“Contratiempo” de Oriol Paulo o Cercis siliquastrum (Árbol de Judas)

Sólo en Madrid hay el doble de abogados que en toda Francia. No sé si será porque en España delinquimos más o es que se nos pilla con más facilidad  y debemos de recurrir con más frecuencia a esa figura jurídica que vestirá nuestros actos de cotidianidad y tratará en el peor de los casos de convertir las circunstancias en posibles atenuantes para que la posible condena sea algo menos larga.

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Según internet, que no es ni mucho menos un lugar del todo fiable pero en el cual todos tratamos de pescar aquello que ignoramos o acerca de lo cual tenemos dudas, hay unos ciento veinte mil letrados colegiados que podrán defendernos, previo pago de sus emolumentos, cuando la vida nos lleve por caminos raros como bien dice Quique González en una de sus canciones.

Y debe de ser una profesión rentable, habida cuenta de que aquí en los últimos años, por no decir décadas,  han campado a sus anchas  un montón de sinvergüenzas (por no mentar a las madres de manera indigna que ellas ya llevan suficiente culpa por haber lanzado al mundo a semejantes criaturas). Y a río revuelto (¡cómo me gusta nuestro refranero!), ganancia de pescadores o, lo que es lo mismo, pasta que se llevan esos sujetos que te representan por una suculenta parte del pastel. Ellos, que alguien me corrija si me equivoco, cobran independientemente del resultado, sólo que si ganan, cobran más. Bien mirado, ser abogado no debe de ser muy diferente de ser futbolista que se llevan primas adicionales cuando hacen lo que se supone que deben de hacer siempre, que es ganar. Pero claro, en un partido sólo puede ganar uno y en el caso del derecho aplicado a un juicio, pues uno sólo se erige en victorioso mientras que el otro purga su pena y carga además con las tasas judiciales. Es decir, en cierto modo, también es un partido que se juega entre el fiscal y el abogado defensor mientras el acusado y el acusador se miran de hito en hito y esperan el veredicto,  ya sea de manos de un jurado popular o de quién corresponda y entre tanto, cada cual tira a matar con lo que dispone a ver si suena la flauta.

Con las tropelías que se han cometido en este país desde los bancos y cajas varias que han desencadenado la ruina de aquellos pobres diablos que pusieron su pasta en manos de ciertos chacales, amén de otras entidades de actividades similares, los bufetes de abogados se están poniendo las botas porque han descubierto resquicios legales para devolver parte del dinero a los damnificados. Digo parte porque el resto se lo llevan ellos por defenderles. Están tan seguros de que van a ganar, que no cobran sino lo hacen y el que pierde los dos millones de pesetillas que tenía (que cada cual haga el cambio, que a mí no me apetece), con recuperar una tercera parte, por poner un ejemplo, se da con un canto en los dientes.

Pablo Trapero en “Carancho” (2010) ya nos hacía ver sin tapujos que hay hordas de abogados que indagan en ciertos asuntos oscuros para obtener pingües beneficios. En esta película descubría una mafia que seguramente sea extrapolable a cualquier lugar del mundo por mucho que se las den de ser civilizados, en la cual se trata de contactar con las víctimas de accidentes de coche con la excusa de recibir suculentas indemnizaciones. Carancho es el nombre de un ave carroñera del sur de América que, como tal, se aprovecha para alimentarse de aquellos que han tenido peor suerte que él. Está más emparentada con los halcones que con los buitres, pero es a esta última acepción a la que se refiere de manera más que gráfica este potente y radical director argentino que ha sido capaz de modificar leyes en su país natal, a fuerza de mostrar la realidad de su nación de la manera más  cruda posible.

A lo que íbamos. Un abogado criminalista te defenderá si tienes la pasta suficiente para pagarle y le importará tres cojones o lo que proceda según sexos, si eres el culpable o no. Todo el mundo tiene derecho a que le defiendan y si no tiene dinero, se le asignará uno de oficio que viene a decir más o menos que también y especialmente en esto, hay jerarquías y clases  e incluso un equipo de tercera puede ganar a uno de primera si se dan las circunstancias adecuadas, de pascuas a ramos, de higos a brevas o una entre un millón. Hay que tener un cuajo importante y unos tragaderas imponentes y un nivel de conciencia radicalmente opuesto al de otros mortales, para defender a un violador y ponerle en libertad, máxime si tú eres también padre y puede ser tu hija su próxima víctima. ¿Cómo se puede vivir sabiendo que está en la calle alguien que sabes que es un asesino pero al cual tú has contribuido a poner el libertad porque eres bueno en un trabajo y sabías cómo hacerlo? Por supuesto que no quiero establecer paralelismos, pero aquel que atropella a alguien y se da a la fuga y nunca más vuelve a pensar en ello, me da el mismo reparo, aunque uno está haciendo su trabajo para el cual se ha preparado y el otro es un hijo de puta inmisericorde con una piedra por corazón.

Vaya por delante que pienso y estoy convencido que tiene que haber abogados como debe de haber sepultureros, pero no creo que yo, de volver a nacer, eligiera tampoco esa vez estudiar algo que me otorgara la posibilidad de tener en mis manos semejante responsabilidad. Soy un presunto hipócrita y un cobarde. Que lo haga el que esté mentalmente preparado y me juzgue con lo que disponga para quitar de esos epítetos ese prefacio que la mayor parte de las veces huele a chamusquina.

Y esta película no va de juicios pero sí de asesinos y de abogados. Oriol Paulo debutó en el largo con gran éxito llevándose el Goya a mejor director novel por “El cuerpo” (2012) y también fue guionista de “Los ojos de Julia” en el 2010, lo cual quiere decir que le gusta el género y que se mueve muy bien en ambientes turbios de relaciones extrañas y que le gusta dotar a sus personajes de una complejidad que la mayoría de guionistas se pasan por el forro. Y eso es muy de agradecer, porque no somos pocos los que queremos que nos pongan la azotea a trabajar y que nos compliquen la vida mostrándonos rompecabezas para comprobar si somos más listos que el hambre y descubrimos quién es el malo antes de los títulos de crédito.

Y hay un niño bien que es Mario Casas que a mí sigue sin gustarme aunque me encantó contra todo pronóstico en “Grupo 7” de  Alberto Rodriguez (2012) y me divirtió mucho en la primera parte de “Las brujas de Zugarramurdi” (2013) y sobre todo en “Mi gran noche” de 2015, las dos de Alex de la Iglesia. Está también esa actriz potente y natural que es Bárbara Lennie y ese actor todo terreno que debe estar hasta los mismísimos de que le den papeles extremos, pero José Coronado ya está de vuelta en esto del cine y se mete en sus papeles sin pestañear y sin que parezca costarle el más mínimo esfuerzo. Anna Wagener está bien como siempre y todos los demás secundarios están a la altura porque aquí, hay una buena escuela de actuación, aunque la mejor manera de mejorar es no parar nunca de trabajar y no creerse jamás lo suficientemente bueno.

Se trata de jugar al cluedo y de averiguar que es lo que realmente ha pasado y en ello estamos desde el minuto uno. Y también podemos comprobar que los abogados son los amos del cotarro porque ellos son los que mueven los hilos de las instancias mayores y si tienes mucha pasta tendrás muchos y muy buenos y si eres un gañán pues que te den mucho por el culo que algo habrás hecho para estar en la mierda y no poder salir. Aquí también, como en “La caja 507” (2002) de Enrique Urbizu, hay un padre que quiere vengar a su retoño y que hará lo que tenga que hacer para hacerlo, pero en este caso no es porque haya sido un daño colateral sino porque ha surgido un contratiempo, que equivale a no estar en el lugar adecuado en un determinado momento. Las fichas del universo se ponen en marcha y nosotros vamos de aquí para allá con riesgo de colisionar contra cualquier cosa y que dios o quien sea menester nos pille confesados.

Y la película entretiene y juega a confundirnos y lo consigue en base a un juego complejo de elecubraciones según abogada y cliente van destapando sus cartas. Porque un abogado te defenderá por la cuenta que le tiene y te hará parecer Heidi ante un jurado aunque seas una mezcla de Capone, Rasputín y Atila, pero la condición es que se lo cuentes absolutamente todo porque debido a su código deontológico y a  sus propios intereses, salvo que el enemigo pague más, tu historia y tus posibles fechorías están a salvo en su persona debidamente colegiada. Porque no hay cosa que más le joda a un abogado, y a un jardinero y a un minero, para que se vea que la cosa no va por oficios por lo menos a este respecto, es que nos dejen con el culo al aire y sin capacidad de maniobra para poder enderezar la puta nave cuando el mar amenaza con hundirnos.

El espectador va asistiendo a la misma historia contada de diferente manera con intercambio de protagonistas y de roles y el director y guionista quiere hacerlo tan complejo, subir tanto el nivel, que se acaba ahogando en sus propias aspiraciones. La película no se sostiene en cuanto se descubre totalmente el pastel aunque quién más y quién menos ya ha ido sacando sus propias conclusiones a pesar de que nos hayan sembrado el camino de minas y de trampas narrativas. Queda muy claro que la supervivencia es un instinto muy poderoso, que la mayoría de los mortales aunque no nos demos cuenta, lucimos cornamentas de gran proporción como las de esos ciervos que causan desaguisados involuntarios, que no hay nada peor que perder lo que es tuyo desde las entrañas y que el pez grande siempre se comerá al chico entre otras cosas porque al pez chico el pez grande no le cabe en la boca por mucho que la abra y que eso tan manido y recurrente como las pruebas, pueden ser manipuladas dependiendo del interés y del dinero que se ponga en ello. Pero de ahí a atribuir poderes fácticos, psicológicos y de intendencia a alguien que nunca se ha asomado a esos abismos ni en sueños, por muy desesperado y motivado que esté, no deja de ser una trampa flagrante contra el espectador y los intereses de tu propio producto audiovisual. A veces, una vuelta más del cordón no asegura su sujeción sino que es garantía de amoratamiento y posterior gangrena.

El cercis es comúnmente llamado árbol del amor por la forma de corazón de sus hojas y  es muy utilizado por la belleza de su floración precoz a la salida del invierno, como precoz es la incursión en el capitalismo del joven empresario en apuros encarnado por Mario Casas que levanta una gran empresa partiendo de la nada.

cercisPero entre los muchos nombres vulgares que definen a la planta, está el del árbol de Judas. La razón es porque tiene cuando crece una tendencia considerable a retorcer su tronco y a alguien se le ocurrió que fue de ese tipo de árbol del que se colgó Judas después de cometer su traición. Y Judas y falsos hasta decir basta, deseosos de metértela doblada y de venderte por mucho menos que treinta monedas de plata, son todos aquellos que amparados en su soberbia y en su auto impuesta superioridad de todo tipo menos moral porque eso no da de comer ni enriquece, pretenden medrar, hundir, condicionar, manipular y trepar en la escala social y monetaria al precio que sea y caiga quién caiga por mucho que las intenciones, antes del contratiempo, no fueran por allí.

Otro director argentino, en este caso Damián Szifron nos mostró en la quinta historia de sus “Relatos salvajes” (2014),  llamada “La propuesta”, que los contratiempos forman parte de nuestra vida, pero que unos tienen muchos más recursos y argucias para afrontarlos y qué puta casualidad, que todo dependa siempre de tu nivel adquisitivo y de la cantidad de gente que puedas llegar a conocer que se mueva en esos círculos merecedores del infierno de Dante Alighieri, con capacidad para interceder y mover ruecas y voluntades según los intereses en cuestión.

Si por algo destaca la película, es por un muy buen montaje de Jaume Marti que ya ha sido nominado por su trabajo en algunos lugares y que mantiene la tensión y el engaño por más tiempo de lo que se hubiera logrado con el mismo guión y alguien menos hábil a la hora de intercalar las escenas.

Al final el asesino no es el mayordomo aunque hubiera habido pasta de sobra para incriminarle por mucho que el hombre no hubiese roto un plato en su puta vida.

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