“120 latidos por minuto” de Robin Campillo o Trichoglossus haematodos (Loro arco iris)

Este tipo de ave perteneciente a la familia de los loros es una de las más abundantes y extendidas y suele moverse por Nueva Guinea, Indonesia, Timor y la costa Oriental de Australia. Habita tanto en selvas lluviosas, como matorrales costeros y zonas boscosas, desplazándose en bandadas de entre cinco y veinte individuos. Puede tener entre veinticinco y treinta y dos centímetros de longitud y a pesar de que las hembras generalmente son más pequeñas y presentan un pico más corto, para estar seguros al cien por cien del sexo de cada ejemplar, el método más eficaz es una extracción de sangre. Son básicamente frugívoros, pero tampoco hacen ascos a insectos y semillas. Tienen un plumaje muy colorido pero con diferentes patrones entre las más de veinte sub especies, aunque suelen presentar siempre patas de color gris y el iris de color rojo.Trichoglossus_haematodus_moluccanus_LoroParqueTenerife_rainbow_lorikeet_IMG_5244

Es un ave bastante ruidosa como los loros en general, sobre todo cuando está en libertad fuera de esas cárceles que los humanos diseñamos para ellas con afán coleccionista, que en ocasiones puede llegar a chillar y a mostrarse agresiva con otras especies, incluso la nuestra, cuando la cosa del papeo está en juego y se le denomina loro arcoiris porque entre sus colores distribuidos de manera aparentemente aleatoria por su cuerpo, se encuentran la mayoría de los que componen ese efecto atmosférico óptico que luce todo su esplendor cuando la luz solar se descompone en el espectro visible por la refracción de sus rayos al atravesar pequeñas gotas de agua.

Y precisamente el arcoiris, supongo que como símbolo de la diversidad que debería de darse en un mundo perfecto sin que tenga que ser censurada, perseguida, vilipendiada o impuesta por la fuerza, es el referente gráfico que utiliza el colectivo LGTB para identificarse, a pesar de que es algo que otros entes han utilizado también a lo largo de la historia para hacer visibles sus reivindicaciones.

La última película como director  de Robin Campillo después de “Eastern boys” (“Los chicos del este” en el año 2013), es este alegato de la lucha activa del colectivo Act Up París para hacer visible una realidad que cogió al mundo por los huevos, con mucha más fuerza a unos que a otros todo hay que decirlo, a partir del 5 de Junio de 1981 que fue cuando en San Francisco el doctor Michael Gottlieb diagnosticó y trató a los cinco primeros casos conocidos y referenciados infectados por el Síndrome de Inmunodeficiencia adquirida y que en España llegó apenas cuatro meses después con un primer caso confirmado en el hospital de Vall d´Hebron.

Esta enfermedad que aquí se conoce como SIDA y que tiene las letras cambiadas de lugar cuando se refieren a ella en los paises de habla inglesa, entró como una flecha en el torrente sanguineo de una sociedad que no estaba ni mucho menos preparada para hacer frente a algo que escapaba a su control y pasó lo que tenía que pasar, es decir, que todo se fue yendo a la mierda a velocidad de vértigo y a día de hoy, casi cuarenta años después de la irrupción en el diccionario de esta palabreja que condicionó la vida de millones de personas y tras haber dejado detrás de sí un reguero de muertos que según distintas fuentes sitúan el número entre treinta y treinta y nueve millones de personas, sigue siendo un mal incurable sin solución conocida, aunque dicen que para este mismo año podría haber novedades interesantes sobre el tema, que yo particularmente no me creo y pienso que lo mismo les ocurrirá, pero con una sensación de desasosiego insoportable, a ese número inasumible de gente cuya supervivencia depende de que los científicos acaben dando con la tecla correcta.120-pulsaciones-por-minuto

Pero el síndrome de la Inmunodeficiencia humana (VIH) que destroza el sistema inmunológico de quién lo padece, venía de bastante tiempo atrás y tuvo su foco primigenio en el África Central. Todo el mundo parace ponerse de acuerdo en que se originó por una mutación de otro tipo de virus que padecían los chimpancés y que acabó dando el salto a los humanos y que muy probablemente fue a principios de los años veinte del siglo pasado  en Lepoldville que por aquel entonces era territorio belga antes de convertirse en la República democrática del Congo y que se quedó confinado hasta que viajó a Europa en los años sesenta y para muestra está el caso de un marino británico que según todos los indicios contrajo el VIH, pero por entonces el mal que padeciera este señor o no se diagnosticó como es debido o pasó desapercibido porque, como todo el mundo sabe, nadie hizo caso al SIDA hasta que escapó definitivamente de las fronteras africanas sin posibilidad real de ser controlado y asaltó el primer mundo, ese que llamamos con toda la jactancia y prepotencia posibles, el mundo civilizado, convirtiendo a todos los demás que no pertenecen a él, en seres prescindibles e insignificantes.

El promedio de vida de alguien infectado y con la enfermedad en desarrollo y sin recibir tratamiento, oscila entre los ocho y los diez años, siendo este un plazo muy variable y subjetivo, dependiendo del organismo que lo sufra y de los múltiples factores que puedan intervenir en un proceso que está sujeto a parámetros imprevisibles. Está considerada una pandemia que es el paso siguiente a una epidemia y que alcanza tal estatus cuando un brote infeccioso está presente en un área grande con propagación activa, pero lo cierto es que ahora el SIDA no acapara portadas y sólo los que viven con la espada de Damocles sobre su cabeza, están pendientes por obligación contractual de las posibles evoluciones que los científicos puedan extraer de todos los datos y muestras que se han recabado durante estas últimas décadas.

Y por eso es tan importante que se hagan este tipo de películas que vuelvan a abrirnos los ojos aunque sea a hostia limpia, porque el ser humano tiende a olvidarse con extrema facilidad de aquello que no tiene debajo de su propio culo como una bomba a punto de estallar.

Robin Campillo, que también es el coguionista habitual de otro grande del cine francés como es Laurent Cantet, obtuvo uno de los máximos galardones de la última edición del festival de Cannes, por esta exhaustiva reconstrucción de los sucesos que tuvieron lugar en los años noventa en Francia, toda vez que tras una década de lucha, aún no se había conseguido nada y los que padecían la enfermedad y ya habían visto morir a muchos de sus amigos, deshojaban los últimos pétalos de una margarita que tenía los minutos contados y cuyo único recurso era hacerse visibles con acciones invasivas no violentas.

Francia fue uno de los países europeos más afectados por esta enfermedad durante esos primeros años en los cuáles el SIDA empezó a alcanzar protagonismo especialmente porque afectó a gente famosa, mientras que los anónimos agonizaban de la misma manera pero sin que el resto del mundo reparara en ellos porque no se apellidaban ni Hudson ni Mercury, ni por ejemplo Magic Johnson, porque este sigue a día de hoy entre nosotros, pero no tenía sobre su cabeza el estigma de la homosexualidad.

ACT UP, acrónimo de una serie de palabras que identifican su lucha y que traducido significa pórtate mal, era  un grupo activista de acción directa que surgió en Marzo de 1987 en EE.UU y cuya finalidad, aparte de hacer visible un problema que no se podía obviar, era conseguir legislaciones favorables, promover las investigaciones científicas, conseguir asistencia a enfermos y transmitir información para seguir evitando la propagación de esta lacra social que los homófobos, los puritanos, los ignorantes y los hijos de puta que habitaron, habitan o habitarán este mundo llegaron a tildar de plaga bíblica enviada por fuerzas de orden mayor para erradicar de la faz de la tierra a los sodomitas, los adalides del amor libre, los polígamos, los promiscuos y toda esa fauna que según ellos avergüenza y desvirtúa el buen nombre de la raza humana.

En Francia este colectivo luchador abrió  un par de años después y  se convirtieron en el azote de Francois Mitterrand, que a pesar de pertenecer a la derecha, impulsó avances sociales e incluso despenalizó la homosexualidad, que manda huevos que sigan pudiendo meterte en la cárcel o dándote pasaporte por algo tan personal como tus inlcinaciones sexuales una vez superada con creces la Edad Media, pero cuyo gobierno, durante los catorce años que estuvo en el poder, sufrió una acentuada e incurable serofobia que a decir verdad afectó a toda la población mundial estigmatizando aún más a los que eran más vulnerables de contraer la enfermedad. El director de esta cinta era también uno de los miembros activos de Act Up París y por lo tanto lo vivió en primera persona.

Tal vez ahora exista gente que en el colmo de la hipocresía nieguen la mayor, pero yo recuerdo como si fuera ayer la psicosis que a todos nos produjo la aparición de esta enfermedad que parecía estar acechando en cualquier esquina y la desinformación que había al respecto sobre ella. Miedo me da pensar qué hubiera ocurrido de haber sucedido en una época como esta en la cual cualquier descerebrado puede volcar en segundos lo que le salga de allí mismo en un medio en el que muchos navegan y aceptan lo que ven como un credo incuestionable.

El caso es que estos activistas cuya única misión en la vida aparte de sobrevivir era la de evitar que más gente enfermara haciendo de la información correcta y de la prevención la mejor de las armas a utilizar, salían a la calle con furia contenida gritando proclamas pancarta en mano y  lanzando a diestro y siniestro bolsas de sangre falsa para meter aunque sólo fuera por unos instantes en el cuerpo a los demás, el miedo que ellos sentían a jornada completa y se pasaban la vida entrando y saliendo de las comisarías, debatiendo asuntos internos y estrategias de combate institucional, al mismo tiempo que hacían el amor y no la guerra y lloraban y enterraban a sus muertos.

Y entre ellos tenías sus cismas y sus enfrentamientos y sus mierdas y sus paranoias pero utilizaban sus marcos adecuados para enfrentar problemas y tratar de solucionarlos ante el oscurantismo burocrático que les aislaba y les ninguneaba cada día porque para ellos, aquello de lo que no se habla no existe en realidad.

Y esta película imprescindible como retrato de una sociedad a la que aún le huele el aliento y que aborda el tema con valentía a ratos en formato casi documental para acabar derivando en un drama convencional, es una bofetada en la boca de aquellos que lo vivimos y lo temimos y que pensábamos que el SIDA estaba en el aire y lo podíamos respirar como quién se coge un catarro. El cine lo ha tratado de manera oportuna, pero la mayoría de las películas rara vez salieron de círculos determinados en los cuáles se convirtieron en films de culto y a día de hoy, los que seguimos sin estar realmente concienciados con el tema, sólo recordamos trabajos como “Philadelphia” de Jonathan Demme (1993), “Todo sobre mi madre” de Pedro Almodóvar (1999) o “Dallas buyers club” de Jean Marc Vallée en el 2013 y que seguramente pasaban por el tema de puntillas o por lo menos sin meterse en el fango hasta las rodillas como este trabajo en el que Robin Campillo refleja el sufrimiento, la solidaridad, la incertidumbre, el desasosiego y la convicción de una muerte temprana, horrible y segura abandonados como estaban y siguen estando no sólo homosexuales o toxicómanos, como nos seguimos empeñando en pensar, sino cualquiera que en un momento determinado coloque algo en el cuerpo de otro sin tomar las precauciones adecuadas porque lo que era verdad entonces sigue siéndolo ahora y es que podemos ser portadores y potenciales focos de infección sin siquiera saberlo y propagarlo por el mundo alegremente ignorantes de nuestra participación activa.

Sólo en España este virus afecta a por lo menos ciento treinta mil ciudadanos y cada año aumenta su número en una cifra cercana a los cuatro mil, pero ya no es una enfermedad de moda y por lo tanto, aunque se siga buscando una cura, se hace en investigaciones en la sombra financiadas con mucho menos fondos de los que se dedican a otros asuntos mucho más importantes para los estados como la compra y venta de armamento u otros asuntos por el estilo.

El día internacional del SIDA se celebra cada día uno de Diciembre desde 1988 y a mí me jode sobremanera esa puta manía de instaurar un día para recordar ciertas cosas, sobre todo porque hay muchas más de trescientas sesenta y cinco causas, una más cada cuatro años, que recordar y por lo tanto faltan fechas en los almanaques para hacerlas justicia a todas. Cada día debería de ser el día internacional de cada cosa importante y no volcarse en  una fecha señalada con algo que volverá a ser olvidado por los no afectados en cuanto se cambie de dígito.

No hay un interés real ni lo habrá nunca para investigar a fondo y tratar de encontrar una solución en forma de vacuna, tratamientos eficaces o cualquier cosa que pueda aclarar el horizonte de los portadores de este virus letal, lo acaben desarrollando o no y ni siquiera hay interés por detenerlo porque África sigue siendo el continente más castigado por el SIDA hasta el punto de que en muchos países un tercio de la población lo saca de paseo cada día y la causa hay que buscarla sin ir más lejos en la religión católica que sigue prohibiendo el uso del preservativo como principal accesorio para evitar contagios. Y si a estas alturas seguimos instalados en la Santa Inquisición, pues apañados vamos.

Y yo me pregunto si es que los gobiernos que deben de aportar los dineros para buscar soluciones y los laboratorios que deben de obtener y distribuir las medicinas que pueden en el peor de los casos, por lo menos aportar alguna mejora a la situación de los que  padecen SIDA, tenían o tienen algún interés en mover ficha. Tal vez piensen que la inacción es la mejor manera de ir sacando del mapa existencial a todos aquellos indeseables que por su mala vida o por su mala cabeza se han visto abocados a esta situación porque por lo menos a nivel ciudadano, hay ordas de gente que están seguros de que ellos y ellas se lo han buscado y deben de penar por ello.

Creo que de existir algo lo habrían puesto a la venta sin dudarlo a precios desorbitantes que les dejaran dividendos astronómicos al mismo tiempo que el propio coste del producto sería una criba perfecta para decidir quién muere y quién podría aspirar a curarse o tal vez se inventaran un programa en la tele cuyo vencedor después de pasar a cuchillo a los demás y mediante los votos del público, fuera premiado con semejante privilegio con un cursillo acelerado posterior para volver a ser “normal”.

Y yo tal vez no debería dar ideas aunque seguro que alguien la tiene ya  en un cajón y está esperando el momento oportuno.

Y sería un éxito de audiencia.

De eso al menos estoy seguro.

 

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