“Call me by your name” de Luca Guadagnino o Erithacus rubecola (Petirrojo europeo)

El Petirrojo es un ave muy asociada a los jardines en las zonas cercanas a poblaciones humanas. En invierno tiene un aspecto rechoncho porque ahueca las plumas para crear una capa de aire interior. No hay diferencias significativas entre machos y hembras. Presenta una mancha grande de color naranja muy representaiva de la especie en la cara y en el pecho, que no está presente en los ejemplares inmaduros. Las partes superiores son de color marrón, y el vientre blanquecino. Lucen el pico y los ojos de color negro intenso. Su voz de alerta es un sonido corto y repetitivo de tonos metálicos y su canto es un gorjeo musical muy melódico semejante al del ruiseñor.petirrojo

Es un ave sedentaria en la mayor parte de la Europa Occidental pudiendo migrar a lugares más cálidos si se encuentra en zonas más septentrionales. Fuera de las zonas habitadas por humanos, es un ave muy ecléctica a la hora de eligir el hábitat en el que quiere vivir y a pesar de su aspecto encantador e inofensivo, muestra su carácter con otras especies durante la época de cría, adoptando una postura agresiva de cola levantada y batir de alas  luciendo su mancha en el pecho con ostentación territorial como aviso a visitantes indeseados.

Por lo demás, es un pájaro sociable, atrevido y curioso que se planta en mitad de los caminos y los jardines, luciendo palmito, para otear quién se acerca a sus inmediaciones, mientras busca insectos caminando por el suelo de manera aparentemente despreocupada.

Y sociable y curioso, tal vez porque le venga de familia, es Elio, el protagonista adolescente de esta película co producida por Italia y Francia, que cada verano, como el petirrojo, sale a mitad del camino de entrada que flanquea la casa de sus padres, para observar quién es el nuevo huésped elegido por sus progenitores para que pase el verano con la familia en una simbiosis beneficiosa para todos en un ritual que, puede deducirse, lleva varios años poniéndose en práctica.

El chico en cuestión, por lo menos durante ese periodo vacacional, se muestra poco activo y participativo de las labores familiares, pese a que es evidente que mantiene una relación más que aceptable con su parentela que se muestra abierta, receptiva y comprensiva con todo lo que rodea a su hijo y todos habitan bajo un mismo techo con  una armonía de la que muchas familias carecen. Elio, nombre muy usado en la mitología griega y cuyo significado hace alusión a la fuerza del sol y significa “el rey de la luz, el más brillante y luminoso”, pasa sus días tirado en la cama, escuchando música y leyendo libros hasta que el nuevo visitante aparece por el umbral y capta con su simpatía y saber estar la atención de todos y cada uno de los habitantes de la casa, incluso la del adolescente, pese a su reticiencia inicial.

El resto de la película es lo que ocurre durante ese verano desde la llegada del extraño visitante, hasta su marcha cuando la estación toca su fin.Call_me_byyour cartel

Todos tenemos un verano que marcó nuestras vidas, un estío que se propagó como un incendio y que aún muchos años después, en nuestra mente, permanecen los rescoldos y sobre todo esa sensación de lo que pudo haber sido y no fue o de lo que fue sin deber haber sido o de lo que debió de haber ocurrido de otra manera y cada uno, en la medida de sus posibilidades de auto engaño, tergiversará lo acaecido y creará una realidad paralela que  valdrá como sucedáneo y sobre todo como anestesia, para que las heridas del corazón, que son las que más duelen, lo hagan un poco menos.

La fecha en que esté ubicado ese verano, dependerá de la edad de cada uno y del momento en que esos sucesos, generalmente iniciáticos, tengan o hayan tenido lugar, pero el escenario suele dar igual. Puede ser en mitad de un bosque caducifolio de la Canadá del siglo XV, o en los acantilados del Norte de Irlanda antes de la partida del Titanic, en un pajar en Ciudad Real en la actualidad o en un módulo espacial de camino a la colonización de Marte dentro de un tiempo indeterminado. Obviando las posibles combinaciones entre géneros, las posibilidades también suelen reducirse a un asunto de cuatro letras y miles de zarzas de espinas llamado amor.

Rod Stewart, que bajo su aspecto de roquero escondía su alma de romántico empedernido, ya dijo en una de sus míticas canciones que el primer corte es el más profundo y aunque después la vida siga hendiendo nuestra carne con mayor o menor saña, ese primer brote rojo asusta por  ser el primero y por la intensidad de ese dolor que no puede concretarse en un lugar determinado, pero que nos invade como un cáncer fulminante.

No conozco a nadie que no haya hecho alguna tontería por amor, o por lo que creíamos que lo era, o que no se haya humillado, puesto en evidencia o tomado decisiones infantiles en aras de tratar de sujetar lo que ya hacía tiempo que se había marchado o que tal vez ni siquiera estuvo allí y, afortunadamente, no hay en mi almanaque nadie conocido que haya preferido la muerte al sufrimiento en vida, pero me consta que los hubo, que los hay y que los habrá.

Yo también tuve uno de esos veranos, pero a mí me faltó el valor para dar ese salto cualitativo que convierte lo normal en mágico y el resto de mis recuerdos son vívidos, pero sin relieve, como la luna llena en mitad del cielo, esplendorosa, pero sin fondo ni perspectiva.

Ser honesto con uno mismo es tal vez el ejercicio más extremo al que puede someterse un ser humano y por eso la gente suele huir, y con razón, de esa clase de análisis que no nos hará más felicies, pero que sí evaluará comportamientos pasados para afianzar los futuros y es ese aprendizaje que solemos posponer por desidia y olvido, sin desdeñar el miedo a formularnos preguntas cuyas respuestas no nos gustarán, lo que convierte esa tarea en un trabajo que permanecerá en muchos casos en la columna del debe en la contabilidad de nuestras vidas.

El protagonista de esta película, por lo menos en el cual la cámara se fija con más detenimiento, especialmente en un plano secuencia espectacular que dura lo que tardan en desfilar los títulos de crédito al final de la cinta y que es un muestrario de sentimientos en pelota picada al cual muchos actores de prestigio y experiencia no tedrían la osadía de exponerse, es una postrera declaración de intenciones de lo que pretendía con su trabajo Luca Guadagnino, un siciliano con un buen puñado de obras en su petate que alcanza las mieles del éxito, el reconocido por lo menos a nivel internacional, con esta obra intimista ambientada en el norte de Italia, en una zona dónde la confluencia con Francia y Alemania condiciona el tránsito de gentes y el flujo de idomas que traen aparejadas las zonas fronterizas.

Y la adolescencia, como todo el mundo sabe, es una zona fronteriza, una parcela de paso que puede pasar como un cohete o enquistarse incluso para siempre y es en esa configuración previa y definitiva a la edad adulta en la cual perdemos cintura, en todos los sentidos, oportunidades y un tiempo precioso que después echaremos en falta y trataremos de recuperar con huidas hacia delante, cuando nos la empezamos a jugar y comprendemos que las balas ya no son de fogueo.

Y volviendo a la película, durante el verano de 1983, el tal  Elio tiene diecisiete años y está a punto de llegar a una de esas fronteras cuyo límite han fijado los humanos para poder acceder a una serie de cosas que antes y aún todavía, estaban vetadas por el ridículo intervalo de un segundo en la esfera de un reloj, como el tránsito de un año al siguiente, y es cuando aterriza en la villa familiar el nuevo invitado. En este caso un hombre americano, culto y elegante que le dobla la edad al hijo de la pareja que lo acoge y que encaja a la perfección por su don de gentes y su naturalidad en la casa, en el pueblo y allá dónde vaya creando cierto revuelo entre las jovencitas locales, ciertas suspicacias entre los de su propio género y una catarata de sensaciones en un muchacho que a esas alturas, tal vez por la falta de perspectivas que da nacer en lugares cerrados de los cuales es difícil escapar, no tiene claro ni lo que quiere desayunar por las mañanas.

El director otorga a su película un marcado sesgo intimista, empezando por la fotografía que recuerda a la de aquellas películas de hace ya casi cuatro décadas en algo que más que un homenaje,  parece motivado para crear una sensación onírica que traslade a cada uno de los espectadores con la suficiente sensibilidad, a ese territorio de nuestro pasado, dónde los regalos aún estaban sin envolver. Una directora nuestra llamada Carla Simón y en este mismo año, ha llevado a cabo un ejercicio similar con su “Verano 1993” con la que ha cosechado muy merecidos premios, pero sólo en cuanto a las decisiones técnicas porque en cuanto a contenido, la obra de la cineasta catalana, hace cuentas con un pasado traumático con una carga emocional mucho mayor que la de esta co producción italofrancesa.

La cinta habla de la necesidad de abrirse a los demás, de expresar lo que uno es en el reducto exclusivo de la intimidad y de cómo las flores se acaban por abrir independientemente del deseo de hacerlo, simplemente porque se dan las condiciones necesarias para que la vida se abra camino. Por aquella época, la homosexualidad era un tema tabú, disimulado bajo toneladas de convencionalismos rancios y, tras unos años en que parecía que el panorama se iba a aclarar, hemos regresado a la inmundicia existencial, a la inquisición más absoluta que sólo lamenta la imposibilidad de llevar a gente a la hoguera sin un juicio sumarísimo. Una vez desaprovechados los años de bonanza que no fueron más que rayitos de sol asomados entre los jirones de nubes negrísimas, volvemos a habitar un mundo oscurantista en el cual los que abogaron por ciertos derechos han replegado velas, descansan en oscuras tumbas  o han modificado su discursos para adaptarlo a los nuevos tiempos que son tan obsoletos como los que los precedieron.

Por eso el SIDA tardó tanto tiempo en salir de la cueva y por eso también la gente con inclinaciones diferentes a las comúnmente aceptadas, tuvieron que llevar una doble vida, asumiendo papeles de familia normal y buscando en la clandestinidad lo que la sociedad se negaba a consentirles y por eso también damos tanto asco como género, negando la mayor, lanzando piedras bíblicas y dándonos golpecitos en el pecho, incapaces de ver la viga en nuestro ojo, cuando nos resulta tan sencillo visionar la paja en el ajeno.

En esta película chocan varias personalidades pero de manera amable, en un entorno receptivo y apropiado que o bien admite cualquier tipo de nuevo parámetro o lo obvia, que para el caso es lo mismo a efectos prácticos. El visitante que sabe lo que es y lo que quiere, pero que lo oculta y sólo ofrece retazos que serán interpretados en la vía correcta por los buenos observadores, el que intuye lo que es pero no sabe cómo afrontarlo y va dando palos de ciego, tratando de negarse a sí mismo la evidencia en un engaño dirigido a los demás, pero sobre todo a sí mismo y los moderadores que se limitan a mirar sin opinar salvo que se les pida consejo, sin olvidar a los personajes secundarios como las chicas jóvenes que andan a la zaga tratando de aspirar por lo menos a las migajas, como los pájaros menos dominantes en un banquete de pan en la terraza de cualquier establecimiento.

Es una muy buena película, a ratos excesivamente naif, en la cual destaca una secuencia magistral entre el padre y el hijo toda vez que las cartas ya han quedado sobre la mesa y que demuestra que cualquier persona criada en el entorno adecuado, suficientemente aleccionada pero a la que le dejen la cuerda suficiente para cometer sus propios errores, para después analizarlos y aprender de ellos, sabrá encontrar su hueco en la vida o por lo menos saber que trató de hacer todo lo correcto para llegar a buen puerto o no naufragar a las primeras de cambio en las procelosas aguas de nuestra existencia.

Y muchos años después tal vez lo que ocurrió podrá tener la pátina borrosa de los sueños olvidados o estar grabado a fuego en nuestra memoria, pero todo lo que nos haya pasado, configurará nuestro carácter y dotará de personalidad nuestra mirada y si somos capaces de recordarlo con una sonrisa, tal vez aún quede esperanza para nosotros.

Y volveremos, como el petirrojo, a salir a mitad del camino, a observar con curiosidad, lo que nos aguarda.

Y tal vez incluso nos guste.

 

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