“1898, los últimos de Filipinas” de Salvador Calvo o Euphorbia pulcherrima (Poinsetia o Flor de Pascua)

Enrique Cerezo es uno de los tíos más listos de este país. Dirige, supongo que con mano de hierro, los designios de un club de fútbol, más famoso por sus infortunios que por sus logros deportivos, lo cual le ha otorgado una idiosincrasia muy particular que le ha hecho tener millones de adeptos sin que parezca que vaya a sufrir un próximo receso en su popularidad. Es también uno de los productores de cine más importantes de España. Puede incluso que esté el primero de la lista si nos atenemos a número de producciones y éxitos en taquilla. Dónde pone el ojo pone la bala. No falla una.

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Y no es porque apueste únicamente por el buen cine, que creo que eso es como mínimo secundario en sus intereses, sino porque apuesta siempre por un caballo ganador. Le da lo mismo poner la pasta para que Santiago Segura levante algunas de sus películas infames de ese personaje tan del atleti (igual es por eso), que dársela a Ricardo Franco para que hiciese su maravillosa “La buena vida” de 1997 o invertirlo en algunas de las últimas películas de ese director excesivo y visceral llamado Alex de la Iglesia. Si este señor pone dinero, a dios pongo por testigo, que saldrá ganando de una manera o de otra. Yo le admiro como personaje que ayuda a que nuestro cine siga adelante contra viento, marea y putos impuestos sobre el valor añadido, pero le admiro un poco menos desde que decidiera cerrar hace un par de años  esos cines icónicos de Valladolid, de los que era propietario. Los cines Roxy  eran una de las sedes oficiales de la Seminci cada año y fueron clausurados como templo cinematográfico con casi ocho décadas de  actividad para abrir un casino. Es decir. Todo por la pasta. Curiosamente hay una película española del año 1991 de Enrique Urbizo que se llama así. El señor Enrique (el de apellido florido),  no colaboró con su patrimonio.

Lo que haga en la faceta deportiva, me importa una higa, como diría  el académico de nuestra lengua el señor Pérez Reverte.

Y aquí pone la pasta para que un debutante en el cine, levante su primer mega proyecto. Salvador Calvo será nuevo en cuanto a hacer películas, pero es un hombre con mucha experiencia en series de televisión, que son maratones en los cuales el premio es la audiencia y el permiso para seguir por lo menos un año más, o la muerte por inanición y abandono miserable si no consigues controlar y llevarte al huerto a ese tiburón contemporáneo de nombre anglosajón al que denominan “share”, esos tipos que elaboran las encuestas para saber a qué bando nos afiliamos.

No sé cuánto dinero habrá puesto el Sr Cerezo. A juzgar por el elenco, las localizaciones, los medios técnicos disponibles y la factura final de este enorme producto audiovisual, ha tenido que ser mucha. Pero es una pasta muy bien utilizada para demostrar a todo aquel necio que aún no se haya dado cuenta, que nuestro cine puede llegar a ser inmenso y que no tiene nada que envidiar al que se hace en otras latitudes. Tenemos unos actores y unas actrices de altura que serían dioses en otros países, directores y directoras que ponen hasta su último hálito de vida para llevarlas a cabo y técnicos multi disciplinares a los que lo mismo les da un roto que un descosido. Cierto es que se realizan en España o por lo menos con medios españoles, películas malas y olvidables, pero pasa lo mismo en todos los países del mundo. El talento no entiende de fronteras y el cine debe de ser universal más allá de toda duda. Gracias a la globalización (algo bueno tenía que tener), cada vez son más frecuentes las co producciones para levantar proyectos, porque está más que demostrado que es en los viveros de ideas, cuánto más variadas mejor, dónde las cosas crecen hasta alcanzar el tamaño deseado. Conviene no olvidarlo.

También es importante que haya una buena promoción del producto para que el público vaya a verla y dónde hay dinero, suele haberla y nos bombardean desde marquesinas, radios, televisiones y demás medios de transmisión oral o visual. Ahora tenemos que ser los espectadores los que debemos ir a verla para que pueda seguir haciéndose gran cine en nuestra piel de toro. (Hay que joderse con la expresión…)

Esta película o bien es una revisión de la otra realizada en 1945 y dirigida por Antonio Román, en la cual se popularizó una canción que aquí es utilizada como otra forma de unir ambos filmes, o es otro punto de vista. Ambos trabajos son dramatizaciones de unos terribles sucesos, (más por evitables que por otra cosa, dentro de que en las guerras todo es terrible) y por lo tanto, los trabajos de guión pueden llegar a ser adaptaciones libérrimas de todo lo que debió de acontecer en el sitio de Baler. Sólo los que estuvieron allí encerrados 337 días batiéndose el cobre y pudriéndose a fuego lento entre sus propias inmundicias, saben exactamente lo que ocurrió en el interior de esa iglesia y en los alrededores de la aldea sitiada y, los que se salvaron, con sus traumas y demás mierdas de por vida, sólo debieron contar lo que pudieron o lo que les dejaron, por lo que cualquier verdad está sujeta a ello y por lo tanto será para siempre indescifrable. Lo que está claro es que los hechos generales ocurrieron y en eso se pone de acuerdo todo el mundo.

España entregó Filipinas entre otras cosas a los Estados Unidos tras firmar el Tratado de París el 10 de  Diciembre de 1898 y a partir de ahí, se puso fin al dominio colonial de España en territorios americanos y lo que ocurriera allí, dejó de ser cosa nuestra y ahí debería de haber acabado el asunto. Tiene sentido que el país más imperialista del mundo durante cuatro siglos, cediese el testigo por un puñado de dólares al país más controlador e invasor de la historia moderna y lo que te rondaré morena. Antes se hacía por que a los reyes les ponía muy cachondos jugar al monopoly. Ahora se hace por el gas y por el petroleo. Dinero al fin y al cabo. El motor del puto mundo desde que los hombres prehistóricos se pusieron a dos patas y el trueque pasó a mejor vida.

Es lícito que los pueblos sometidos se levanten en armas y que los que han perdido lo que es suyo luchen por recuperarlo. Se llama defensa propia y cualquier tribunal con dos dedos de frente les absolvería de cualquier cargo de ese tipo, sin necesidad de sentar jurisprudencia. Lo haríamos todos. Yo no tengo ni patria ni bandera, ni mucho menos religión a pesar de que pertenezco por bautismo a las hordas cristianas. Para mí todo eso es lo que significa  mi familia y mi gente y por muy pacífico que sea, pobre del que me los toque si me patean  suficientemente los cojones y no me liquidan en el intento.

Hay que luchar por lo que es de uno. Y punto pelota, pero nunca por un trapo ni por un dios, se le llame como se le quiera llamar.

Esta película a diferencia de la primera, se centra sobre todo en las relaciones personales y en lo que ocurre dentro del lugar sitiado. Hay escenas de guerra muy potentes como no podía ser de otra manera, pero las verdaderas batallas se luchan boca a boca y hostia a hostia. Hay lucha de egos y jerarquía impuesta a golpe de pecho y, como siempre, los que no son nada son infinitamente más lúcidos que los que tienen estrellitas en el pecho y en los hombros. Como bien dicen en la película, hay dos tipos de militares. Los que quieren medallas y los que quieren volver. Y son mucho más peligrosos los primeros. No podría estar más de acuerdo. Las únicas estrellas que me gustan son las que vemos en el cielo y que llevan muertas millones de años o las que otorga la guía michelín.

Hay un cura hastiado de la vida y de su dios que fuma opio para evadirse de la realidad y no pensar en ese cielo que prometen a los cristianos y que es una mierda, según sus propias palabras y que cree en su dios porque no le queda nada más en lo que creer, aunque para eso tenga que colocarse todas las noches.

Hay militares que mandan a los demás las cosas que ellos no tienen cojones a hacer y que tratan a sus subordinados de la misma manera que les trataron a ellos, perpetuando un error que dura hasta nuestros días y que, como el cáncer, aún no tiene solución porque realmente es otro tumor, pero en este caso no hay gente estudiando para que pueda curarse en un futuro.

Hay militares por vocación, que son lo que no saben hacer otra cosa que ser mandados hasta que adquieren la categoría para poder mandar ellos y  los hay por obligación. Esos pobres diablos que de haber tenido dos mil pesetas se hubieran podido librar de la guerra como hicieron todos esos niños de papá que luego ocuparían posiciones de renombre y de privilegio en el organigrama que quedara después de la guerra heredando los puestos de esos próceres de la nación que siempre han ido a la iglesia los domingos y han follado únicamente con el fin de reproducirse, excepto con las putas, que son harina de otro costal.

Hay desertores, como ha quedado probado a nivel historia, pero que omitieron en la primera versión, porque en la España de la posguerra que dominaba el generalísimo, esa palabra no existía y hubo que extirparla del diccionario, una vez que los que la dieron sentido yacieran cómodamente en sus tumbas anónimas.

Hay supervivientes de anteriores batallas que necesitan purgarse y demostrar a los demás y a ellos mismos que los huevos no les caben en los calzones y que no dudarán en pisar cabezas y destripar barrigas para que quede claro y hay gente a la que no le importa quedarse porque lo que les espera allende el mar es otra guerra que no tienen posibilidades de ganar, ni mucho menos convertirse en héroes.

Hay un médico que hace lo que mejor sabe hacer y que preferiría haber muerto para no tener que asistir únicamente a la pudrición de los cuerpos.

Y hay gente local que tiene razones más que suficientes para pasar a todo el mundo a cuchillo para recuperar lo que es suyo y que sólo esperan a que lo evidente caiga por su propio peso y los que son invasores se vuelvan a sus casas toda vez que ya no hay nada que invadir ni mantener. Prueba de esto último es que, una vez finalizado el asedio, les concedieron una rendición digna para que fueran a Manila dónde fueron recibidos como héroes antes de ser repatriados a su país de origen. Pero hubo unos pocos miles de españoles abandonados a su suerte que tuvieron que quedarse allí en un exilio que no se antoja tan malo si tenemos en cuenta lo que les aguardaba a su vuelta.

Los asedios tienen estas cosas. Nos gusta lo que no es nuestro. Desde la mujer del vecino (perdón por la utilización del posesivo. No hay palabras en nuestro vocabulario para decirlo de otra forma), hasta la piscina y el cochazo de nuestro jefe, por no mencionar cosas más importantes. Y por eso se implantaron las guerras además de como eficaz método de controlar la población. Se levantan fortalezas desde tiempos inmemoriales y el negocio de las armas para defenderse siempre ha sido y será muy próspero. Desde mucho antes del caballo de Troya hasta nuestros días, hay miles de ejemplos que han dado trabajo a los historiadores para que al menos una parte de esa historia llegara hasta los libros de texto, demasiadas veces tergiversados por los ganadores.

En esta película no sé cuánta verdad hay, pero lo parece. Los diálogos son auténticos y la sensación de claustrofobia, miedo y enfermedad huele a mierda y a vómito que tira para atrás. Todo podía haberse evitado sólo con que al mando hubiera estado alguien con la sensatez y el sentido común del que acusaba de carecer a los demás. Pero los militares que han vivido en guerra y los que la ansían, odian la paz porque en esos lapsos imprecisos de tiempo, no son nada más que vulgares seres humanos condenados a comer, cagar, mear y dormir y, en el mejor de los casos, hacer crucigramas.

El hecho demostrado que fuera una noticia local la que le hiciera abrir los ojos al único de aquellos hombres que recibió una medalla por su obstinación y estupidez (siempre se premia lo mismo en este país. Ya no nos comemos a nadie, pero seguimos siendo igual de gilipollas), que pensaba que las noticias de diferentes periódicos estaban manipuladas para forzar una rendición indigna en base a una conspiración judeo masónica y que consideraba que era un montaje el hecho de que un alto mando español se presentara a pie de asedio para decirle de primera mano lo que había ocurrido, con documento oficial lacrado como prueba física, otorga una mayor veracidad a todo el conjunto de esta película inmensa repleta de escenas intensas gracias a un director que sabe lo que es la coherencia y la fuerza narrativas y a unos actores que se comen cada plano como si fuera esa comida que escaseaba en el asedio y que abundaba por doquier a apenas unos centenares de metros. Los que les separaban de una libertad que nadie les negaba excepto un menda paranoico que no podía vencer ni en sus propias luchas internas.flor-de-pascua-poinsettia

Estos supervivientes que han pasado a la historia de España en contra de su voluntad, son como la poinsetia. Esa planta que necesita estar dos meses prácticamente a oscuras para que sus hojas se vuelvan rojas como la sangre inútil que se derramó en aquel lugar que sería un verdadero paraíso de no ser por la estupidez humana. Es una planta de exterior en latitudes cálidas, pero en el resto del mundo necesita estar confinada en interiores como esos hombres que se refugiaron en una iglesia en la que dios ni había estado ni se le esperaba. Se la llama flor de Pascua, como la “pascua” que les hicieron a esa pobre gente que tenía ilusiones y proyectos en el lugar dónde nacieron.

Esta película ha sido rodada en las Islas Canarias, (¿cómo no?) y en Guinea Ecuatorial que, aunque ahora es un estado soberano regido por el presidente Obiang, fue colonia española. Es más, es el único país africano en el cual el español es la lengua oficial, hablada por casi el 90% de sus habitantes. Es lógico que el equipo técnico se trasladara allí. Idioma amigo aunque eso en el cine es ya lo de menos, ancestros comunes y selvas aparentemente vírgenes.

El hecho  de que sea uno de los países del mundo dónde con más frecuencia y más impunidad se pisotean los derechos de la gente, sobre todo de mujeres y niños y que ese gobierno sea una dictadura militar a todos los efectos que  lleva treinta y cinco años en el poder campando a sus anchas mientras la ONU dice muchas cosas, pero sigue mirando para otro lado, debería de hacernos reflexionar.

No tenemos solución.

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