“Animales nocturnos” de Tom Ford o Allium cepa (Cebolla)

Tom Ford es una “rara avis” del cine. Hace poco ha sido noticia junto con otros diseñadores de moda estadounidenses, porque se ha negado en rotundo a vestir con sus creaciones a la próxima primera dama de los EE.UU y eso, en un país que va ser gobernado por un tunante con tupé e ínfulas de grandeza que piensa que todo se puede con dinero (y es más probable que lleve razón el tío), es una condena de muerte laboral, sobre todo si perteneces orgullosamente a las filas de los homosexuales que proclaman su condición a los cuatro vientos. Curiosamente, este polifacético director de cine, nació en Austin, Texas, uno de los reductos de la América profunda que es uno de los bastiones de este tipo de votante que ha encumbrado a un hombre que no debería de haber sido ni delegado de curso de su instituto, mientras que el magnate americano, lo hizo en la ciudad de Nueva York, uno de los lugares más liberales de la tierra de los sueños. El mundo al revés.

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Tom Ford  ha sido diseñador de algunas de las más   grandes factorías de moda, desde Gucci hasta Yves Saint Laurent, y, como buen militante de ese submundo que viste a las más importantes personalidades de este lugar loco llamado Planeta Tierra y, desde que huyó desde esos lugares en el que le hubieran perseguido como a un perro apestado, ha vivido y se mueve por algunas de las urbes más cosmopolitas y deudoras de un cierto tipo de vida, como Nueva York, París y Milán. También finalizó la carrera de arquitectura en la ciudad de los rascacielos (ahora ya compartido este título con otras ciudades que desafían a la fuerza de la gravedad en forma de construcciones megalómanas).

Y la gente dirá, ¿qué me importa a mí lo que haya hecho o dejado de hacer este hombre, más allá de sus incursiones en el mundo del cine? Y también llevarán razón, pero en este caso creo necesaria esta introducción para entender más allá de lo evidente y lógico, esta última creación cinematográfica. Si hubiera dispuesto de esta información antes de ver “Un hombre soltero” en el año 2009, tal vez me hubiese gustado más o por lo menos, la habría visto con otros ojos. Desde ahora está pendiente para mí, un segundo visionado de esta cinta protagonizada por Collin Firth.

De entrada, Tom Ford, fue un asiduo de la legendaria discoteca Studio 54, situada en la avenida neoyorquina de idéntica numeración, que se erigió en reducto de artistas de todas las disciplinas y de hombres y mujeres de diversas inclinaciones sexuales, que fue considerada por muchos como un antro de corrupción, pero en la cual se cocían a fuego no demasiado lento, ideas revolucionarias que cambiaron la forma de ver las manifestaciones artísticas entre otras muchas cosas. Un ilustre inquilino de ese famoso antro, fue el inclasificable Andy Wharhol, sin el cual no puede entenderse el arte contemporáneo. Desde su apertura en 1977, hasta su cierre en 1986, un año antes de que el mito fuera asesinado, en pleno auge del Sida, ese lugar fue una de las fortalezas de aquellos que pensaban de un modo diferente al resto de los mortales. No todas las revoluciones se libraron en París y Moscú.

Su alma de artista moderno, de arquitecto y de diseñador de moda, impregna cada plano de esta nueva película que está basada en una novela de Austin Wright. Desde el comienzo, absolutamente desconcertante, hasta la secuencia de cierre, toda la película obedece a un complejo y estudiado juego de muñecas rusas. Estas matrioskas van dejando ver poco a poco lo que contienen hasta configurar una película extraña, diferente, que debería de verse en bucle varias veces para desentrañar y comprender todas las capas que contiene.

Como esa vivaz bienal  perteneciente a la familia de las liliáces, procedente de Asia, que es imprescindible en cualquier sofrito y cuyo bulbo comestible está formado por gruesas  capas, separadas por unas membranas secas, delgadas y transparentes que son la base de las hojas.flor-cebolla Contienen uno elementos sulfurosos que nos producen irritación de las mucosas cuando las cortamos, como tóxicas son las relaciones entre algunos humanos que tratan de imponer su voluntad con todos los recursos de que disponen. Sus inflorescencias, que pocas veces pueden verse porque suelen ser arrancadas de su lecho antes de que ocurra, pueden ser verdosas, blancas o violáceas, cuyos pedúnculos arrancan de un mismo punto y se elevan hasta una misma altura para configurar un minúsculo paraguas vegetal, como la estructura de esta película perfectamente armada que a través de la lectura alegórica de un manuscrito y mediante el uso de hábiles y precisos flashbacks, nos desgrana una serie de historias que arman el complicado puzzle arquitectónico que Míster Ford nos propone.

Está protagonizada por una actriz de moda que puede hacer lo que se proponga hasta el punto de dejar de parecerse a ella misma de una película para otra y por dos actores que, compartiendo elenco, presagian de entrada que la cosa no va a ser digerible para todos los públicos. Michael Shannon, es un monstruo de la interpretación que siempre compone personajes complejos, ambiguos y desconcertantes que nunca se sabe si van o si vuelven o si lo que hace está motivado por un guión o porque le sale de los mismísimos y Jake Gyllenhaal, un artista inmenso que dota a sus creaciones de un mundo interior que se escapa a su propia constitución física y que, como en Enemy (2013), del genial Dennis Villeneuve y basada en “El hombre duplicado”, del no menos genial José Saramago, se desdobla en dos personalidades muy diferentes según decida a voluntad o a instancias de un guión, este señor que se hizo famoso interpretando a un vaquero homosexual junto al malogrado Heath Ledger.

Su formación como arquitecto y como diseñador, heredero de la idiosincrasia de un tiempo en el que todo cambió demasiado deprisa, condicionan esta película haciéndola crecer o estancándola mínimamente en secuencias con componentes oníricos o surrealistas, pero que en ningún momento actúan como lastre para una trama que se va decapando sin que se alcance a entender en ocasiones las verdaderas intenciones del director.

Desde mi punto de vista, este trabajo contiene importantes elementos biográficos de alguien que, nacido en el primer año de los gloriosos sesenta, con el comienzo de la guerra en Vietnam y lo que eso supuso y  el asesinato de John F, Kennedy y el advenimiento de Lyndon B. Johnson, debió de sufrir lo suyo para defender y tratar de que entendieran una mente diferente y unas inclinaciones inaceptables para alguien nacido en el seno de una familia probablemente de nivel alto,  del provinciano medio oeste americano. El personaje del hermano de la protagonista, del que sólo oímos hablar en una escena de la película, con la madre estirada y burguesa que dice que todas las hijas acaban pareciéndose a sus madres, bien podría ser un alter ego del director tratando de hacer un ajuste de cuentas con su propia parentela.

La historia es sencilla en apariencia tal y como reza la sinopsis, que como tal, no debería de suponer ningún spoiler. Mujer madura, inteligente y rica, sumida en varias crisis, galerista y artista de éxito y reconocido talento, casada con tío guapo, cachas y con pasta, recibe una visita de su pasado en forma de manuscrito de su ex marido con el que apenas compartió un par de años de su vida que fueron finiquitados de manera unilateral por la fémina de la pareja, una vez que comprobó que no estaban en la misma onda y que podía llegar a suponer un lastre para sus intenciones futuras. A partir de ahí, las diferentes historias se van hilvanando a través de hábiles y contundentes transiciones que mantienen la tensión siempre en un punto álgido sin llegar a resultar insoportable, por que lo que quiere decir el director es que el fantasma de nuestras decisiones nos persigue allá dónde vamos porque no podemos huir de nosotros mismos y que, aunque sembrar no es garantía de recoger nada, si lo que implantamos en los demás crece de manera equivocada o maligna, esto nos será devuelto con sus respectivos intereses, cuando menos nos lo esperemos.

La película es un ajuste de cuentas de la protagonista con la vida y de la vida con todos aquellos que la habitan. Como buen arquitecto, el señor Ford sabe que ningún edificio mal construido se mantendrá en pie cuando vengan mal dadas y que un buen tejado no corrige un mal cimiento.

Yo no entiendo de moda ni aspiro a ello, pero este trabajo se asemeja también a esos trajes elaborados con minuciosidad y talento que sólo se pondrán una vez, en el mejor de los casos, aquellos modelos que se ajusten a las inhumanas medidas que estos artistas de la moda diseñan. En cuanto al planteamiento inicial, bocetar una de esas piezas únicas, no debe de ser demasiado diferente a bosquejar en un folio los primeros pasos de un nuevo edificio arquitectónico, de la misma manera que todos los fetos en el vientre de sus madres se asemejan entre sí, hasta que, una vez liberados de su prisión de carne, pueden expandirse en base a su código genético.

En un momento dado, alguien dice en la pantalla que todo lo que no se escribe acabará muriendo. Lo que no llega a decir de manera explícita, pero se intuye una vez que la película finaliza, es que todo lo que se escribe puede también acabar matando.

Curiosamente y entroncando con el inicio de esta crítica, Tommy Hilfiger, el diseñador de moda que proclamó a los cuatro vientos y literalmente que su ropa no estaba diseñada para que la llevaran negros y maricones, ha dicho que estará encantado de vestir a la señora Trump.

Al final, las piezas siempre acaban encajando.

Quién siembra vientos, debería de recoger tempestades.

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