“Abracadabra” de Pablo Berger o Sturnus vulgaris (Estornino pinto)

El estornino pinto es un ave mayoritariamente gregaria cuyo número de individuos se calcula por encima de los trescientos millones y que puede llegar a formar bandadas de hasta un millón de ejemplares, aunque generalmente se mueven en torno a cantidades menos exageradas. Es un tipo de pájaro que por sus hábitos alimenticios puede convertirse en controlador de plagas y ser ellos mismos los causantes de una de ellas, ya que pueden acabar de una sentada con cultivos agrícolas y quedarse tan pichis. estornino bandada

Es un ave de tamaño medio y aspecto compacto que luce una coloración negra con moteado blanco y pico amarillo. Tiene una amplia distribución por todo el planeta, porque ha sido introducido con éxito en todos los lugares del mundo y está considerada una especie en expansión. Durante el invierno, en la Península Ibérica y en Baleares nos llega cada año un importante contingente procedente de Europa Central y como curiosidad, comentar que en 1949, se posaron tantos de ellos en las agujas del famoso Big Ben, que el mítico reloj se detuvo y necesitó de ciertos retoques de mantenimiento para volverlo a hacer funcionar.

Es un pájaro que ha sido nombrado ampliamente en literatura, desde los escritos de Plinio el viejo hasta en los más modernos, aunque ya no tanto, de William Shakespeare.

Al contrario que otras aves de constitución similar, cuando no vuela, se desplaza caminando o corriendo, pero sin dar saltos y cuando vuela lo hace de forma directa y rápida, pudiendo alcanzar velocidades de entre 60 y 80 kilómetros hora y desplazarse hasta 1.500 kilómetros en un sólo día.

Miles de ellos posados pueden generar un volumen de ruido nocivo para los que están cerca y generan una cantidad de excrementos tal, que es un problema serio cuando se establecen en núcleos urbanos. Tienen un inusitado talento para la imitación de voces de otros pájaros o ruidos de su entorno que aprenden y practican con el mismo entusiasmo con el que forman enjambres, cuyo fenómeno hipnótico y espectacular es llamado en algunos lugares “sol negro” porque pueden llegar a ocultar el de verdad y hacen gala de una asombrosa capacidad de coordinación tanto en vuelo como durante el aterrizaje. Cuando forman esas gigantescas bandadas desplazándose en el cielo de manera acrobática crean un sonido sibilante que puede oírse a cientos de metros de distancia.

Y precisamente de hipnosis trata la nueva película de este cineasta absolutamente inclasificable que, como Carlos Wermut, Cesc Gay o Jaime Rosales, por citar sólo algunos de ellos pertenecientes a la nómina de nuestro país, gustan de transitar caminos diferentes a los de los demás compañeros de profesión y de hacerlo a su manera y la forma que tiene de hacer cine este señor de Bilbao, poco o nada se parece a la de ningún otro director de cine.Cartel_ABRACADABRA

Claramente obsesionado por la perfección técnica, todos sus trabajos, ya sea su cortometraje “Mamá” de 1998 o sus tres películas, “Torremolinos 73” (2003), “Blancanieves” (2012) o ésta que nos atañe, muestran una obsesión espartana en una planificación en la que todo está medido al milímetro y es fiel a la mayoría de gente que trabaja con él, que suelen repetir rol en los trabajos que su mente inquieta va pariendo, seguramente no con la celeridad y la reiteración que a él le gustaría, pero es que ser perfeccionista, conlleva la ejecución de una serie de rituales que ralentizan los procesos en los que los demás generalmente, invierten menos tiempo.

Si en su ópera prima, “Torremolinos 73”, con un reparto internacional en el que destacaban Javier Cámara, Candela Peña y Mads Mikkelsen entre otros, se agarraba a un suceso real que tuvo lugar en la década de los setenta en España y que superaba con creces a cualquier ficción que hubiera pensado el más zumbado de los guionistas y en “Blancanieves” revisitaba el cuento infantil en clave torera quién sabe si homenajeando o parodiando una de las cosas por las que más conocidos somos fuera de nuestras fronteras, en “Abracadabra” y en clave surrealista, como suele ser su costumbre, aborda varios temas en uno, en un collage a ratos absurdo y otras oscuro, pero nunca previsible, para tratar de entender una sociedad, la nuestra, tan anclada es sus tradiciones que nunca podremos salir a flote porque para que te salven es necesario primero darnos cuenta de que nos estamos ahogando y luego dejar de patalear, para que el socorrista pueda hacer su trabajo sin que se nos llenen los pulmones de agua.

Y para ello coloca en primera línea de fuego a un gañán de libro encarnado por el inefable Antonio de la Torre que vale para un roto y para un descosido y que simboliza el ejemplar patrio de impresentable que son legión dentro de nuestras fronteras y fuera de ellas porque la estulticia tiende a reproducirse con eficacia conejil  y, aunque hablen diferentes idiomas, son siempre el mismo perro con distintos collares, o distintas camisetas de equipo de fútbol porque para el caso es lo mismo y además, ayuda para entender la trama. Y son tan gregarios y tan numerosos como el estornino pinto y generan una cantidad de ruido insoportable y el rastro que dejan en forma de colillas de cigarros, botes de cerveza y vomitonas varias no son del gusto de quienes tienen que limpiar lo que van dejando detrás y han sido introducidos en todos los lugares del planeta tierra y cuando se ven, en aquellos casos en que los diferentes encuentros entre aficiones de fútbol o reuniones periódicas, les concitan en un punto concreto o cuando coinciden en los chiringuitos de playa o en los resorts de esos con pulserita incluida, se reconocen y se tratan como iguales y se dan fuertes palmadas en la espalda y cantan a los cuatro vientos sus hazañas sexuales, las trifulcas en las que se ven envueltos o cómo van desde Atocha a Gandía en dos horas y tres cuartos y les sobra tiempo para mear un par de veces.

Y las mujeres que los sufren, si tienen la suerte de que el gallito no suela desfogarse a golpes con ellas, pues son seres invisibles que sólo adquieren cierta corporeidad cuando se les ha olvidado comprar cervezas, preparar la cena a tiempo y es perentoria una llamada de atención o cuando el contenido de la bolsa escrotal aprieta y es necesaria una manipulación o ciertos ejercicios físicos que requieren de cierta compenetración o como mínimo de un recipiente para contenerlos.

Y esta mujer está encarnada por la gran Maribel Verdú que es un auténtico lujo como actriz y como fémina y que impregna a todos sus personajes de una personalidad que trasciende la pantalla. Y son ellos dos los que llevan el tema con el permiso de un José Mota que siempre hace de sí mismo ya sea en sus propias creaciones o en las de los demás y al que cuesta trabajo tomar en serio cuando le dan un papel dramático como en “La chispa de la vida” (2011) de Alex de la Iglesia, que ya fuera el encargado del diseño de producción en el primer cortometraje de Pablo Berger porque los dos son vascos, los dos son peculiares y porque Dios los cría y el viento los amontona.

Alrededor de estos dos protagonistas, orbitan una serie de personajes que van salpicando y adornando la trama y acabando de configurar la tela de araña de una película que bajo su aparente envoltorio de papel de estraza, tiene tantas capas como la cebolla que el hipnotista de pega trata de hacer comer a una de sus supuestas victimas voluntarias como si fuera una manzana, lo cual, a mi manera de ver, recuerda a esa otra manzana que sumió en un sueño profundo a cierto personaje inmortal que fuera filmado en blanco y negro hace más o menos un lustro mientras siete enanitos desconsolados y con trajes de luces, maldecían su cochina suerte.

El planteamiento es, pese a todo, sencillo. No así su resolución y ni mucho menos la puesta en escena. ¿Qué pasaría si durante una sesión de hipnosis alguien que ha sido sometido a ella con supuesto éxito, fuera poseído por la personalidad de otra persona ya muerta y que se alternaran en el mismo cuerpo ambas psiques sin solución de continuidad ni manera de discernirlas, atajarlas o entenderlas?

La acción va de manera recurrente del bar en el que todos desayunan, a la obra en la que trabaja el gañán y a una sala de fiestas en la que se celebran bodas tan anacrónicas como las de antes, las de hoy mismo y las de mañana, mientras la mujer del machito alfa y su primo hipnotizador se desplazan vestidos de manera ochentera por la M-30 madrileña dentro de un autobús arcaico y rojo de la EMT que destaca entre los coches modernos y entre los taxis en los que se paga en euros para aumentar deliberadamente la confusión que sufre el protagonista que no sabe si es un operario de grúa de altura o un psicótico esquizofrénico que acumula premios por sus habilidades en los bailes de salón, mientras que su mujer se debate entre lo que quiere, lo que debe, lo que le gusta más y lo que no le agrada una mierda, mientras pide explicaciones a su primo, que a su vez se las pide a su mentor que es un consumado consumidor de tortitas con nata que no se encuentra el culo ni cuando caga, pero que arrastra su condición de gurú de tres al cuarto que les acaba llevando a todos a una habitación de hospital para que asistamos a una esperpéntica y descojonante escena a cargo del que fuera Justino, el asesino de la tercera edad, allá por 1994, en la que la tauromaquia también tenía un papel destacado como en la anterior película del cineasta vizcaíno.

Ese autobús simboliza el único espacio en el cual Maribel Verdú y José Mota, encarnando a sus respectivos personajes, encuentran ese lugar de calma, ese espacio intrauterino, en el cual pueden hablar sin ambages de lo que ocurre. Del mismo modo que ese otro espacio en blanco inmaculado, en el cual se encuentran las mentes de los que son hipnotizados, es el zulo mental en el cual los allí secuestrados como crisálidas de mariposa, aguardan el momento de convertirse en minúsculos seres alados o ser apresados por el coleccionista de turno que las empalará vivas con un alfiler para aumentar su colección.

Toda la película es una paranoia surrealista llena de situaciones pintorescas que no obedecen a ningún patrón clásico y en la cual la sorpresa está permanentemente asegurada, aunque la resolución final dejará a muchos con tres palmos de narices porque todo queda supeditado a la inteligencia e inquietud del espectador que deberá de rellenar la multitud de espacios en blanco que deja un trabajo tan inclasificable y complejo en su fondo, como aparentemente llano en su forma y que según avanza va incrementando su nivel de circunvalaciones como si nos estuviéramos adentrando voluntariamente en los círculos de Dante sin dinero para pagar al barquero por nuestro viaje y con la esperanza de que no venga el revisor a requerirnos el billete.

Pablo Berger, al que algunos echamos de menos entre trabajo o trabajo, vuelve a tocar techo de nuevo con esa habilidad que tiene de plasmar la realidad a través de la imagen deformada de los espejos del callejón del gato, porque  Valle Inclán describió de manera impecable el esperpento no sé si cómo padre de la criatura, pero sí como máximo exponente literario de una sociedad de principios del siglo XIX que se parece sospechosamente a ésta casi cien años después del estreno de su obra cumbre y dejó tras su muerte adeptos y discípulos que bajo diferentes formas y manifestaciones artísticas, siguen rindiéndole honores de muchas y variadas maneras.

Los gañanes, como los estorninos, están en expansión y, cuando se reúnen no hay quién los pare. Eso sí, a la hora de desplazarse, ya quisieran tener la elegancia y sincronización de la que hacen gala estos creadores de enjambres que dibujan en el cielo las siluetas efímeras de nuestros pensamientos y que se borran antes de que podamos aprenderlas como el hipnotizador que tras chasquear los dedos nos conmina a olvidar lo que vivimos mientras duró nuestro trance.

Muchos de nosotros, sometidos a hipnosis, ni siquiera nos hemos percatado de que seguimos dormidos.

Hasta que alguien venga a despertarnos.

Preferiblemente con un beso.

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