“7 días en Entebbe” de José Padilha o Caprimulgus europaeus (Chotacabras gris)

El chotacabras gris en un ave de hábitos nocturnos y crepusculares  que habita en Eurasia y África a dónde suele emigrar cuando vienen mal dadas. Es por lo tanto un ave que gusta de zonas templadas en las que coloniza pastizales y claros de bosques. Tiene un plumaje críptico con patrones miméticos que le hace pasar desapercibido cuando está posado o descansando, ya que se confunde con pasmosa facilidad con su entorno. Utiliza como nido depresiones someras sin revestir en las que puede permanecer inmóvil aún a pesar de la cercanía de posibles predadores, de los que huye prácticamente cuando el enemigo está encima de ella. Tiene las alas largas y el pico y las patas cortas, una longitud de menos de treinta centímetros, una envergadura cercana a los sesenta y un peso que rara vez supera los cien gramos. Cuando está posado en el suelo en actitud de reposo, suele girarse con frecuencia orientándose hacia el sol, de tal modo que apenas proyecte sombra para que no pueda ser detectado y tiene unas uñas aserradas con forma de peine que le valen al mismo tiempo para acicalarse y desparasitarse.Chotacabras_03

Goza de mala fama, ya que tanto su nombre científico como el vulgar, hacen referencia a un falso mito que les atribuía la capacidad de mamar de la cabras lo cual en el imaginario popular, les atribuía habilidades tales como hacer enfermar al ganado, pero es del todo seguro que tamaño bulo viene derivado a que es un animal que se acabó asociando al ganado por los insectos que rodean a estos seres vivos pastoreables y que podían suponer para el chotacabras una fuente más que segura de alimento.

Tiene un vuelo ligero y errático y un canto prolongado y ronroneante y a pesar de que no lo aparenta, cuando abre el pico para capturar su alimento en vuelo, se convierte en una fascinante ave capaz de ingerir ingentes cantidades de insectos gracias a su descomunal apertura de boca en cuyos laterales luce unas cerdas que aumentan considerablemente su capacidad de trasegar el alimento que necesita para sobrevivir y suele valerse de sus grandes ojos y de su privilegiada visión nocturna, para llevar a buen puerto sus cacerías.

Y una cacería en toda regla fue la que llevaron a cabo los israelitas el cuatro de Julio de 1976, curiosamente el día en que los americanos celebran una de sus fiestas más sonadas que es el día de la Independencia de los EE.UU, que son el mayor aliado de esa reciente potencia creada en  Mayo del 48 y que forman una sólida coalición a  ambos lados del Atlántico, seguramente porque comparten intereses colonialistas, belicistas y económicos y también porque la mayoría de las grandes fortunas del gigante dirigido por el rey del twiter incendiario, pertenecen a los que forman las huestes de esa religión que convierte el sábado en su día sagrado.

Pero una semana antes de ese día señalado, ocurrió algo que acabó motivando ese desenlace y que mantuvo al mundo en vilo en una época en que los atentados no eran el pan nuestro de cada día, sino episodios aislados que adquirían por lo tanto una relevancia sumaria mucho antes de que nos acostumbráramos a la barbarie como forma de pago habitual entre naciones, continentes y creencias enfrentadas.

Y es que el 27 de Junio de 1976, un grupo de cuatro terroristas formado por dos miembros del Frente Popular de Liberación Palestina y otros dos de las células revolucionarias alemanas, con intereses en común, pero con algunos puntos enfrentados en cuanto a conceptos básicos, se pusieron de acuerdo para secuestrar un avión de la compañía Air France, concretamente el vuelo número 139, que cubría la escala de Atenas a París y que llevaba a bordo casi doscientos cincuenta pasajeros, con un gran número de israelitas entre el pasaje. Este vuelo, tras ser tomado por la fuerza se dirigió hacia Libia y de allí a Entebbe que es un paraje cercano al lago Victoria y a Kampala, la capital de país africano en el cual por aquella época era líder un tal Idi Amín que hasta el año 1979 la lió parda cometiendo genocidios indiscriminados como siempre ha sido habitual en ese continente olvidado de la mano de Dios y gestionado por intereses externos en los cuáles la venta de armas, la extracción de minerales y piedras preciosas y otras tropelías, necesitan de dictadores auspiciados y financiados por grandes capitales de otras partes del mundo. Este señor inspiró la película de Kevin MacDonald en el 2007 llamada “El último rey de Escocia” y aprovechó este oscuro pasaje para darse bombo y publicidad y tratar de convertirse en mediador de un conflicto ajeno a él en principio, para ganarse fama de buena gente, pero le salió el tiro por la culata.entebbe-609034889-large

El Frente de Liberación Palestina, considerado un grupo terrorista en EE.UU, Canadá y la Unión Europea, ya la había liado parda cuatro años antes durante las olimpiadas de Múnich, como contara Steven Spielberg en su película de idéntico nombre en 2005, cuando secuestraron a la totalidad del equipo olímpico israelí acabando aquello como el rosario de la aurora y convirtiéndose en un episodio humillante para los alemanes que vieron como un evento deportivo de máximo nivel, derivó en una masacre imprevista que tal vez sirviera de escarmiento y de prueba de fuego para que algunos años después, no se repitiera la historia.

El plan era sencillo al menos sobre el papel. Los terroristas pretendían canjear la totalidad del pasaje, o por lo menos los de pasaporte israelí, por la liberación de medio centenar de presos políticos afines a la causa revolucionaria, pera a esas alturas de la película, la de verdad, no la ficcionada, ya sabían hasta los más lerdos, que si por algo se había caracterizado hasta la fecha el gobierno de la bandera de la estrella de David, era por no ceder a presiones terroristas y a su tajante negación de llegar a acuerdos con grupos revolucionarios, por lo tanto, esos rehenes que estaban atrapados en una antigua terminal en desuso de una población perdida de un país del África profunda, sumida para más inri en uno de los períodos más oscuros de su oscura historia, sabían que lo llevaban crudo y que su vida no valía una mierda porque sus dirigentes no les iban a convertir en moneda de cambio para no sentar unos precedentes que podían desembocar en un efecto llamada para aquellos a los que pudiera ocurrírseles cualquier tipo de reivindicación.

Y de esto va esta película de José Padilha, director de cine y documentalista brasileño que alcanzó la fama en 2007 con “Tropa de élite” y que se consolidó por dirigir la serie “Narcos” de la plataforma Netflix desde 2015 y que ahora aborda con la profesionalidad que le caracteriza otro suceso traumático en lo que ya viene a ser una constante en su filmografía desde su debut en 2002 con “Onibus 174” en el cual narró el secuestro de un autobús en Río de Janeiro que acabó como el culo.

Y sabe lo que se hace, porque sitúa y presenta a los personajes de manera eficaz y hábil, dejando pequeñas perlas sobre sus sueños, conflictos e intereses y dando saltos de atrás hacia delante y viceversa, para que podamos impregnarnos de la historia y captar sus matices hasta que se llega al momento epifánico en que esos pasajeros y sus secuestradores llegan tras dar varios bandazos, a esa terminal en desuso con pésimas condiciones de salubridad y custodiados por terroristas enfrentados militar e ideológicamente y por esbirros del dictador ugandés, sin que tuvieran esperanzas de ser rescatados con vida.

Paralelamente a esa acción, ocurren otras dos que aparentan ser muy desiguales en cuánto a su interés hasta que al final, las cosas acaban por encajar en su sitio. Por una parte, el primer ministro israelí, sumido en pleno proceso político y por lo tanto, estando bajo la lupa no sólo de su propio país, sino por el resto del mundo, trató en principio de solucionar el asunto por medios poco habituales y más diplomáticos, tratando incluso de romper la regla inquebrantable de no negociar con el enemigo bajo ningún concepto, pero la rama más bélica de su gobierno, logró llevar a su terreno todo el asunto y presionar al máximo dirigente para que acabara por autorizar una operación que o bien le aupaba a las cuotas máximas de popularidad política o le sumía en una debacle de proporciones bíblicas.

Por otro lado, desconcierta la importancia que da el director a la relación entre un militar de rango elevado y su pareja bailarina que se da cuenta, poco antes de estrenar una obra como parte destacada del elenco, que la profesión de su pareja estará siempre por encima de los intereses conjuntos de una relación personal y las tres historias, la de los secuestradores y sus víctimas, la que ocurre de puertas para adentro en las galerías y estancias dónde se dilucidan los más importantes asuntos de estado y las que tienen lugar en la casa común, en el sitio de entrenamiento del ejército y en los ensayos en el teatro, se mezclan con gran habilidad hasta llegar a un momento de cine sublime de apenas diez minutos dónde gracias a un montaje soberbio, las historias se van resolviendo de manera orgánica.

Antes de eso asistimos al conflicto moral de los dos terroristas alemanes que se dan cuenta demasiado tarde que sólo son instrumentos y que han hipotecado sus vidas sin ninguna posibilidad de asumir el pago, por un asunto que en realidad les es ajeno y porque les queda muy grande ya que en su calidad de ciudadanos alemanes, no pueden comprender la magnitud y la profundidad de un conflicto que es necesario mamar para entenderlo con todas sus espinosas aristas, pero que se sienten obligados por la herencia oscura de un país cuyas heridas de guerra condicionaron y lo harán para siempre, todo lo que hubiera de venir después. Daniel Brühl, ese actor español camaleónico capaz de rodar en un buen puñado de idiomas y Rosamund Pike, que tan pronto parece una chica angelical como el bicho que picó al tren, son la dupla de terrosistas alemanes enfrentados entre sí acerca del trato que hay que dar a los rehenes y que entran en conflicto permanente porque incluso en los más altos índices de fanatismo hay escalas y momentos de bajón y duda.

El caso es que esta gente, que pensaba que iba a cambiar el mundo a su manera drástica y equivocada, pasaron siete días en Entebbe esperando acontecimientos a pesar de que sabían que sus cartas eran malas y estaban marcadas y lo que les llegó fue una avalancha formada por varios comandos que cruzaron con nocturnidad y alevosía los dos mil quinientos kilómetros que separan Israel de Uganda y lanzaron un ataque por sorpresa como chotacabras mimetizados en la oscuridad de la noche, lanzados a tumba abierta con la boca bien dilatada para zamparse la mayor cantidad de insectos posible y acabaron  con el órdago. En ese ataque palmaron casi medio centenar de soldados ugandeses, la totalidad de los terroristas y tres rehenes que excepto para sus familias, debieron de ser una factura asumible para el bando ganador, aunque algunos días después el ejército ugandés matara a un cuarto rehén en uno de los hospitales dónde estaba ingresado como postrer venganza por la invasión sanguinaria, porque los verdaderos artífices de esta clase de cosas, siempre se quedan resguardados muy lejos de la línea de fuego.

Buena película bien ejecutada y bien narrada sobre un suceso que entonces conmovió al mundo pero que hoy en día se quedaría en una simple anécdota inmiscuidos como estamos en un mundo cambiante, deformado y salvaje, en el cual una vida vale lo mismo que un pedo y la sangre se vende por litros y al por mayor, pero que deja una curiosa lección tras la lectura postrera de los títulos de crédito en los que se asevera, por supuesto sin que haya ningún género de dudas, que la única víctima israelita en el asaltó, exceptuando los rehenes, fue un tal Yonatan Netanyahu, hermano menor del actual primer ministro israelí que ya va por el cuarto mandato (y lo que te rondaré morena) y que siempre se ha caracterizado por un odio visceral hacia los palestinos, odio que a buen seguro quedó alimentado después de los sucesos acaecidos la noche de autos durante la Operación Trueno, como fue llamada, y que sirvió de referente como manera de actuar para futuras operaciones americanas, porque desde los inicios, EE.UU, lo que fuera llamado el Nuevo Mundo, y uno de los estados con menos historia reciente, pero más conflictos acumulados, se comen los mocos a dos manos, debido sobre todo a que, como bien es sabido por todos, los chacales se tienen querencia entre sí y muchas veces actúan en manada.

Y en tiempos en que los aviones son derribados por misiles desde lanzaderas estratégicamente colocadas y cuya responsabilidad nadie asume, en épocas en las cuales los reporteros son abatidos por ese concepto tan extravagante y ambiguo llamado fuego amigo y en que los aviones son utilizados como proyectiles y los seres humanos utilizados como escudo, nada nos sorprende y cuando nos montamos en un avión, damos por hecho que podemos desaparecer sin dejar rastro de la misma manera en que firmamos documentos que eximen de cualquier responsabilidad a los que nos van a meter mano para evitar demandas posteriores.

Y es que todos somos insectos que cualquier día podemos acabar entre los jugos gástricos de cualquier chotacabras que se despereza en cuanto se va el sol para empezar su caza particular y de cuya dieta formaremos parte.

Más tarde o más temprano.

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