“Casi 40” de David Trueba o Motacilla alba (Lavandera blanca)

La lavandera blanca, también conocida como aguzanieves, es un ave pequeña y estilizada que debe su nombre a su hábito de frecuentar las orillas de los aguazales, supongo que en vaga referencia a esas señoras que en tiempos de Maricastaña, lavaban la ropa junto a los cursos de agua porque a los electrodomésticos que facilitan esa cuestión, aún les faltaban muchos siglos para ser inventados, junto todo sea dicho, con la corriente eléctrica. Es un ave de plumaje distintivo que luce cola larga y negra con pico y patas del mismo color y plumas externas de color blanco con una mancha contrastada en la cara y la garganta, lo cual le otorga un patrón de plumaje muy fácil de reconocer, aunque fuera de la época de cría,  luce configuraciones de plumaje mucho más complejas, lo cual dificulta su identificación.

Está muy extendida y es un ave familiar en cuanto a que podemos verla en múltiples hábitats, desde cobertizos a acantilados, pasando por canteras y zonas herbáceas y playas en invierno, pero siempre asociadas o por lo menos no muy lejos, de lugares dónde el agua sea abundante en cualquiera de sus formas naturales o incluso artificiales.motacilla-alba

Es muy gregaria en invierno cuando suele formar abundantes bandadas y come  insectos, moluscos o semillas generalmente en el suelo, dónde se muestra muy activa con su forma peculiar de desplazarse, caminando, corriendo o saltando o bien echando a volar  con su vuelo rápido y directo de aleteos largos y ondulantes.

Su canto es una mezcla de reclamos similares y gorjeos y lo emite con frecuencia antes de echar a volar como anunciando su presencia y su nido es una taza herbácea que puede ser acoplada en cualquier cavidad, ya que no es muy exigente a la hora de buscar acomodo.

En muchos lugares está asociada con la llegada del frío y es en esa época del año cuando resulta más sencillo verla porque nos llegan poblaciones grandes procedentes de otros lugares más septentrionales.

Y pocas cosas producen más frío que la caída inmisericorde de las hojas de nuestro almanaque personal toda vez que pasamos ese período de incierta frontera en el cual, una vez cumplidos una parte ridícula de nuestros sueños, nos enfrentamos al abismo de los cuarenta, que después se antojan deseables cuando las décadas nos siguen cayendo como paladas de tierra sobre un ataúd.

Envejecer no tiene porque ser una mierda, pero siempre acaba siéndolo porque no estamos preparados ni para aceptar la muerte ni la decrepitud, partiendo de la base que mucho peor es ser eternamente joven congelado en un marco e incinerado en un tanatorio y de que a mi medio centenar de años, los casi cuarenta, se me antojan ahora una época que volvería a visitar.

Lejos de aspiraciones literarias que congelan la belleza  como hiciera Oscar Wilde con su Dorian Gray o la búsqueda incesante de la fuente de la eterna juventud, madurar consiste en aceptar lo que se es y lo que se tiene y saber adaptarse a los cambios como deben hacerlo los buenos conductores a las condiciones de la carretera, pero transitar por ellas trae aparejado una serie de consecuencias que cada cual afronta como mejor puede.casi_40-400850126-large

David Trueba, debutó como director en 1996 con “La buena vida” que no es sino la antesala de esta secuela que veintidós años después ha vuelto a unir, como si fuera un Richard Linklater patrio, a los mismos personajes para situarlos en una de esas fronteras que los cambios de dígito provocan en la mayoría de los seres humanos.

Esa buena película, fresca, iniciática, poco complaciente, premiada con nominaciones varias en nuestra fiesta del cine, fue el debut como realizador de un señor perteneciente a una estirpe de afamados cineastas que convierten la multitarea en una forma de vida, ya que utilizan todos múltiples formas de expresión artística para domar y apaciguar los fantasmas interiores que pululan por cada rincón del alma de eses seres llamados artistas condenados a vagar por este mundo con la obligación perentoria de sobrevivir emocionalmente sin caer en un pozo sin fondo.

La mayoría de la gente prefiere no hacerse preguntas por si acaso no le gustan las respuestas o copia sistemáticamente en la reválida de la vida modificando las soluciones a su antojo o reformulando las cuestiones o recurriendo a eso tan socorrido como es el auto engaño porque enfrentarnos a nuestra mirada en el espejo y estar dispuestos a ser sinceros, es uno de los ejercicios más  complejos y extenuantes al que puede enfrentarse un ser humano.

Y estos dos personajes que de nuevo son interpretados por Fernando Ramallo y Lucía Jiménez, vuelven a verse las caras después de ese fugaz amor que les salpicó la adolescencia con la urticaria propia de las erupciones cutáneas, dejando claro, que el amor no golpea a todos por igual, ni de la misma manera, ni con la misma intensidad, ni sobre todo, al mismo tiempo.

El amor, al que alude el protagonista de la cinta en uno de los desplazamientos en la furgoneta de una empresa de cosméticos haciendo un ejercicio retro, es una de esas cosas que como dice el guión en una de sus partes, se han perdido y no hay más que ver su ausencia reflejada en las miradas de todos nosotros que nos refugiamos detrás de las pantallas del móvil o nos aislamos bajo el sonido aislante de unos cascos o las dos cosas a la vez, porque vivir es acostumbrarse a perder lo que se tiene y antes que admitir eso, es preferible meternos en nuestra concha y cerrar por dentro, una vez nos hemos asegurado de no tener la llave para volver a salir.

David Trueba sabe que la vida es un viaje tan finito como lo es nuestra propia existencia y por eso sus películas son road movies explícitas o implícitas en las cuales la gente se mueve físicamente de un lugar a otro o se desplaza sin descanso por sus propios paisajes interiores, en busca de respuestas, de aceptación, de excusas vitales que nos hagan no ser mejores, pero sí más honestos y por eso también sus personajes piensan en voz alta sin que sea necesario un público que nos escuche porque hablar, soltar lastre, librarnos de la mierda que se nos queda pegada en los zapatos, es algo tan catártico como necesario.

Y lo hace casi siempre en tiempo real, por lo menos cuando los motores se detienen y los personajes que son jirones de nosotros mismos ensamblados y puestos a secar, se ponen a hablar como si no hubiera un mañana, mientras la cámara se detiene en larguísimos planos secuencia entre los cuales se cuela a veces un inserto o un cambio de plano para que caigamos en la cuenta de que lo que estamos viendo es una película y no un pedazo de vida ajena atisbado o escuchado a hurtadillas entre los pliegues de un biombo.

La excusa es tan sencilla como eficaz y se nos muestra en una estructura circular que no resulta sorprendente porque cada viaje, da igual su duración, tiene un principio y un final aunque justo después de cerrar una puerta, se vuelva a abrir otra que nos ofrecerá otras visiones, otras experiencias y otras perspectivas y es que el pasado, hagamos lo que hagamos, lo llevamos pegado a nuestro culo y tendemos a idealizar lo que vivimos años atrás a veces, las menos, porque fue maravilloso y otras porque nuestro cerebro crea ilusiones o tergiversa lo ocurrido para permitirnos extender una neblina que impida que veamos tal y como es el solar de nuestras existencias.

En cualquier caso, la parte masculina del elenco, ese actor reclutado en su día de entre miles de estudiantes de instituto por su mirada melancólica, ha añadido a ese rostro siempre aniñado, el bagaje de los años en su mirada y es a través de la suya que vemos lo que hay, lo que hubo y lo que habrá, mientras que la otra parte de la dupla, más vitalista, menos cerebral y más pragmática ha sabido adaptarse a un tipo de vida más convencional convenciéndose a sí misma de que eso es precisamente lo que necesita y así no tendrá que mirar hacia atrás y podrá seguir con su vida sin asomarse a la ventana del pasado.

Pero como ya he dicho, el pasado siempre viene a buscarnos. Otra cosa es que le abramos la puerta y eso es lo que ocurre cuando él, contacta con ella años después, invitándola a un viaje en el cual recorrerán lugares comunes y otros nuevos ofreciendo ella micro conciertos en librerías que él previamente ha concertado, comiendo en terrazas y restaurantes y durmiendo en hoteles de discretas capitales, al tiempo que los diques de la emoción y la complicidad van cediendo poco a poco, y se van poniendo al día de unas vidas que tras converger y chocar, iniciaron desplazamientos divergentes que amenazaron con apartar sus órbitas para siempre.

Apenas hay más protagonistas que ellos dos a excepción de tres personajes que van apareciendo como haría todo buen novelista clásico en forma de principio, nudo y desenlace, pero asaltando el tempo de la película y ofreciendo otras visiones que se mezclan fugazmente con el punto de vista de las dos presencias absolutas, que como dos buenos conversadores, apenas admiten interacciones externas porque muchas veces la vida es exclusivamente un asunto de dos.

La cámara de David Trueba se queda a dormir, apalancada en cualquier sitio desde el cual ellos dos puedan darnos información ya sea a través de verborreas incontenibles o de silencios llenos de sentido y la gente que pasea, los coches que cruzan o conversaciones ajenas, pasan por delante de ellos tapándoles o contaminando sus propias conversaciones porque la vida es eso, una incesante marea, un flujo constante de cosas que ocurren a nuestro alrededor y de las que formamos parte y con las cuales nos mezclamos nos guste o no y todo ello con el objeto de crear una película minúscula en sus pretensiones que es una joya por la verdad y la autenticidad que desprende y lo vemos todo como perlas engarzando un collar que en este caso son las canciones que interpreta Lucía y que articulan una trama que se va diluyendo de manera orgánica como un afluente en su río correspondiente porque las vidas fluyen como cauces de agua, sólo que unas tardan menos que otras en llegar a la desembocadura final.

Y estas dos vidas, que en su día se unieron, vuelven a hacerlo para volver a separarse cada una en su meandro, con la esperanza de que tal vez en un futuro, esos pequeños hilillos de agua en la corriente general, vuelvan a juntarse.

Ellos son mucho más sabios a su regreso que cuando iniciaron el viaje, como le ocurre a cualquier persona que vaya por la vida no abriéndose paso a codazos ni subiendo escalones despeñando gente por el camino, sino tratando de entender, de aprender, de ser mejores en cualquier caso, usando toda herramienta y recurso que nos lo permita.

Hay que tener más de cuarenta años y una mochila llena de cosas para poder escribir y dirigir esta película y hay que tener por lo menos esa edad para entenderla y disfrutarla, porque bajo la aparente simplicidad de sus diálogos, se esconden como flores mensajes de gran carga emocional, vital y filosófica y será como otra de tantas frutas sabrosas que se pierden en el ramaje sin que nadie alcance a comerla antes de que se poche. Es decir, antes de que desaparezca de las salas de cine o acabe descatalogada o perdida en ese inmenso mundo virtual en el que todo está tan cerca que la mayor parte de las veces ni lo vemos.

Él y Ella, Fernando y Lucía, son como dos lavanderas blancas que vuelven a encontrase junto al río y cuya única aspiración es volver a disfrutar de su mutua compañía dejando pasar el tiempo entre trinos y gorjeos, porque como todos los encuentros, nunca sabremos si es el último.

Aunque ninguno de los dos tenga valor para expresarlo en voz alta.

 

 

CAsi-40 dest

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *