“Detroit” de Kathryn Bigelow o Ciconia nigra (Cigüeña negra)

La cigüeña negra es un ave esbelta y de gran tamaño, pero algo más pequeña que la blanca, mucho más común esta última y mucho más extendida y, en contra de lo que le ocurre a la que vemos cada año por San Blas, según reza el refrán, la negra es mucho más huidiza y esquiva y evita en la medida de lo posible el contacto con los humanos, en un acto no sé si reflejo, pero desde luego necesario, si es que quiere sobrevivir como especie. Nidifica en alcornocales, sierras y bosques, e incluso en zonas deforestadas, siempre y cuando estén cerca de zonas de abastecimiento de agua y en España forma grupos invernantes que gustan de asentarse en las marismas del Guadalquivir y en los embalses extremeños a los que regresa cada año después de su obligada migración.ciguena-negra1

Es un ave zancuda de tonos oscuros predominantes que tiene las patas entre anaranjadas y rojizas y el pico del mismo color, aunque el contraste con el plumaje no es tan intenso como el de su prima blanca.

Linneo en 1758, la calificó en principio como ardea nigra que significaba garza negra, pero otro señor de esos que dedicaban sus vidas a catalogar especies animales, la introdujo definitivamente en el género ciconia que es al que pertenece por aspecto y razones obvias.

Es un ave rara, silvestre y solitaria, cuyo canto es difícil de escuchar, no como le ocurre a la cigüeña común, que es mucho menos discreta a la hora de facilitar su posición y discreta debía de ser y aún debe de serlo, la población negra que habitaba  y habita en esos Estados Unidos de América que marca tanto la diferencia, aunque en unos estados mucho más que en otros, entre los que tienen la piel clara y los que la lucen más oscura, porque blanco y negro son dos adjetivos muy utilizados que no hacen ninguna justicia al respectivo color de cada uno de estos colectivos, ni se ajusta a la verdad ni por asomo.

Y si ser negro, una vez abolida la esclavitud con el final de la Guerra de Secesión era una profesión de riesgo, se supone que lo era mucho menos en los estados del norte y por eso los que vivieron para contarlo, se mudaron con lo puesto a esos lugares donde se suponía que iban a ser bien recibidos, sino con con salvas, por lo menos con la indiferencia suficiente para que pudieran labrarse un nuevo camino.Detroit cartel

Pero ocurrió que esas ingentes cantidades de negros que llegaron a esos lugares tan blancos, sobre todo a lugares dónde se demandaba mano de obra, acojonaron a los allí residentes con mezcolanza de sangres y la posibilidad de que les acabaran quitando el trabajo y ese norte que luchó contra el sur por los negros, trató de apartarlos, de discriminarlos y de convertirlos en ciudadanos de segunda categoría que tenían sus propios baños, que viajaban en la parte de atrás de los autobuses y que no se mezclaban, porque todo el mundo sabe que si se toca a un apestado, esa peste que portan, será transferida con saña biológica por los organismos superiores pertenecientes a las huestes de los que tienen más privilegios y derechos reconocidos desde la misma cuna.

Y Detroit era uno de esos lugares que representaban como ninguno el sueño americano, sobre todo a principios de siglo cuando Henry Ford en 1913 decidió asentar su fábrica de automóviles allí y montar la primera gran cadena de montaje, integrada por más de noventa mil trabajadores, lo cual convirtió a la ciudad en un referente y en una de las cuatro principales ciudades del gigante americano.

Y además de eso, en Detroit nació el sonido Motown que procedía de una discográfica que se dedicaba a grabar música de negros para negros, aunque los blancos se rompían el esqueleto tratando de seguir los ritmos irrefrenables de una raza que lleva el ritmo dentro del cuerpo pugnando por salir.

La llegada de las multinacionales asiáticas, reventó la ciudad del motor que llegó a tener dos millones de habitantes en la década de los cincuenta, cuando en la actualidad apenas llega a la mitad. Eso y mucho antes los disturbios raciales que tuvieron su epicentro en 1967 en una ciudad que unos años antes fue nombrada por la prensa como una de las poblaciones que mejores relaciones inter raciales mostraba en todo el país y que a partir de cierta fatídica fecha, convirtió Detroit en un campo de batalla en el cual los negros, refugiados en sus guetos discriminatorios, lucharon a brazo partido contra policía, la guardia nacional y contra quién se les pusiera delante, convirtiendo la cuarta ciudad más grande de EE.UU en aquella época, en el escenario de uno de los episodios más violentos de su historia reciente.

Más del noventa por ciento de la policía estaba formada por agentes de raza blanca y a pesar de que los negros habían luchado codo con codo con los de piel más pálida en ese lugar tan lejano llamado Wietnam en el cual no se le había perdido nada al imperialismo yanquie, a su llegada, no les esperaba ni honor ni medallas, sino un retiro teñido de odio y hambruna, por pertenecer al bando equivocado, aunque ya estuvieran en casa.

Casualmente, la mecha que incendió todo, fue una redada aleatoria que se produjo en una casa en la que se estaba celebrando el regreso de dos de esos soldados que habían tenido la inmensa suerte de volver por lo menos físicamente de una pieza y ese asunto nimio en apariencia pero preñado de una inmensa mala leche por aquellos que no querían convertir su ciudad en un inmenso gueto en el cual los blancos fueran minoría, fue la gota que colmó el vaso y que desencadenó unos disturbios sin precedentes que desfiguraron una ciudad que ya desde entonces, no volvió a ser la misma y que en la actualidad muestra las cicatrices de un pasado glorioso de una ciudad que lo tuvo todo para ser grande, pero que no logró sobrevivir a sus propias contradicciones y en la cual el abandono, el paro y la violencia, son moneda de cambio habitual y en la cual los chungos campan a sus anchas ya que siete de cada diez homicidios, se quedan sin resolver o por lo menos sin castigo.

Y estos negros, como las cigüeñas del mismo color, se volvieron esquivos y formaron sus propias poblaciones anexas por obligación y trataron de alejarse de los otros humanos que recelaban de ellos y que no querían verlos cerca, pero que se beneficiaban de su trabajo y de sus prestaciones sociales en un acto de hipocresía cívica que aún hoy se sigue ejercitando a lo largo de toda su geografía, por mucho que algunos se dejen la garganta proclamando a los cuatro vientos que las cosas han cambiado. Si eres blanco y te echas la mano a la cartera que está en el bolsillo trasero de tu pantalón, los agentes encargados de velar por la seguridad del resto de ciudadanos, se pondrán en guardia, pero si eres de piel más oscura, te descerrajarán un tiro entre los ojos y luego alguien te exonerará de tus cargas porque siempre ha habido clases.

Y Kathryn Bigelow, que aquí fuera conocida por ser pareja de James Cameron, ya lucía en su libreto títulos anteriores a su emparejamiento y una clara tendencia a salirse de los caminos trazados y a meterse en vericuetos que no eran bien recibidos por cierta parte de la crítica que ya se sabe que se encabrona cuando las ovejas se salen del redil. “Le llaman Bodhi” de 1991, fue el primer título que nos llegó o que por lo menos cuajó en la audiencia y fue la primera mujer en llevarse un Oscar como directora en 2009 por “En tierra hostil”, aunque en el 2002 dirigiera a algunos pesos pesados de la industria americana en “K- 19, the widowmaker” que venía a decir literalmente y a las claras, que los que se embarcaban en ese submarino, dejaban a sus parejas a verlas venir en todos los sentidos.

Títulos todos ellos interesantes, pero para mí alcanzó el grado de maestra con esa recreación tan americana de la caza y captura del enemigo público número uno desde que las Torres Gemelas se vinieron abajo y que ella retrató con oficio, autenticidad, cierto sesgo patriótico matizado como mejor pudieron porque uno no puede escapar a su condición y cuyo peso actoral llevaba una Jessica Chastain que en “La noche más oscura” (2012), ya demostró que podía dar réplica y dejar a la altura del betún a muchos compañeros de profesión con más testosterona corriendo por sus venas.

Y en esta película dura, tensa, a ratos muy incómoda de ver y con una primera media hora prácticamente documental y presentada con una animación de corte básico para ponernos en antecedentes, se vuelve a poner el traje de faena para rodar a ritmo de reportero gráfico, cámara al hombro y con planos erráticos y vertiginosos, uno de los episodios más oscuros de la historia reciente americana, guionizada a base de los recuerdos y testimonios de los que lo sufrieron como víctimas, porque los informes policiales nunca se llegaron a redactar y si se hicieron, quedaron sepultados bajo toneladas de burocracia blanquísima que no necesitaba de agentes exteriores para poner en orden sus asuntos.

Lo que ocurrió en aquel motel a pesar de que los malos no necesitan excusas para actuar, porque a un gilipollas le diera por disparar un arma de mentira  y que  encontró en el castigo su penitencia y también los que estaban con él, está filmado con maestría, con sentido del ritmo y de la escena, creando una atmósfera opresiva y mostrando a las claras que aunque se sea negro y la noche les ofrezca algo de protección o por lo menos de camuflaje, siempre fueron blancos fáciles para aquellos que podían actuar protegidos por el traje de la impunidad.

No sólo se vulneraron derechos civiles bajo coacción, tortura o amenazas, sino que se ejercitaron toda clase de maniobras que tal vez tengan lugar en oscuros calabozos de muchas partes del planeta, desde Guantánamo hasta Estambul, pasando por Melilla o la Costa Azul porque hay en todas partes cámaras que pueden dejar de grabar cuando no interesa el material a mostrar. Detroit como película es un documento que muestra una herida que se abrió y que ni se ha cerrado en falso ni deja de sangrar.

En todo conflicto armado, inducido o creado por ósmosis  e incluso en desastres naturales, se pone en marcha el pillaje y el oportunismo y la mala gente y los caraduras en versión light o los hijos de puta usando las palabras adecuadas con mis respetos por las abnegadas meretrices de este mundo, ponen en marcha su modus operandi para sacar provecho de las situaciones. Pero al igual que hay gente de este tipo, existen sus antónimos que tratan de no crear más caos en el desorden natural o forzado de las cosas.

Es  cine del bueno, directo y crudo una vez se mete en harina tras las pertinentes presentaciones y en el cual todo funciona, desde las chicas blancas que se ganan la vida follándose a negros o por lo menos relacionándose con ellos, hasta ese grupo de músicos que trataban de abrirse camino en la vorágine imperante, pasando por esos policías escasos de cerebro y de principios, pero pertrechados por armas que les otorgaban un poder al que era muy difícil renunciar y acabando con ese negro uniformado que se ganaba la vida con dos trabajos y que es testigo de excepción de unos hechos que le convierten en testigo involuntario, sospechoso de libro si hace falta un cabeza de turco y que sólo trata de apaciguar a ambas partes para que el número de bajas sea inferior al previsto o ese militar que sabe escapar a tiempo de las cosas a las que le obliga su uniforme.

Gran retrato de una América que siempre estará dividida por lo menos en dos partes en una dicotomía irresoluble que sigue sumando víctimas, adeptos, detractores y simpatizantes sin que pueda vislumbrarse una solución definitiva.

Y la ciudad de Detroit no es la única que muestra las cicatrices de un pasado mejor. Todos tuvimos ocasión de ser grandes en algún momento dado o por lo menos de construir un buen edificio acorde con nuestras perspectivas y aspiraciones vitales, pero si se consigue levantar el edificio, hay que tener recursos después para mantenerlo.

Hasta que llega un ciclón y lo manda todo a tomar por culo.

 

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