“Capitán Kóblic” de Sebastián Borensztein o Viburnum tinus (Durillo)

Capitán Kóblic responde a ese tipo de película argentina que suele deambular por los festivales de medio mundo mostrando eso que sólo los argentinos saben plasmar tan bien. Sus propias miserias en toda su crudeza, sin artificios. Con esa determinación tan pausada y patagónica que les caracteriza.

Campanella y otros directores arPoster_capitan_KOBLIC_finalgentinos muy cotizados que ya producen remakes de sus películas en el mismísimo Hollywood, tienden a veces a la auto complaciencia y después de muchos años ya han rebajado sus pretensiones estilísticas, que no monetarias y se atreven a dirigir un tipo de películas muy alejadas de sus irrenunciables inicios que ya no lo son tanto.

Pero hay otros directores como Pablo Trapero y que me perdonen los argentinos, (como el chileno Pablo Larraín), que hacen de su forma de hacer cine una bandera y una patria y todas sus películas se convierten en alegatos, denuncias y toda una batería de  recursos contra lo habido y por haber con la única y difícil intención de hacer que ciertas cosas no caigan en el olvido. Es un cine social con mayúsculas que no repara en nada para sacar adelante los proyectos aunque cierta forma de plasmar la historia en imágenes incomode, agravie o directamente encabrone a alguna sección que aún es capaz de defender lo indefendible excusándose en que en tiempos de guerra vale todo  y otras soflamas por el estilo.

Sebastián Borenzstein, aquí sólo conocido por su anterior película (“Un cuento Chino”, 2011, también con Ricardo Darín como protagonista), con una trayectoria un tanto desigual pero siempre fiel a sus inicios, se enfrasca en una historia ambientada en plena dictadura argentina comandada por Videla. El punto de partida son los vuelos de la muerte organizados por la cúpula dictatorial para quitar de en medio a presos políticos y opositores por el expeditivo sistema de arrojarlos vivos, desnudos y drogados desde un avión en pleno vuelo en una práctica de exterminio que no desmerece en nada a las utilizadas algunas décadas antes por los nazis que, casualmente o no, encontraron refugio  por aquellas latitudes y tal vez dieron algún que otro seminario sobre el tema a alumnos aventajados que después tuvieron ocasión de ponerlo en práctica.

En esta película la dictadura está tratada de forma tangencial y únicamente se  recurre a ella en la secuencia inicial y en algunos flashbacks recurrentes que en forma de pesadillas asaltan al protagonista que da nombre a la cinta, dejando a las claras que se puede llegar a huir de todo menos de uno mismo. Un par de frases aclaratorias el comienzo ponen al espectador en antecedentes y a partir de ahí, se construye una historia no de redención, pero sí de claudicación y hartazgo,   que llevan al capitán Kóblic a una apartada población de la Argentina profunda con la vana esperanza de dejar de lado su pasado para tratar de olvidar, de empezar de nuevo o simplemente a esperar a que las aguas bajen menos revueltas para poder volver a darse un baño.

Pero la Argentina de la dictadura es como la Chile de la suya o nuestra España de Franco, la Italia de Mussoilini o la Alemania de Hitler por poner algunos ejemplos. La maldad tiene muchos tentáculos y se extienden como un cáncer por todas partes y nadie puede escapar de su influjo. Los buenos porque no saben moverse en ese caldo infecto y los malos porque pueden campar a sus anchas sin temer las consecuencias de sus actos. En ese pueblo hay un comisario con oscuros lazos con las mandamases de la capital y la discreción no es una virtud entre sus habitantes por lo que el pastel queda al descubierto y el hombre que quería pasar desapercibido se queda con el culo al aire y arrastra a todos los que están de su parte, como por otra parte es lógico, porque de otra manera no habría historia que contar y por lo tanto, tampoco habría película.

Todo este guiso está aderezado por un cuarto de historia de amor, (¿Quién no se enamoraría hasta las cachas de Inma Cuesta o de Ricardo Darín?),  por otro cuarto de amistad incondicional, por un tercer cuarto de despecho y venganza y por una última porción de maldad pura y dura porque simplemente o estás con ellos o estás contra ellos y no hay punto medio que valga y una vez que te sales del redil ya eres un enemigo y un firme candidato a ser arrojado desde el primer avión que salga rumbo hacia villa parca.

Todo el mundo está encerrado en el lugar más abierto del mundo y no hay sitio dónde escapar y cualquier novedad es bienvenida para huir del tedio, del hastío y de la repugnancia extrema que causa el saberse engranaje de un sistema en el que eres una simple pieza que recicla o es reciclada. Los rayos de sol son  maná en medio de la eterna noche y los trenes sólo pasan una vez.

Ricardo Darín, en otra exhibición que no por repetida deja de parecer sublime, da otra lección actoral fabulosamente respaldado por Inma Cuesta y sobre todo por  Óscar Martínez, que construye un personaje deleznable y atemporal que encarna a la perfección la maldad humana hasta convertir la película en un western pampero y lúgubre que recuerda en muchos de sus planos a los grandes clásicos del género, desde “Con la muerte en los talones” de Alfred Hitchcock, 1959 o “El bueno, el feo y el malo” de Sergio Leone, 1966.

Todo se encamina desde el principio hacia un final ineludible y extremo que lejos de dejar las cosas claras, abre nuevos interrogantes para que cada viburnum_tinus_9cual los resuelva como buenamente pueda.

Gran cine argentino de pausa y arreón, de carácter envuelto en polvo, de crudeza y hostia limpia que acojona por su escueta puesta en escena y en la que un simple botón arrancado a la fuerza de una blusa abandonada sobre el asiento de la bodega de un avión, puede convertirse en la más pesada carga y en el más implacable de los recordatorios.

El cine argentino en general y esta película en particular es como el durillo. Esa planta todo terreno que se adapta a cualquier tipo de suelo y orientación, que soporta el frío y el calor con estoicidad humana, que resurge de sus cenizas y que florece incluso en mitad de un vertedero, siendo o por lo menos pareciéndolo, inasequible al desaliento y el infortunio.

Pero aquí no hay ganadores, sólo vencidos que a lo mejor sobreviven a una batalla pero que acabarán perdiendo la guerra. Sobre todo si no eligen bien el bando adecuado.

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