“A ghost story” de David Lowery o Burhinus oedicnemus (Alcaraván común)

El alcaraván es un ave migratoria de la familia de las zancudas de no más de cuarenta centímetros de longitud que luce una patas de color amarillo y un pico del mismo tono con la punta negra, Tiene una bigotera blanca característica y unos ojos grandes con un iris amarillo que le dan una permanente expresión de perplejidad y que dan la sensación de que carece de párpados con lo que poder cerrarlos. A pesar de la familia a la que pertenece, busca acomodo en estepas y herbazales, siempre alejados del agua. Se alimenta de insectos y de otros invertebrados y en ocasiones de reptiles pequeños a los que persigue ayudada por la rapidez que le confieren sus largas patas adaptadas para la carrera. Alcaravan10

Es un ave solitaria de hábitos nocturnos y crepusculares. Nidifica en hoyos practicados en la arena y cuando se siente amenazada, la prole se reúne en torno a los adultos, para defender el fuerte. Es un ave desconfiada con tendencia a esconderse, aprovechándose de los tonos pardos de su plumaje, que le ofrecen un perfecto camuflaje. Según algunos estudiosos del tema, está tan emparentada con los limícolas como con las gaviotas sin inclinarse por ninguna de las dos opciones y sin saber realmente si es carne o pescado. Y esa dicotomía extraña, es la que nos muestra David Lowery en su última, compleja y extraña película que no dejará a nadie indiferente, que expulsará a los impacientes de las salas de cine en dónde se proyecte, que atrapará a aquellos que quieran mirar más allá de su forma aparente y que volverá locos a aquellos que, como el alcaraván, no sepan si lo que están viendo es una gaviota, un limícola o ni una cosa ni la otra.

De entrada, puesta en escena clásica y situación convencional de pareja joven, supuestamente  enamorada y habitando una casa perdida en algún punto perdido de una América profunda que podría ser, y de hecho tal vez lo sea, un paraje atemporal, tal vez nuestra propia casa que habitamos como mejor podemos, dejando pasar los días hasta el momento de rendir cuentas con el gestor que nos toque en suerte llegados a ese punto. Pero muy pronto, no le queda más remedio porque el asunto no llega a los noventa minutos de metraje y no es cuestión de perder el tiempo, nos empieza a dejar claro que de película convencional no va a quedar ni la intención. En esa casa que supone el primer hito en una pareja cuya intención genuina es consolidarse, una de las partes se siente como en casa y la otra no tanto, entre otras cosas porque no es necesario que llegue la noche para que empiecen a oírse ruidos extraños, de esos que todos escuchamos en nuestro hogares y a los que nuestra parte racional trata de buscar una explicación sobre todo para no mearnos encima cuando nos metamos en la cama y nos de cosilla el tránsito impepinable entre el reposo del guerrero y el recorrido hasta el aliviadero.

El suceso epifánico ocurre pronto, porque si no no habría tema y porque lo pone en la sinopsis que nos promete una película de fantasmas al uso, cuando de eso tiene sólo la apariencia. La parte masculina de la pareja, precisamente aquella que le gustaba la casa, la palma a las puertas de su hogar de una manera en que la espichan al año más o menos un millón de personas de los que habitamos este lugar llamado mundo y, una vez va a reconocer el cadáver la parte doliente y sobreviviente del binomio demediado, se convierte, no se sabe si a su pesar o porque sí, o por decisión del director o del guionista o porque muchos de los muertos repentinos, privados de la vida de una manera súbita, se niegan a aceptar su condición, como si de vivos se tratase, en un fantasma al uso.A ghost cartel

Y cuando digo un fantasma al uso, no me refiero al Bruce Willis de “El sexto sentido” ni al maromo de Demi Moore en “Ghost”, sino a uno tipo “Casper”, con su sábana cubriéndole y los ojos troquelados a la altura de dónde estaban los que veían las cosas reales. En otras palabras, un fantasma de los de antes como los que habitaban el “Exin castillos” que todos los niños de mi generación ansiábamos tener cada día de reyes. Eso sí, sin cadenas físicas, porque ese tipo de ataduras no tienen cabida en esta película que obvia lo físico de manera descarada para adentrarse, y de qué manera, en otros mundos de mucho mayor calado, complejidad y dificultad narrativa. Las cadenas que arrastramos, cada una de diferente grosor, densidad y peso, nos acompañarán siempre, estemos vivos o muertos, seamos conscientes de ello o en absoluto, y la ligereza con la que las movamos o el ruido que hagamos al desplazarlas, dependerá del aplomo de cada uno a la hora de asumir lo que somos y los pasos que debemos dar a continuación en cada intersección de nuestro camino.

David Lowery, actor, director y guionista americano que ya hiciera trabajar en su segundo largometraje a idénticos protagonistas, pone sobre el tapete una producción tremendamente arriesgada, sobre el amor truncado y sus consecuencias en cualquier plano y a cualquier nivel y la manera en la que cada cual ha de librar sus propias batallas y de cómo unos siempre están mucho mejor pertrechados que otros para asumir el infortunio.

Casey Affleck, el hermano menor del nuevo Batman con permiso de Christian Bale, galardonado con el Óscar este mismo año por su trabajo en “Manchester frente al mar” de Kenneth Lonergan, se pasa la mayor parte del tiempo oculto bajo una sábana, mirando a través de los ojillos taladrados, cómo es el mundo en ausencia de sí mismo y cómo la mujer a la que amaba reconstruye su vida y acaba abandonando la casa que fue de los dos y cómo diferentes familias y tipos de personas, acaban habitando ese hogar que estaba diseñado y elegido para ser habitado por esa pareja en uno de los posibles mundos que estaba destinado para ellos. Pero el destino, ya se sabe y no sólo por la literatura y por el cine, es un cabrón con pintas y nos tiene siempre preparadas sorpresitas para que no nos relajemos y porque le gusta destrozar planes con la misma saña con la que los huracanes y los terremotos, se ceban en esas zonas del planeta más susceptibles de ser devastadas.

Es un recorrido exhaustivo y emocional de una presencia recurrente en un lugar en el que queda atrapado, vaya usted a saber si por decisión propia o por obligación espiritual, un ente que ya no pertenece al mundo de los vivos o por lo menos a la misma dimensión, pero que sigue dependiendo de las mismas obsesiones de las que hacen gala los seres corpóreos, como esa nota manuscrita que la parte viva de la pareja enclaustra en el marco de una puerta antes de abandonar definitivamente la casa marital y que el fantasma trata de recuperar como sea, tal vez para  encontrar una explicación, del tipo que sea, a lo que le ocurre o para dar un sentido a su vida o a su ausencia. Y mientras tanto, ese fantasma que no sabemos si alguien puede ver o intuir, pero que observa las escenas cotidianas con la misma parsimonia y aparente falta de afectación, con la que un espectador neutral asiste a un partido de algo en el que no le va nada en el envite una vez su equipo ha sido eliminado, se comunica de manera telepática con otros entes similares, pero con otras historias, tal vez grabadas,  y sólo visibles para aquellos que sepan interpretar los códigos, en los pliegues de sus sábanas.

El director da una vuelta de tuerca, un giro de guión a medio camino entre lo demencial y la genialidad que coloca la película a otro nivel y que provoca en el espectador un fogonazo que puede acabar en cortocircuito o en prístina revelación y que definitivamente, eleva esta obra audiovisual, de perfección técnica apabullante y planos secuencia interminables que ponen a prueba la paciencia del espectador, en un cuento en bucle sin principio ni final que juega con las leyes de la física, en una ruleta rusa existencial con todo el tambor cargado de balas, que sitúa la acción en ningún lugar y en todos al mismo tiempo, mientras asistimos en primera persona al desconcierto, al miedo, a la ira y al abanico de sentimientos que experimenta un fantasma en caída libre, literalmente, que sufre y padece mientras aguarda a encontrar de nuevo su lugar para poder empezar de nuevo desde el principio y con el marcador a cero.

Cine extravagante, cine extraño, cine tan difícil de encasillar como el alcaraván que desde los iris amarillos de sus ojos, escrutina el mundo tratando de descifrarlo y de tener una actitud acorde con lo que se espera de él y de su condición. Ese fantasma, tan solitario y esquivo como esta zancuda que prefiere correr tras sus presas que esperarlas anclada en el lodo y que nadie ve porque los ojos siempre tienen tendencia a fijarse en aquellos lugares dónde se concentra la acción, sin importarles realmente lo que ocurre en la periferia del plano.

la película contiene escenas sublimes de una belleza conmovedora, como la rememoración de esa canción que en vida compusiera para su musa el malogrado amante y que ella evoca con el fantasma de su difunto marido a las puertas de sus manos lánguidas sobre el piso o trascendentes como ese monólogo de drogado trasnochado que en sus efluvios borrosos trata de asir la verdad absoluta del universo, mientras los demás asienten con los ojos vidriosos de quién espera la siguiente dosis o ese mundo futurista que se alza tras llegar a la azotea de ese edificio en construcción y que entronca, un instante después con los inicios de los territorios por explorar y los instintos salvajes que habitan en cada uno de nosotros.

Es una alegoría mágica sobre el ser humano y los caprichos del destino que nos zarandea de manera inmisericorde, una historia de fantasmas en la que no sabemos si los fantasmas son los que llevan la sábana cubriéndoles o el resto de la gente que se mueve de un lugar a otro tratando de buscar también su lugar en el mundo, un juego metafísico de conclusiones  inasibles que cada cual interpretará a su manera y cuyas incógnitas cada uno tratará de despejar en la medida que pueda o de olvidar en un cajón, una de esas historias atemporales que nos harán meditar sobre quiénes habitan los espacios que una vez fueron y si tal vez somos nosotros los que nos desplazamos por unos terrenos baldíos que una vez configuraron el mapa de nuestras vidas.

Tal vez los fantasmas de nuestras decisiones pasadas, de nuestros errores, de nuestros aciertos, caminen junto a nosotros con el ánimo sombrío cubiertos con sábanas hechas jirones y nos miren a los ojos y no veamos nada. Tal vez sea eso lo que vemos cuando nos miramos en los espejos. Tal vez esa superficie bruñida nos devuelva una mirada propia que ya tiene miles de años. Tal vez ni siquiera nuestros ojos se han llegado a encontrar entre tanta bruma.

Tal vez, sólo tal vez, sólo estemos habitando los sueños de otros.

Tal vez el alcaraván tenga todas las respuestas a estas preguntas y por ello prefiera esconderse.

Tal vez.

Y ante tamañas dudas, es mejor no desprenderse de la sábana.

 

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