particular versión del primer navegante por obligación nombrado a dedo de la historia, para ofrecernos una vorágine de planos concatenados que se dirigen hacia una inmolación artística consentida, consensuada y nada previsible hasta alcanzar el clímax final que coincide con el éxtasis de la mitad de la platea y con la indignación del resto.

Yo no pude inclinarme hacia ninguna de las dos pese a mi confesa admiración por Aronofsky, cuya película fui a ver con la esperanza, no sé si soñada, anunciada o abortada o un compendio de las tres, de que asistiera a presentar su nueva y desmesurada criatura. Me quedé a cuadros tanto por su ausencia como por el tono de una película tan pasada de vueltas como sus actores y actrices protagonistas, entre los cuáles únicamente la señorita Lawrence mantiene la cordura y las formas.

Este dislate sólo puede sostenerse y comprenderse como una alegoría de la sociedad humana, un histérico reflejo de nuestra idiosincrasia que nos conducirá hacia el abismo hacia el cual ya estamos cayendo sin remedio. Y en ese caso, habría que plantearse que ésta podría ser su obra cumbre, pero yo me pierdo entre tanta excentricidad, tanta connotación religiosa y tanta parafernalia al servicio de una personalidad tan excesiva como sus películas.

Seguiré yendo a verlas, pero creo que este señor debería dejar las drogas aparcadas por un tiempo. Yo también.

Con este final de noche de San Juan, de Halloween  y de día internacional de los psicotrópicos, nos retiramos a nuestros aposentos con la certeza de que nos aguardaban de ahí hasta la madrugada del sábado, a caballo entre dos meses, otras quince propuestas.

El día siguiente, 28 de Septiembre, amaneció con sol, pero tuvimos que dejar las actividades lúdicas para entregarnos a la más lúdica de todas que es ver cine. Comenzamos dónde acabamos la anoche anterior, para ver la que a la postre se llevó el máximo galardón ante la cara de incredulidad de su director y actor y la de muchos que ni de coña hubieran apostado por ella y que además clamaron al cielo por su inclusión en la Sección Oficial del festival y tanto más por llevarse el premio gordo. “The disaster artist” de James Franco es otro despropósito, pero esta vez un despropósito estrictamente copiado de la realidad como queda demostrado en los títulos de crédito a dos bandas que muestran la copia y el original sin que llegue a quedar claro cual es cual, debido al exigente ejercicio de mimetismo actoral  al que se somete a sí mismo James Franco que se imbuye del espíritu de Tommy Wiseau que es famoso por llevar a cabo la que está considerada la peor película de la historia del cine que casi una quincena de años después de su realización, llena salas cada noche de víspera de fin de semana en miles de cines de todo el mundo con lo que queda demostrado que lo de cine de autor es un concepto demasiado amplio como para nombrarlo a la ligera.

La película aborda el making of de “The room”, una obra cumbre del cine cutre que fue parida y puesta en pie por un señor quijotesco, acompañado de su inexcusable Sancho Panza con el que tiene uno de esos pactos que suelen hacerse en momentos de euforia incontenible o borrachera sublime y que los seres humanos de palabra no traicionan nunca, llegando a veces a carreteras asfaltadas de varias direcciones y sin tráfico con el cual colisionar.

Lo curioso del caso es que este señor, repito, magistralmente interpretado por James Franco a pesar de que en más de un medio le han puesto a caer de un burro, se creía un actor de raza y método, un guionista excepcional y un director a la altura de los más grandes y queda también claro que a veces la determinación, y por qué no decirlo, ingentes cantidades de pasta que nadie sabía de dónde salían y que constituye la principal incógnita tanto de la película como del caso en el que está basado, son a veces la mejor o la única manera de llegar a buen puerto, y de determinación, y de pasta claro, míster Wiseau andaba más que sobrado.The-Disaster-Artist

La película es una divertidísima sucesión de escenas repletas de personajes aprovechables que supongo tienen estricto paralelismo en la vida real, que retrotraen a una obra maestra de un grande del cine que alcanzó una de sus mayores logros en la recreación de otro personaje excesivo llamado Ed Wood que dio título a la cinta que Tim Burton rodó en 1994. No tienen nada que ver ni en el fondo ni en la forma ni el resultado, ya que, por lo menos para mí, “Ed Wood” está varios escalones por encima y en algunos pasajes la comparación podría resultar hiriente, pero es un más que aceptable ejercicio fílmico de homenaje a una de esas figuras irrepetibles que paradójicamente, ha vivido lo suficiente para disfrutarlo en persona y disponer de los réditos que su impresentable trabajo ha ido generando a lo largo de los años bastante tiempo después de ser presentada y toda vez que ya pertenece, aunque les pese a los puristas, a la historia del cine.

Se puede pasar a ella como alguien sublime o como alguien prescindible. A veces no hay manera de separar ambos conceptos.

Parada para tomar unos pinchitos en el Kepa, nuestro lugar para desayunar desde hace ya algunos años y vuelta al cine, como siempre con la lengua fuera. Esta vez nos toca el cubo pequeño que es un sitio estupendo para ver cine y dónde la mayor parte de las veces hay ocasión de conocer a algunos de los responsables de las películas y de participar, o por lo menos escuchar, algún coloquio. Es una película francesa de un tal Teddy Lussi- Modeste, en la categoría de nuevos directores, aunque este señor ya co-dirigió otro film en el año 2011, lo cual llama la atención y convierte este trabajo en un segundo intento, pese a  lo cual, este “nuevo director” presenta su película “Le prix  du succés”, (“El precio del éxito”). Esta sección siempre es como mínimo garantía de frescura, ya que los realizadores que son seleccionados para competir por este galardón, tienen sus puntos de vista y sus ilusiones aún intactas. Muchos de los que han pasado por aquí, acaban luego siendo presencias recurrentes en secciones oficiales de festivales venideros y es una maravillosa, aunque exigente, piedra de toque para iniciarse en los periplos festivaleros de este mundo que nos ha tocado habitar.

¿Y qué decir de ella? Bueno, de entrada queda claro que el título obedece a la necesidad que todos tenemos de ser reconocidos. En este caso el protagonista es un cómico , cuyo aspecto demuestra la pluralidad y la bio dioversidad de un país, Francia, que siempre se ha caracterizado por ser un lugar de inclusión para familias procedentes de otros paisajes y otros ámbitos, y esta presentación sobre los suburbios básicos del mundo del espectáculo, es decir, primero hay que bandearse en campos de tierra y barro, para poder llegar algún día a jugar en primera división, es la excusa para que el director de Grenoble ponga sobre el tapete lo que realmente quiere mostrar y es la importancia de la familia para que nuestros proyectos vayan para adelante o se enquisten de la peor manera posible. Dos hermanos, uno de ellos el artista, y el otro, su representante con ciertas inclinaciones violentas, han sabido hacerse un hueco en la industria del espectáculo a base de esfuerzo, algunos tirones de hilos anecdóticos y golpes de suerte de diferente índole, lo cual ha permitido a la peculiar pareja, ganar algunos dineros con los cuales levantar el ánimo y, sobre todo alterar la condición social de una familia originaria de un barrio humilde, periférico y paupérrimo, porque estos tres conceptos, la mayoría de las veces, caminan de la mano. Y esto está muy bien, aunque el artista sabe que es por su talento y el representante está seguro que es gracias a sus tejemanejes, contactos y demás artimañas.le prix

Lo que ocurre es que se puede subir hasta cierta altura con una cantidad de oxígeno, pero para alcanzar cumbres, hacen falta recipientes con más capacidad y ahí es dónde surge el problema. El cantante, que además es guapete, conoce a una chica que además de estar como un queso, es lista que te cagas y sabe que tiene posibilidades de seguir trepando, pero para ello tiene que librarse del lastre de un hermano acaparador  y dictatorial y de una familia que tira de él hasta para comprar la baguette en el supermercado. La chica conoce a alguien en el lugar adecuado para tratar de iniciar el acceso a la cumbre, pero para ello debe de dejar de lado aquello que en su día le configuró las aspiraciones y el carácter y es ahí dónde, tras casi  una primera hora de metraje demasiado informativa que camina con dificultad narrativa hacia el punto de inflexión, empieza a suscitar verdadero interés, porque el plante del hermano a sus raíces supone un terrible cisma para toda la familia que cada cual gestiona como puede, sobre todo cuando la información del supuesto relevo generacional y profesional, se comunica a través de un malentendido, lo cual acentúa la carga de profundidad.

A partir de ahí, cerrazón existencial de los protagonistas, especialmente del usurpado que desencadena en escenas potentes, bien narradas y con peso cinematográfico que hace que la película crezca, pero a esas alturas el avión ya lleva cogiendo velocidad en la pista sin que los motores hayan alcanzado las revoluciones suficientes para garantizar el éxito de un vuelo autónomo.

Queda la sensación de que se podía haber usado el material de manera más eficiente, con sólo haber acelerado el momento epifánico sin haberse enredado en los prolegómenos, pero cadaauno afronta sus proyectos de la manera que cree conveniente y la mía es sólo una opinión y ya es un éxito lograr meter la cabeza en un festival como este y en lo sucesivo, el propio Teddy deberá aprender a gestionar también, el precio de lo que ha empezado y deberá mantener.

Que su familia suponga también un lastre, que lo que cuenta pueda llegar a tener un poso autobiográfico o que todo haya nacido de ese lugar difuso e ilocalizable dónde nacen las ideas, son otros asuntos que ahora no vienen a colación.

Después tocaba comer lo más rápido posible porque, cuando se van a ver cinco películas por día, la organización y la gestión del tiempo no es cosa baladí y por todos es sabido que las que hay que ver a eso de las cuatro de la tarde, con el estómago lleno y la promesa de una siesta frustrada, pueden convertirse en un Tourmalet cinematográfico dónde nos puede alcanzar una pájara que nos deje fuera de juego. Esta vez tocaba el cubo pequeño y otro coloquio posterior en el horizonte y precisamente, tocaba hablar de horizontes por partida doble. Los Horizontes latinos que es la sección en la que estaba incluida “Al desierto” de Ulises Rosell, un director argentino de amplio recorrido sobre todo en el documental y eso es algo que se nota por su manera de coger la cámara y ponerla para, dicho sea de paso también, como muchos otros cineastas de esas latitudes,  utilizar el paisaje como un personaje más. Y ahí, el desierto alcanza un protagonismo incuestionable. Es una historia de horizontes pura y dura, los paisajísticos y los humanos y la historia es tan sencilla como potente. Una mujer (Valentina Bassi), que malvive con un trabajo de mierda en un casino de mierda en una población de mierda, es captada a la salida de su trabajo por un cliente del casino, que le ofrece un curro en condiciones en una de las muchas petroleras que tiran sus tubos hacia la tierra con el objeto de enriquecerse, mientras esquilman un poco más el planeta y ella se sube al coche con él una mañana, para descubrir que la verdad es otra. Todo parece indicar que es un secuestro, pero nunca llegamos a saber el verdadero móvil del secuestrador, ni antes ni después del accidente que les hace quedarse con lo puesto en mitad de un desierto implacable que no suele hacer amigos.

Todo gira en torno a la relación que surge por obligación entre víctima y causante del desaguisado, mientras en la otra parte del tablero, un oficial de patrullas a un pasito de jubilarse, está bastante seguro de que hay algo raro en esa desaparición repentina y decide husmear para llegar al fondo de la cuestión. Es en definitiva una desert movie que inunda los pulmones de polvo y el cerebro de preguntas y en la cual un señor parco en palabras y explicaciones y una chica incontinente verbal porque mientras habla está segura de que está viva, tratan de llegar el uno al otro, la segunda porque no le queda otra y el primero siguiendo unos planes que no alcanzamos a saber si son premeditados u obedecen a la más pura de las improvisaciones.al desierto

El tono, a pesar de las circunstancias no resulta opresivo porque yo por lo menos no me acabé creyendo lo que le ocurre a los personajes y eso, indefectiblemente cuando me ocurre, viene acompañada por una sensación de desapego que hace que me importe tres pimientos lo que les pase y eso no suele ser buena señal. Sólo me parece interesante el papel del oficial que juega a ser el Hércules Poirot patagónico , indagando, descartando pistas y tratando de prever los pasos de una pareja que no queda claro si pretende ser encontrada, mientras perseguido y perseguidores son vapuleados con saña por un clima inhóspito de un lugar que tan pronto te cuece a fuego intenso como te caga de frío.

Como telón de fondo, una historia para iniciados que tiene su origen en la colonización que los galeses llevaron a cabo en la Patagonia en el siglo XIX y cuyos signos son todavía muy visibles ya que la cultura y el idioma de los colonos se sigue estudiando en las escuelas de ese lugar y celebrándolo por todo lo alto en un festival diseñado para tal fin. Pero esa historia, que tal vez podría arrojar luz a nuestra oscuridad, por lo menos a la mía, y en la cual, tal vez también, hay que buscar las motivaciones del personaje masculino más joven, no se explota y queda como resultado una historia áspera y deslabazada en la que la secuestrada empieza a sentir una cierta empatía por su captor que ni se sostiene ni se justifica porque el tío es un ajo de mucho cuidado y lo único que dan ganas es de darle un par de hostias y arrancarle un par de palabras por idéntico método.

Final abrupto que deja la historia tan abierta como estaba al principio, pero después de atravesar un desierto, aunque sólo sea en el sentido metafórico y de participar en un coloquio de tintes homéricos, probablemente a causa del nombre de pila del director, se tiene mucha sed y hay que ponerle remedio.

A ello nos pusimos, pero poco rato porque apenas quedaban veinte minutos para regresar al lugar del crimen a ver “A fish out of water” (“Un pez fuera del agua”) del taiwanés  Lai Kuo-An, que aspiraba al premio de nuevos directores y lo que nos encontramos fue una película estrictamente formal en cuanto al planteamiento y sus formas, con personajes pausados y muy bien definidos pero en la cual hay un componente que hace equilibrios como una pelota de tenis que no sabe de qué lado caer porque le caen igual de bien, o igual de mal, ambos tenistas.

a fish out El punto de partida parece claro, pero no lo es en absoluto. Un niño de corta edad, fruto se supone de un matrimonio en horas bajas, sobre todo por los problemas de salud ineludibles del progenitor de la parte masculina, aunque se intuyen problemas de más calado como fondo, tratan de comprender sin conseguirlo al hijo de ambos que los espectadores ignoran si es propio o adoptado porque insiste una y otra vez en que tiene otros padres y tenía otra casa que tenía vistas al mar. La pareja, desesperada, recurre a la hipnosis para ver qué es lo que se esconde en la cabeza del niño, sin llegar a conclusiones satisfactorias. El título es mucho más gráfico que alegórico, porque nadie parece estar en su medio. El niño que se piensa arrancado de otro hogar, no necesariamente mejor y los padres que no saben si su hijo está realmente enfermo o utiliza una estrategia para llamarles la atención, mientras tratan a su vez de que el anzuelo de la vida no les saque al exterior y empiecen a boquear mientras les alcance el aire en sus cuerpecillos. Angustia vital que les conduce a un periplo en el cual los padres y el hijo demediado espiritualmente, llegan al lugar que los ojos perdidos del niño reconocen como su antiguo hogar, para descubrir que las piezas no cuadran ni de coña desde un punto de vista cronológico. Interesante película con evidentes connotaciones budistas y con velados guiños a la ocupación japonesa de Taiwán, como bien descubrió ante la sorpresa del director presente, una avezado espectador que supo leer entre líneas con habilidad y buen criterio.

Y a por la quinta del día que esta vez nos dejaba algo más de margen para degustar esa gastronomía donostiarra que te seduce los sentidos al mismo tiempo que te descapitaliza a velocidad de vértigo. Regreso al Victoria Eugenia para otra de la sección Perlas. Coprodución entre Rusia, Francia, Bélgica y Alemania que levantaron, supongo que al alimón “Loveless” (“Sin amor”) de Andrey Zyvagintsev, responsable de muy potentes cintas como “Leviatán” (2014) que fue la primera película rusa en ganar un globo de oro.

Y ración brutal de realidad y frialdad rusas en una película descarnada y seca que hay que tragarse sin agua por mucho que rasque la garganta. No puede haber mejor título ni más explícito para retratar una familia en la que el amor ni está ni se le espera porque el significado de esas cuatro letras no está en el diccionario de ciertas personas que caminan por la vida como Kamikaces existenciales dispuestos a colisionar contra todo y contra todos porque la vida es una feria en la cual los coches de choque, sin protección, son el principal atractivo. Una pareja, que puede ser extrapolable a cualquier lugar del mundo, pero que seguramente debe de significar y representar el fracaso de una sociedad muy por debajo de sus aspiraciones, tanto aquí como en la gélida Rusia, deben de gestionar como mejor pueden el fracaso de una relación que estaba muerta antes de que los aparatos reproductores de ambos protagonistas entraran en contacto y que derivaran en una criatura que debe de asistir cada día al combate de boxeo sin guantes y con puño americano que disputan sus progenitores con el objeto de hacerse el mayor daño posible. Tremenda escena del niño llorando a moco tendido tras una puerta mientras escucha como sin tapujos, ni remordimiento, ni vergüenza, su madre le utiliza como arma arrojadiza sin importarle, o seguramente pretendiendo, que cada una de las lapidarias palabras llegue a los oídos de un niño no deseado, ni querido, que simboliza un engorro adicional a la hora de finiquitar una sociedad marital podrida e infecta.Loveless-1

Mientras tanto, ellos a lo suyo, y tratando de enderezar sus vidas con nuevas relaciones. Ella con un hombre más mayor al que seguramente devorará cuando se esfume esa ilusión llamada amor y el en una huida hacia delante, esperando otro hijo de otra mujer más joven sin pararse a pensar, nadie lo hace realmente, en que si la ha cagado una vez y no ha sabido cómo, la volverá  a cagar tantas veces como lo intente y el resto gira en torno a la desaparición del hijo de ambos y a la manera en que la policía y en especial un grupo de voluntarios que está especializado en ese tipo de casos, tratan de ayudar mientras el tiempo pasa y los plazos para encontrar una solución buena se acortan de manera trágica. Exceptuando el jefe de los voluntarios que organiza a la manada y que trata a la gente que la rodea como mínimo con educación y la nueva pareja mayor de la madre del hijo perdido y tal vez la mujer embarazada que sabe que se ha abierto de piernas ante el hombre equivocado, todos los demás actúan con crudeza, desconsideración, crueldad y saña, configurando un paisaje humano devastador que va limando la resistencia del espectador que se haya metido en la historia, porque la desesperanza y la mierda son tan densas que no dejan respirar. Gran ejercicio de cine descarnado y opresivo que destruye cualquier esperanza en el ser humano, hasta el punto de que deseamos que el niño no aparezca y que esté felizmente muerto y congelado en una cuneta porque estar muerto es mucho mejor a ser sometido a ese machaque constante en que nos recuerdan que no somos nada, no valemos nada, sólo somos un estorbo y jamás debimos de ser concebidos.

Película que se mastica con desagrado con la bilis en la boca pero que atrapa y convence porque no hay artificio ni exageración. Todo es tan orgánico que da miedo y, aunque el último tercio de esta obra transcurra entre planos abiertos y oscuros mientras buscan al niño, mientras se posponen los enfrentamientos, el efecto ya está conseguido y nos damos cuenta de que el amor no está en el aire como cantaba John Paul Young, sino en la más oculta de las cloacas.

Fin de nuestro segundo día, más bien día y medio y a tratar de digerir una jornada de cine tan bueno como indigesto, por otra parte, como suele ser habitual, ya que yo por lo menos, trato de eludir el cine más comercial para sumergirme en ese submundo cinematográfico dónde se exhiben esos peces que no suelen estar en los mostradores de las pescaderías de lujo, abiertos, sin espinas y listos para ser consumidos con el mínimo esfuerzo.

Amanecer del penúltimo día del festival para acudir al Kursaal para ver “La peste” de Alberto Rodríguez. Admito que aunque admiro a este director comprometido y singular que le echa unos bemoles impresionantes a la hora de afrontar cada uno de sus proyectos, siempre pertrechado con su mismo equipo de colaboradores en una fidelidad mutua que cada vez arroja mejores y mayores dividendos, no me apetecía nada ver los dos primeros capítulo de una serie que jamás acabaré de ver, por lo menos en un plazo aceptable, porque pagaré las veces que sean por ir al cine aunque los cenutrios que nos dirigen tripliquen el IVA para que seamos tan zotes como ellos al no poder consumir una cultura que ellos pueden pagar con la gorra pero que no les interesa, pero me niego en redondo por principio inamovibles a pagar por ver los productos de más calidad, mientras nos echan basura en el resto de las cadenas libres porque el capitalismo exacerbado consiste, entre otras muchas cosas, en establecer diferencias sociales cada vez más palpables incluso entre los ciudadanos que ellos consideran de segunda. Los que pueden pagar por ver más cosas o los que no quieren o los que a lo mejor podríamos hacerlo haciendo un esfuerzo, pero no nos sale de los mismísimos. La cultura es un Titanic con muchos camarotes de diferentes categorías y cuando se acabe de hundir, no habrá botes para todos.

Pero, manifestaciones exaltadas a parte, elegí ver este trabajo del responsable de “La isla mínima” porque la compatibilidad con horarios y otras películas vistas o por ver, así lo aconsejaba. Estoy de acuerdo y comparto que los festivales tengan que abrirse a nuevas plataformas. Hay que adaptarse al medio porque es la mejor, por no decir la única, manera de sobrevivir y seguir para adelante, pero para mí, el cine debe de empezar y acabar en el plazo posterior que va entre sesenta y ciento ochenta minutos, prefiriendo una duración stándar por aquello de los esfínteres y de que de tiempo a desarrollar las tramas convenientemente.

Pero el caso es que los dos primeros episodios de esta mini serie puesta en marcha por una de las cadenas telefónicas más potentes de nuestro país y probablemente del mundo, aparte de cantidades ingentes de pasta muy bien justificada e invertida, es un prodigio cinematográfico que debería desterrar para siempre el bulo estúpido de que el cine español no está a la altura de otros con mayor presupuesto. ¡Menuda gilipollez!, propia de ignorantes que hubieran sido maravillosos espías para la Stasi de la Alemania Oriental o estupendos censores de nuestra dictadura patria o de la de Corea del Norte para no ceñirnos a pasajes polvorientos. El cine español es cojonudo y tenemos directores, actrices, actores, guionistas y responsables de todas y cada una de las partes técnicas, capaces de levantar proyectos de la nada haya o no haya pasta, porque la falta de medios agudiza el ingenio y todo funciona si hay talento y lo hay para parar tantos trenes como haga falta.la peste

Alberto Rodríguez es una bestia parda del cine y lleva tiempo demostrándolo, pero con esta producción ha alcanzado unas cotas que van a ser muy jodidas de mantener. “La peste” esté magníficamente ambientada, muy bien reflejada y documentada una parte de nuestra historia oscura, por lo menos tan oscura como cualquiera de las otras. Todo en ella resulta creíble, las situaciones, las interpretaciones, las tramas y subtramas que se entrecruzan como un nudo de carreteras creado por un loco cum laude en ingeniería guionizada y una atmósfera acompañada de una fotografía a juego que nos traslada a una época que huele a mierda en las calles de tierra, a sudor rancio y encostrado, a enfermedad y podredumbre espiritual y que nos demuestra lo que ya sabíamos, que la clase política que ahora tenemos, es digna sucesora en vileza y bajeza moral de la que había entonces, de la que siempre hubo y siempre habrá y que siempre existirá también quién se aproveche de las circunstancias y trate de sacar provecho porque todo el refranero se ajusta a verdades demostrables, pero eso de que a río revuelto ganancia de pescadores,es algo que nadie puede rebatir. Lo que ocurre es que unos pescadores se frotan las manos y otros yacerán en el lecho fangoso convirtiéndose a su vez en comida para los peces que queden.

Todo se cocía a fuego lento en esa Sevilla cuyo río navegable la convirtió en puerto desde el cual llegar, salir, traficar y manipular y en la que los rufianes, los navegantes, los oportunistas, los mercenarios y demás fauna interpretaban sus roles con la naturalidad con la que un niño de la calle se saca los mocos y los pega en lo que tiene más a mano o se los come y no existen escenas superfluas o de menor peso. Todo responde a un plan milimétricamente trazado para acabar de configurar una serie por la que deberían darse de hostias por adquirir los derechos cada cadena que se precie y que pueda pagarla, manifestando una vez más mis disconformidad acerca del hecho de que sólo un porcentaje mínimo de los que puedan estar interesados, accederá a pagar el peaje.

Si algún pero hay que ponerla no es sino esa costumbre ya demasiado extendida de que nuestros actores y actrices, ignoro sin por decisión propia o por decisiones de los directores o quién sea menester, en aras de la naturalidad, sueltan sus textos siendo a veces necesarios los subtítulos en otros idiomas para entender todas las palabras que dicen. En cualquier caso, por lo menos en este, mal menor, ya que la fuerza y la contundencia del resto, lo convierten en cuestión secundaria.

Larga vida a Alberto Rodríguez y a su equipo de imponentes profesionales.

Después de un plato fuerte, otro más. “The captain” de Robert Schwentke, director alemán fogueado en Hollywood, presentó en la Sección Oficial uno de esos ejercicios estilísticos que deben de estar presentes en los festivales. Se trata de una película ambientada justo antes de la finalización dela Segunda Guerra Mundial, cuando ya los alemanes han recapitulado y están empezando a desmontar el chiringuito y tratando de borrar en lo posible las huellas de sus barrabasadas. En ello, un soldado que está huyendo de la quema, se topa con un coche de un alto mando alemán varado en una cuneta helada y en la parte de atrás encuentra una maleta con un traje de alto rango dentro de ella. Se lo calza y deja bien claro que el hábito hace al monje y que no hace falta que sea la noche de Halloween para ir disfrazado.

el cap Ese traje de nazi cumple por lo menos un par de funciones. La primera y principal es el sometimiento de todos aquellos alemanes con los que se cruce en el camino porque deberán rendirle pleitesia y plegarse a sus órdenes. La segunda es que si son los del otro bando los que le encuentran, deberán tratarle con la deferencia que impone el uniforme por mucho que se trate de un enemigo y el caso es que al ponerse su nueva ropa y hacer desaparecer debidamente la que llevaba puesta, se convierte por ósmosis, de un instante a otro, de un desertor que huía buscando salvar el culo, en un hijo de puta irredento que tiene un status que mantener. Según va avanzando la trama, van apareciendo una serie de personajes que tienen un denominador común, aunque todos traten de ocultarlo y es que todos están huyendo de un frente que ya no es un polvorín, pero sí un campo de minas en el que nadie sabe quién es quién y la máxima aspiración de cada uno es tratar de salvar el pellejo aunque para ello haya que despellejar al vecino. La duda no sólo está instalada entre los protagonistas de la película sino también entre los espectadores, porque excepto otro alto mando que trata de imponer la mayor cantidad de cordura posible en lo que queda de un campo de concentración y que duda del falso capitán desde el primer momento y un soldado que es el que primero ve al capitán impostado y se pone a sus órdenes por cuestionables que estas sean, no sabemos si el resto son lo que son o también se han cambiado de piel fuera de foco, contribuyendo al caos imperante.

El personaje del capitán, perfectamente interpretado por Max Hubacher se convierte en un desalmado que está dispuesto a ajusticiar a quién sea en el escaso margen que le da la capitulación del ejército al que representa y con una serie de entusiastas que le siguen porque quieren y de otros que se le pegan por si acaso, inician una escalada de exterminación a sangre fría ante la mirada estupefacta de algunos de aquellos que en un pasado muy reciente, recorrieron sendas semejantes. Todo está en entredicho, la moral, la verdad, los principios más básicos de esa cosa llamada humanidad o la más absoluta falta de ella,  en un escenario en el que ya no hay normas ni escritas ni pactadas y en el cual tampoco puede negarse ni afirmarse nada con rotundidad porque ya no queda nadie en posición de corroborar ninguna coartada.

Film duro, largo, desagradable y contundente, que se vale de una fotografía fabulosa en blanco y negro para acentuar una frialdad que habita en cada árbol, en cada esquina, en cada tejado y en todos y cada uno de los corazones de los que pululan por un infierno sin posibilidad ninguna de redención.

Y se planea cuanto menos una duda metafísica y no sólo eso tan manido y tan cierto de que el hombre es un lobo para el hombre que enunciara un tal Thomas Hobbes, sino si es necesario ponerse un uniforme para ser lo que no se es o si lo que somos está determinado desde nuestra cuna o tras la impronta definitiva que nos conformará como personas o si sólo estamos esperando el momento adecuado para actuar impunemente sin temer a las represalias, mostrándonos tal y como somos.

Preguntas sin respuesta porque la película no quiere desvelarlas ni las tiene. Que cada cual saque sus propias conclusiones y se meta sólo en aquellos charcos dónde pueda hacer pie.

Tiempo breve para comer y para descansar antes de dirigirnos de nuevo hacia el Victoria Eugenia para un hat trick de cine que nos haría entrar y salir del teatro tres veces de manera consecutiva. A la primera de ella llegamos un pelín tarde por cuestiones logísticas y de un guardia excesivamente celoso de sus obligaciones que nos hizo dar una vuelta del copón y que tras tremendas deliberaciones, acabó con nuestros huesos en un anfiteatro en el cual alcanzar a ver la pantalla está fuera de los registros de cualquier miope que se precie.

“The Leisure seeker” es otra de esas películas inscritas en Perlas que ha visto infinidad de festivales recolectando premios a tutiplén no por ser una gran película, aunque está bastante bien y hay que reconocer que en ella todo funciona sin sobresaltos, pero con evidentes dosis de previsibilidad. El nombre obedece a la manera en que un par de ancianos ya en la recta final de sus vidas, llaman a una caravana del año de la tana en la cual vivieron tiempos felices antes de que la vida les pasara por encima. Y la cinta es también a su vez un vehículo para el lucimiento de dos actores tremendos que convierten en creíble todo lo que hacenthe-leisure-seeker

Hellen Mirren y Donald Sutherland hacen lo que mejor saben hacer, es decir, actuar, siguiendo las directrices de un cineasta italiano de nombre Paolo Virzi que el año pasado nos regaló una joya premiada en la Seminci  llamada “Locas de alegría”. Ambas son road movies de diferentes ámbitos pero con evidentes similitudes. En la segunda, las protagonistas son dos desheredadas de la sociedad, en la de Donosti, dos desheredados de la vida y todos tratan de empezar una huida hacia delante que les va a llevar a ninguna parte. Los protagonistas de esta cinta americana a pesar del origen europeo de su director, escapan de la rutina en contra de la opinión y el deseo y los consejos de médicos e hijos para llevar a cabo su último viaje al mínimo reducto de libertad que aún les queda y en ese periplo que va desde un estado a otro, ambos reviven vivencias pasadas, unas memorables y otras que hubiera sido preferible mantener en la zona oscura. Estos dos pesos pesados del cine se gustan y entremezclan su evidente química para sostener un producto que en manos de otro responsable menos sensible y con el protagonismo de otro elenco menos fiable, podría haber resultado un fiasco considerable. Pero no llega a caer, por lo menos demasiadas veces, en un tono ñoño ni auto complaciente, a pesar de que más de una vez parece que va a ser inevitable y sabe remontar el vuelo en los momentos justos hasta llegar al único final posible con la misma dignidad con la que se plantea el primer y a la postre único conflicto, que no es otro que el de cualquier larga convivencia sometida a los embates de la vida.

Recomendable sobre todo para nostálgicos.

A la cola otra vez para ver “The house by the sea” (“La casa junto al mar”), presentada en directo por su director Robert Guédiguian que optaba también al premio del público y, como buena película francesa, historia intimista armada en torno a un progenitor que agoniza después de un episodio crítico y de los tres hermanos que se reúnen en torno a el señor que la está espichando para poner en orden los asuntos familiares, asistir a la habitual retahíla de reproches y poner en orden ideas, ajustar cuentas con el pasado y ver qué coño se puede hacer con esa casa familiar cuyos tiempos de gloria ya quedaron muy atrás. Entre los vástagos del señor de la casa, está uno que aspiraba a artista y que gasta sus días con una mujer mucho más joven en evidente crisis de identidad del más mayor de los dos, el que se quedó al mando del negocio familiar y que también tendrá que cuidar del padre por los derechos y obligaciones adquiridos y la única fémina, actriz reconocida que tuvo que marcharse lejos de la sombra del árbol familiar para poder empezar a recoger sus propios frutos. Como personajes satélite, están el matrimonio encargado del mantenimiento de la casa junto al mar, cuyo único hijo en buena posición económica y social aspira a ayudarles sin que pueda vencer su orgullo de raza inalienable y un joven pescador, enamorado platónicamente de la actriz, que atesora en su memoria y en las paredes de su habitación de soltero todas las peripecias que su amada imposible ha ido acumulando durante sus fértiles años de farándula. Con todos estos mimbres, más bien clásicos, el director arma una cinta de estilo muy francés, sin protagonismos decantados en las cuales las historias se entremezclan con naturalidad, mientras las disputas se dirimen de forma civilizada delante de copas de vino y platos de pasta y cuyos conflictos, aún siendo sangrantes, no pasan de estocadas de maestros de esgrima que podrán tocarse, pero nunca atravesarse porque las reglas de la competición así lo dictanthe villa

Todo transcurre de esta manera hasta que un suceso, desde mi punto de vista exagerado y no justificado convenientemente a nivel narrativo, lo decanta todo de manera brusca acelerando lo que podría ocurrir y lo que no debería haber tenido lugar y, en medio de toda esa corte de propuestas, también tenemos el drama de la inmigración presente en forma de militares que patrullan la costa con ahínco buscando los habitantes de una patera estrellada entre las rocas. De ese modo, lo que parecía una tragicomedia clásica con la mierda que siempre sale a flote en cualquier reunión familiar, sin que amenace con atascar la cañería, se abre a demasiados caminos alternativos, tratando de mantener todos al mismo nivel, con el consiguiente desfallecimiento de la historia principal que acaba no por resultar anecdótica, sino que va perdiendo fuelle a medida que los protagonistas se dispersan entre todas las posibilidades que se van abriendo de manera simultánea.

Esto hace que la película pierda el interés que había suscitado en un principio, pero que aún así resulta un notable entretenimiento a cargo de algunas de las caras habituales de este tipo de cine en el país vecino y que no puede faltar, una o varias de sus muestras, entre las diferentes secciones a concurso.

Y para terminar el día, “The big sick”, en español, con el añadido de la gran enfermedad del amor, para contar la historia de dos jóvenes en choque hormonal y socio cultural, que tras una primera cita tras asistir la parte femenina de la pareja a un local dónde la masculina trata de hilvanar noche tras noche uno de esos monólogos autobiográficos que en clave de humor, se han puesto tan de moda en multitud de canales en infinidad de países, para que la gente se descojone, o por lo menos sonría un poco con esas desgracias con las que en el fondo nos sentimos tan identificados. El chaval, junto con otros de su misma especie con diferentes grados de excelencia o ausencia de ella, aspiran a llamar la atención de esos caza talentos que visitan sin cita previa toda clase de tugurios buscando diamantes en bruto a costa de los cuáles sacarse unas perrillas.La_gran_enfermedad_del_amor_The_Big_Sick-350534959-large

Y lo que empieza aparentando un encuentro casual con muy poco recorrido hacia delante, acaba convirtiéndose en una historia de amor al uso con los altibajos que toda relación tiene, pero aderezados con algunas especias colindantes como la familia de origen pakistaní del chaval, que tratan de buscarle una pareja de su mismo rango de raza para seguir con esas tradiciones que los que viven fuera de sus lugares de origen, necesitan mantener para seguir sintiéndose mínimamente bien y apegados a la cultura que les vio nacer. Eso, por supuesto, genera un conflicto familiar, al tiempo que tras una ruptura que parece definitiva, la chica descartada enferma y ahí empieza otra película en la que también entran en escena los padres de ella que al principio, especialmente la madre, siente resquemor hacia el chico porque atribuyen la enfermedad de su hija al desplante del cómico en ciernes.

Michael Showalter, escenifica la historia real de dos jóvenes que unieron sus vidas en un encuentro de tintes casuales y lo hace tirando de los resortes habituales de este tipo de películas que van del drama a la comedia sin solución de continuidad y el resultado es una cinta amable en la que destaca Holly Hunter entre un elenco poco habitual o desconocido para el resto del público de otras latitudes diferentes al lugar de producción de este trabajo. Destaca especialmente por su frescura que garantizan un visionado sin sobresaltos que entre tanto trabajo intenso, muchas veces se agradece.

Fin del día y a velar armas para sobrevivir, literalmente, al último día de festival, ya con las fuerzas mermadas por la intensidad del programa y de la mayoría de las propuestas, pero con ganas de llegar a la meta para recordarlo en futuras comparecencias.

Y despedimos el festival como cada última mañana de cada edición en el Kursaal, con la película fuera de concurso de la Sección Oficial a cuya gala de clausura no asistiremos porque los dineros no nos alcanzan para tamaño dispendio y porque siempre es mejor también aprovechar ese tiempo para echarse al coleto alguna película más con la que ampliar la serie de muescas de nuestro revólver.

“The wife” (“La buena esposa”) de Bjön Runge, co producción entre Suecia y Reino Unido y muy bien protagonizada por Jonathan Pryce y por la siempre inmensa Glen Glose, es una película  de corte clásico que cuenta una historia de usurpación creativa, dando sentido a esa frase entre pretenciosa y estúpida, pero que la mayor parte de las veces esconde una realidad incuestionable, de que detrás de cada gran hombre, hay una gran mujer. Lo que ocurre es que eso de gran puede obviarse, también en la mayoría de los casos en la primera parte de la frase porque grandes mujeres han vivido a la sombra de hombres mediocres que siempre se han llevado los méritos porque ese badajo condiciona hasta puntos inadmisibles y sigue siendo una triste constante que puede verse en cualquier lista electoral o en el gabinete directivo de cualquier empresa potente.

La película cuenta la historia de los días previos a que un escritor de reconocido talento, sea elegido para recibir el premio Nobel de literatura del año en curso y en todo lo que ocurre en ese viaje que les llevará de una punta a otra del planeta para ser agasajados por una de las monarquías más encorsetadas, pero a la vez más estables de la vieja EuropaLa_buena_esposa-469743758-large

En ese viaje  vuelven a quedar claros los males endémicos de una pareja a quién el tiempo ha soldado en falso, pero con cuyas heridas se han acostumbrado a convivir, pero también durante esa estancia, saldrán a la luz otros temas de más enjundia que volverán a poner a prueba la estabilidad familiar de una familia, cuyos tres miembros principales  comparten una lujosa suite en Estocolmo, mientras la otra hija da a luz al primer nieto de la famosa paraje a unos pocos de miles de kilómetros de allí.

La película habla de lealtades mal entendidas, de infidelidades permanentes, de secretos que es mejor que lo sigan siendo y de esa manía tan humana y tan incómoda de que los hijos tengamos que ser  valorados por los padres en la justa medida que nosotros estimemos en base a nuestros méritos, ya sean reales o imaginados.

No hay acciones desmesuradas ni en el fragor de la batalla. Todo es contenido y susurrado porque en ciertas esferas, está mal visto levantar la voz, pero las palabras masculladas, los exabruptos entre dientes y las miradas que derriten el hielo, son otra forma de batallar en silencio para defender esas escasas parcelas de nuestra existencia que aún no han sido arrasadas del todo.

Buen trabajo de director pausado con las cosas claras que quiere contar una historia y sabe muy bien como hacerlo y para ello utiliza todo lo que tiene sin usar ni más ni menos de lo que le hace falta y la demostración, una vez más, de que hay actrices que se convierten en leyendas vivas y que arrastran su palmito  de divas inmortales allá dónde vayan.

El festival, ya desde hace por lo menos tres años, no programa películas a medio día la última jornada, tal vez para dar un descanso a los espectadores. Un descanso que yo no necesito y que me hace afrontar cinco horas sin entrar en una sala de cine, pero que a su vez me permite volver a disfrutar de una ciudad inigualable a la que casi no presto atención mientras haya salas de cine a las que entrar a devorar una pasión que a buen seguro acabará matándome, eso sí, de puro placer.

“Handia” de Aitor Arregi y Jon Garaño, responsables de la magnífica “Loreak” en el 2014, vuelven al ruedo cinematográfico con una historia basada en otra real de la que apenas se tiene documentación y ambientada en el corazón del País Vasco en los tiempos previos y posteriores a la primera Guerra Carlista.Dos hermanos que ayudan al padre en uno de esos típicos caseríos tan anclados a sus cimientos como la gente que los habita, ven alterada su vida cuando las autoridades pertinentes, exigen que ambos hijos de edad de luchar por la causa, se alisten en el ejército local para combatir al enemigo, pero el padre les convence para enviar a uno sólo con la excusa de que alguien tiene que quedarse para ayudarle con las tareas. El padre realiza su elección y a la vuelta de unos años, cuando el que fue a la guerra regresa cuando ya le habían dado por muerto, con un brazo inutilizado por una bala perdida e incapacitado para labores manuales,  se encuentra con que su hermano es un gigante que sobrepasa con holgura los dos metros y que está aquejado de una enfermedad que cuando se manifiesta en edades tempranas se denomina gigantismo y en edades adultas acromegalia. En Alzo supone un verdadero acontecimiento ese ser enorme y ven en la posibilidad de explotar semejante fenómeno por diferentes pueblos, una manera de tratar de escapar de la pobreza y mantener el caserío familiar. handia

Toda la película gira en torno a la relación entre esos hermanos que han de adaptarse a una nueva forma de vida itinerante mientras uno de ellos se convierte en empresario y gestor de los bienes familiares y el otro ha de acostumbrarse a ser una criatura de barraca de feria, mientras la sociedad va cambiando tras las configuraciones de una serie de conflictos y acontecimientos.

Con una fotografía fabulosa, este pedazo de historia local vasca, relata con pausa y de manera brillante la vida en los caseríos de principios del siglo XIX, con crudo realismo los enfrentamientos entre Carlistas y Liberales y con ternura impregnada de grandes dosis de poesía, la relación entre dos hermanos a los que separaban unas vivencias traumáticas, un crecimiento desaforado y la obligación de convertirse en pareja de hecho, mientras también se ven en la obligación de traspasar fronteras y conocer realidades paralelas en otros lugares del mundo de los cuáles ni siquiera habían tenido noticias hasta entonces.

Toda la película es un viaje iniciático de inciertas consecuencias, elaborado y facturado con inmensas dosis de cariño y profesionalidad. Una criatura cinematográfica que va creciendo al ritmo de uno de sus protagonistas, sin prisa pero sin pausa, para acabar siendo un bella pieza de orfebrería, una oda al amor fraternal y a la asunción de tristezas y expectativas, rematada de la mejor de las maneras posibles y premiada, con toda justicia como la mejor película de cine vasco del año. Poco me parece.

Después de semejante muestra de cine local, ya sólo nos faltaban otras tres películas para completar otra edición incompleta por nuestra parte, pero con la intensidad que nos caracteriza y que, durante algunas partes dispersas del día, amenaza con acabar con nosotros.

Regreso de nuevo al Victoria Eugenia, apenas treinta minutos después de empaparnos de la magia de “Handia”, para sumergirnos en una historia marginal al más puro estilo norteamericano, pero facturada por el español Antonio Méndez Esparza que competía al igual que la anterior mencionada en la Sección Oficial con “Life and nothing more” (“La vida y nada más”), Coproducción entre Estados Unidos y España, con actores afro americanos para contar fragmentos de una familia tipo de barrio marginal extrapolable a cualquier gran urbe en la cual los más desfavorecidos, han de luchar contra muchos más obstáculos que otros que han sido bendecidos desde la cuna con el privilegio de la estabilidad familiar y monetaria que posibilita que algunas vidas sean infinitamente más fáciles y agradables de ser vividas que otras. En esos ámbitos, criar a la progenie es una cuestión de fe, conseguir medicinas un logro inalcanzable y la bebida es un refugio calentito y asequible del que se regresa con dolor de cabeza y olvidos parciales. Allí tropezar varias veces contra la misma piedra y estamparse contra el suelo es todo uno. Allí se fracasa una y otra vez y no se fracasa mejor y los hijos y los padres son desconocidos que habitan bajo el mismo techo y cuando no lo hacen es porque uno de ellos está en la cárcel, en un reformatorio o ha sido tiroteado a la vuelta de la esquina.

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Es un relato descorazonador de una familia como tantas otras que trata de invertir la tendencia de la diosa fortuna con escaso éxito y, aunque se llega a las manos y los gritos son moneda de cambio habitual, hay tanto amor como en la más feliz de las familias, pero una dificultad congénita para poder demostrarlo porque cuando todo pica tanto que te quieres arrancar la piel, rascarse es la única de las opciones y hay que dejar los abrazos para mejor ocasión.

Ahí se llora poco porque hay que conservar líquidos y cualquier camino es un atajo a la perdición. Los errores se pagan a precios mucho más altos y los intereses rara vez se pueden asumir y cuando llueven piedras, hay que agachar la cabeza y esperar a que escampe o que sean algo más pequeñas.

Magnífico ejercicio de cine crudo y visceral, narrado sobre todo desde el punto de vista de un chaval en pleno proceso formativo que no sabe quién es ni a dónde va y que sabe que su única posibilidad es poder coger un tren cuyo pasaje no se va a poder costear, pero que aún así acude a la estación por si existiera la posibilidad de cogerlo en marcha, a pesar de que luego el revisor le envíe abajo otra vez con una patada en el culo, porque como reza el título de la película, esto es la vida y nada más. Cine social y necesario. Cine racial que nos convierte en espías de otras realidades tan ajenas a la nuestra y que nunca comprenderemos del todo porque para saber lo que es el infierno, hay que haber pasado, por lo menos, una noche allí.

Entramos por última vez en esta edición en un teatro que ya es como nuestra segunda casa y en la que resultamos  presencias recurrentes, para ver “Le lion est mort ce soir” (“El león ha muerto esta noche”) de Nobuhiro Suwak, director japonés de esta cinta coproducida entre Japón y Francia y que resulta tan poética como extraña, tan sugerente, como inclasificable y en la que un actor ya pasadito de años y de vueltas, recorre pasajes de un pasado feliz mientras espera, durante el rodaje de una película, a que su partenaire femenina aparezca para rodar las escenas pertinentes. Acabará en una casa en la cual compartió momentos impagables junto a su gran amor con el cual revisitará el pasado de la mano de su fantasma, mientras traba amistad con un grupo de niños aspirantes a cineastas que le ficharán como actor estrella de su ópera prima, asesorados por el padre de uno de ellos.el león

La película está plagada de escenas surrealistas, muchas de ellas con apariencia de improvisación, en lo que no es más que un relevo generacional entre los veteranos y la nueva hornada. Unos viviendo de los rescoldos de la añoranza cuando ya no queda nada que les caliente y los otros en un perip`lo iniciático en el cual agradecerán la guía de alguien con más experiencia.

Película llena de ensoñaciones, de paisajes oníricos, de permanente confusión entre lo imaginado y lo real, como si estuviéramos dentro de la mente de ese actor consumido que tal vez sólo esté soñando mientras aguarda, quién sabe en qué universo paralelo, a que el director de la orden para volver a meterse en la piel de quien corresponda o que tal vez, ya pertenezca a las huestes de los ausentes, mientras otros le sueñan otorgándole vida.

Salimos del Victoria Eugenia con la esperanza de que el año que viene nos vuelva a acoger y de camino a comer los últimos pintxos antes de la traca final que supone ver, ya a caballo entre el mes de Septiembre y el de octubre, la película ganadora del premio del público en el cubo pequeño, mientras en el grande, a apenas unos metros, la gala de clausura ya está tocando a su fin y los operarios empezarán a desmontar el tinglado arrancando la alfombra roja y los números y el mosaico que configuraron el cartel de la sesenta y cinco edición de este festival que no debería de morir nunca.

La ganadora del galardón que otorga el público fue “Three billboards outside Ebbing, Missouri) o sea, “Tres anuncios en las afueras de Ebbing, Missouri” de Martin McDonagh, que se llevara también el premio al mejor guión en la pasada edición del festival de Venecia y que con su ópera prima, “Escondidos en Brujas” (2008), ya dejó patente que era un tipo muy inteligente al que había que seguir el rastro y absolutamente nada que objetar a esta película cojonuda con mayúsculas que en base a un guión muy bien armado, estructura una historia de venganza, odios, rencillas, envidias, valiéndose de un reparto de lujo y ambientado en esa América profunda en la que todo es posible porque el sueño americano es mucho más que eso y por eso cualquiera puede llegar a ser presidente, morir acribillado en la puerta de cualquier establecimiento o comprar tantas hamburguesas como su estómago pueda soportar mientras muere poco después a las puertas de cualquier hospital de un torzón por carecer de servicio médico.tres anuncios

El argumento gira en torno a una madre dolida y desesperada por la muerte de manera espantosa de su hija mientras las autoridades locales se tocan el higo incapaces de encontrar al culpable. La decisión que tomará esa madre para volver a despertar conciencias, desencadenará en la población de la que es oriunda toda clase de reacciones viscerales que dividirán el pueblo entre detractores y justo lo contrario, hasta acabar derivando en una batalla campal de consecuencias imprevisibles.

Grandioso ejercicio de cine negro de un director que está llamado, si no lo es ya, a ser un referente, con un estilo visual muy particular, aunque en cierto modo deudor de los hermanos Cohen, por lo menos en esta cinta tan americana como sus protagonistas y en la cual sus personajes, todos ellos imprescindibles, evolucionan de un lado a otro del espectro gracias a un funambulismo narrativo que convierte en sublime un guión que en otras manos se habría quedado en agua de borrajas.

Final inmejorable y a llorar a lágrima viva antes de acostarme con la misma sensación de vacío que tengo siempre que se acaba una nueva edición, y con esta, ya van once.

Al día siguiente recogida de petate, el baño de rigor en la Concha bajo un diluvio inmisericorde y el último pintxo antes de regresar a Madrid.

Mi madre y yo nos besamos en el mismo ritual que tenemos al llegar y al marchar y nos miramos con la promesa en los ojos y la intención en nuestras mentes, de convertir la edición número 65 de momento en la penúltima, a la vuelta de doce largos meses.

 

 

cartel donosti

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