“Campeones” de Javier Fesser o Ardenna grisea (Pardela sombría)

La Pardela sombría es llamada así por su plumaje de color pardo oscuro que puede parecer negro en condiciones de luz escasa. En el Atlántico es la única que tiene esos tonos apagados, excepto algún individuo divagente. No es demasiado grande con una envergadura alar de un metro y una alzada inferior a cincuenta centímetros. Su diseño anatómico de alas estrechas ligeramente echadas hacia atrás les permite realizar vuelos rasantes sobre el mar avanzando pese a la fuerza de los vientos y se alimenta de peces y calamares que puede localizar sumergiéndose a considerables profundidades o sobre la superficie del agua siguiendo a ballenas que les espantan los peces o a los barcos pesqueros que arrojan los restos por la borda. Crían en colonias numerosas, pero a la hora de migrar suelen hacerlo en solitario agrupándose sólo ocasionalmente.pardela

Son migradoras formidables que siguen rutas circulares para regresar al lugar del que una vez partieron. Las que habitan la zona del Atlántico, realizan recorridos de hasta catorce mil kilómetros pudiendo realizar medias de hasta quinientos por día y vuelos unitarios de casi el doble lo que constituye no sé si un récord en el mundo aviar, pero sí desde luego una marca a tener en cuenta, pero las que habitan la zona de Nueva Zelanda se dan garbeos anuales según los estudios a los que las han sometido, de hasta setenta y cuatro mil kilómetros, volviendo cada año a un lugar del que deberían mantenerse alejadas porque anualmente los maoríes cazan un cuarto de millón de estos ejemplares para usar su grasa y su carne con fines mercantiles, lo cual la ha convertido en especie amenazada en esa zona del mundo.

Se hicieron famosas a su pesar por un incidente ocurrido en 1961 en la Bahía de Monterrey después de que un periódico local publicara que miles de ejemplares de pardela sombría enloquecidos se lanzaron sobre la costa regurgitando sardinas y golpeándose contra los cristales inspirando un par de años después la mítica película de Alfred Hithcock, aunque después un estudio revelara que dicho comportamiento se debió a una intoxicación alimentaria provocada por la ingesta de algas tóxicas y tal vez por ello soporten un estigma que las hace recorrer compulsivamente miles de kilómetros huyendo de sí mismas o de los salvajes humanos para regresar en bucle una y otra vez al mismo punto.

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Y un estigma social han llevado siempre esa clase de personas que, también por supuesto a su pesar, nacieron con una serie de parámetros alterados desde su misma concepción en base a un código genético con fisuras o a complicaciones durante el embarazo o el parto por las razones que sean y que han de llevar una vida diferente al resto la mayor parte de las veces por imperativo social aunque también hay que decir que afortunadamente desde hace ya por lo menos un par de décadas largas, existen unos protocolos y unas disposiciones legales y sociales que hacen más llevadera la vida de estas personas y de las que les rodean.

Y por eso es necesario que existan manifestaciones artísticas del tipo que sean que les coloquen en la línea de salida junto con aquellos más favorecidos para que todos tengan las mismas opciones o como mínimo las  mismas oportunidades para que unos y otros lleguen a las respectivas metas que se hayan propuesto, aunque se encuentren en diferentes niveles.

Según un estudio que se realiza cada diez años y que fue publicado en 2008, en España hay, o por lo menos había hace una década en espera de la próxima actualización, cerca de cuatro millones de personas con discapacidad lo que viene a ser algo menos de un nueve por ciento de la población de nuestro país, pero la discapacidad es un concepto muy amplio en cuyo saco cabe de todo y aunque cada jornada del año se inventen una efeméride de un día determinado a reivindicar durante veinticuatro míseras horas, lo cierto es que quienes lo sufren han de vivir con ello sin ningún tipo de visibilidad adicional los trescientos sesenta y cuatro días restantes si el año no es bisiesto, en cuyo caso hay que sumar uno más.

Y por lo menos ya hay una corriente de aceptación social inclusiva que abre puertas que antes estaban cerradas a cal y canto, aunque supongo que sólo los que lo padecen saben bien hasta qué punto eso es cierto, una verdad a medias o una puta mentira.

Cuando a día de hoy por lo menos en nuestro país y sólo en Madrid la mitad de las estaciones de metro no tienen acceso para minusválidos, sin meternos en más profundidades y nunca mejor dicho, esto no sólo seguirá siendo un problema, sino que no tiene visos de mejorar porque por lo visto, para los que mandan, son evidentemente personas de segunda categoría  que no merecen dispendios adicionales de las arcas del estado que llenan muchos ciudadanos mediante el diezmo ineludible y correspondiente y que ellos gestionan de la manera que todos sabemos.

Y Javier Fesser, uno de los directores menos encasillables de nuestro cine, vuelve a dar en la tecla como hace siempre, independientemente de que acometa proyectos surrealistas como “El milagro de P.Tinto” (1998) o que trate de recrear el ambiente de los personajes inmortales de Ibáñez,  o intente desentrañar los entresijos morales de una asociación como el OPUS a através de los ojos de una de sus forzosas adeptas, una niña enferma terminal, como en la maravillosa y tristisima “Camino” (2008).

“Campeones” ha llegado con fuerza a nuestras pantallas porque tiene una buena promoción y porque el señor Fesser se ha ganado a pulso el que cada uno de sus estrenos apetezca verse por las razones que sean que en mi caso se fundamentan en su buen hacer a la hora de acometer proyectos, en su tino para ejecutarlos y en su particular punto de vista que le desmarca considerablemente de otros colegas de profesión en una manera de hacer las cosas que probablemente tenga su origen en un programa de radio que invadió las ondas desde diferentes diales desde los primeros años ochenta hasta el año 2007.

No hay mejor forma desde mi punto de vista, que afrontar las barreras y las trabas que nos pone la vida que desde el humor. Sólo teniendo el valor y el coraje de descojonarnos de nosotros mismos, seremos capaces de abrir nuestra mente a otras posibilidades que no nos retraigan ni nos conviertan en estatuas de sal por mirar hacia atrás y regodearnos y revolcarnos en nuestro propio infortunio.

El punto de partida de esta película es un partido de baloncesto de la liga profesional española en la que un segundo entrenador, discute su autoridad al que está por encima y él reacciona de forma violenta cuando le colocan en su sitio, lo cual le lleva a cometer también de forma inmediata una serie de errores que condicionarán los siguientes meses de su vida. El protagonista es otra de esas personas, incapaces de enfrentarse a los problemas reales de frente y que recurren a argucias para justificarse a sí mismos. Todos conocemos y reconocemos a este tipo de gente, incluso muchas veces cuando nos devuelve la mirada al enfrentarnos al espejo y esos son los verdaderos discapacitados, los que enquistamos relaciones por temor al compromiso, los que evadimos los impuestos de nuestras ganancias existenciales en pos de quimeras irealizables, los que posponemos indefinidamente el momento de coger al toro por lo cuernos y tomar las riendas de nuestra vida porque de ese modo ya no le podemos echar la culpa al empedrado, los que deambulamos de un trabajo a otro, de una pareja a otra, de una década a la siguiente sin evolucionar porque el lastre de nuestros fracasos, de nuestras espectativas fallidas pesa demasiado y porque no existe en el calendario el día internacional del imbécil redomado, ni el del mutilado emocional ni mucho menos el del que no está conforme con lo que tiene porque él o ella se merecen mucho más y al no tener lugar esas vacuas reivindicaciones, estamos abocados a seguir en la misma trazada sin desvío posible.

Es cierto que hay en esta obra audiovisual cierta ternura impostada, pero sobre ella planea cual pardela sombría la dignidad y la humanidad que desprende la mayoría de la gente a la que etiquetamos muchas veces con saña tildándoles de discapacitados con la alegría y la tranquilidad que da saber que nunca competirán contra nosotros porque juegan en otra liga y por lo cual debemos de dar gracias porque es probable que de vernos frente a frente en la misma cancha, tal vez nos dieran un baño. Porque la desgracia y el infortunio convierten muchas veces a quiénes lo padecen en irredutibles galos que sin necesidad de pócima mágica ni leches en vinagre, son capaces de proezas que de haber nacido normales en la acepción más plana de la palabra o de no haber sufrido algún tipo de accidente, tal vez nunca hubieran podido desarrollar cierto tipo de habilidades que devienen en sucesos extraordinarios que deberían de servirnos de lección a todos.

Teresa Perales, David Casinos o Juanjo Méndez a nivel deporte cada uno en su disciplina, son ejemplos de asunción de desgracia propia y superación sin límites, las pruebas indiscutibles de que la fe no moverá montañas pero  sí forja voluntades y estos y los anónimos que van a la oficina, hacen la compra, limpian la casa y tratan de abrirse paso en las ciudades hostiles, son los campeones de la vida, los que deben de ser admirados y no consolados, los que nos dan lecciones cada día de cómo se ha de vivir con lo que se tiene y de cómo debemos adaptarnos a las cosas que la vida nos va quitando, ya sea la agilidad tanto física como mental, una pierna, un brazo, un pulmón o un trozo de hígado.

Estas personas, obligadas a hacer un sobre esfuerzo como las maratonianas migraciones de las pardelas sombrías, compiten cada día no por llegar los primeros a la meta, sino simplemente por llegar porque la competitividad es un invento estúpido nacido de los estamentos jerarquizados que tienden a perpetuar la estructura piramidal que convertirá en líderes a unos y en carne de secta al resto cuando todos deberíamos estar al mismo nivel y funcionar como un único colectivo con un interés común en algo que tratándose de seres humanos trasciende la utopía para convertirse en algo que para describirlo aún no se ha podido etiquetar con una única palabra.

Javier Fesser factura una muy buena película dotada de alma y sentimiento genuinos, estructurada en torno a un equipo de baloncesto de desheredados sociales que no se sienten como tales porque han aprendido a vivir con lo suyo en un entorno favorable haciendo incursiones en la vida real como guerrilleros pacíficos y tratando de sentirse piezas importantes de algún engranaje, el que sea. En torno a ellos, pululan una serie de personajes secundarios fabulosos que otorgan capas de credibilidad y riqueza narrativa y la frescura del guión, de las conversaciones a una y varias bandas, muchas de ellas ejecutadas por actores improvisados fabulosamente dirigidos y extraordinariamente motivados, convierten el drama de unas vidas vistas por ojos ajenos, en una fiesta de solidaridad y compromiso, en una oda a la humanidad que nos engaña durante el rato que vemos la película y la disfrutamos sin saber muchas veces si lo que vemos nos alegra o nos entristece y sin que nos importe demasiado ni lo uno ni lo otro.

Sabemos que después de verla nosotros seguiremos con nuestras vidas de discapacitados sociales y vitales  y ellos con su lucha diaria y seguiremos viéndoles, aunque lo neguemos como si nos fuera la vida en ello, como seres inferiores incapacitados para moverse a nuestro nivel y ellos seguirán mirándonos como lo que supongo que somos para ellos, personas con diferentes patrones de comportamiento a las que hay que intentar perdonar cuando se comportan como gilipollas.

En otras palabras, inteligencia emocional.

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