“Assassin´s creed” de Justin Kurzel o Scirpus Holoschoenus (Junco)

1492 fue un año complejo en la historia de España. Por una parte, se estaba fraguando el viaje de las tres carabelas comandadas por Cristóbal Colon hacia las Américas cuando en realidad apuntaban hacia otro sitio (se ve que el invento eso del GPS que te envía al lugar contrario al que pretendes ir es mucho más antiguo de lo que creíamos),  y por otro los reyes católicos, es decir la Reina Isabel que montaba mucho más de lo que montaba el Rey Fernando, porque en todos lo sitios cuecen habas y donde mandan dos siempre lo hace la parte femenina porque si no, no iríamos a ningún sitio, se había propuesto mandar a los judíos a tomar por culo y acabar con siglos de mezcolanza sanguinea y otras lindezas para las cuales no estábamos preparados en esa España no demasiado diferente de la que tenemos ahora. assasins-cartel

Por aquel entonces, España olía a carne quemada de tanto hereje friéndose atado a un palo y a los efluvios que manaban de los sobacos y del chirri de la regenta que había jurado no lavarse hasta que todos los judíos y los musulmanes estuvieran camino de ese lugar del que no deberían haber salido nunca. Y claro, en ese caldo de cultivo, todo lo que se fraguara olería a cocido revenido y a  chamusquina y nunca mejor dicho.

Fray Tomás de Torquemada (qué pedazo de apellido y qué esclarecedor), confesor de la odorífica reina y quemador de herejes al por mayor, aquí interpretado por nuestro actor todo terreno Javier Gutierrez, estaba empeñado en reducir a cenizas a todo aquel que no pensara como él. La Santa Inquisición era una estructura brutalmente jerarquizada que se especializó en llevar a cabo juicios rápidos y sumarísimos cuyo fin último ya estaba preestablecido y que actuó de manera genocida con total impunidad. De haber persistido esa puta manía purificadora, no quedaría un sólo árbol que pudiera atestiguar su pasado vegetal. Algunos estamentos de la actualidad esperan con nostalgia que regrese esa moda de quemar herejes ahora que hay métodos más eficaces para hacerlo a mayor escala, pero deberían de pasar algún filtro más. Curiosamente, los árabes que estuvieron entonces y que enriquecieron nuestra cultura y nuestra sangre antes de ser facturados de regreso con sólo billete de ida, han ido regresando paulatinamente a la que llegó también a ser su tierra. De llegar al trono otra parejita real con aires de grandeza, igual volvían a a darse las circunstancias adecuadas para que regresaran algunos hábitos del pasado, aunque en nuestro planeta ya está todo descubierto y nuestras ansias conquistadoras no van más allá de tratar de recuperar Gibraltar y el islote de Perejil. Como candidatos a presidir una renovada inquisición, alguno de nuestros obispos actuales, uno de ellos perteneciente a la iglesia de una localidad del este de nuestra comunidad madrileña, serían   dignos sucesores de ese incinerador celestial al que le molaba hacer asados de grandes proporciones con sus semejantes. Y eso que antes no había comunistas declarados, ni maricones saliendo del armario, ni defensores a ultranza de esos derechos universales que se han ido consiguiendo a lo largo de cruentas luchas que han ido dejando un reguero de cadáveres por el camino.

Esta película se basa en un videojuego que  a  algún iluminado conocedor de la psique humana, se le ocurrió en alguna de esas noches de insomnio a las que te condenan la falta de estímulos y de perspectivas a las que estamos abonados la mayor parte de los pertenecientes a esa tribu que nos llamamos seres humanos y a fe, y nunca mejor dicho, que dio en el clavo.

Los juegos de rol, es decir, meternos en la piel de aquellos que nunca podremos ser, ha sido una de las obsesiones de los hombres como género, desde que tenemos cierto nivel de raciocinio. Me gustará admitir que eso pertenece a tiempos ancestrales, pero las pruebas existentes me cuentan otra cosa. Asumir papeles que no nos pertenecen y actuar en consecuencia sin temer a represalias, ya que estamos temporalmente poseídos por una personalidad que no es la nuestra, es una forma estúpida  y maniquea de decir, yo no le clavé el cuchillo sino que su cuerpo cayó repetidas veces sobre él.

Las páginas de sucesos acumulan algunos titulares que podrían ajustarse a esta  descripción parcial de los hechos, pero no quiero hacer publicidad de unos acontecimientos que forman parte de nuestro pasado y presente, más olvidable.

Las sectas forman parte de  nuestra idiosincrasia y no hay que remontarse a tiempos pretéritos. El género humano tiene tendencia a arremolinarse en torno a un líder, llámese Mesías, Forrest Gump o el puto Hitler. Es lo que se llama espíritu gregario, de manada o simple tendencia bovina. Lo vemos en las manifestaciones y en los campos de fútbol, en los conciertos y en los supermercados. Y todos formamos parte de ese rebaño de manera más o menos activa y es lo que determina que ciertos monolitos en principio inamovibles, acaben inclinándose hacia un lado u otro y creando movimientos sísmicos de índole variable.

Y luego están esos símbolos que no sabemos muy bien si son reales  o forman parte de esos objetos que deben de acompañar a una ficción bien alimentada. El arca de la alianza, la túnica sagrada, el cáliz o lo que aquí llaman el fruto, que es una esfera que contiene la semilla  del libre albedrío y que en las manos equivocadas podría significar el acabose. Ya estamos otra vez con el puto tremendismo de los cojones. Tremendismo es cagarte de frío porque no puedes pagar la calefacción, porque comes piedras para llegar a fin de mes, porque te echan de tu casa cuando has pagado veinticinco años una letra con intereses abusivos y te retrasas un par de meses. Tremendismo es cuando a  un adulto con frustraciones vitales, lleve sotana, chandal  o chaqueta y corbata, le da por jugar con las cosas que hay entre las piernas de alguien mucho más pequeño. Tremendismo es cuando a alguien que va  a comprar a unos grandes almacenes, vuela por los aires porque a alguien le han convencido para que haga fuegos artificiales con sus entrañas. Lo demás son gilipolleces.

La culpa la tiene Dan Brown y otros escritores de libros sobre plagas bíblicas, empezando por los discípulos, sean de la religión que sean, que les dio por redactar unos panfletos tan ambiguos que según quién los lea, pueden significar una cosa o todo lo contrario. Lo malo no es estar zumbado. Lo verdaderamente jodido es que haya gente que te crea.

También hay que cargar con cierta responsabilidad a series como “Juego de Tronos” que al más puro estilo de las leyendas artúricas, dilucidan linajes y reinos con el mismo entusiasmo y ardor con que los adolescentes de “Al salir de clase” se esforzaban en quitarse novios y novias entre matemáticas y lengua.

Y después están esas sociedades que si fueran verdaderamente secretas no tendríamos noticias suyas y que, ya fueran de origen humanista o militar, siempre han obedecido a una serie de dogmas que evidenciaban su carácter sectario. Las más de las veces, independientemente del rango social de sus miembros, no eran más que gente a la que le gustaba reunirse, ponerse hasta el culo de aquello a lo que tuvieran acceso y contar batallitas o proponer otras tantas para que los programadores informáticos del futuro tuvieran cancha para diseñar sus juegos que consumirán con avidez las nuevas generaciones. Es decir, eran unos putos visionarios. No creo que lo que hagan los miembros del G-20 en las fortalezas que alquilan para sus paripés institucionales, difieran mucho de lo que hacían Víctor Hugo o Hugo de Payns y sus respectivos acólitos en las diferentes épocas en las que les tocó vivir.

Stanley Kubrick ya nos dejó explicado como legado póstumo en “Eyes wide shut” (1999), que eso de las sectas no es un asunto muy recomendable y Javier Fesser hizo lo propio en “Camino” en 2008 y las dos películas, abismalmente diferentes tanto en su concepción como en su planteamiento, nos contaban lo mismo. Líbrame de aquellos que quieren dirigir mis designios que ya veré yo cómo me las apaño sin que venga nadie  a darme nadie por el culo.

Y aquí se trata  una vez más, que cansinos son todos, de la lucha del bien y del mal. Lo bueno, es que el bien y el mal son ya tan indivisibles que no acertamos a saber quién es quién. Si en 1981, Spielberg nos presentaba a unos nazis locos tratando de buscar el arca de la alianza para dominar el mundo, aquí, un tal Justin Kerzel, responsable de la última adaptación de “Macbeth”en el año 2015 nos coloca en la tesitura de tratar de entender a unos católicos que tratan de aspirar a obtener un arma definitiva que restringirá el libre albedrío a la voluntad de unos pocos. ¿Pero qué cojones quieren decir?. Desde que el mundo es mundo, unos pocos personajes con más poder del que son capaces de gestionar, que no pasarían un test de aptitud ni para arbitrar una partida de parchís,  tienen en sus manos el hacer con nosotros puré de patatas, tarta de manzana o lentejas estofadas, mucho antes de que Master Chef nos presentara a un jurado inquisitorio dispuesto a hacer papilla de geriátrico con los concursantes menos aptos.  No hace falta ni arca, ni túnica ni fruto. Sólo la voluntad de unos pocos, bien pertrechados por un buen bufete de abogados, unos jueces vendidos y unos políticos que modifiquen las leyes a su conveniencia.

Pero claro, los guionistas tienen que disfrazar todo de cuestiones místicas y trascendentes. Hay dos bandos enfrentados. Los que quieren el poder del mundo para sí y los que prefieren tenerlo ellos y todos creen hacer lo mejor para sus semejantes. ¿Por qué discutimos? Pues porque lo que yo creo que es bueno, lo es y punto. Qué mierda me importa lo que tú pienses. Y ahí está el conflicto y el origen de todo enfrentamiento, ya sea local, parcial, general, universal o el puto partido del siglo que cada año hay uno por lo menos y ahí hay también  algo que no me cuadra.

Aquí hay de todo. Desde homenajes a la “Ben Hur” de Villiam Wyler de 1959 con una persecución de carros de caballos, hasta la “Matrix” original de los hermanos Wachowsky,  pasando por la incorporeidad de los personajes de “Tigre y Dragón” de Ang Lee en el 2000. Pero todo huele a ropa demasiado tiempo húmeda y a comida recalentada. Ya está muy vista la fórmula de incorporar actores y actrices de renombre para hacer el guiso más suculento. Casi tanto como lo de contratar voces famosas para doblar películas.

Aquí se trata de mezclar la ciencia con lo esotérico. Lo divino con lo mundano, pero básicamente, todo se reduce a pasar a cuchillo a todo aquel que no piense lo mismo que yo y tú te la ligas y tonto el que lo lea y yo no he sido, pero no me hubiera importado llegado el caso. Y entre tanta locura y gilipollez, resulta que aquellos que van a ser expulsados, son los únicos que tienen el cerebro suficiente para mantener el bicho escondido tal vez porque en aquella época eran los más listos de la clase y sabían de lo voluble e inconsistente del alma humana.

El junco es una planta que crece en los humedales y en aquellos lugares que la gente no considera aptos para vivir, pero que sirven de barrera natural para evitar el oleaje y los embates del viento y que a su vez protegen  a la fauna local de amenazas exteriores, como siempre se han protegido los hombres unos de otros creando eso llamado fortalezas, que son imitaciones arquitectónicas de las formas que nos aconseja la naturaleza.

junco También son llamados espadañas, tal vez haciendo alusión a esas armas que los humanos han forjado desde la edad del hierro para hacerse pupita con la mayor de las sañas posibles. Los juncos, al igual que muchas tribus, han sido erradicados de algunos lugares, pero esas mismas estructuras vegetales se han utilizado para evitar la desertización de otros, en ese juego tan incoherente y peculiar que identifica y cataloga nuestra idiosincrasia.

El junco fue también difundido por los colonizadores españoles fuera de su hábitat, como hicimos con nuestras paranoias, ínfulas de grandeza y nuestro inigualable credo, una vez que Cristóbal Colón, protagonista anecdótico de esta película, partió del Puerto de Palos el 3 de Agosto de 1492 consiguiendo de manera indirecta que nuestra reina se diera una ducha más que necesaria e iniciando un período conquistador que nos colocó en el primer escalafón de las olimpiadas invasoras de la época en cuestión. Lugar de privilegio que ostentamos hasta que los holandeses, los franceses y los americanos, nos bajaron los humos.

Esta película ha dado trabajo a unos pocos de miles de personas que a lo mejor acaban formando parte de otra plantilla en otra producción de tintes similares. Se trata de mantener el mercado laboral en movimiento y eso no es asunto menor. Yo ya no disfruto de películas de este tipo porque  mi época de hacerlo se encuentra en el mismo cajón dónde dejé las fotos de mi primera novia, pero puedo entender que a otros les guste. Sólo espero que dentro de un par de décadas, entiendan lo que estoy contando ahora, pero agradezco que por lo menos los responsables del guión, aunque sea bajo los efectos de sustancias estupefacientes, intenten hacerlo lo más complejo posible para que por lo menos por un breve instante, me hagan creer que esto no lo he visto antes bajo otro prisma.

Bien está lo que bien acaba, pero si he de ser sincero, ni aún queriendo desvelar el final, sabría cómo hacerlo.

Yo me quedé en las máquinas de marcianitos y esto de los videojuegos me resulta un tanto ajeno.

Hoy he recibido un paquete extraño por mensajero. Es un traje de armadura con una herramienta punzante. He mirado el calendario y ni es Carnaval ni  Halloween y, que yo sepa, no soy un mutante. Si alguien llama a tu puerta. No abras por si acaso.

Tengo una misión y es mejor que no te interpongas en mi camino.

Luego no digas que no te lo advertí.

asasins-imagen-dest

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *