“Bar Bahar” de Maysaloun Hamoud o Rosa multicolor

Ser mujer de origen palestino, aunque hayas nacido por accidente o por lo que sea en Budapest y seas húngara de nacimiento, pero a todos los efectos pertenezcas a esa zona proscrita y  a ese género maldito y sometido en esa parte del mundo, cuando desarrollas tu actividad en la zona enemiga, tiene que ser una putada importante y un hándicap para conseguir lo que sea que te propongas sin que te lapiden inmisericordemente por tratar de decir lo que piensas en una sociedad que por muchos milenios que pasen, seguirá aferrándose a las mismas convenciones y arcaicas tradiciones.bar bahar cartel

No habría piedras suficientes ni en nuestro mundo ni en los adyacentes, para lapidar a todos aquellos de género masculino que se van de rositas de todos los conflictos, sólo porque la ley y unos libros sagrados malinterpretados y escritos   por hombres, dictaminan que la mujer ha de estar en casa, esperar al marido, dejarse follar de cualquier manera por todos los agujeros posibles, y antes de eso, hacerle la comida, criar a los niños, quiera dios que no sean lo opuesto, plancharle la puta ropa y someterse a los designios que  dictan algunos personajes con la libido controlada porque tienen quién les alivie puntualmente porque dios, el iman de turno o quién coño sea, así lo ha querido o lo ha dejado escrito.

Estambul es una ciudad a caballo entre oriente y occidente, que siempre ha sido un punto neurálgico para todo tipo de intercambios, tanto comerciales, como religiosos y culturales y que es tal vez la ciudad más europea de todas las que pertenecen al ámbito musulmán y cualquiera que haya visitado esa ciudad hipnótica, majestuosa y desconcertante, habrá comprobado que, en la diversidad, hay muchas mujeres que podrían pasearse por cualquier ciudad cosmopolita del mundo sin que se las pueda catalogar como pertenecientes a esta u otra sociedad. Pero en Tel Aviv, la segunda ciudad más populosa de Israel, y aunque hablo desde el desconocimiento ya que esta no la conozco ni tengo intención de acercarme nunca por ese territorio conflictivo y ponzoñoso, ser mujer es tal vez un poco más difícil, sobre todo si has nacido en esa franja maldita que desde el final de la segunda guerra mundial simboliza una brecha brutal entre lo que debería ser y lo que finalmente es.

Es complicado, por no decir imposible, tratar de entender un problema que tal vez ni ellos mismos pudieran justificar con palabras, pero lo cierto es que tras la diáspora palestina, existe un número muy elevado de seres humanos que son refugiados apátridas y que carecen de ciudadanía en algunos países y eso lo consienten países supuestamente civilizados y que se jactan de su madurez política y social en lo que supone y es, una de las mayores hipocresías e incongruencias de la historia moderna, entendiendo como tal, la que ha acontecido desde el final de la segunda gran guerra hasta nuestros días.

Y hace falta una cantidad ingente de determinación (por decirlo de manera elegante), para ser mujer, palestina y cineasta y levantar un proyecto de este tipo que, independientemente de su calidad cinematográfica, nos haga ver al resto del mundo una realidad que está ahí presente cada día, aunque sea más cómodo mirar para otro lado, que es lo que solemos hacer cuando una panda de degenerados apalean a un mendigo cuando salimos del cine y lo dejamos pasar mientras comentamos la jugada tomándonos unas cañas unas manzanas más abajo.

Estambul, ya que lo hemos mencionado antes, es desde hace ya unos tristes años, escenario habitual de masacres indiscriminadas en las cuales una serie de tarados adoctrinados desde la seguridad de los despachos de los cabecillas, perpetran y llevan a cabo atentados para protestar a su brutal manera por el modo en que el mundo ha degenerado hasta el punto de que la mujer pretende ser igual que el hombre, lucir partes visibles e innobles de su cuerpo, incluido el pelo  e incluso negarse, madre mía, a que una de esas féminas se niegue a chupársela a su marido impuesto cuando a él le venga en gana. Israel es también un lugar de esos que frecuentan los extremistas para  cometer atentados y sería un atrevimiento trazar paralelismos entre ambas ciudades salvo aquellos inevitables, pero la ignorancia es osada y, en cualquier caso, la mujer que es la que va a los mercados a comprar la comida que luego servirán a sus maridos, suelen ser mayoría a la hora de evaluar la cantidad de cadáveres mutilados que quedan tras la explosión de esas bombas que nunca suelen afectar a aquellos que las detonan a distancia desde la seguridad de sus principios inamovibles.

No hay guerra más santa y justificada que esa según los patrones de esta panda de misóginos empedernidos, que bajo el poder de ese falo que guardan entre las piernas, pretenden someter a las mujeres que llevan siglos tratando de proteger sus murallas de los arietes de los hombres que no necesitan de pastillas azules para apuntar al cielo con todo el poder y el derecho que las divinidades les han otorgado.

En un momento dado y en una escena que ocurre en el interior del coche de una de las protagonistas, uno de los hombres sale de un coche con el rabo entre las piernas en todos los sentidos, porque la otra parte contratante le dice que pese a ir de liberal, es el mismo perro con distinto collar y a mí me entra una duda genuina y razonable que sé que hoy me va a quitar el sueño y es pensar que, tal vez, tras esa fachada de liberal que yo mismo me atribuyo, quizás  se esconda el mismo machista  misógino de siempre que no puede sustraerse a una herencia genética de miles de años y no sé cómo gestionar esta información sin que me afecte demasiado. Que sean los demás los que me juzguen, especialmente si la cago.

Las protagonistas son tres mujeres de origen palestino, que por razones de peso, tienen que meterse en la boca del lobo para tratar de conseguir sus objetivos. A pesar de sus ancestros que las equiparan en cuanto a su lugar de nacimiento, no pueden ser más diferentes, pero las tres tratarán de conseguir sus sueños, pese al brutal lastre que acumulan desde que un cromosoma puñetero decidió su destino en base a una carambola genética en la que nada tenían que aportar y que se asemeja demasiado a la combinación de una apuesta del euromillones que no va a acertar ni dios, salvo que sea eso precisamente lo que quieres evitar.

Todo ocurre de una manera tal vez un poco forzada desde un punto de vista cinematográfico. Los personajes están toscamente definidos y la película en sus primeros compases no se sabe muy bien hacia dónde se dirige. Queda claro que, pese a su condición proclamada de ser inferior en un mundo de hombres, no están dispuestas a dejarse avasallar, pero aún así, transigen como esa chica que está dispuesta a vestirse de otra manera para tratar de satisfacer a sus padres que tratan desesperadamente de buscarle un buen partido con el cual garantizar la continuidad de la especie o por lo menos de la familia o como esa otra que ha logrado abrirse un hueco a base de bemoles pero que tiene que beber como una cosaca y drogarse cada noche tal vez para no pensar en todo a lo que ha tenido que renunciar para ser lo que es o en esa pobre chica de provincias que sólo puede ser ella misma en la más absoluta intimidad y que está entregada a un supuesto buen partido antes de que ella supiera siquiera qué coño significaba eso.

Lo mejor de la película es sin duda alguna  ese momento que ocurre en el baño, un instante de esos de genuina, sincera y espontánea amistad, que sólo puede existir entre féminas porque los hombres estamos demasiado ocupados en tratar de vaciar nuestro saco escrotal y mientras permanezca lleno, no somos capaces de pensar con claridad. Eso ocurre después de que uno de los componentes del trío de mujeres que comparten piso, renuncie a un buen plan por amistad y se encuentren en su vivienda con alguien que necesita de consuelo, cariño y comprensión. Ese momento mágico y bellísimo, junto a la escena final, bien valen el precio de la entrada y justifican el recorrido exitoso de este film en los festivales de medio mundo, aunque el resto sean escenas deslabazadas y reiterativas que no aportan demasiada información y que redundan en lo mismo.

Creo que es una buena película que tiene mejores intenciones que eficacia narrativa. Los personajes principales funcionan pese a todo, pero el resto obedece a trazos gruesos de guión en los cuáles la directora trata de darnos toda la información posible con los recursos que tiene, sean estos los que sean. Ha sido premiada en muchos festivales, especialmente en esas secciones de nuevo cuño que tratan de dar visibilidad a ciertos colectivos y me parece genial y estupendo, pero me apena que cada metro de terreno a conquistar sea una puta toma de la Bastilla. Tiene que ser terrible y extenuante levantarse cada día, no sólo con la lista de trabajos y tareas estipuladas para ese jornada, sino también tener que bregarse en cada semáforo, en cada esquina de la calle, en cada despacho de cada oficina y encima sonreír al mundo aunque sea con un rictus de agonía y agotamiento.

Nada se logrará jamás mientras exista gente que considere que cualquier actitud vital relacionada con el sexo fuera del ámbito de la heterosexualidad es una enfermedad que requiere tratamiento. Y esta lacra no sólo ocurre entre las clases altas que son votantes potenciales de esos partidos políticos que encierran, a veces literalmente, los derechos de estas personas, sino que tiene su reflejo en cualquier estrato social por mucho que lo neguemos. Muchos heterosexuales se manifiestan con ellos y se lo pasan cañón cantando y paseando por las calles en esa fiesta llama Orgullo y tendría que darnos vergüenza en vez de sentirnos orgullosos, tener que reivindicar cada día un estatus y condición y hacerlo de forma visible y ruidosa porque sino, nadie  prestará atención. Pero y ahí va mi gran duda, muchas familias de miembros de estereotipos clásicos, pueden comprender y empatizar con otros de inclinaciones diferentes, pero la cosa cambia cuando eso ocurre debajo de tu techo y es ahí cuando se nos ve el plumero.

Es como la rosa arco iris, una rosa creada artificialmente, pero que sus pétalos son coloreados gracias a un método que aprovecha el proceso natural que la rosa tiene de absorber agua por el tallo. Cortando el tallo en varias secciones y poniéndolas en agua con tintas especiales de diferentes colores, esto acaba por transferirse a los pétalos creando esta amalgama de colores que recuerda a los  de uno de los símbolos que utiliza por bandera el colectivo LGBT. Y permeables somos todos a los estímulos exteriores lo queramos o no. Todos somos rosas que con el tallo debidamente seccionado, acabaremos absorbiendo lo que nos echen y el color que nos gusta no será seguramente el que nos toque.

A pesar de que la homosexualidad está tratada aquí de manera tangencial por medio de la historia personal de unas de las tres mujeres protagonistas, el concepto  planea permanentemente de diferentes maneras a lo largo de toda la película, que realmente sólo quiere dejar patente el hecRosa arcoirisho que no debería ser puesto nunca en entredicho,  que cada cual debería poder ser lo que quiera y cuando quiera, respetando el espacio de los demás. En otras palabras, comer y dejar comer y si no te gusta, pues no mires.

Como ejemplo flagrante y muy reciente, el de ese autobús fletado por los nuevos y belicosos miembros de la nueva inquisición que pretenden adoctrinar a las nuevas y todavía inocentes generaciones entre lo que es aceptable y no lo es, según los parámetros de sus cerebros enfermos.

Las mujeres deben de hacer piña entre ellas  porque, aunque algunos hombres las apoyemos en sus propuestas y reivindicaciones, nunca lo haremos con el mismo empeño, porque vamos a dejarlo claro, no nos va lo mismo en el envite y eso acaba siendo un factor determinante.

Es bueno que este tipo de cine sea visible y tenga un reconocimiento porque si algo no se ve, realmente no existe y también es cierto que los canales de distribución habituales no apuestan por este tipo de propuestas. Por eso estos trabajos son carne de festivales que aspiran a llevarse un galardón para que se muestren ante los ojos de todo el mundo.

Lo que ocurre es que estas películas nunca las ven aquellos que necesitan verlas para tratar  que sus procesos mentales, en el caso de que existan, sufran una metamorfosis existencial.

No hay peor ceguera que la de aquel que no quiere ver.

 

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